DIEGO CASTANO NICHOLLS

sábado, 27 de noviembre de 2010

El día de todos los santos

                           El Día de Todos los Santos


-Sí señor, yo soy Esposorio Samudio; sí, el hijo de Fidelia Samudio.
El viajero al oír la respuesta comprendió que su largo viaje había concluido. Por eso dejó escapar una especie de suspiro al que el hombre de detrás del mostrador no dió ninguna importancia.
-¿En que puedo ayudarlo? preguntó Esposorio con la voz quebradiza que va quedando con el paso de los años. Era un hombre viejo, de más de 65 años. La edad exacta ni el mismo la sabía. Y no solo su voz estaba cansada, su cuerpo también.
Sin responder la pregunta el viajero se apoyó sobre el mostrador de la pequeña tienda donde Esposorio conseguía lo poco que necesitaba para sobrevivir. Hacia muchos años el viajero había comenzado la búsqueda, pero eran todavía más años desde cuando el viejo había comenzado a huir sin tregua. Pero ya su cuerpo acusaba un enorme cansancio y su alma la inmensa paz que dejan los años en su retirada.

-¿Recuerda usted un día de todos los santos? Pregunto el viajero mientras fijaba su mirada en los turbios ojos del viejo, que antes de sentir miedo notó que su cuerpo era recorrido por una suave oleada de tranquilidad. Lleno de temor había esperado esta pregunta en muchos lugares distintos y durante largos años, mientras se escondía de todos y de todo. Pero hoy, que al fin, alguien se la hacia no sintió miedo, mas bien algo de paz.

-Sí, dijo el viejo con la voz más firme y menos quebradiza que en cualquiera otra ocasión, recuerdo especialmente el día de todos los santos de 1955. Hace ya …¿a ver?…treinta y cinco años. Y lo dijo a pesar de que sabía que esta respuesta le traería la muerte.


En ese instante el ambiente se volvió siniestro, Se hizo un silencio que hería los oídos de los dos hombres. El recinto donde se hallaban se hizo más oscuro.

-Esa es mi edad- dijo el viajero mientras el viejo se daba mañas para incrustar una vela prendida en la boca de una botella- Pero yo nací unos días después del día de todos los santos de ese maldito año de la desgracia que puede finalizar hoy.

Mientras tanto Esposorio recordaba las otras dos oportunidades en que muchos años antes se habían presentado ante él otros dos viajeros con el propósito de matarlo. Primero fue Esteban en la época en que cogía café en la vereda La Vuelta, cerca de Manizales. Luego Wenceslao, cinco o seis años después cuando adentro de San Alberto, a orillas del Magdalena jornaleaba bajando racimos de palma africana. En ambas ocasiones, vencido por el miedo había intentado huir para salvar la vida. En cambio hoy nada lo impulsaba a matar, ni siquiera a huir. El ritmo de su corazón no se alteró y su respiración continuó serena.

-¿Qué desea tomar?- dijo Esposorio volteándose hacia la vieja nevera que ocupaba un rincón de la tienda. “Este es Salvador- pensó- el ultimo de los hijos de Eufrasio, no quiero matarlo como a sus dos hermanos…nuestra sangre debe continuar…estoy cansado de huir..treinta y cinco años son muchos años huyendo…hasta se me olvidó el comienzo de toda esta violencia…él ni había nacido cuando aquello…además ya soy un anciano.

-¿Qué quiere usted? Volvió a preguntar el viejo al viajero. ¿Qué busca en qué puedo ayudarlo?
-Usted mato a mi padre y a mis hermanos- le dijo el viajero sin ira y sin cambiar la fría expresión de su rostro, y por eso vengo a matarlo. Yo soy Salvador Samudio, el último hijo de su hermano Eufrasio.

Al ver el tranquilo semblante del viejo, Salvador comprendió que Esposorio, desde un principio, lo había reconocido como el hijo menor de su hermano Eufrasio. Fue en aquél instante en que supuso que talvez el muerto no seria Esposorio sino él. Pensó que podía correr la misma suerte de sus dos hermanos, cuando cegados por el odio buscaban a Esposorio para darle muerte. Pero por aquello impredecible del destino, primero Esteban y luego Wenceslao, habían sucumbido en el intento. Ante la terrible idea de que aquel día no seria el último de Esposorio sino el suyo, Salvador temblaba mientras debajo de la ruana alistaba el arma que llevaba con ese fin desde muchos años atrás.

-Si, yo le di muerte a su padre, que era mi hermano del alma y también a sus dos hermanos. Vea Salvador –dijo el viejo con voz firme- yo le decía a Eufrasio:
-Eufrasio deje de joder a la Elicenia, ¿no ve que es mi mujer? Usted tiene a la Hermencia con sus hijos, no joda la mía
-Yo no la estoy jodiendo hermano, son meros cuentos de esas viejas que me tienen ojeriza. No les crea hermano.

-Claro que el aprovechaba mi contrata en la finca de don Isidro Renteria a donde yo tenia que ir todos los días a eso de la junta en un maíz… y todos los días alguien me venía con el cuento de que Eufrasio esto, de que Eufrasio aquello, y yo le repetía “Eufrasio no joda a mi mujer, dedíquese a la suya o a la negra Chonta, deje mi mujer en paz”. El día de todos los santos amanecimos jartando con Adonai Feo en la tienda de doña Araminta. Bajaba yo camino al rancho a eso de la media mañana, jarto claro, cuando de repente entre dos surcos de café como se acariciaban la Elicenia y el Eufrasio. La Elicenia reía como una estúpida y Eufrasio bufaba como un toro. Usted Salvador ya conoce el desenlace. Es decir, todo el mundo lo supo. Pero vea si viene a matarme hágalo, porque no pienso ni defenderme ni huir. En estos últimos años de espera no me he escondido, por el contrario es casi como si lo hubiera mandado a llamar. Yo no lo mataré a usted Salvador porque acabaría la estirpe de Fidelia Samudio…y esa fue una vieja verraca
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viernes, 25 de junio de 2010

Tengo la Conciencia Tranquila

Nadie sabía donde había nacido. Entró al ejército, o mejor, fue tomado para el servicio militar en uno de los muchos pueblos de la parte costera del país. Pero no era de ninguno de los pueblos de esa región. Es posible que no fuera natural del pais; pero eso ya no importaba. Ahora nadie se atrevía a preguntarle de donde era porque ahí mismo quedaría muerto. Lo importante es que hoy es y seguiría siendo hasta que el destino disponga otra cosa: El Benemérito. Tenia un solo apellido que, por considerarlo espantoso, se había cambiado por uno a su juicio de más alcurnia, después del triunfo de la revolución que encabezo Manuel José Escobar. Escogió Sotomayor, que había añadido a su nombre algo enano, pero que no lo ofendía por lo que significaba para él: Abel. Fue un soldado temerario. Nadie tenía su arrojo ni su temple. En la lucha contra los enemigos del país, dirigida por el presidente Escobar formó parte del conocido batallón Los Cara de Ángel, que se encargaba de los trabajos más sucios que solicitaba el presidente o su grupo político en el poder. Asesinaba, secuestraba, incendiaba ranchos, violaba. Nada en él atormentaba su durísima conciencia. Allí aprendió a mal leer. ¿Leer? Sí, leía, pero la mayoría de las veces no entendía lo que leía. Nunca pudo saber el significado de los signos de puntuación, así es que jamás los tuvo en cuenta cuando miraba un escrito. Confundía fácilmente una palabra con otra, porque en su ignorancia acostumbraba leer dos o tres silabas y las restantes las completaba con las que se le vinieran a la cabeza, especialmente si se trataba de vocablos algo complejos, con un significado no muy común. Por eso al final resultaba entendiendo las cosas más extrañas; formándose los conceptos más absurdos en que basaba muchas veces sus decisiones. Al lado del presidente Escobar ascendió hasta llegar a ser su jefe de escoltas. Después de ascender en la carrera militar la culmino como sargento colmado de honores y con el pecho atiborrado de medallas, algunas robadas a sus compañeros del Caras de Ángel.

Por ese entonces el presidente Escobar había hecho dos referendos y un plebiscito todos orientados a reformar la Constitución, de manera que pudiera ser reelegido para el siguiente periodo, que en cada referendo o plebiscito había sido aumentado en uno o dos años. Fue así como el periodo presidencial llego a ser de ocho años, con posibilidad de una reelección inmediata. En la última votación obtuvo el ciento tres por ciento de los sufragios, ya que había obligado votar a los militares, los policías, y los presos y ciudadanos que habían perdido éste derecho. Nunca se supo por qué la oposición sostenía que los votos jamás fueron contados, que pasaron de las urnas al horno crematorio de un parque cementerio. Sostenía la oposición que el día del supuesto conteo vieron pasar la caravana de Mercedes hacia la casa de descanso del presidente Escobar en las afueras de la capital, y que, además de todo el gabinete, iban los miembros de la Honorable Junta Escrutadora, todos con sus queridas. Y la fiesta duro hasta dos días después de que Cronos, periódico del gobierno, diera los resultados con el famoso ciento tres por ciento.
El presidente Escobar no era tan ignorante como para desconocer que muchos personajes históricos le habían dado su nombre a un país o a una ciudad. Colon, Washington, Bolívar, Lenin, Pedro El grande y otros habían puesto su nombre al servicio de la patria. Y se quedó perplejo cuando supo que Alejandro Magno había dado el nombre de Alejandría al menos a doce ciudades. El logró que los ciudadanos, sin ninguna clase de presión votaran en uno de los referendos, que la ciudad en adelante se llamara Escobária y el país también Escobária. En los textos de geografía que estudiaban los niños del mundo se hablaba de un pequeño país llamado Escobária, capital Escobária. Su bandera había sido reformada en otro referendo, o talvez en un plebiscito, para quitar de ella el color rojo ya que el presidente Escobar supo que un prócer argentino sostenía en el siglo XIX que el rojo era el color de la violencia; que todos los países que tuvieran ese color en su bandera estaban condenados a no conocer la paz. También reformó el escudo y el himno. A aquél le suprimió las manos de largas uñas cruzadas como los fémures en los pendones de los piratas, que significaban las manos de los humildes trabajadores con las cuales se forjaría el futuro del país, por unas manos enguantadas en la misma posición pero agarrando un fajo de billetes, que él interpretaba como la aristocracia poniendo sus capitales al servicio de la patria. El himno anterior lo reemplazo en su totalidad por una oda de 12 estrofas que sucintamente describía sus gloriosos triunfos frente a los subversivos, sus luchas contra la corrupción, contra la inflación, contra el FMI en la estrofa cuatro y a favor del FMI en la once, contra la malaria y la fiebre amarilla, contra el alcoholismo y los casinos, que eran de él. Defendía la religión y sus sacerdotes, el democrático reparto de la tierra en manos de ochenta y siete familias, y de los cargos del estado en manos de las mismas ochenta y siete familias. Uno de sus ministros era el obispo de la capital don Jesús de Rentaría y Rocafuerte en cuyas manos dejaba el poder cuando lo aquejaban los terribles ataques de gota y debía trasladarse a la clínica de los Hermanos Mayo en América, cuyo tratamiento era costeado por ese país amigo, dueño de los peajes, de las carreteras y de los siete pozos de petróleo, y donde esos amigos tenían una base secreta para dar entrenamiento militar a los oficiales de más alta graduación de los otros países amigos en técnicas de interrogación con instrumentos y métodos de asalto. “Solamente la sagrada democracia nos llevara al primer mundo”, decía el himno en el coro; ella nos incorporará en el G7. Este himno se entonaba en los colegios antes de iniciar las clases, al medio día y a la seis de la tarde por las emisoras de Escobária. No obstante, la inflación en Escobária era del treinta y dos por ciento; pero hay que reconocer que durante la dictadura del general Domínguez era del cuarenta y siete, el desempleo apenas llegaba al veintiuno por ciento en las clases media y baja, y del uno por ciento en la aristocracia, lo cual el FMI y él consideraban un triunfo de las políticas económicas recomendadas por ese organismo y aplicadas por su Secretario de Economía. Ese uno por ciento que preocupaba a Cronos, lo explicaba el Secretario de Economía como los embajadores que habían sido retirados para darle paso a otros amigos del gobierno, pero que ya pronto entrarían a ocupar cargos si pasaba la nueva reforma constitucional que creaba la nueva Corte Suprema de Revisiones de Archivos y Expedientes, que daría ocupación a treinta nuevos magistrados, cada uno con diez asesores y cada asesor con cinco auxiliares. De esa manera encontrarían trabajo bien remunerado los desocupados de la aristocracia del país, que, como cosa curiosa, todos eran abogados. Cuando alguien de la oposición preguntaba tímidamente por el otro veintiuno por ciento el presidente Escobar aparecía en la televisión de la noche, en horario triple A, y explicaba muy convincentemente los enormes esfuerzos que venia haciendo el gobierno para crear nuevos puestos de trabajo. Recordaba, con voz de triunfo, que gracias a las nuevas obras emprendidas por su gobierno, más de veinticinco mil desocupados habían conseguido incorporarse a la fuerza laboral. Eran tan atractivos los nuevos cargos, que en el Instituto de Aseo y Ornato, decenas de profesionales de las diversas ramas habían encontrado trabajo en los últimos cinco años.

La oposición fraguaba de vez en cuando una revolución para derrocar el presidente, al que ya algunos llamaban presidente vitalicio y aquellos que tenían cáncer terminal: dictador o sátrapa. Pero esto último los valientes generalmente lo hacia desde la sala de cuidados intensivos de algún hospital. Al doctor Sebastián Rodríguez, que lo llamó de las dos formas en su periódico El Constitucionalista Liberal lo sacaron de la sala de recuperación sin retirarle siquiera los cables y las sondas, lo bajaron al depósito de basuras, al pie del incinerador del hospital y lo fusilaron. Pero no se dieron cuenta que desde cuando lo arrancaron del respirador estaba muerto. Por eso les dio tanto trabajo pararlo contra la pared. Aquél día el doctor Carlos Ariel López, director del Hospital de Escobária, sostuvo una fuerte discusión con el Mayor que dirigía el piquete de soldados para impedir que también fusilaran por subversivo el hijo mayor del periodista, que a sus doce años acusaba notorio síndrome de Down. Pero nada impidió que el doctor Carielo, como lo conocían en la sociedad del país y algunas naciones vecinas, fuera llevado a la cárcel de la capital, de donde logro salir, gracias a la influencia del embajador de Mauritania, tres meses después y con dieciocho kilos menos de peso. En declaraciones a Cronos agradeció el buen trato recibido de sus carceleros, a los que les enseño a jugar ajedrez, y especialmente la dieta alimenticia con la que logró lo que no había logrado en tres años de bicicleta estática.

