Nadie sabía donde había nacido. Entró al ejército, o mejor, fue tomado para el servicio militar en uno de los muchos pueblos de la parte costera del país. Pero no era de ninguno de los pueblos de esa región. Es posible que no fuera natural del pais; pero eso ya no importaba. Ahora nadie se atrevía a preguntarle de donde era porque ahí mismo quedaría muerto. Lo importante es que hoy es y seguiría siendo hasta que el destino disponga otra cosa: El Benemérito. Tenia un solo apellido que, por considerarlo espantoso, se había cambiado por uno a su juicio de más alcurnia, después del triunfo de la revolución que encabezo Manuel José Escobar. Escogió Sotomayor, que había añadido a su nombre algo enano, pero que no lo ofendía por lo que significaba para él: Abel. Fue un soldado temerario. Nadie tenía su arrojo ni su temple. En la lucha contra los enemigos del país, dirigida por el presidente Escobar formó parte del conocido batallón Los Cara de Ángel, que se encargaba de los trabajos más sucios que solicitaba el presidente o su grupo político en el poder. Asesinaba, secuestraba, incendiaba ranchos, violaba. Nada en él atormentaba su durísima conciencia. Allí aprendió a mal leer. ¿Leer? Sí, leía, pero la mayoría de las veces no entendía lo que leía. Nunca pudo saber el significado de los signos de puntuación, así es que jamás los tuvo en cuenta cuando miraba un escrito. Confundía fácilmente una palabra con otra, porque en su ignorancia acostumbraba leer dos o tres silabas y las restantes las completaba con las que se le vinieran a la cabeza, especialmente si se trataba de vocablos algo complejos, con un significado no muy común. Por eso al final resultaba entendiendo las cosas más extrañas; formándose los conceptos más absurdos en que basaba muchas veces sus decisiones. Al lado del presidente Escobar ascendió hasta llegar a ser su jefe de escoltas. Después de ascender en la carrera militar la culmino como sargento colmado de honores y con el pecho atiborrado de medallas, algunas robadas a sus compañeros del Caras de Ángel.
Por ese entonces el presidente Escobar había hecho dos referendos y un plebiscito todos orientados a reformar la Constitución, de manera que pudiera ser reelegido para el siguiente periodo, que en cada referendo o plebiscito había sido aumentado en uno o dos años. Fue así como el periodo presidencial llego a ser de ocho años, con posibilidad de una reelección inmediata. En la última votación obtuvo el ciento tres por ciento de los sufragios, ya que había obligado votar a los militares, los policías, y los presos y ciudadanos que habían perdido éste derecho. Nunca se supo por qué la oposición sostenía que los votos jamás fueron contados, que pasaron de las urnas al horno crematorio de un parque cementerio. Sostenía la oposición que el día del supuesto conteo vieron pasar la caravana de Mercedes hacia la casa de descanso del presidente Escobar en las afueras de la capital, y que, además de todo el gabinete, iban los miembros de la Honorable Junta Escrutadora, todos con sus queridas. Y la fiesta duro hasta dos días después de que Cronos, periódico del gobierno, diera los resultados con el famoso ciento tres por ciento.