En Escobária ya iban nueve revoluciones, más o menos serias, catorce atentados y un Golpe de Estado con todas las de la ley, con la colaboración de los Estados Unidos, que lo financio únicamente para conocer los integrantes del complot y entregarlos a la Guardia Civil del presidente Escobar que los fusiló después de un juicio por el Tribunal de Justicia Antirrevolucionaria recientemente constituido bajo la tutela de la Oficina por el Respeto de los Derechos Humanos de los EE.UU. El presidente de aquél país decidió no perder la cuantiosa inversión y ordenó al General Frank Chesterfiel aprovechar la presencia de los marines y los portaviones The Demócrat (El Demócrata) y el God is with us (Dios esta con nosotros) para que de una vez invadiera el país del lado, que no estaba dando muestras de su absoluta sumisión a los postulados de la Constitución que ellos le habían enviado días atrás.

Cuando el presidente Michel Polk tuvo que dar explicaciones al senado de USA por la invasión manifestó que América había salido ganando porque el país invadido es más grande, tiene más petróleo y bauxita y estaba más cerca de la base de San Diego, de donde partieron las tropas. Y efectivamente el presidente Polk tenía razón: el pueblo de Escobária también salió ganando porque lograron un presidente y un parlamento supervisados por los Estados Unidos; pueden quemar la bandera de franjas y estrellas y recibir visa de América mientras no le tiren piedras a la embajada. Otros revoltosos de mayor alcurnia pueden pasar el fin de semana en sus apartamentos de la Pequeña Cuba de Miami.

Cuando el presidente Escobar viajaba por los ataques de gota, monseñor Rentaría no quedaba solo en el manejo del poder. A su lado se encontraba, susurrándole al oído, el temible Abel Sotomayor, que desde el mismo momento en que dejaba al presidente en el avión que le enviaban los gringos para trasladarlo a América, empezaba a dormir con un ojo abierto. Esa era la orden del presidente y él la cumplía al pie de la letra. Redoblaba la vigilancia del Ministro de Hacienda, para que no sustrajera del Tesoro Nacional más de lo permitido y especialmente para que ingresara a las cuentas bancarias del presidente Escobar la comisión que los gringos le daban por entregarles todo el petróleo y la piedra pómez que el país producía. Vigilaba al Ministro del Interior para que no fuera a firmar contratos, al de Salud para que no vendiera el único hospital que un consorcio de turismo hotelero holandés quería comprar para adecuarlo como hotel, donde se atenderían las aberraciones sexuales de los industriales japoneses. Todos los hombres del Estado eran vigilados con especial atención. La reconocida lealtad de Abel con el presidente era proverbial en todo el territorio nacional. Su nombre infundía terror y el ruido del motor de su carro Pontiac, conocido en todos los rincones del país, obligaba a la gente a esconderse en los lugares más extraños. Toda visita de Abel dejaba una cauda de viudas y de huérfanos. Pero la vigilancia que ejercía sobre la aristocracia gobernante era especialmente para que no se reunieran. “Abel, mi leal amigo, nunca permita que más de dos estén juntos-- era la frase última del presidente antes de abordar el avión. Y si se llegan a juntar dos de ellos por más de veinte minutos disuelve ese mitin. Nada bueno puede salir de ahí. No olvides que al presidente Domínguez lo tumbamos después de diez reuniones con el Comandante del Ejercito y el padre Jesús Rentaría”.

A monseñor Jesús de Rentaría y Rocafuerte, que fue el nombre que adopto después del Golpe de Estado, no tenia que vigilarlo; pero a su amante sí, porque acostumbraba enamorar los jóvenes oficiales de la Guardia Civil, especialmente aquellos que prestaban servicio en el Palacio Episcopal, uniformados con los uniformes que habían sido del Káiser Guillermo II y que les donó el ejercito alemán, después que el kaiser se fue exiliado a Holanda. Abel no impedía que la amante de Monseñor recibiera al oficial de turno en el apartamento privado que Monseñor le tenia a espaldas de la casa cural, pues todo lo que allí ocurría era escuchado a través de un complejo sistema de micrófonos, de tubos y de huecos en las paredes conocidos por los oficiales de turno y por la propia Rosario Blanco, menos por Monseñor, a quien por respeto escuchaban solamente hasta el momento en que invariablemente le decía a Rosarito que el birrete y la sotana con adornos morados se los colocara en el perchero para que no se arrugaran. Las visitas de su eminencia, como lo llamaba Rosarito, no tomaban mucho tiempo. Debía regresar a su estudio donde permanecía la mayor parte del tiempo preparando discursos sobre la moral y las buenas costumbres, cuando no oraciones fúnebres en que exaltaba las cualidades del fusilado de turno. Hay que saber que el presidente Escobar los mandaba fusilar pero les hacia entierros de primera, costeando muchas veces de su propio bolsillo una enorme corona y el cajón con incrustaciones en plata. Y nunca dejaba de enviar una esquela a la viuda y los huérfanos prometiendo una investigación exhaustiva hasta dar con los asesinos.

Así fue en el entierro del doctor Sebastián Rodríguez en que también tomo la palabra Abel Sotomayor para resaltar entre varios haigas su inmenso amor a la patria y desmedido apego a la Constitución. A la única del lado del gobierno que no dejaron hablar fue a Rosario Blanco, no tanto por respeto al muerto, sino por respeto a monseñor. Porque del lado del doctor Rodríguez no dejaron hablar a nadie, ni siquiera dejaron participar a su hijito de cinco años que quiso hacerle una despedida con mano a la sien. Menos a la mamá y a la esposa, y ni siquiera aceptaron que fuera al entierro don Jaime Echeverri y Albornoz, subdirector de El Constitucionalista Liberal, que a partir de ese día dejó de circular por orden del presidente Escobar y que, presintiendo que su jefe no saldría vivo del hospital, no tanto por su enfermedad como por los editoriales, tenia un obituario de tres páginas con fotografías de cuando don Sebastián Rodríguez Manosalva era niño hasta aquella en que se abrazaba al presidente Escobar el día que éste dio el Golpe de Estado que derrocó al presidente Domínguez . También transcribía algunos de los editoriales en que don Sebastián describía al presidente Escobar como “El Libertador” de Tungurilla, antiguo nombre de Escobária, hasta aquél que escribió el día que el doctor Carielo le dijo que su cáncer de próstata lo llevaría a la tumba en pocos días, y donde lo llamo de todo, incluso dictador y sátrapa de la peor especie. El presidente no se exaltó mayor cosa cuando entendió más o menos el contenido del editorial, pero entró en terrible furia, con sentencia de muerte para el autor de la ofensa, cuando le explicaron lo de sátrapa.

El Constitucionalista Liberal no circulo ya más. Sus empleados y reporteros fueron licenciados y las deudas contraídas con el Banco de la Nación, único banco de Escobária y propiedad de Ricardo Escobar, hijo del presidente, se cancelaron recogiendo la vieja prensa que don Sebastián había heredado de su abuelo, el prócer de la independencia de Tungurilla, general Marcelino Manosalva. No es que Ricardo Escobar le hiciera oposición a su padre el presidente, sino que amaba los negocios de toda clase. Por eso, meses después vendió la vieja prensa del general Manosalva a don Jaime Echeverri, quien a los pocos días puso en circulación El Constitucionalista Institucional, nuevo periódico de oposición que el gobierno de América había ordenado al presidente Escobar dejar circular, por aquello de la democracia. Este nuevo tabloide de cuatro páginas debía someterse a las políticas fijadas por la Secretaria de Estado de América, plasmadas en el llamado Manual de Convivencia, y que todo periodista debía observar si deseaba continuar con la visa que le permitía pasar vacaciones en la Pequeña Cuba de Miami. En el nuevo periódico de don Jaime Echeverri no se escribían editoriales por miedo a la implacable censura del gobierno, integrada por policías y guardaespaldas ascendidos a ese cargo por Abel Sotomayor. El doctor Echeverri sabía de la absoluta ignorancia de los censores en todas las materias. No temía lo que escribía sino lo que en su paranoia entendían los censores. Por eso decidió que el nuevo periódico ya no llevaría editoriales sino un enorme crucigrama que ni el más avisado empleado del gobierno podría entender y menos resolver, porque no era para darle solución, sino para comunicarse con los demás miembros de su partido político. El personal de la Embajada de América tampoco los entendía pues el doctor Echeverri se cuidaba mucho de no hacer referencia a hechos que tuvieran que ver con ese país y evitaba todo nombre o palabra que sonara a gringo. No olvidaba la llamada de atención que recibió de la Cancillería cuando en el vertical 3 puso: “Anexo introducido en la Constitución Cubana por presión de los EE. UU, que de no hacerlo los gringos perpetuarían la invasión militar a ese país”. Toda la oposición entendió con claridad que se les hablaba de la insoportable ingerencia de América y que pronto Escobária se encontraría en la misma situación de Cuba cuando debió aceptar la llamada Enmienda Platt, que modificaba su propia constitución bajo la amenaza de no abandonar la isla jamás. En América pensaron que se trataba de un insulto a su país. Alistaron los portaviones “Constitución” (Constitución) y “God is American” (Dios es Americano) con cinco mil marines para el desembarco y cien geólogos, pues tenían la sospecha de que al este del país había yacimientos de uranio. Eso era lo que el presidente Polk llamaba “One travel and two orders” que más o menos quiere decir “un viaje y dos mandados” y que en otras ocasiones le había dado magnifico resultado. El gigantesco desembarco debió ser suspendido, no por las tímidas explicaciones del doctor Echeverri al General Chesterfield, en una carta abierta en Cronos, dado que El Constitucionalista fue temporalmente clausurado por orden de la Embajada de América, sino porque el jefe de la bancada de oposición de la Cámara de Representantes de América, en un ardiente discurso contra el presidente, le hizo caer en cuenta que ese país desde hacia años se encontraba invadido. “Mejor -le dijo al presidente el representante Mr Hichkooc- debemos pensar en sacar nuestros muchachos de allá, porque han perdido buena parte de las costumbres anglosajonas, están aburridos de comer bananas y mulatas y lo peor: ya rezan el rosario”. Demoledores argumentos que llevaron al traste la proyectada invasión.

Escobária entero celebró el triunfo de la democracia y monseñor de Rentaría y Rocafuerte ofició un Tedeum con las ochenta y siete familias de la aristocracia a bordo. Hubo discursos de toda clase pero se destacó especialmente el del joven político abogado-economista doctor Juan Camilo Izquierdo y Gutiérrez destinado a ocupar el Ministerio de Hacienda, antes Secretaria, cuando su padre, del mismo nombre, lo entregara. Habló el joven abogado-economista de la democracia representativa, y dijo que gracias a ella él podía estar en esa tribuna reservada a las más ilustres cabezas del país; también hizo una amplia defensa de las instituciones bajo cuyo manto todas las familias de Escobária eran iguales y recibían el mismo tratamiento. Citó estadísticas sobre el empleo de la aristocracia, la importación de automóviles y licores finos, las exportaciones de piedra pómez. El discurso fue ampliamente elogiado durante varios días en los editoriales de Cronos como la pieza más brillante pronunciada en los últimos años y publicado durante tres días consecutivos. Fue tan elogiado que su padre don Juan Camilo decidió renunciar al Ministerio para aceptar la Embajada en América e iniciar de paso el tratamiento contra la arterioesclerosis que lo estaba incapacitando y que había postergado por varios meses mientras Juan Camilo, su hijo, aprendía economía, en un curso acelerado de dos meses, en una universidad del exterior.

El presidente Escobar, demócrata como el que más, acostumbraba citar a concurso público para llenar los cargos vacantes del gobierno. En estos concursos podían participar todos los profesionales que se creyeran capacitados para el cargo. Por lo general centenares. Respondían un cuestionario del FMI y una entrevista con la cónsul de América. La cónsul, republicana por más señas, habló por la radio en la noche, desde el teatrillo de la emisora del gobierno para anunciar el resultado del concurso, del cual estabas pendiente toda la nación, especialmente los cientos de economistas desocupados que habían estudiado seis años de carrera en la facultad de Escobária. Vestía la cónsul un traje de noche en satín negro hasta los tobillos, con amplio escote que dejaba ver, debajo del collar de la cultura Tolteca, algunos barros o pecas, nunca se supo, zapatos de charol, del mismo color del traje y con El Juramento del español Joaquín Gaztambide y Garbayo, como fondo musical, dijo sonriente: and the winner is ( y el ganador es ), leyó en la tarjeta que le suministró el maestro de ceremonia y pronunció el nombre: el doctor Juaaan Camiiilo Izzzquierrrdoooo yyyyy Gutieeeeeerrez. En el crucigrama del día siguiente, en el horizontal 3, decía el doctor Echeverri: de 8 letras, ganó sin haber participado. De esa manera todo el mundo supo en Escobária que el pueblo nuevamente había sido burlado. Que el joven economista ni siquiera había concurrido al publicitado concurso. Los censores que intentaban resolver el crucigrama trataban de encontrar la palabra de ocho letras que encajara, pero era obvio que no la encontrarían. Otros, amantes del fútbol, intentaban poner Corintias o Huracán. Los otros censores ya no leían los crucigramas pues cuando lo hacían, lápiz en mano, solamente conocían el significado de frases como “de dos letras, dios egipcio; de dos letras, Júpiter la convirtió en vaca”; y la cuestión se les ponía difícil cuando aparecía: de 5 letras, remolcar el barco, o, de seis letras: gallo sin cola. Este era el momento en que arrojaban el crucigrama a la basura e impartían el ansiado “aprobado”.

El doctor Juan Camilo inicio sus gestiones como Ministro de economía algunos días después de haber sido nombrado. debió antes acompañar a su padre a tomar posesión de la Embajada en América e iniciar sus primeros exámenes para la arterioesclerosis que lo consumía. Mientras tanto se hizo cargo del ministerio a monseñor Rentaría y Rocafuerte, única persona en quien confiaba el presidente para ese cargo pero, por supuesto, Abel Sotomayor mantendría sobre el obispo una vigilancia cerrada, tal como acostumbraba hacerlo cuando el presidente le daba alguna comisión especial.

Sotomayor, desde mucho tiempo atrás, tenia sembrado el despacho del ministro de micrófonos, agujeros en el cuadro del prócer de la independencia del país, que permitían ver en gran angular cuanto ocurría en el despacho del funcionario de turno; todos los teléfonos estaban intervenidos y, con pocas excepciones, el personal que laboraba allí eran informantes del jefe de escoltas del presidente Escobar. Pero detrás de todo este tinglado de espías, micrófonos, agujeros en las paredes y demás asuntos relacionados con el espionaje estaban escondidos y silenciosos los representantes de América con su embajador a la cabeza. Ellos, y nadie más, conocían las andanzas internacionales del presidente Escobar. Los contratos que pretendía firmar comprometiendo parte del territorio nacional, las compras de costosos bienes para la infraestructura del país, siempre con una jugosa comisión para él, que ordinariamente era depositada en un banco en Suiza y que él, al no salir del país por temor a un golpe de estado, nunca podría disfrutar. Pero si lo haría su hermano Clodomiro, que prefería los viajes de placer, la juerga y la música por encima de la política en la cual jamás intervenía, a no ser que fuera como poeta de protesta. Nunca concedía entrevistas salvo que se tratara en temas de farándula. Cuando Clodomiro participó en de una canción protesta contra su hermano éste, por secreta recomendación del embajador de América, le impuso el peor de los castigos imaginados por dictador alguno incluidos Hitler, con su odio a Stalin, los judíos y gitanos a quienes gustaba bañar con gas Zyklon B; o el Doctor Francia, con su odio a lo que tuviera que ver con el exterior; a Clodomiro lo condeno a leerse las primeras cien hojas del Ulises de Joyce. Clodomiro, después de la primera página, rogó que le cambiaran la pena impuesta por cualquiera otra y sugirió un repertorio de cien posibles torturas. Ante la insistencia de Clodomiro para que le cambiaran la pena su hermano, el presidente Escobar, montó en cólera y subió la sentencia a doscientas hojas, hecho éste que por poco produce en Clodomiro un infarto de miocardio. Se rumora, en los mentidero intelectuales de Escobária, que el hermano del presidente duró tres años tratando de cumplir su condena y solamente llegó a la página veintisiete. Clodomiro inevitablemente se quedaba profundamente dormido. No obstante, poco a poco se fue rehabilitando con su hermano, quien demostró su carácter inhumano al no liberarlo de la pena impuesta años atrás, pero se deben reconocer en él ciertos sentimientos de nobleza al dejar abierto el término para cumplir la sentencia. Nadie duda que ésta era una sentencia cruel en extremo y que Clodomiro trato de cumplirla lo mejor que pudo y en su empeño trato de sobornar con una gruesa suma a un anciano de Escobária que supuestamente había leído el libro. Le rogó al anciano que le descifrara lo que decía Joyce en estas primera doscientas hojas y el anciano debió confesarle, anegado en lagrimas, por la perdida de la jugosa recompensa, que había comenzado su lectura en 1922, cuando fue publicado por primera vez, y que medio siglo después lo había suspendido definitivamente cuando apenas había llegado a la pagina 87. Y que ya sus cansados ojos jamás lograrían recorrer las 648 paginas que aun le faltaban. Nunca nadie en Escobária, como en buena parte del continente, sabría que paso al final de aquel 16 de junio de 1904, con Leopoldo Bloom. Clodomiro insistía con tenacidad sobrehumana en la pesada lectura pero invariablemente, como todo el mundo que lo intentaba, caía en un profundo sueño en el cuarto o quinto renglón. Dejó a un lado las canciones de protesta, se cortó el cabello al estilo de un señor, cambio sus botas de tacón tipo Jhon Lenon por zapatos de amarrar, se mandó borrar de la nalga el tatuaje del David de Miguel Ángel, y como la borrada le resultaba muy dolorosa, le mandó colocar sostén al tatuaje de una sirena que tenia coquetamente en la otra nalga. Y adoptó muchas otra cosas de la cultura de la gente decente con el único propósito de regresar al lado bueno del corazón de su hermano el presidente. Finalmente y después de muchos años, como ocurre en todas las dictaduras, el presidente Manuel José Escobar olvido el castigo impuesto a su hermano varios años antes.

Pero, por aquellos días, Abel Sotomayor no era el jefe del siniestro grupo Los Cara de Ángel; simplemente era uno de los integrantes más sobresalientes, dotado por la naturaleza de una sangre fría que le permitía cometer los más infames crímenes sin sentir remordimiento o piedad. Abel Sotomayor esperaba algún día remplazar en la dirección de Los Cara de Ángel al respetado jurista don Amadeo Salazar Portocarrero, quien desde la dirección del Instituto Nacional de Inteligencia -INI- le había dado forma a aquel pequeño grupo de no mas de veinte integrantes que se encargaban de los trabajos en que alguien debía ser silenciado o sacado de escena mediante el uso de algún “procedimiento”, nombre genérico con que denominaban las múltiples torturas que aplicaban, muchas veces hasta morir, a quienes caían en desgracia. Los Cara de Ángel hacían bien su trabajo porque siempre lograban la confesión del infeliz. El jurista Amadeo Salazar Portocarrero, años atrás recibió del presidente Escobar la orden de fundar un organismo que se encargara de aglutinar en uno sólo las muchas dependencias para la investigación de delitos que operaban en el país, ya que cada instituto o ministerio, tenía su pequeño pero eficiente organismo de vigilancia. Cientos de detectives, investigadores, caza recompensas, auditores, espías y soplones quedaron cesantes. Unos pocos pasaron al nuevo órgano de investigaciones creado por el doctor Amadeo, siguiendo los lineamientos de la Misión Adams, que dirigía el expolicia y exdetective, mister James Washington Adams, que se había formado en las distintas técnicas de controlar el crimen en las calles de su ciudad natal.

El doctor Amadeo Salazar dedicaba buena parte de su tiempo al estudio, especialmente de las legislaciones Celtas que comparaba con las de Escobária y dejaba que Abel Sotomayor manejara bien o mal el INI y su grupo especial de los Cara de Ángel que a la partida de mister Adams había tomado enorme fuerza hasta convertirse en pocos meses en el terror de los disidentes, de los funcionarios públicos que metían las manos en el erario público, de los contratistas que evadían la comisión establecida para el presidente Escobar o para quien este autorizara. Perseguían los Cara de Ángel no solo la corrupción en los corruptos, sino los homosexuales, las prostitutas, los individuos de pelo largo y todo el que se apartara de los patrones culturales dictados desde el congreso de Escobária por el senador vitalicio don Cecilio Pérez Soto que en todos sus dictámenes sobre moral y buenas costumbres recibía el apoyo irrestricto de monseñor Rentaría y Rocafuerte y de Rosarito que también los odiaba en secreto tanto o más que don Cecilio, pero no por el mismo motivo. Don Cecilio los odiaba porque su hijo mayor, años atrás se vio envuelto en un caso de pedofilia que lograron acallar amenazando con un carcelazo a don Sebastián Rodríguez Manosalva director del Constitucionalista Liberal y con retirarle toda la publicidad que suministraba el gobierno. Don Sebastián en un editorial recogió la versión oficial sobre el caso, habló de las acusaciones temerarias, de las respetables familias, de la infame calumnia y prohibió volver a tratar el caso en la páginas del periódico. Pero, años después don Jaime Echeverri en el crucigrama del Constitucionalista Institucional, daba pistas sobre el asunto bajo frases como “vicio que practicaban algunos romanos” y como respuesta encajaba el nombre del hijo mayor de don Cecilio, que no tenía la costumbre de resolver crucigramas. En cambio Rosario Blanco apoyaba las campañas de moralización del senador porque en algunos círculos se decía que su madre había sido la amante del derrocado presidente Domínguez, pero que Rosario era hija del chofer de éste.

Un día el doctor Amadeo citó muy temprano en la mañana a Abel en su oficina del Palacio de las Investigaciones para comunicarle su decisión de retirarse de la dirección del INI para dedicar más tiempo a terminar la gigantesca biografía sobre Saigo Takamori, el último samurai, comenzada muchos años atrás cuando había sido embajador en Japón del derrocado presidente Domínguez. La tarea era gigante porque debía revisar más de mil folios que llevaba escritos con una caligrafía pequeñita, casi invisible, compararlos con los cientos de documentos que había utilizado a fin de no llegar a confundir nombres, ni fechas lo cual no se lo perdonaría jamás. Debía verificar que los planos que guardaba celosamente de la antigua Edo si eran de la antigua Edo y no de otra ciudad, que los jardines que aparecían en otro plano correspondían al palacio del Shogun y no de alguien de menor importancia. Y lo más importante comprobar sin dejar ninguna duda que con Saigo se había terminado la gloriosa estirpe de los samurai; que después de él nadie vistió los atuendos ni cargo las dos gloriosas espadas. Y demostrar, contra la creencia general de los miles de estudiosos de esos estupendos guerreros, que Saigo Takamori jamás intervino en un encuentro, ni ganó una pelea, ni desenfundó sus filosas espadas para proteger a su daimio. El trabajo era arduo y debía concluirlo rápidamente ya que supo que otra biografía sobre el héroe estaba siendo escrita por un profesor de artes marciales y jardinería de la Universidad de Dushisha, descendiente directo del samurai y quien buscaba destruir la especie de que Saigo no fue un héroe, sino un oscuro personaje vestido con la indumentaria y las espadas de los samurai, que vagaba sin rumbo por las calles de Edo, sin ninguno de los privilegios que tuvieron sus colegas. El profesor había escudriñado en los anales del gobierno Meiji y sostenía haber encontrado las pruebas de que su antepasado era un héroe y no un impostor, como lo sostenía el doctor Amadeo en un artículo que publicó en la revista de origamis en su época de embajador. El artículo despertó la ira de los ancianos guardianes de la tradición samurai y obligó al presidente Domínguez a retirar a su embajador, antes de que se le aplicara la ley de honor que lo obligaba a practicarse un sapuko, al mejor estilo japonés.
El doctor Amadeo, que distaba de ser un héroe, decidió eludir toda disputa con los fanáticos que acababa de fundar una secta para exaltar las tradiciones japonesas, y ante la imposibilidad de utilizar su propia vestimenta para llegar al puerto y tomar el barco que lo trasladaría como embajador a Rangún, debió disfrazarse de monje budista y hacer a pie el recorrido hasta el puerto de Yonago, donde finalmente pudo embarcarse.
Abel Sotomayor ocultó la enorme satisfacción que le produjo la noticia que le dio esa mañana el doctor Amadeo. Ningún músculo de su cara se movió; ni siquiera parpadeo cuando el doctor Amadeo le dijo casi en secreto y acercándosele al oído que el seria su sucesor en el INI, porque así lo querían él y el presidente Escobar. Abel al fin vio recompensado su historial de crímenes y violaciones. Y pensó que el trabajo sin tregua, la lealtad al jefe y demás valores que el practicaba como una religión dan finalmente los frutos deseados. El doctor Amadeo le advirtió que por expresa voluntad del presidente desempeñaría los cargos de director del INI, jefe de los Cara de Ángel y jefe de escoltas del presidente. No podía pedirle más a la vida, tres de los mas importantes cargos del país estaban a partir de ahora bajo su mando. Todo aquello que no había podido hacer porque alguien se lo impedía, lo haría; lo que estaba inconcluso lo terminaría, esas células de disidentes, de opositores al presidente Escobar, iban a saber con quien tratarían. Mano dura, nada de compasión, seria su divisa.

-El presidente en su discurso de esta noche informará al país de mi retiro y de su nombramiento como nuevo director del INI- le susurro el doctor Amadeo como tratando de evitar que alguien oyera su conversación. No sabia que esa oficina, como todas las oficinas de los cholo aradores inmediatos del presidente estaban plagadas de micrófonos instalados por Abel a instancias del presidente Escobar. Y de otros micrófonos más sofisticados instalados por orden de la embajada de América. En ese instante Los Cara de Ángel, que silenciosamente escuchaban la conversación desde una casa vecina, supieron del nombramiento de su jefe como director del INI, y comprendieron que ellos también, al lado de Abel, ascenderían en el escalafón del gobierno. “Su posesión – continúo diciéndole - será dentro de tres días, el próximo jueves, en la Casa de los Fundadores, - que así se llamaba el despacho del presidente Escobar - cómprese un traje azul oscuro, una camisa blanca, corbata gris plata y unos zapatos negros sin mayores adornos, que no sean de charol. Ah, me olvidaba, por ningún motivo se vaya a poner esas medias rojas que acostumbra a usar. Y es mejor que no lleve a su mujer.
Esto último ya lo había pensado Abel. Que hacer con Sagrario que convivía con el desde hace tantos años y que seguía siendo tan rústica como el día que la conoció, cuando servia en la casa del Ministro de Obras como mucama y que le ayudó a instalar los micrófonos por donde se filtraron a su oficina los contratos para la construcción de varios puentes con una abundante comisión para el ministro, y unos precios escandalosos para el contratista. Cuando Abel Sotomayor le informo al presidente del negocio que se traía entre manos el ministro estalló en un ataque de cólera, porque le estaban robando la parte del negocio que le correspondía. “No admito que hagan corrupción contra mi, le dijo a Abel levantando las manos hasta la cabeza”.