El presidente Escobar no era tan ignorante como para desconocer que muchos personajes históricos le habían dado su nombre a un país o a una ciudad. Colon, Washington, Bolívar, Lenin, Pedro El grande y otros habían puesto su nombre al servicio de la patria. Y se quedó perplejo cuando supo que Alejandro Magno había dado el nombre de Alejandría al menos a doce ciudades. El logró que los ciudadanos, sin ninguna clase de presión votaran en uno de los referendos, que la ciudad en adelante se llamara Escobária y el país también Escobária. En los textos de geografía que estudiaban los niños del mundo se hablaba de un pequeño país llamado Escobária, capital Escobária. Su bandera había sido reformada en otro referendo, o talvez en un plebiscito, para quitar de ella el color rojo ya que el presidente Escobar supo que un prócer argentino sostenía en el siglo XIX que el rojo era el color de la violencia; que todos los países que tuvieran ese color en su bandera estaban condenados a no conocer la paz. También reformó el escudo y el himno. A aquél le suprimió las manos de largas uñas cruzadas como los fémures en los pendones de los piratas, que significaban las manos de los humildes trabajadores con las cuales se forjaría el futuro del país, por unas manos enguantadas en la misma posición pero agarrando un fajo de billetes, que él interpretaba como la aristocracia poniendo sus capitales al servicio de la patria. El himno anterior lo reemplazo en su totalidad por una oda de 12 estrofas que sucintamente describía sus gloriosos triunfos frente a los subversivos, sus luchas contra la corrupción, contra la inflación, contra el FMI en la estrofa cuatro y a favor del FMI en la once, contra la malaria y la fiebre amarilla, contra el alcoholismo y los casinos, que eran de él. Defendía la religión y sus sacerdotes, el democrático reparto de la tierra en manos de ochenta y siete familias, y de los cargos del estado en manos de las mismas ochenta y siete familias. Uno de sus ministros era el obispo de la capital don Jesús de Rentaría y Rocafuerte en cuyas manos dejaba el poder cuando lo aquejaban los terribles ataques de gota y debía trasladarse a la clínica de los Hermanos Mayo en América, cuyo tratamiento era costeado por ese país amigo, dueño de los peajes, de las carreteras y de los siete pozos de petróleo, y donde esos amigos tenían una base secreta para dar entrenamiento militar a los oficiales de más alta graduación de los otros países amigos en técnicas de interrogación con instrumentos y métodos de asalto. “Solamente la sagrada democracia nos llevara al primer mundo”, decía el himno en el coro; ella nos incorporará en el G7. Este himno se entonaba en los colegios antes de iniciar las clases, al medio día y a la seis de la tarde por las emisoras de Escobária. No obstante, la inflación en Escobária era del treinta y dos por ciento; pero hay que reconocer que durante la dictadura del general Domínguez era del cuarenta y siete, el desempleo apenas llegaba al veintiuno por ciento en las clases media y baja, y del uno por ciento en la aristocracia, lo cual el FMI y él consideraban un triunfo de las políticas económicas recomendadas por ese organismo y aplicadas por su Secretario de Economía. Ese uno por ciento que preocupaba a Cronos, lo explicaba el Secretario de Economía como los embajadores que habían sido retirados para darle paso a otros amigos del gobierno, pero que ya pronto entrarían a ocupar cargos si pasaba la nueva reforma constitucional que creaba la nueva Corte Suprema de Revisiones de Archivos y Expedientes, que daría ocupación a treinta nuevos magistrados, cada uno con diez asesores y cada asesor con cinco auxiliares. De esa manera encontrarían trabajo bien remunerado los desocupados de la aristocracia del país, que, como cosa curiosa, todos eran abogados. Cuando alguien de la oposición preguntaba tímidamente por el otro veintiuno por ciento el presidente Escobar aparecía en la televisión de la noche, en horario triple A, y explicaba muy convincentemente los enormes esfuerzos que venia haciendo el gobierno para crear nuevos puestos de trabajo. Recordaba, con voz de triunfo, que gracias a las nuevas obras emprendidas por su gobierno, más de veinticinco mil desocupados habían conseguido incorporarse a la fuerza laboral. Eran tan atractivos los nuevos cargos, que en el Instituto de Aseo y Ornato, decenas de profesionales de las diversas ramas habían encontrado trabajo en los últimos cinco años.