Abel Sotomayor llego puntual el jueves a la Casa de los Fundadores, Estaba citado para tomar posesión a las 11:00 AM y se hizo presente a las 9:00 AM; eso para él era ser puntual. El presidente en ese momento estaba despidiendo a su querida por al parqueadero de la servidumbre, por donde solía ingresar Abel a la Casa de los Fundadores. Abel discretamente miró hacia otro lugar, mientras permanecía sentado en su viejo carro de modelo de 18 años atrás. Todo lo sabía gracias a su inmensa red de espionaje. Por eso sabía que Gregoria Pallares, la amante del presidente, lo había sido antes del agregado comercial de la embajada de Argentina, con quien mantenía no ya relaciones sentimentales, pero sí comerciales: estaban dedicados al contrabando de cueros crudos de res con el apoyo del jefe de la aduana de Escobária, quien, a su turno, entregaba después de cada despacho una parte de la comisión al presidente Escobar y con la otra parte pagaba la casa que el presidente le tenia a Gregoria en uno de los más selectos suburbios de Escobária. Todo eso lo sabía Abel, que era el único funcionario que nunca recibía una comisión, pero que llevaba en rústicos cuadernos cuadriculados de cien hojas una relación detallada de lo que cada funcionario recibía por comisiones, sobornos y hasta robos descarados. A Sagrario le respondía “No sé, puede llegar el día en que me sean útiles”, cuando ella le preguntaba qué para que anotaba tantas cosas.
Al llegar a su vivienda, en un barrio de clase media, se sentaba en un pequeño cuarto en enorme desorden e inundado de viejos aparatos de escucha a releer durante horas sus múltiples cuadernos cuadriculados que conservaba atados con cuerdas, formando un bulto del tamaño de una butaca. No era raro que lo usara para sentarse en él cuando revisaba un nuevo aparato que le hacia llegar una de las embajadas con que mantenía contacto, y que de tiempo atrás conocían su debilidad por todo lo que tuviera que ver con el espionaje. Nunca retiraba una persona de sus cuadernos, ni aún cuando morían. Había comprobado, desde muchos años atrás, que a los muertos los hacían responsables de las tropelías de otros, y él, con su minucioso archivo, estaba en condiciones de comprobar la veracidad de la información. “Nunca me cogerán fuera de base”, acostumbraba decirse mientras leía con dificultad sus anotaciones, hechas en una minúscula letra “no más grande que la cagada de una pulga”, como le decía Sagrario.
Abel Sotomayor se sentó en el pequeño salón que antecedía al salón de actos de la Casa de los Fundadores, donde se llevaría a cabo la ceremonia de su posesión del INI y, en la misma ceremonia, la de unos empleados de menor categoría. Estaba solo en uno de los rincones más aislados del salón. Se entretenía mirando hacia los distintos puntos donde todavía estaban ubicados los micrófonos que años atrás había mandado instalar y donde comenzaba la difícil tarea de seguir rigurosamente las conversaciones de todos los funcionarios del gobierno del presidente Escobar. A nadie había invitado a su posesión. Pero había acogido la sugerencia del doctor Amadeo Salazar de ir elegantemente vestido. Lo único que no consiguió fue la corbata gris plateada que sustituyo por una de tono ocre o dorado, nunca se supo. Y no se puso medias rojas sino de rombos amarillos y verdes. Muchas veces había pasado por aquél salón; siempre que lo hizo fue de manera transitoria, jamás se había sentado a esperar. Hoy era el primer día que debería estar allí hasta cuando el maestro de ceremonia lo hiciera pasar al salón de actos en compañía de los demás nombrados. “Que falla, pensó, por andar en lo de la posesión me olvide de revisar si los micrófonos estaban funcionando”. Sin darse cuenta que esta reflexión conducía a que él se espiaría a sí mismo. Pero los micrófonos sí estaban funcionando como lo podían comprobar desde un cuarto no muy lejano el grupo de los Cara de Ángel que le seguían todos los paso a Abel. Y desde otro cuarto a varios kilómetros, los acuciosos gringos.
Inmóvil permaneció en el asiento por más de una hora y media. Mucha gente pasó por su lado y sin excepción todos lo saludaron con recelo y mucho temor. No en vano era el funcionario más temido del país. El solamente contestaba el saludo con un gesto o con un movimiento de cabeza. Por lo general jamás le dirigía la palabra a nadie antes que se la dirigieran a él. Finalmente comenzaron a llegar los nuevos funcionarios, la mayoría con niños pequeños. Llegaban también los parientes o amigos invitados. Los niños reían y jugaban en el pequeño salón, se subían en los asientos y algunos descubrieron un micrófono en el oído del busto de Beethoven que decoraba el recinto. Abel trataba desde su silla de imponerles disciplina a base de gestos amenazadores que más hilaridad causaba en los chiquillos, quienes le respondían con una grotesca imitación de lo que Abel les hacia.
Abel se dirigió hacia la pequeña vitrina con libros que había en la pared opuesta del recinto. Nunca en su vida había leído un libro, con excepción de La Alegría de Leer en la cual aprendió, no sus primeras letras, sino sus únicas letras, cuando fue estudiante de escuela primaria. Miro los lomos con más distracción que interés y de pronto, con algo se sobresalto uno de esos títulos atrajo su atención: La Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte. Lo abrió en cualquier parte, al azar, y leyó con dificultad: “Para apoderarse del estado moderno hacen falta una tropa de asalto y técnicos: equipos de hombres armados mandados por ingenieros”. Volvió a leer la frase deteniéndose en las palabras que le daban sentido: “apoderarse”, “estado”, “una tropa”. Y la leyó varias veces más, hasta cuando la hubo asimilado en todo su significado. Regreso a su silla y en su mente seguía rondado aquello de “apoderarse del estado”. Abel contemplaba con su mirada feroz el juego de los niños con los cuadros, con los floreros, haciendo trenes con los asientos. Ninguno de los chiquillos entendía que esa mirada era la más temida del pais y que nadie, salvo ellos, le sobrevivirían. Sus padres y parientes sí conocían a aquél hombrecito de traje azul y media amarillas con quien a partir de ahora compartirían el privilegio de hacer parte del gobierno del presidente Escobar. Sabían que nada perverso se escapaba a sus maniobras siniestras. Pero ninguno sabía que hacia allí ese oscuro personaje, mano derecha del presidente. Mientras Abel permanecía inmóvil en su asiento los demás conversaban en voz tan baja que Abel entendía perfectamente que no querían que los escuchara. Pero Abel estaba tranquilo porque en pocas horas oiría todas las conversaciones que en ese momento sostenían sus compañeros de antesala. Solamente perturbaba su ánimo que los niños, pasado un rato, volvían a jugar con el micrófono del oído de Beethoven y podrían malograrlo.
De vez en cuando Abel esbozaba una sonrisa casi imperceptible. Es que pensaba en la tortura que debían estar soportando los Cara de Ángel encargados de escuchar lo que acontecía en aquel salón de la Casa de los Fundadores, pues por propia experiencia sabia del insoportable chirrido que producía el solo roce con el plumero cuando la encargada del aseo le trataba de sacar el polvo al oído del genial músico.
Sagrario, entre tanto, permanecía sentada frente al viejo radio de Abel, escuchando el discurso del presidente Escobar informando a la nación de los avances del pais en múltiples aspectos importantes. Pero ella lo único que deseaba era escuchar el nombre de su querido Abel, pues este antes de salir respondió a sus insistentes preguntas, sin anticiparle nada mas, que recibiría un importante nombramiento que el propio presidente Escobar anunciaría por radio después de su discurso a la nación.
Luego de una larga sucesión de cifras porcentuales y de comparaciones con otras épocas el presidente inicio un elogio al doctor Amadeo Salazar Portocarrero quien a partir de ahora entraría al salón de los héroes de la nación, no solo por tratarse del jurista más distinguido del pais y director del INI, sino por ser un historiador de talla mundial que se dedicaría a terminar su biografía del ultimo samurai, obra de investigación inigualable y sin parangón en la historia universal. Sagrario en este punto del discurso contuvo la respiración esperando el nombre de Abel en boca del presidente. Mientras acercaba su oído al aparato, cerró los ojos y junto las manos para elevar una plegaria de agradecimiento al Señor que al fin se había acordado de Abel. Pero el presidente no hablo del sucesor del doctor Amadeo; después paso a otros temas que no interesaban a Sagrario, por el contrarios producían en ella una modorra insoportable que no le permitían mantener su mente atenta al soporífero discurso. De repente dio un salto. Acababa de escuchar que el presidente decía “ahora démosle la bienvenida a los nuevos funcionarios que a partir de hoy dedicaran todo su esfuerzo por mantener el incontenible crecimiento de nuestra nación”. Esta misma frase la escucharon todos los que se encontraban en la pequeña oficina con Abel Sotomayor. Menos los niños, que rendidos del cansancio, producto de dos horas de juego, dormían en el regazo de sus padres. Los nuevos funcionarios se levantaron al tiempo de sus asientos, despertaron los niños e iniciaron un frenético desplazamiento hacia todos los lados, mientras sus esposas, detrás de ellos, arreglaban los nudos de las corbatas y ellas mismas ponían algo de orden a sus desarreglados cabellos. Abel también la escucho pero, dado su estoicismo, no se había movido en todo ese tiempo de su asiento; por eso no debió corregir nada, ni su corbata, ni el cuello de su camisa, ni su cabello, solamente se miro la punta de sus zapatos y casi en secreto frotó cada uno contra la pantorrilla para darles un poco de brillo. Y continuó ejerciendo su mayor virtud: esperar.
De repente se abrió la puerta que daba a la Sala de Prensa, desde donde el presidente Escobar se dirigía a todo el pais y el maestro de ceremonias asomo su cabeza para decir:
-Por favor: sigan al salón y se colocan detrás del presidente en el siguiente orden. Y leyó una lista. A Abel Sotomayor no le importó ser el último de los nombrados. Siempre era el último. Un niño que intentaba seguir a su madre en el tropel piso uno de los zapatos de Abel, quien no se percato de ello, pues se encontraba en una especie de sopor. Ya en el salón no escuchaba lo que el maestro de ceremonia decía, ni lo que decía el presidente a cada uno de los que iba posesionando en sus nuevos cargos. Miro nuevamente la punta de sus zapatos y descubrió con horror la marca de una pisada pequeñita, indudablemente de un niño. Tuvo un destello de etiqueta y decidió, contra su voluntad, no frotarlo contra la manga del pantalón.
Sagrario esperaba con ansia, sola y en silencio, el momento en que el maestro de ceremonia pronunciara su amado nombre. Nadie la acompañaba en el momento más feliz de la vida de los dos. Abel jamás había tenido amistad con nadie, su casa nunca la habían visitado compañeros de trabajo ni vecinos. Pero el pais entero en ese momento estaba atento a la ceremonia que se transmitía por la radio y la televisión estatales. Una buena cantidad de ciudadano desconocía al hombre algo robusto y corto de estatura que solitario esperaba su turno separado discretamente del grupo. Muy pocos lo reconocieron y no salían de su asombro al ver al personaje más temido del pais esperando posesionarse del más tenebroso de los organismos de seguridad. Muchos abrigaban la esperanza de que en cualquier momento el presidente Escobar desistiera de nombrar en ese cargo siniestro al más siniestro de los personajes del régimen.
Abel Sotomayor no escuchó nada de lo que dijo el presidente sobre él cuando llegó su turno. Pero Sagrario no salía de una inmensa alegría cuando escuchó las palabras elogiosas del más poderoso de la nación sobre su humilde pero poderosísimo marido. “Abel Sotomayor es el más leal entre los leales, el más fiel entre los fieles, el más honesto entre los honestos, y por eso lo he escogido para remplazar a don Amadeo Salazar en la dirección general del INI”- dijo el presidente Escobar al tiempo que le alcanzaba el magnífico estilógrafo de oro para que firmara su acta de posesión y se convirtiera, después del presidente, en la persona mas poderosa del pais. Por no estar acostumbrado a firmar y por su rudimentaria educación a Abel Sotomayor le tomo más tiempo firmar que a los otros funcionarios que lo habían acompañado en la ceremonia. En ese momento lamentó haber escogido, muchos años atrás, un apellido tan largo. Pero mientras Abel firmaba, y el país entero, ahora sí sabía quién era y que hacia allí ese pequeño hombre, en las casas muchas ancianas se santiguaron, otra, en otro lugar, inicio en silencio una oración y un hombre que se disponía a dar la tacada en un juego de billar, suspendió el golpe para exclamar: “ ¡Oh Dios, lo que nos espera!” En tanto que su compañero de juego le decía con una inocultable expresión de terror “cállate”.

En la casa de Abel Sagrario lloraba de felicidad.
Al salir del salón por la misma puerta que había entrado, esta vez de primero, lo abordó don Amadeo Salazar para decirle sin mayores preámbulos
-Abel: mañana lo espero temprano para ponerlo al tanto de los asuntos.
-No hace falta doctor Amado, yo lo se todo. Mañana le haré llegar sus cosas - y, sin despedirse del anciano, echó en el bolsillo de su saco el librito de Malaparte y continuó su camino hacia el parqueadero para tomar su viejo Pontiac. Ah! Otra cosa - le dijo cuando transponía la salida- nunca vuelva por allá.
El doctor Amadeo Salazar esbozó una sonrisa de terror y se retiró del salón pensando “¿qué he hecho?... ¿qué he hecho?”

Abel Sotomayor fue recibido por su mujer con un fuerte abrazo, muy difícil, es cierto porque el abultado estomago de Abel y el enorme busto de Sagrario impedían cualquier demostración de cariño. Pasó al pequeño cuarto y abrió cuidadosamente el paquete de cuadernos cuadriculados y le dijo a Sagrario
-Mija, ahora es que me van a ser útiles éstas bobadas. Y durante un largo rato estuvo leyendo aquellas anotaciones de letra pequeñita. Y como si fuera aun extraño para él mismo escribió. “Abel Sotomayor se posesiono del Instituto de Inteligencia INI, tiene 37 años o tal vez 40, no tiene papá ni mamá, no los conoció, no tiene religión, no la necesita, no tiene hijos ni amistades, unido a Sagrario Toro Jijoi hace diez y siete años, los únicos bienes que posee son una pequeña casa en un barrio de clase media y un viejo y destartalado carro Pontiac”, y apartándose de la redacción en tercera persona, escribió con letra mas grande: “Tengo la conciencia tranquila”.

Abel permaneció largo rato en el oscuro rincón revisando los cuadernos cuadriculados y, mientras pasaba las hojas lentamente, pensaba “éste ya se murió”, “éste me puede servir”, “éste hay que eliminarlo”, “éste ¿qué se haría?”, “éste está preso”. Un tiempo después se dirigió a su alcoba, casi en puntillas, para no despertar a Sagrario que dormía plácidamente, después de haber orado, para dar gracias Dios que le dio un esposo con las virtudes de Abel.

Temprano, al dia siguiente, caminando despacio, entró en el viejo edificio del INI. Solamente una aseadora se encontraba trabajando cerca de su nueva oficina; pero con temor bajo los ojos para no encontrarse con los de su nuevo jefe. Y personalmente se dio a la tarea de recoger los enseres del doctor Amado que iba colocando en el suelo, en un sitio cercano a la puerta de la oficina. Luego descolgó, una a una, las fotografías de quien por tantos años fuera su superior, no sin antes detenerse a detallarlas, porque en algunas de ellas aparecía él, con varios años menos. Pero ninguna despertó en él el menor sentimiento. Del viejo escritorio extrajo un gran legajo, amarrado con una piola, en que el doctor Amadeo Salazar había escrito “Vida de Saigo Takamori, el último samurai, por Amadeo Salazar Portocarrero”. Y mientras depositaba el legajo en el suelo, al lado de los demás enseres pensó “ya veo a que se dedicaba el viejo, por eso las investigaciones se morían cuando llegaban a este escritorio…tengo mucho trabajo por delante”. Siguió desocupando cajones y en otro de ellos apareció un legajo extremadamente grande, amarrado como el anterior, en cuya tapa decía con la misma letra de de don Amado: “anotaciones para una biografía de Saigo Takamori”, que Abel puso al lado del anterior, mientras pensaba “como perdía de tiempo este viejo…definitivamente tengo mucho por hacer”. De repente su corazón se acelero cuando tomó en sus manos una carpeta titulada “Abel Sotomayor”. En el interior había unas pocas hojas, escritas a mano por el doctor Amadeo, que comenzó a leer en desorden. Eran, ni más ni menos, que su largo prontuario escrito con dedicación, y durante muchos años por quien más lo conocía. Allí leyó frases como “Abel es extremadamente peligroso”, “Abel nació para asesinar, como las hienas”, “Al fin nos deshicimos de él…Abel lo logró”, “le pediré a Abel que lo haga sin dejar rastro”, “Abel sabrá como lo hace, es de confiar”, “Abel es ignorante, eso es bueno”, “Abel es honesto”. Abel Sotomayor ladeó la cabeza, miró una vieja fotografía suya que acompañaba los demás papeles, que le trajo a la memoria sus primeros trabajos como protegido del presidente Escobar, que todavía no era presidente, porque no había dado el golpe de estado, sino el hombre de confianza del dictador Domínguez. Cerró la carpeta y pensó que en nadie se podía confiar, especialmente en los que te dan palmadas en el hombro. “Yo jamás he confiado en nadie”, se dijo mientras se dirigía hacia otro lugar de la oficina. Con cuidado levantó uno de los guardaescobas, tomo un cable y tiro de el hasta llegar a un pequeño micrófono, que tomó entre sus manos. Dio un fuerte tirón que hizo que el cable se desprendiera del otro extremo. “Ya no lo necesito”, se dijo, mientras lo enrollaba cuidadosamente y lo guardaba en uno de los cajones del escritorio que acababa de desocupar. Se sentó, tomó de un bolsillo de su saco una pequeña libreta y se dedicó a copiar algunos nombres a una hoja en blanco, durante unos cuantos minutos.

Abel Sotomayor escuchó ruidos en la oficina de la secretaria del doctor Amado, se acercó al puerta, la abrió y sin mediar un saludo protocolario le dijo, señalando el arrume de cosas que había depositado en el piso:
- Doña Gertrudis, consiga a alguien que lleve todo esto a la residencia del doctor Amadeo.
- Si señor, -contesto la secretaria , con visible temor-. ¿Necesita algo más?
- Si, -le respondió entregándole la hoja que acababa de escribir, - que éstas personas vengan a las cinco de la tarde. Consígame asientos para todos.
En ese preciso instante vino a su mente un pensamiento que lo hizo contener la respiración. “esta oficina también esta inundada de micrófonos de los gringos”. Rápidamente se dirigió a la puerta para decirle a doña Gertrudis que en ese momento estaba ocupada haciendo las llamadas que le había solicitado:
Lláme a los de mantenimiento para que pasen éstas cosas al cuarto de al lado, donde funciona el archivo muerto. En adelante despacharé desde allí y nadie podrá entrar sino cuando yo lo llame o lo autorice. Esta oficina permanecerá con llave. La aseadora hará el aseo en mi presencia. Lo del archivo tráiganlo para acá.

Continuará…

miércoles, 9 de junio de 2010

La Valija

Anoche preparaba mi valija para viajar a reunirme con mi hija en un país extraño, del que desconocía casi todo, especialmente su lengua y su cultura. Mi mente repasaba mi existencia en rápido retroceso mi juventud y mi niñez. Atropellados venían días de felicidad y días de angustia, de hambre y de desesperación. Pero de repente me sorprendió que algunos de ellos ya no me eran claros; no solamente me veía con extraños trajes, de modas antiguas sino en lugares y situaciones que nunca había conocido. No soñaba, tenia plena conciencia del momento en que vivía. Hora antes me había despedido de mi hija. Era la misma separación de remotísimos tiempos que venia a mi memoria, sin que yo tuviera conciencia de ella antes. Pero mayor fue mi sorpresa cuando logre traer recuerdos de esa época, que no era mi vida actual, ni era un sueño. Era un recuerdo real.

Tenía la certeza de que esas imágenes no las estaba creando mi mente sino que las estaba recordando. Si, recordando. Todas las situaciones fueron reales, vividas por mí. Las personas que iban apareciendo las conocí y conviví con ellas. Ahí estaban los que ame y los que me amaron, los que odie y los que me odiaron. Volví a ver al brutal Salomón Ungard que abuso de mí cuando aun era una niña; a la terrible Selma que vendía mi cuerpo una vez tras otra para alimentar su enorme codicia de dinero. ¿En que país ocurrió esto? ¿En que época? No sé, no lo he podido recordar pero por los nombres debió ser en un país teutón y por la vestimenta de las personas creo adivinar la edad media. Horribles calles, horrible suciedad, horribles olores. Salomón era sucio y rico. Trabajaba con dinero a interés. Todos lo odiaban. Su debilidad eran las niñas que le suministraba Selma. Ningún momento feliz de aquella lejana vida venia a mi memoria. Me esforzaba por encontrar alguno. Pero todo esfuerzo era en vano. Sin dificultad iba hacia atrás en mi edad o hacia delante uniendo unos recuerdos con otros. Pensé que los recuerdos desagradables solamente se encadenan con recuerdos desagradables y que de lograr un recuerdo feliz este me llevaría a una serie de episodios felices. La gente en aquellos recuerdos me llamaba Gratia. Tan pronto vino este nombre a mi memoria sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo. Alcance a oír a Selma gritándolo para que saliera de la inmunda covacha donde permanecía a atender uno de los asquerosos clientes de su negocio. Mi mente no abrigaba otro pensamiento que escapar de aquella prisión donde mi vida transcurría en la más abominable situación. Con los días me di cuenta de que Selma solamente abandonaba la vigilancia sobre nosotras para asistir a la iglesia a escuchar las predicas de los monjes sobre la infinita bondad de Dios y el grande amor que nos tiene a los pobres. Y debe ser verdad, porque Dios me ayudo. Aproveche una salida de Selma para escaparme de ese infierno. Veintitrés años tenía entonces. Sin embargo no era libre. Atada a Selma por infinitas deudas no había otra solución que abandonar mi país para tratar de encontrar en otro una nueva vida. Tome un carruaje cuyo destino desconozco; solamente recuerdo que fueron largos días de viaje hasta llegar a una ciudad con un enorme rió que la dividía en dos y que por aquellos días soportaba una revuelta del pueblo pedía al monarca que hiciera lo posible por bajar el precio de la harina, fuente casi única de alimentación de aquel pueblo famélico. No se como quede envuelta por una multitud vociferante, que armada de toda clase de utensilios, se enfrentaba a los representantes del rey, que del otro lado de las barricadas disparaban los mosquetes dirigidos por un pequeño y regordete oficial de artillería. Una de esas balas puso fin a mi vida y mi cuerpo destrozado fue depositado con muchos otros en un gran agujero, hecho por los revolucionarios.

En medio del sobresalto que me produjo recordar estos horrendos hechos llego a mi mente un lugar casi desierto, iluminado por un brillante sol y arriba de una montaña una mujer de aspecto humilde que lloraba desconsolada. Una multitud la rodeaba con ademanes amenazantes. Tal vez en ese instante comprendí que esa mujer era yo que enfrentaba la atroz muerte por lapidación. No hacia mucho había llegado de mi país natal siguiendo las huellas de Críspulo, mi amado, muerto no hacia mucho en la capital del imperio. Huyendo de esa multitud iracunda que me gritaba “adultera” quede atrapada por la muralla que encerraba la ciudad. Muchos guijarros cayeron sobre mi cuerpo que quedo allí tendido para ser devorado en feroz competencia por los perros y los buitres.

Pero esto no fue todo. Angustiada por lo extraño de estos recuerdos de vidas pasadas, que podían no ser recuerdos sino sueños que hasta ahora venían a mi mente o simples memorias de hechos vistos o conocidos de fuentes ya olvidadas, irrumpió otra imagen que se perdía entre la bruma que siempre acompaña estos mensajes, que ya casi estaba entendiendo. Rodeada de caras solemnes fui descubriendo elegantes figuras, vestidas con los más extraños trajes. Hombres que trataban infructuosamente de atraer mi atención que estaba puesta sobre el objeto que reposaba en la mano de uno de ellos. Es un puñal de ovidiana, pensé, y quien lo empuña no es otro que el Gran Sacerdote Maya, encargado de culminar las ceremonias del sacrificio a los dioses en agradecimiento de las abundantes lluvias que han traído después de una prolongada sequía que arruino la mayoría de los cultivos. He sido traída desde mi pueblo distante varios días. Ayer al atardecer llegue en medio de un gran festival acompañada de otras mujeres jóvenes como yo y de mi dolorida madre. Todos han danzado sin cansancio durante la noche y el día de hoy. Fui escogida entre muchas por mi belleza, mi juventud y el hecho de no haber conocido hombre. Mis padres me entregaron a los sacerdotes porque sabían que con mi sacrificio les llegarían innumerables beneficio y serian protegidos de los dioses por toda la eternidad. Mis hermanos y hermanas alcanzarían el rango de distinguidos que por siempre los haría sobresalir entre los miembros del clan, y yo entraría al jardín de la eternidad para disfrutar de la felicidad sin límite, y mi nombre seria grabado sobre las escalinatas de la pirámide celestial. Allí quedaría para ser repetido por los guerreros, durante mil lunas llenas, antes de las batallas. De esta manera protegería sus carnes desnudas de las armas enemigas y en la esquina superior colocarían mi imagen, representada por una flor, para ser iluminada cada día por los primeros rayos del sol, privilegio pocas veces concedido.

Bebí el jugo del árbol sagrado y me perdí en un profundo sueño. Mi corazón fue repartido entre los sacerdotes y mi cuerpo depositado en la laguna de la fortuna para hacer el viaje a la eterna felicidad. En este punto vi con claridad lo que no podía entender: todo viaje me llevaba a la muerte al siguiente día. Si hacia el viaje que me encontraba preparando moriría. Acosada por estos pensamientos comprendí que mi vida estaba en mis manos. Si permitía que la rueda continuara su camino el final debía ser el mismo que las veces anteriores. Casi al borde de la desesperación comencé a reflexionar en el significado de tales remembranzas. Me preguntaba si en verdad, después de todo viaje moría o sencillamente existe un día para morir.

Dominada por el temor tome la resolución de no viajar, y así se lo hice saber a mi hija al día siguiente, a las ocho de la mañana del once de septiembre del año dos mil uno, en su oficina del Word Trade Center de Nueva York, quien rechazo airada mi descontrolada imaginación. Ahora desde aquí, mientras espero, como tantas otras veces lo he hecho, veo su cuerpo en los sótanos del edificio rodeado de un amasijo de hierros y cadáveres.

La verdad

En el reino de Sadag, como en los otros ciento setenta y tres reinos de la región, la palabra de las niñas era tomada como la absoluta verdad. Quien no les creyera era muerto. El día que el rey Sadag llamó a Vilama, niña, en medio de la guerra contra el rey de Ametaria para conocer el resultado de la batalla obtuvo por respuesta que sus soldados habían sido derrotados antes del anochecer por la traición del primer ministro de Sadag. El rey hizo traerlo ante sí y allí mismo el verdugo separo la cabeza de su cuerpo. Un mensajero llego antes del amanecer para comunicarle al rey su triunfo sobre el rey de Ametaria. Vilama en presencia del rey no confeso que había mentido y nada valió para que el rey mismo separara la pequeña cabeza de su pequeño cuerpo, no por haber mentido, pues las niñas no mienten, sino porque jamás aceptó haber mentido.