La oposición fraguaba de vez en cuando una revolución para derrocar el presidente, al que ya algunos llamaban presidente vitalicio y aquellos que tenían cáncer terminal: dictador o sátrapa. Pero esto último los valientes generalmente lo hacia desde la sala de cuidados intensivos de algún hospital. Al doctor Sebastián Rodríguez, que lo llamó de las dos formas en su periódico El Constitucionalista Liberal lo sacaron de la sala de recuperación sin retirarle siquiera los cables y las sondas, lo bajaron al depósito de basuras, al pie del incinerador del hospital y lo fusilaron. Pero no se dieron cuenta que desde cuando lo arrancaron del respirador estaba muerto. Por eso les dio tanto trabajo pararlo contra la pared. Aquél día el doctor Carlos Ariel López, director del Hospital de Escobária, sostuvo una fuerte discusión con el Mayor que dirigía el piquete de soldados para impedir que también fusilaran por subversivo el hijo mayor del periodista, que a sus doce años acusaba notorio síndrome de Down. Pero nada impidió que el doctor Carielo, como lo conocían en la sociedad del país y algunas naciones vecinas, fuera llevado a la cárcel de la capital, de donde logro salir, gracias a la influencia del embajador de Mauritania, tres meses después y con dieciocho kilos menos de peso. En declaraciones a Cronos agradeció el buen trato recibido de sus carceleros, a los que les enseño a jugar ajedrez, y especialmente la dieta alimenticia con la que logró lo que no había logrado en tres años de bicicleta estática.
En Escobária ya iban nueve revoluciones, más o menos serias, catorce atentados y un Golpe de Estado con todas las de la ley, con la colaboración de los Estados Unidos, que lo financio únicamente para conocer los integrantes del complot y entregarlos a la Guardia Civil del presidente Escobar que los fusiló después de un juicio por el Tribunal de Justicia Antirrevolucionaria recientemente constituido bajo la tutela de la Oficina por el Respeto de los Derechos Humanos de los EE.UU. El presidente de aquél país decidió no perder la cuantiosa inversión y ordenó al General Frank Chesterfiel aprovechar la presencia de los marines y los portaviones The Demócrat (El Demócrata) y el God is with us (Dios esta con nosotros) para que de una vez invadiera el país del lado, que no estaba dando muestras de su absoluta sumisión a los postulados de la Constitución que ellos le habían enviado días atrás.
Cuando el presidente Michel Polk tuvo que dar explicaciones al senado de USA por la invasión manifestó que América había salido ganando porque el país invadido es más grande, tiene más petróleo y bauxita y estaba más cerca de la base de San Diego, de donde partieron las tropas. Y efectivamente el presidente Polk tenía razón: el pueblo de Escobária también salió ganando porque lograron un presidente y un parlamento supervisados por los Estados Unidos; pueden quemar la bandera de franjas y estrellas y recibir visa de América mientras no le tiren piedras a la embajada. Otros revoltosos de mayor alcurnia pueden pasar el fin de semana en sus apartamentos de la Pequeña Cuba de Miami.
Cuando el presidente Escobar viajaba por los ataques de gota, monseñor Rentaría no quedaba solo en el manejo del poder. A su lado se encontraba, susurrándole al oído, el temible Abel Sotomayor, que desde el mismo momento en que dejaba al presidente en el avión que le enviaban los gringos para trasladarlo a América, empezaba a dormir con un ojo abierto. Esa era la orden del presidente y él la cumplía al pie de la letra. Redoblaba la vigilancia del Ministro de Hacienda, para que no sustrajera del Tesoro Nacional más de lo permitido y especialmente para que ingresara a las cuentas bancarias del presidente Escobar la comisión que los gringos le daban por entregarles todo el petróleo y la piedra pómez que el país producía. Vigilaba al Ministro del Interior para que no fuera a firmar contratos, al de Salud para que no vendiera el único hospital que un consorcio de turismo hotelero holandés quería comprar para adecuarlo como hotel, donde se atenderían las aberraciones sexuales de los industriales japoneses. Todos los hombres del Estado eran vigilados con especial atención. La reconocida lealtad de Abel con el presidente era proverbial en todo el territorio nacional. Su nombre infundía terror y el ruido del motor de su carro Pontiac, conocido en todos los rincones del país, obligaba a la gente a esconderse en los lugares más extraños. Toda visita de Abel dejaba una cauda de viudas y de huérfanos. Pero la vigilancia que ejercía sobre la aristocracia gobernante era especialmente para que no se reunieran. “Abel, mi leal amigo, nunca permita que más de dos estén juntos-- era la frase última del presidente antes de abordar el avión. Y si se llegan a juntar dos de ellos por más de veinte minutos disuelve ese mitin. Nada bueno puede salir de ahí. No olvides que al presidente Domínguez lo tumbamos después de diez reuniones con el Comandante del Ejercito y el padre Jesús Rentaría”.