Moraleja:
A pesar de la creencia ancestral, los niños si mienten.
La soberbia de los niños los lleva a la muerte.
El primer ministro era un traidor. Vilama pudo haber dicho la verdad. El ejercito del rey Sadeg se recupero entre el anochecer y el amanecer.
Puede ser cierta la creencia ancestral de que los niños no mienten. 11/v/02

miércoles, 7 de abril de 2010

El Cuadro Robado

-¿Alo?,
-¿Con quién?
- Con el investigador Aquiles Barreto.
-Señol Baleto habla con secletaria plivada de embajadol de Japón.
-¿Ah, si? no jodas .Entonces yo soy el presidente. Dejémonos de vainas que estoy muy ocupado. ¿De qué se trata, ahhhh?
-El señol embajadol le quiele hablal. Ya se lo paso.

Breve silencio. Aquiles, expectante, permanece al teléfono

-¿Aluuúú? ¿Quién hablal allá?
-Aquiles Barreto. ¿De qué se trata?
-Hablal el embajadol Yushio Ozawa. Señol Baleto, nosotlos sabel usted sel glan investigadol de lobos a bancos. Nosotlos tenel lobo de valioso cuadlo y quelel atlapal ladlon plonto. Yo quelel hablal pelsonalmente con usted. ¿Se puede?
-¿Y yo como saber, digo …como se que usted si es el embajador y no un farsante?
-Búsque númelo embajada en dilectolio telefónico y llámeme. Espelo su llamada, señol Aquiles.

Aquiles dejo escapar un sonrisa de escepticismo, se recostó en su muy deteriorado asiento, le bajo el volumen al partido de fútbol que estaba escuchando y pensó que nada perdía con marcar un número telefónico para ver a que conducía toda esta patraña.

-Buenos días. Usted esta comunicado con la embajada del Japón ¿En que le podemos servir?
-Por favor comuníqueme con el señor embajador
-¿Quien lo necesita?
-Aquiles Barreto, inves…..
-Ah don Aquiles… el embajador esta esperándo su llamada. Ya se lo paso.
-Oh doctol Aquiles como le agladezco que me llame.-El investigador Aquiles se quedo estupefacto al comprobar que realmente estaba hablando con el embajador de la segunda potencia del mundo, pues en siete años de servicios al Banco Supremo jamás había hablado con el presidente de esa institución. –Yo hablal muy mal el español –continuo diciendo el embajador- pol favol venil a embajada y hablal con mi homble de confianza…pleguntal pol señol Molita, el infolmal todo del cuadlo lobado. Es muy impoltante pala nosotlos. Aquiles escasamente entendía la pronunciación del embajador pero logro entender con dificultad que fuera a la embajada y preguntara por el señor Molita.

El embajador se despidió muy ceremoniosamente y Aquiles permaneció durante unos segundos en estado casi catatónico. Al recuperarse del trance en que se encontraba se preguntó

-¿Qué diablos es ésto? ¿Era ese señor el embajador del Japón llamándome a mí para una investigación? Tiene que ser porque yo marqué el número del directorio y me contestaron de la embajada. ¿Voy o no voy? esa es la cuestión. ¿Le cuento a mi jefe o no le cuento? No debo contarle porque me llamaron a mi y no a él. Durante largo rato Aquiles continuó debatiéndose en un montón de dudas y al fin decidió que al terminar su jornada de trabajo iría a entrevistarse con el señor Molita.

La recepcionista era una japonesita amable y sonriente que inmediatamente hizo venir al señor Molita cuyo inconfundible aspecto era el de los oriundos de ese pais: pelo negro y lacio, ojos rasgados y mediana estatura.

-¿Señor Aquiles?– le dijo con perfecta pronunciación castellana- lo estaba esperando. El señor embajador me pidió que le contara todo sin ocultarle nada. Vamos a mi oficina.-Y lo condujo a una amplia oficina que daba al hermoso jardín interior de la embajada. Se sentaron en sillones de cuero, uno frente al otro. Enseguida entro una camarera que le ofreció té de jazmín que Aquiles acepto de inmediato.
-Los jazmines llegan desde Kyoto por encargo del señor embajador. Para aclararle las dudas, pues entiendo que usted es extremadamente perspicaz, la importación es absolutamente legal, aunque engorrosa.

Aquiles solamente sonreía y por su mente no había pasado ninguna idea referente a la importación de jazmines.

-Bueno Aquiles , vamos al grano, puedo llamarlo por su nombre ¿no cierto?
-Claro que sí.
-Resulta que la semana pasada, el jueves para ser exactos fue sustraído de la oficina privada del señor embajador el valioso cuadro…que digo, valiosísimo cuadro del “Yakumo no Chigiri” del reconocido, pintor Japónés del siglo XIX Eisen Tomioka, importante representante del estilo Shunga. Mide 38.75 cms de ancho por 26.25 cms de alto y como todos los cuadros de la escuela Shunga es un grabado erótico. El precio del cuadro es de varios millones de dólares pero un ignorante en arte lo vendería por unos pocos dólares. Sería una perdida irreparable para el Japón. Usted debe recuperar ese cuadro. El señor embajador tiene plena confianza en usted. Ah, otra cosa, por instrucciones del señor embajador no se le ha informado a las autoridades del país. Usted entiende, detrás de las autoridades vendría la prensa y se sabría el valor real y la importancia del cuadro para el Japón. ¡Ahí sí que no lo volveríamos a ver! Le ruego que no comente con nadie este desagradable suceso. He hablado mucho, le ruego que me disculpe…¿tiene usted alguna pregunta?
-Si, ¿Dónde aprendió tan bien el español?
-Ah si, ya veo: en mi pueblo Yacuanquer.
-Pero lo habla usted excelente. Debe haber una magnífica academia de idiomas allá…Es que los Japóneses….!
-Yacuanquer queda en Nariño, Aquiles, en Nariño.
¡Ah carachas! Exclamó Aquiles que no salía de la sorpresa ante la inesperada respuesta. Entonces ¿a qué debe su apellido Japónés Molita?
-No es Japónés, ni es Molita. Me llamo Isauro Mora, me dicen cariñosamente Morita, y como a ellos les da trabajo pronunciar la ere me quede en Molita. Usted me dirá por donde va a comenzar la investigación. Puedo decirle que por dinero no se preocupe, su trabajo será recompensado generosamente. El canciller autorizó una gruesa suma de dinero para quien recupere el cuadro.

Aquiles no salía de su asombro. Una corriente fria recorrió todo su cuerpo. En realidad no tenía ni la más remota idea de por donde comenzar la investigación.

-Me gustaría hablar con el señor embajador- le contestó sin saber por qué.
-Eso si va a estar difícil hoy porque el señor Ozawa estará todo el dia con el presidente de la República. Usted sabe: por el asunto ese del metro que los Japóneses quieren construir en Manizales.
-Entonces con el portero- respondió de inmediato Aquiles
-¿Con el portero? ¡Que extraño! Usted es un investigador impredecible . Yo pensé que comenzaría como en las películas…revisando la escena del crimen…pero bueno si usted quiere…
-¡No, no! precisamente estaba por decirle que prefería hacer un recorrido por la escena del crimen.
-OK, lo llevare a la oficina auxiliar del señor Ozawa. De allí fue sustraído el cuadro. Por favor sígame.

La oficina auxiliar del embajador era un pequeño cuarto adjunto al despacho principal. En el suelo había un pequeño colchón con una extraña almohada en forma de rodillo donde el embajador reposaba después de sus frugales almuerzos. Adosado a la pared un mueble de dos cuerpos, en madera, que iba de extremo a extremo. En los compartimientos superiores había libros y porcelanas, en los inferiores cajones de muy variados tamaños, que iban en hilera hasta el piso. Era, sin lugar a dudas, una extraordinaria obra de carpintería fina.

-De aquí fue descolgado el cuadro por el ladrón- le dijo Molita a Aquiles mientras le señalaba un clavo en la pared encima del rodillo que servia de almohada al embajador.
¡Ajá!- exclamo Aquiles
-Lo extraño en todo esto es que a este cuarto son muy pocas las personas que tienen acceso
¡Ajá!- volvió a exclamar Aquiles-¿y quienes son?
-Bueno pués sin ser invitados por el señor Ozawa entra la aseadora, pero entre las seis y siete de la mañana. Los demás tienen que ser invitados por él: entre ellos la secretaria, cuando la llama por el intercomunicador, el chofer cuando lo hace venir a recoger el maletín o cuando viene a dejarlo, y yo, pero muy esporádicamente. Se puede decir que este es un cuarto ultraprivado del señor Ozawa.
-Ajá, ya lo veo- dijo Aquiles mientras tomaba de la pared-mueble un hermoso jarrón de porcelana que por poco se escapa de sus manos ante la exclamación de Molita “por favor, no la toque, todos son de la dinastía Ming”

Temblando como un ratón acorralado, Aquiles devolvió la porcelana a su lugar.

-Dice el señor Ozawa que perteneció al emperador Jingtai, el que encarceló a su hermano el emperador Zhengtong….usted sabe…
¡Ajá!,-exclamo Aquiles sin entender nada de lo que decía el señor Molita.
-Pero tranquilícese, al morir Jingtai Zhengtong volvió ser emperador hasta su muerte.
-¡Humm!- dijo Aquiles absolutamente despistado, pues no había entendido nada de lo que Molita le decía.
-Bueno –dijo Aquiles- creo que es suficiente por hoy. Me gustaría organizar mis ideas para ver de qué manera oriento la investigación. Si usted no tiene inconveniente mañana regreso para iniciar los interrogatorios
-Esta bien, talvez mañana pueda usted hablar con el señor Ozawa.

Pero Aquiles no se retiro inmediatamente de la edificación. Decidio escudriñar sigilosamente algunos de los sitios que sospechaba el ladron había utilizado en su recorrido después de sustraer el cuadro. recorrió los cuidados jardines exteriores, miro con sigilo las amplias fachadas de la enorme casa, sede de la embajada, visito el estanque donde las carpas danzaban su eterna danza d e idas y venidas. Pero a pesar del enorme interés que ponía en cada revisión nada sospechoso encontró el pequeño investigador. Todo en aquel lugar estaba en su sitio manteniendo un notorio orden prefijado por la mano de meticulosos empleados. Aquiles, entonces, se marcho.

-Aquiles, carajo, ¿es que está sordo?- le grito la señorita Maria Helena, secretaria de su superior,- ¿no oye que lo estoy llamando? ,…¡que pase a la oficina del jefe!

El investigador, en ese momento, escuchaba en un diminuto radio el programa sobre futbol “Las Primas Donas” y nada en el planeta lo sumergía en una concentración igual a la que alcanzaba con este programa en que tres locutores vociferaban sobre los partidos de futbol y que Aquiles jamás dejaba de oír.

Sin retirar el radio del oído llego hasta la puerta donde se detuvo un instante para escuchar unos comentarios sobre un dudoso gol en uno de los partidos del día anterior.

-Aquiles, carajo, lo mande llamar hace rato,
-Doctor …es que…
-Nada…seguramente esta pegado de ese radio oyendo futbol…
-No doctor, como se le ocurre.
-Bueno …bueno. El presidente ordeno que continúe con la investigación esa en la Embajada de Portugal…
-Del Japón, interrumpió Aquiles, con la voz temblorosa, mientras trataba de establecer por qué el presidente del banco sabía de su investigación, que al parecer se convertía en un trabajo más del banco .
-Donde sea, carajo, …ah, y después hablamos sobre este asunto.

La pequeña figura de Aquiles abandonó la oficina caminando hacia atrás, sin retirar la vista de su superior, que sin ocultar su cólera hacía el ademán de buscar unos documentos entre los papeles que reposaban sobre el viejo escritorio de estilo clásico, pasado de moda, herencia del primer presidente del banco, cincuenta años atrás.

Cuando Aquiles se presento a la embajada todos los funcionarios se encontraban en sus puestos desde hacia dos horas, menos el embajador que a esa hora jugaba golf con el embajador de los Estados Unidos en un exclusivo club a las afueras de la ciudad y comentaban, en voz muy baja y en inglés, el incidente del cuadro.

-Pero Yushio-le dijo el embajador Martin Paterson, que en ese instante se disponía a hacer un lanzamiento en el hoyo siete- ¿Cómo fuiste a pedir colaboración a un banco si nosotros te podíamos haber ayudado con la CIA o el FBI? Tú sabes que en éste país tenemos tantos agentes secretos como en Europa durante la Guerra Fría.

-Si, lo sé, - respondió el japonés con una amplia sonrisa- pero eso es lo que me da temor: todos esos agentes tuyos metidos en mi embajada. Cro que es el único lugar en este país que no está sembrado de microfonos de ustedes. El embajador Paterson sonrió. - Pero si el señor Barreto no me da resultado buscaré tu colaboración.

Al mismo tiempo Aquiles y el señor Molita estaban reunidos en una de las salas privadas de la embajada. Aquiles con una indescriptible expresión de sorpresa, observaba algunos de los pequeños cuadros que colgaban en la pared. U observaba la perfecta figura de rasgados y brillantes ojos negros, de Takako que le servia con exquisita ceremoniosidad un té de jazmines.

- Son de estilo Shunga, como el robado –dijo el señor Molita- tratando de traer a Aquiles a la conversación. Cuenta el señor Ozawa que con esas imágenes enseñaban educación sexual hace varios siglos. Seria bueno que comenzáramos a trabajar. ¿Puedo saber su plan o prefiere no comentarlo?

-Ah!- exclamo el investigador- sin salir de su asombro y sin retirar su vista de los cuadros, ni de Takako. Si, claro, me gustaría hablar con el señor embajador.

-Lamentablemente el embajador nos aviso que solamente vendrá en las horas de la tarde. Si le puedo ayudar en algo, por favor dígame. Daré instrucciones de que le presten la colaboración que necesite.

-En ese caso me gustaría hablar con la aseadora de la Embajada -dijo Aquiles sin siquiera saber por qué pedía la presencia de esa funcionaria.

-La señora Atsuko no habla español, solamente japonés. ¿Quiere que el intérprete oficial los acompañe?

-No, no hace falta. Entonces con la secretaria del embajador-dijo Aquiles inmediatamente.