A monseñor Jesús de Rentaría y Rocafuerte, que fue el nombre que adopto después del Golpe de Estado, no tenia que vigilarlo; pero a su amante sí, porque acostumbraba enamorar los jóvenes oficiales de la Guardia Civil, especialmente aquellos que prestaban servicio en el Palacio Episcopal, uniformados con los uniformes que habían sido del Káiser Guillermo II y que les donó el ejercito alemán, después que el kaiser se fue exiliado a Holanda. Abel no impedía que la amante de Monseñor recibiera al oficial de turno en el apartamento privado que Monseñor le tenia a espaldas de la casa cural, pues todo lo que allí ocurría era escuchado a través de un complejo sistema de micrófonos, de tubos y de huecos en las paredes conocidos por los oficiales de turno y por la propia Rosario Blanco, menos por Monseñor, a quien por respeto escuchaban solamente hasta el momento en que invariablemente le decía a Rosarito que el birrete y la sotana con adornos morados se los colocara en el perchero para que no se arrugaran. Las visitas de su eminencia, como lo llamaba Rosarito, no tomaban mucho tiempo. Debía regresar a su estudio donde permanecía la mayor parte del tiempo preparando discursos sobre la moral y las buenas costumbres, cuando no oraciones fúnebres en que exaltaba las cualidades del fusilado de turno. Hay que saber que el presidente Escobar los mandaba fusilar pero les hacia entierros de primera, costeando muchas veces de su propio bolsillo una enorme corona y el cajón con incrustaciones en plata. Y nunca dejaba de enviar una esquela a la viuda y los huérfanos prometiendo una investigación exhaustiva hasta dar con los asesinos.
Así fue en el entierro del doctor Sebastián Rodríguez en que también tomo la palabra Abel Sotomayor para resaltar entre varios haigas su inmenso amor a la patria y desmedido apego a la Constitución. A la única del lado del gobierno que no dejaron hablar fue a Rosario Blanco, no tanto por respeto al muerto, sino por respeto a monseñor. Porque del lado del doctor Rodríguez no dejaron hablar a nadie, ni siquiera dejaron participar a su hijito de cinco años que quiso hacerle una despedida con mano a la sien. Menos a la mamá y a la esposa, y ni siquiera aceptaron que fuera al entierro don Jaime Echeverri y Albornoz, subdirector de El Constitucionalista Liberal, que a partir de ese día dejó de circular por orden del presidente Escobar y que, presintiendo que su jefe no saldría vivo del hospital, no tanto por su enfermedad como por los editoriales, tenia un obituario de tres páginas con fotografías de cuando don Sebastián Rodríguez Manosalva era niño hasta aquella en que se abrazaba al presidente Escobar el día que éste dio el Golpe de Estado que derrocó al presidente Domínguez . También transcribía algunos de los editoriales en que don Sebastián describía al presidente Escobar como “El Libertador” de Tungurilla, antiguo nombre de Escobária, hasta aquél que escribió el día que el doctor Carielo le dijo que su cáncer de próstata lo llevaría a la tumba en pocos días, y donde lo llamo de todo, incluso dictador y sátrapa de la peor especie. El presidente no se exaltó mayor cosa cuando entendió más o menos el contenido del editorial, pero entró en terrible furia, con sentencia de muerte para el autor de la ofensa, cuando le explicaron lo de sátrapa.
El Constitucionalista Liberal no circulo ya más. Sus empleados y reporteros fueron licenciados y las deudas contraídas con el Banco de la Nación, único banco de Escobária y propiedad de Ricardo Escobar, hijo del presidente, se cancelaron recogiendo la vieja prensa que don Sebastián había heredado de su abuelo, el prócer de la independencia de Tungurilla, general Marcelino Manosalva. No es que Ricardo Escobar le hiciera oposición a su padre el presidente, sino que amaba los negocios de toda clase. Por eso, meses después vendió la vieja prensa del general Manosalva a don Jaime Echeverri, quien a los pocos días puso en circulación El Constitucionalista Institucional, nuevo periódico de oposición que el gobierno de América había ordenado al presidente Escobar dejar circular, por aquello de la democracia. Este nuevo tabloide de cuatro páginas debía someterse a las políticas fijadas por la Secretaria de Estado de América, plasmadas en el llamado Manual de Convivencia, y que todo periodista debía observar si deseaba continuar con la visa que le permitía pasar vacaciones en la Pequeña Cuba de Miami. En el nuevo periódico de don Jaime Echeverri no se escribían editoriales por miedo a la implacable censura del gobierno, integrada por policías y guardaespaldas ascendidos a ese cargo por Abel Sotomayor. El doctor Echeverri sabía de la absoluta ignorancia de los censores en todas las materias. No temía lo que escribía sino lo que en su paranoia entendían los censores. Por eso decidió que el nuevo periódico ya no llevaría editoriales sino un enorme crucigrama que ni el más avisado empleado del gobierno podría entender y menos resolver, porque no era para darle solución, sino para comunicarse con los demás miembros de su partido político. El personal de la Embajada de América tampoco los entendía pues el doctor Echeverri se cuidaba mucho de no hacer referencia a hechos que tuvieran que ver con ese país y evitaba todo nombre o palabra que sonara a gringo. No olvidaba la llamada de atención que recibió de la Cancillería cuando en el vertical 3 puso: “Anexo introducido en la Constitución Cubana por presión de los EE. UU, que de no hacerlo los gringos perpetuarían la invasión militar a ese país”. Toda la oposición entendió con claridad que se les hablaba de la insoportable ingerencia de América y que pronto Escobária se encontraría en la misma situación de Cuba cuando debió aceptar la llamada Enmienda Platt, que modificaba su propia constitución bajo la amenaza de no abandonar la isla jamás. En América pensaron que se trataba de un insulto a su país. Alistaron los portaviones “Constitución” (Constitución) y “God is American” (Dios es Americano) con cinco mil marines para el desembarco y cien geólogos, pues tenían la sospecha de que al este del país había yacimientos de uranio. Eso era lo que el presidente Polk llamaba “One travel and two orders” que más o menos quiere decir “un viaje y dos mandados” y que en otras ocasiones le había dado magnifico resultado. El gigantesco desembarco debió ser suspendido, no por las tímidas explicaciones del doctor Echeverri al General Chesterfield, en una carta abierta en Cronos, dado que El Constitucionalista fue temporalmente clausurado por orden de la Embajada de América, sino porque el jefe de la bancada de oposición de la Cámara de Representantes de América, en un ardiente discurso contra el presidente, le hizo caer en cuenta que ese país desde hacia años se encontraba invadido. “Mejor -le dijo al presidente el representante Mr Hichkooc- debemos pensar en sacar nuestros muchachos de allá, porque han perdido buena parte de las costumbres anglosajonas, están aburridos de comer bananas y mulatas y lo peor: ya rezan el rosario”. Demoledores argumentos que llevaron al traste la proyectada invasión.