Aquiles corrió a continuar observando los grabados Shunga cuando el señor Molita salio en busca de la secretaria del embajador. "Esto –pensaba- es pornografía pura …¿a quién se le ocurre robarse semejante cosa?...¿dónde diablos cuelga uno un cuadro como estos?" Sus cruentas criticas fueron interrumpidas con la entrada de una mujer de mediana edad y corta estatura, de claros rasgos orientales pero vestida con indumentaria occidental que inclino levemente su cuerpo ante el investigador, que se sonrojo al verse sorprendido observando aquellos grabados.

-¿Necesitalme usted, señol?
-¿Es usted la secretaria del señor Ozawa?
-Sí, yo sel.
-¿Cuál es su nombre?, pregunto Aquiles mientras se escarbaba un oído con la punta de un esfero.
-Michiko,
-Muy bien señora Michiko, ¿Qué sabe usted del cuadro?
-Que se lo robaron, señol
-Ajá –repuso Aquiles, mientras con las manos en el bolsillo subía su pantalón, algo caído - y quién cree que se robó el cuadro.
-No sabel quien, señol. Sel vez plimela peldelse cosa en embajada.
-Ajá. ¿Notó algo extraño, fuera de lo normal, en la embajada el día del robo?
-No, ese fue un día nolmal como todos los antelioles.
-Ajá. Cuénteme ¿qué llama usted un día normal en la embajada?
- Vela: Atsuko alegla el despacho del señol embajadol y la oficina plivada. El señol Molita despacha sus asuntos en la suya y solamente entla cuando el embajadol me pide que lo haga entlal; Akira, el chofel, plepala el melcedes y espela en el galaje haciendo mecánica, hasta que embajadol me pide que se lo llame. Yasunari, el jaldinelo, liega las plantas, quital hojas secas, da alimento a peces del estanque; casi nunca entlal al despacho del embajadol. Takako, mi asistente, colabola con atención telefono, pasa caltas a maquina y no entlal despacho señol Ozawa, sino cuando entlal conmigo. Además habel cónsul, aglegado milital, comelcial, y otlos pelo día lobo ninguno estaba polque habían ido a embajada Egipto a algo soble escritol Naguib Mahfouz.

-Ok -repuso Aquiles como cosa rara, en cambio de su acostumbrado “ajá”, mientras pensaba si había oído ese nombre alguna vez como jugador de la selección nacional de futbol de Egipto- eso es todo por ahora, señora Michiko, por favor: ¿quiere decirle a su asistente que venga? Gracias.

Mienta esperaba, frente a la ventana, la llegada de Takako, Aquiles, ansioso, frotaba su garganta con el dorso de la mano buscando algunos pelos que se hubieran escapado en la afeitada de la mañana, como tantas veces le sucedía. Al mismo tiempo pensaba que a esa hora Las Primas Donas estarían ya enfrascados en una acalorada discusión, sobre algún incidente del futbol pasado, presente o por venir.

Eran tan suaves las pisadas de Takako que Aquiles solamente la descubrió detrás suyo, silenciosa, cuando se volteo, algo impaciente por la supuesta demora de la asistente.

Sin siquiera sonreír, Takako hizo una corta inclinación ante el investigador que desde que la vio comenzó a arreglarse la vieja corbata ocre con rayas verdes que no cuadraba con su chafado vestido azul oscuro. “Que bombón, Dios mío, que bombón”, pensó Aquiles y le dejó ver sus grandes dientes, amarillos de nicotina, a manera de conquistadora sonrisa. Takako no se inmutó, su rostro no produjo ni el más imperceptible movimiento.

-Tú eres Takako, ¿reinita?
-Si señor, respondió pronunciando la eñe perfectamente.
-No me vayas a decir que también eres de Yaquanquer como Molita, le dijo acercándose melosamente, obligando a la asistente a dar un paso atrás para mantener una distancia prudente.
-No señor soy de Tokio
-¿Y eso donde queda, cariño? ¿en Japón?-preguntó sonriente el investigador, arreglándose otra vez el nudo de la corbata.
-Tokio es la capital de Japón, respondió Takako, dejando ver una muy sutil señal de disgusto, que Aquiles percibió.
-Ajá…contesto Aquiles arrancando un pelito de la nariz.
-Y ¿a qué hora sales?- pregunto Aquiles subiendo las cejas y sin dejar de sonreír.
-Señor, ¿esa pregunta es parte de su investigación o me esta insinuando algo?- preguntó Takako dejando ver en su rostro un profundo disgusto.-hablaré con el señor Osawa.
-No, entiéndame, por favor, es que quiero establecer si usted se encontraba en la embajada a la hora del robo.
-Pues pregúnteme eso para contestarle que no, que estaba en una cita médica aprovechándo que los altos funcionarios no estarían esa tarde. ¿Es todo?
-Sí, es todo, puede retirarse- le respondió Aquiles en una espantosa turbación, mientras se arreglaba otra vez el nudo de la corbata.

Takako abandonó la oficina, pero mientras cerraba la puerta se dirigió a Aquiles para preguntarle ”si le podía ayudar en algo más”
-No gracias-contestó Aquiles sin dejar se sentir un enorme temor que le recorría todo su cuerpo, -o sí, por favor, avísele al señor Molita que mañana vuelvo a continuar la investigación.

Cuando Aquiles le contó a su mujer que la asistente no entendió que el quiso ser amable con ella, su mujer lo tranquilizó diciéndole que “esas taradas son todas iguales, no saben nada de cortesía, verás que mañana te va a pedir disculpas”

Pero Aquiles descubrió, frente a la puerta de la embajada, que no estaba tan tranquilo como creía después de haber conversado el incidente con su mujer. Temblaba, en realidad. Por eso llegaba casi dos horas tarde.

-El señor embajador quiere hablar con usted inmediatamente- le dijo Takako cuando pasó frente a ella caminando con sus piernas levemente torcidas hacia el salón donde realizaba las entrevistas.

Un sudor frió recorrió todo el cuerpo del investigador. Temblorosamente arreglaba su corbata, la misma del día anterior, mientras se repetía como un mantra “tragáme tierra, tragáme tierra, esta vieja le sapió todo al embajador y ya lo debe saber el presidente del banco…Dios mío, me van a echar, para que vine a meterme en este bollo, tragáme tierra”. De repente se abrió la puerta de la oficina del embajador y apareció un señor de inconfundible aspecto oriental que lo saludo con gran efusividad. Era el embajador Osawa.
-Doctol Aquiles, lo felicito, apaleció cuadlo. Todos en embajada estal muy felices. Cleemos, sincelamete, que ladlon devolvio cuadlo pala no velse sometido a su intelogatolio. ¿Qué le pasa doctol Aquiles, no estal contento también?

Aquiles estaba tan asustado que todo lo que dijo el embajador llovió sobre él como el agua sobre un pingüino. El embajador lo condujo hacia una pequeña salita donde lo aguardaban sonrientes los empleados de la embajada, que lo recibieron con un sonoro aplauso mientras en coro gritaban ¡F e l i c i t a c i o n e s, d o c t o l A q u i l e s! Aquiles recorrió rápidamente los rostros sonrientes y notó, con algo de tristeza, que solamente faltaba la bellísima Takako.

Junio 3 de 2010

El Cuadro Robado

-¿Alo?,
-¿Con quién?
- Con el investigador Aquiles Barreto.
-Señor Barreto habla con la asistente de la secretaria privada del embajador de Japón.
-¿Ah, si? no jodas .Entonces yo soy el presidente. Dejémonos de vainas que estoy muy ocupado. ¿De qué se trata, ahhhh?
-El señor embajador le quiere hablar. Ya se lo paso.

Breve silencio. Aquiles, expectante, permanece al teléfono

-¿Aluuúú? ¿Quién hablal allá?
-Aquiles Barreto. ¿De qué se trata?
-Hablal el embajadol Yushio Ozawa. Señol Baleto, nosotlos sabel usted sel glan investigadol de lobos a bancos. Nosotlos tenel lobo de valioso cuadlo y quelel atlapal ladlon plonto. Yo quelel hablal pelsonalmente con usted. ¿Se puede?
-¿Y yo como saber, digo …como se que usted si es el embajador y no un farsante?
-Búsque númelo embajada en dilectolio telefónico y llámeme. Espelo su llamada, señol Aquiles.

Aquiles dejo escapar un sonrisa de escepticismo, se recostó en su muy deteriorado asiento, le bajo el volumen al partido de fútbol que estaba escuchando y pensó que nada perdía con marcar un número telefónico para ver a que conducía toda esta patraña.

-Buenos días. Usted esta comunicado con la embajada del Japón ¿En que le podemos servir?
-Por favor comuníqueme con el señor embajador
-¿Quien lo necesita?
-Aquiles Barreto, inves…..
-Ah don Aquiles… el embajador esta esperándo su llamada. Ya se lo paso.
-Oh doctol Aquiles como le agladezco que me llame.-El investigador Aquiles se quedo estupefacto al comprobar que realmente estaba hablando con el embajador de la segunda potencia del mundo, pues en siete años de servicios al Banco Supremo jamás había hablado con el presidente de esa institución. –Yo hablal muy mal el español –continuo diciendo el embajador- pol favol venil a embajada y hablal con mi homble de confianza…pleguntal pol señol Molita, el infolmal todo del cuadlo lobado. Es muy impoltante pala nosotlos. Aquiles escasamente entendía la pronunciación del embajador pero logro entender con dificultad que fuera a la embajada y preguntara por el señor Molita.

El embajador se despidió muy ceremoniosamente y Aquiles permaneció durante unos segundos en estado casi catatónico. Al recuperarse del trance en que se encontraba se preguntó

-¿Qué diablos es ésto? ¿Era ese señor el embajador del Japón llamándome a mí para una investigación? Tiene que ser porque yo marqué el número del directorio y me contestaron de la embajada. ¿Voy o no voy? esa es la cuestión. ¿Le cuento a mi jefe o no le cuento? No debo contarle porque me llamaron a mi y no a él. Durante largo rato Aquiles continuó debatiéndose en un montón de dudas y al fin decidió que al terminar su jornada de trabajo iría a entrevistarse con el señor Molita.

La recepcionista era una japonesita amable y sonriente que inmediatamente hizo venir al señor Molita cuyo inconfundible aspecto era el de los oriundos de ese pais: pelo negro y lacio, ojos rasgados y mediana estatura.

-¿Señor Aquiles?– le dijo con perfecta pronunciación castellana- lo estaba esperando. El señor embajador me pidió que le contara todo sin ocultarle nada. Vamos a mi oficina.-Y lo condujo a una amplia oficina que daba al hermoso jardín interior de la embajada. Se sentaron en sillones de cuero, uno frente al otro. Enseguida entro una camarera que le ofreció té de jazmín que Aquiles acepto de inmediato.
-Los jazmines llegan desde Kyoto por encargo del señor embajador. Para aclararle las dudas, pues entiendo que usted es extremadamente perspicaz, la importación es absolutamente legal, aunque engorrosa.

Aquiles solamente sonreía y por su mente no había pasado ninguna idea referente a la importación de jazmines.

-Bueno Aquiles , vamos al grano, puedo llamarlo por su nombre ¿no cierto?
-Claro que sí.
-Resulta que la semana pasada, el jueves para ser exactos fue sustraído de la oficina privada del señor embajador el valioso cuadro…que digo, valiosísimo cuadro del “Yakumo no Chigiri” del reconocido, pintor Japónés del siglo XIX Eisen Tomioka, importante representante del estilo Shunga. Mide 38.75 cms de ancho por 26.25 cms de alto y como todos los cuadros de la escuela Shunga es un grabado erótico. El precio del cuadro es de varios millones de dólares pero un ignorante en arte lo vendería por unos pocos dólares. Sería una perdida irreparable para el Japón. Usted debe recuperar ese cuadro. El señor embajador tiene plena confianza en usted. Ah, otra cosa, por instrucciones del señor embajador no se le ha informado a las autoridades del país. Usted entiende, detrás de las autoridades vendría la prensa y se sabría el valor real y la importancia del cuadro para el Japón. ¡Ahí sí que no lo volveríamos a ver! Le ruego que no comente con nadie este desagradable suceso. He hablado mucho, le ruego que me disculpe…¿tiene usted alguna pregunta?
-Si, ¿Dónde aprendió tan bien el español?
-Ah si, ya veo: en mi pueblo Yacuanquer.
-Pero lo habla usted excelente. Debe haber una magnífica academia de idiomas allá…Es que los Japóneses….!
-Yacuanquer queda en Nariño, Aquiles, en Nariño.
¡Ah carachas! Exclamó Aquiles que no salía de la sorpresa ante la inesperada respuesta. Entonces ¿a qué debe su apellido Japónés Molita?
-No es Japónés, ni es Molita. Me llamo Isauro Mora, me dicen cariñosamente Morita, y como a ellos les da trabajo pronunciar la ere me quede en Molita. Usted me dirá por donde va a comenzar la investigación. Puedo decirle que por dinero no se preocupe, su trabajo será recompensado generosamente. El canciller autorizó una gruesa suma de dinero para quien recupere el cuadro.

Aquiles no salía de su asombro. Una corriente fria recorrió todo su cuerpo. En realidad no tenía ni la más remota idea de por donde comenzar la investigación.

-Me gustaría hablar con el señor embajador- le contestó sin saber por qué.
-Eso si va a estar difícil hoy porque el señor Ozawa estará todo el dia con el presidente de la República. Usted sabe: por el asunto ese del metro que los Japóneses quieren construir en Manizales.
-Entonces con el portero- respondió de inmediato Aquiles
-¿Con el portero? ¡Que extraño! Usted es un investigador impredecible . Yo pensé que comenzaría como en las películas…revisando la escena del crimen…pero bueno si usted quiere…
-¡No, no! precisamente estaba por decirle que prefería hacer un recorrido por la escena del crimen.
-OK, lo llevare a la oficina auxiliar del señor Ozawa. De allí fue sustraído el cuadro. Por favor sígame.

La oficina auxiliar del embajador era un pequeño cuarto adjunto al despacho principal. En el suelo había un pequeño colchón con una extraña almohada en forma de rodillo donde el embajador reposaba después de sus frugales almuerzos. Adosado a la pared un mueble de dos cuerpos, en madera, que iba de extremo a extremo. En los compartimientos superiores había libros y porcelanas, en los inferiores cajones de muy variados tamaños, que iban en hilera hasta el piso. Era, sin lugar a dudas, una extraordinaria obra de carpintería fina.

-De aquí fue descolgado el cuadro por el ladrón- le dijo Molita a Aquiles mientras le señalaba un clavo en la pared encima del rodillo que servia de almohada al embajador.
¡Ajá!- exclamo Aquiles
-Lo extraño en todo esto es que a este cuarto son muy pocas las personas que tienen acceso
¡Ajá!- volvió a exclamar Aquiles-¿y quienes son?
-Bueno pués sin ser invitados por el señor Ozawa entra la aseadora, pero entre las seis y siete de la mañana. Los demás tienen que ser invitados por él: entre ellos la secretaria, cuando la llama por el intercomunicador, el chofer cuando lo hace venir a recoger el maletín o cuando viene a dejarlo, y yo, pero muy esporádicamente. Se puede decir que este es un cuarto ultraprivado del señor Ozawa.
-Ajá, ya lo veo- dijo Aquiles mientras tomaba de la pared-mueble un hermoso jarrón de porcelana que por poco se escapa de sus manos ante la exclamación de Molita “por favor, no la toque, todos son de la dinastía Ming”

Temblando como un ratón acorralado, Aquiles devolvió la porcelana a su lugar.

-Dice el señor Ozawa que perteneció al emperador Jingtai, el que encarceló a su hermano el emperador Zhengtong….usted sabe…
¡Ajá!,-exclamo Aquiles sin entender nada de lo que decía el señor Molita.
-Pero tranquilícese, al morir Jingtai Zhengtong volvió ser emperador hasta su muerte.
-¡Humm!- dijo Aquiles absolutamente despistado, pues no había entendido nada de lo que Molita le decía.
-Bueno –dijo Aquiles- creo que es suficiente por hoy. Me gustaría organizar mis ideas para ver de qué manera oriento la investigación. Si usted no tiene inconveniente mañana regreso para iniciar los interrogatorios
-Esta bien, talvez mañana pueda usted hablar con el señor Ozawa.

Pero Aquiles no se retiro inmediatamente de la edificación. Decidio escudriñar sigilosamente algunos de los sitios que sospechaba el ladron había utilizado en su recorrido después de sustraer el cuadro. recorrió los cuidados jardines exteriores, miro con sigilo las amplias fachadas de la enorme casa, sede de la embajada, visito el estanque donde las carpas danzaban su eterna danza d e idas y venidas. Pero a pesar del enorme interés que ponía en cada revisión nada sospechoso encontró el pequeño investigador. Todo en aquel lugar estaba en su sitio manteniendo un notorio orden prefijado por la mano de meticulosos empleados. Aquiles, entonces, se marcho.

-Aquiles, carajo, ¿es que está sordo?- le grito la señorita Maria Helena, secretaria de su superior,- ¿no oye que lo estoy llamando? ,…¡que pase a la oficina del jefe!

El investigador, en ese momento, escuchaba en un diminuto radio el programa sobre futbol “Las Primas Donas” y nada en el planeta lo sumergía en una concentración igual a la que alcanzaba con este programa en que tres locutores vociferaban sobre los partidos de futbol y que Aquiles jamás dejaba de oír.

Sin retirar el radio del oído llego hasta la puerta donde se detuvo un instante para escuchar unos comentarios sobre un dudoso gol en uno de los partidos del día anterior.

-Aquiles, carajo, lo mande llamar hace rato,
-Doctor …es que…
-Nada…seguramente esta pegado de ese radio oyendo futbol…
-No doctor, como se le ocurre.
-Bueno …bueno. El presidente ordeno que continúe con la investigación esa en la Embajada de Portugal…
-Del Japón, interrumpió Aquiles, con la voz temblorosa, mientras trataba de establecer por qué el presidente del banco sabía de su investigación, que al parecer se convertía en un trabajo más del banco .
-Donde sea, carajo, …ah, y después hablamos sobre este asunto.

La pequeña figura de Aquiles abandonó la oficina caminando hacia atrás, sin retirar la vista de su superior, que sin ocultar su cólera hacía el ademán de buscar unos documentos entre los papeles que reposaban sobre el viejo escritorio de estilo clásico, pasado de moda, herencia del primer presidente del banco, cincuenta años atrás.

Cuando Aquiles se presento a la embajada todos los funcionarios se encontraban en sus puestos desde hacia dos horas, menos el embajador que a esa hora jugaba golf con el embajador de los Estados Unidos en un exclusivo club a las afueras de la ciudad y comentaban, en voz muy baja y en inglés, el incidente del cuadro.

-Pero Yushio-le dijo el embajador Martin Paterson, que en ese instante se disponía a hacer un lanzamiento en el hoyo siete- ¿Cómo fuiste a pedir colaboración a un banco si nosotros te podíamos haber ayudado con la CIA o el FBI? Tú sabes que en éste país tenemos tantos agentes secretos como en Europa durante la Guerra Fría.

-Si, lo sé, - respondió el japonés con una amplia sonrisa- pero eso es lo que me da temor: todos esos agentes tuyos metidos en mi embajada. Cro que es el único lugar en este país que no está sembrado de microfonos de ustedes. El embajador Paterson sonrió. - Pero si el señor Barreto no me da resultado buscaré tu colaboración.

Al mismo tiempo Aquiles y el señor Molita estaban reunidos en una de las salas privadas de la embajada. Aquiles con una indescriptible expresión de sorpresa, observaba algunos de los pequeños cuadros que colgaban en la pared. U observaba la perfecta figura de rasgados y brillantes ojos negros, de Takako que le servia con exquisita ceremoniosidad un té de jazmines.

- Son de estilo Shunga, como el robado –dijo el señor Molita- tratando de traer a Aquiles a la conversación. Cuenta el señor Ozawa que con esas imágenes enseñaban educación sexual hace varios siglos. Seria bueno que comenzáramos a trabajar. ¿Puedo saber su plan o prefiere no comentarlo?

-Ah!- exclamo el investigador- sin salir de su asombro y sin retirar su vista de los cuadros, ni de Takako. Si, claro, me gustaría hablar con el señor embajador.

-Lamentablemente el embajador nos aviso que solamente vendrá en las horas de la tarde. Si le puedo ayudar en algo, por favor dígame. Daré instrucciones de que le presten la colaboración que necesite.

-En ese caso me gustaría hablar con la aseadora de la Embajada -dijo Aquiles sin siquiera saber por qué pedía la presencia de esa funcionaria.

-La señora Atsuko no habla español, solamente japonés. ¿Quiere que el intérprete oficial los acompañe?

-No, no hace falta. Entonces con la secretaria del embajador-dijo Aquiles inmediatamente.

Aquiles corrió a continuar observando los grabados Shunga cuando el señor Molita salio en busca de la secretaria del embajador. "Esto –pensaba- es pornografía pura …¿a quién se le ocurre robarse semejante cosa?...¿dónde diablos cuelga uno un cuadro como estos?" Sus cruentas criticas fueron interrumpidas con la entrada de una mujer de mediana edad y corta estatura, de claros rasgos orientales pero vestida con indumentaria occidental que inclino levemente su cuerpo ante el investigador, que se sonrojo al verse sorprendido observando aquellos grabados.

-¿Necesitalme usted, señol?
-¿Es usted la secretaria del señor Ozawa?
-Sí, yo sel.
-¿Cuál es su nombre?, pregunto Aquiles mientras se escarbaba un oído con la punta de un esfero.
-Michiko,
-Muy bien señora Michiko, ¿Qué sabe usted del cuadro?
-Que se lo robaron, señol
-Ajá –repuso Aquiles, mientras con las manos en el bolsillo subía su pantalón, algo caído - y quién cree que se robó el cuadro.
-No sabel quien, señol. Sel vez plimela peldelse cosa en embajada.
-Ajá. ¿Notó algo extraño, fuera de lo normal, en la embajada el día del robo?
-No, ese fue un día nolmal como todos los antelioles.
-Ajá. Cuénteme ¿qué llama usted un día normal en la embajada?
- Vela: Atsuko alegla el despacho del señol embajadol y la oficina plivada. El señol Molita despacha sus asuntos en la suya y solamente entla cuando el embajadol me pide que lo haga entlal; Akira, el chofel, plepala el melcedes y espela en el galaje haciendo mecánica, hasta que embajadol me pide que se lo llame. Yasunari, el jaldinelo, liega las plantas, quital hojas secas, da alimento a peces del estanque; casi nunca entlal al despacho del embajadol. Takako, mi asistente, colabola con atención telefono, pasa caltas a maquina y no entlal despacho señol Ozawa, sino cuando entlal conmigo. Además habel cónsul, aglegado milital, comelcial, y otlos pelo día lobo ninguno estaba polque habían ido a embajada Egipto a algo soble escritol Naguib Mahfouz.

-Ok -repuso Aquiles como cosa rara, en cambio de su acostumbrado “ajá”, mientras pensaba si había oído ese nombre alguna vez como jugador de la selección nacional de futbol de Egipto- eso es todo por ahora, señora Michiko, por favor: ¿quiere decirle a su asistente que venga? Gracias.

Mienta esperaba, frente a la ventana, la llegada de Takako, Aquiles, ansioso, frotaba su garganta con el dorso de la mano buscando algunos pelos que se hubieran escapado en la afeitada de la mañana, como tantas veces le sucedía. Al mismo tiempo pensaba que a esa hora Las Primas Donas estarían ya enfrascados en una acalorada discusión, sobre algún incidente del futbol pasado, presente o por venir.

Eran tan suaves las pisadas de Takako que Aquiles solamente la descubrió detrás suyo, silenciosa, cuando se volteo, algo impaciente por la supuesta demora de la asistente.

Sin siquiera sonreír, Takako hizo una corta inclinación ante el investigador que desde que la vio comenzó a arreglarse la vieja corbata ocre con rayas verdes que no cuadraba con su chafado vestido azul oscuro. “Que bombón, Dios mío, que bombón”, pensó Aquiles y le dejó ver sus grandes dientes, amarillos de nicotina, a manera de conquistadora sonrisa. Takako no se inmutó, su rostro no produjo ni el más imperceptible movimiento.

-Tú eres Takako, ¿reinita?
-Si señor, respondió pronunciando la eñe perfectamente.
-No me vayas a decir que también eres de Yaquanquer como Molita, le dijo acercándose melosamente, obligando a la asistente a dar un paso atrás para mantener una distancia prudente.
-No señor soy de Tokio
-¿Y eso donde queda, cariño? ¿en Japón?-preguntó sonriente el investigador, arreglándose otra vez el nudo de la corbata.
-Tokio es la capital de Japón, respondió Takako, dejando ver una muy sutil señal de disgusto, que Aquiles percibió.
-Ajá…contesto Aquiles arrancando un pelito de la nariz.
-Y ¿a qué hora sales?- pregunto Aquiles subiendo las cejas y sin dejar de sonreír.
-Señor, ¿esa pregunta es parte de su investigación o me esta insinuando algo?- preguntó Takako dejando ver en su rostro un profundo disgusto.-hablaré con el señor Osawa.
-No, entiéndame, por favor, es que quiero establecer si usted se encontraba en la embajada a la hora del robo.
-Pues pregúnteme eso para contestarle que no, que estaba en una cita médica aprovechándo que los altos funcionarios no estarían esa tarde. ¿Es todo?
-Sí, es todo, puede retirarse- le respondió Aquiles en una espantosa turbación, mientras se arreglaba otra vez el nudo de la corbata.

Takako abandonó la oficina, pero mientras cerraba la puerta se dirigió a Aquiles para preguntarle ”si le podía ayudar en algo más”
-No gracias-contestó Aquiles sin dejar se sentir un enorme temor que le recorría todo su cuerpo, -o sí, por favor, avísele al señor Molita que mañana vuelvo a continuar la investigación.

Cuando Aquiles le contó a su mujer que la asistente no entendió que el quiso ser amable con ella, su mujer lo tranquilizó diciéndole que “esas taradas son todas iguales, no saben nada de cortesía, verás que mañana te va a pedir disculpas”

Pero Aquiles descubrió, frente a la puerta de la embajada, que no estaba tan tranquilo como creía después de haber conversado el incidente con su mujer. Temblaba, en realidad. Por eso llegaba casi dos horas tarde.

-El señor embajador quiere hablar con usted inmediatamente- le dijo Takako cuando pasó frente a ella caminando con sus piernas levemente torcidas hacia el salón donde realizaba las entrevistas.

Un sudor frió recorrió todo el cuerpo del investigador. Temblorosamente arreglaba su corbata, la misma del día anterior, mientras se repetía como un mantra “tragáme tierra, tragáme tierra, esta vieja le sapió todo al embajador y ya lo debe saber el presidente del banco…Dios mío, me van a echar, para que vine a meterme en este bollo, tragáme tierra”. De repente se abrió la puerta de la oficina del embajador y apareció un señor de inconfundible aspecto oriental que lo saludo con gran efusividad. Era el embajador Osawa.
-Doctol Aquiles, lo felicito, apaleció cuadlo. Todos en embajada estal muy felices. Cleemos, sincelamete, que ladlon devolvio cuadlo pala no velse sometido a su intelogatolio. ¿Qué le pasa doctol Aquiles, no estal contento también?

Aquiles estaba tan asustado que todo lo que dijo el embajador llovió sobre él como el agua sobre un pingüino. El embajador lo condujo hacia una pequeña salita donde lo aguardaban sonrientes los empleados de la embajada, que lo recibieron con un sonoro aplauso mientras en coro gritaban ¡F e l i c i t a c i o n e s, d o c t o l A q u i l e s! Aquiles recorrió rápidamente los rostros sonrientes y notó, con algo de tristeza, que solamente faltaba la bellísima Takako.

Junio 3 de 2010