Escobária entero celebró el triunfo de la democracia y monseñor de Rentaría y Rocafuerte ofició un Tedeum con las ochenta y siete familias de la aristocracia a bordo. Hubo discursos de toda clase pero se destacó especialmente el del joven político abogado-economista doctor Juan Camilo Izquierdo y Gutiérrez destinado a ocupar el Ministerio de Hacienda, antes Secretaria, cuando su padre, del mismo nombre, lo entregara. Habló el joven abogado-economista de la democracia representativa, y dijo que gracias a ella él podía estar en esa tribuna reservada a las más ilustres cabezas del país; también hizo una amplia defensa de las instituciones bajo cuyo manto todas las familias de Escobária eran iguales y recibían el mismo tratamiento. Citó estadísticas sobre el empleo de la aristocracia, la importación de automóviles y licores finos, las exportaciones de piedra pómez. El discurso fue ampliamente elogiado durante varios días en los editoriales de Cronos como la pieza más brillante pronunciada en los últimos años y publicado durante tres días consecutivos. Fue tan elogiado que su padre don Juan Camilo decidió renunciar al Ministerio para aceptar la Embajada en América e iniciar de paso el tratamiento contra la arterioesclerosis que lo estaba incapacitando y que había postergado por varios meses mientras Juan Camilo, su hijo, aprendía economía, en un curso acelerado de dos meses, en una universidad del exterior.
El presidente Escobar, demócrata como el que más, acostumbraba citar a concurso público para llenar los cargos vacantes del gobierno. En estos concursos podían participar todos los profesionales que se creyeran capacitados para el cargo. Por lo general centenares. Respondían un cuestionario del FMI y una entrevista con la cónsul de América. La cónsul, republicana por más señas, habló por la radio en la noche, desde el teatrillo de la emisora del gobierno para anunciar el resultado del concurso, del cual estabas pendiente toda la nación, especialmente los cientos de economistas desocupados que habían estudiado seis años de carrera en la facultad de Escobária. Vestía la cónsul un traje de noche en satín negro hasta los tobillos, con amplio escote que dejaba ver, debajo del collar de la cultura Tolteca, algunos barros o pecas, nunca se supo, zapatos de charol, del mismo color del traje y con El Juramento del español Joaquín Gaztambide y Garbayo, como fondo musical, dijo sonriente: and the winner is ( y el ganador es ), leyó en la tarjeta que le suministró el maestro de ceremonia y pronunció el nombre: el doctor Juaaan Camiiilo Izzzquierrrdoooo yyyyy Gutieeeeeerrez. En el crucigrama del día siguiente, en el horizontal 3, decía el doctor Echeverri: de 8 letras, ganó sin haber participado. De esa manera todo el mundo supo en Escobária que el pueblo nuevamente había sido burlado. Que el joven economista ni siquiera había concurrido al publicitado concurso. Los censores que intentaban resolver el crucigrama trataban de encontrar la palabra de ocho letras que encajara, pero era obvio que no la encontrarían. Otros, amantes del fútbol, intentaban poner Corintias o Huracán. Los otros censores ya no leían los crucigramas pues cuando lo hacían, lápiz en mano, solamente conocían el significado de frases como “de dos letras, dios egipcio; de dos letras, Júpiter la convirtió en vaca”; y la cuestión se les ponía difícil cuando aparecía: de 5 letras, remolcar el barco, o, de seis letras: gallo sin cola. Este era el momento en que arrojaban el crucigrama a la basura e impartían el ansiado “aprobado”.
El doctor Juan Camilo inicio sus gestiones como Ministro de economía algunos días después de haber sido nombrado. debió antes acompañar a su padre a tomar posesión de la Embajada en América e iniciar sus primeros exámenes para la arterioesclerosis que lo consumía. Mientras tanto se hizo cargo del ministerio a monseñor Rentaría y Rocafuerte, única persona en quien confiaba el presidente para ese cargo pero, por supuesto, Abel Sotomayor mantendría sobre el obispo una vigilancia cerrada, tal como acostumbraba hacerlo cuando el presidente le daba alguna comisión especial.
Sotomayor, desde mucho tiempo atrás, tenia sembrado el despacho del ministro de micrófonos, agujeros en el cuadro del prócer de la independencia del país, que permitían ver en gran angular cuanto ocurría en el despacho del funcionario de turno; todos los teléfonos estaban intervenidos y, con pocas excepciones, el personal que laboraba allí eran informantes del jefe de escoltas del presidente Escobar. Pero detrás de todo este tinglado de espías, micrófonos, agujeros en las paredes y demás asuntos relacionados con el espionaje estaban escondidos y silenciosos los representantes de América con su embajador a la cabeza. Ellos, y nadie más, conocían las andanzas internacionales del presidente Escobar. Los contratos que pretendía firmar comprometiendo parte del territorio nacional, las compras de costosos bienes para la infraestructura del país, siempre con una jugosa comisión para él, que ordinariamente era depositada en un banco en Suiza y que él, al no salir del país por temor a un golpe de estado, nunca podría disfrutar. Pero si lo haría su hermano Clodomiro, que prefería los viajes de placer, la juerga y la música por encima de la política en la cual jamás intervenía, a no ser que fuera como poeta de protesta. Nunca concedía entrevistas salvo que se tratara en temas de farándula. Cuando Clodomiro participó en de una canción protesta contra su hermano éste, por secreta recomendación del embajador de América, le impuso el peor de los castigos imaginados por dictador alguno incluidos Hitler, con su odio a Stalin, los judíos y gitanos a quienes gustaba bañar con gas Zyklon B; o el Doctor Francia, con su odio a lo que tuviera que ver con el exterior; a Clodomiro lo condeno a leerse las primeras cien hojas del Ulises de Joyce. Clodomiro, después de la primera página, rogó que le cambiaran la pena impuesta por cualquiera otra y sugirió un repertorio de cien posibles torturas. Ante la insistencia de Clodomiro para que le cambiaran la pena su hermano, el presidente Escobar, montó en cólera y subió la sentencia a doscientas hojas, hecho éste que por poco produce en Clodomiro un infarto de miocardio. Se rumora, en los mentidero intelectuales de Escobária, que el hermano del presidente duró tres años tratando de cumplir su condena y solamente llegó a la página veintisiete. Clodomiro inevitablemente se quedaba profundamente dormido. No obstante, poco a poco se fue rehabilitando con su hermano, quien demostró su carácter inhumano al no liberarlo de la pena impuesta años atrás, pero se deben reconocer en él ciertos sentimientos de nobleza al dejar abierto el término para cumplir la sentencia. Nadie duda que ésta era una sentencia cruel en extremo y que Clodomiro trato de cumplirla lo mejor que pudo y en su empeño trato de sobornar con una gruesa suma a un anciano de Escobária que supuestamente había leído el libro. Le rogó al anciano que le descifrara lo que decía Joyce en estas primera doscientas hojas y el anciano debió confesarle, anegado en lagrimas, por la perdida de la jugosa recompensa, que había comenzado su lectura en 1922, cuando fue publicado por primera vez, y que medio siglo después lo había suspendido definitivamente cuando apenas había llegado a la pagina 87. Y que ya sus cansados ojos jamás lograrían recorrer las 648 paginas que aun le faltaban. Nunca nadie en Escobária, como en buena parte del continente, sabría que paso al final de aquel 16 de junio de 1904, con Leopoldo Bloom. Clodomiro insistía con tenacidad sobrehumana en la pesada lectura pero invariablemente, como todo el mundo que lo intentaba, caía en un profundo sueño en el cuarto o quinto renglón. Dejó a un lado las canciones de protesta, se cortó el cabello al estilo de un señor, cambio sus botas de tacón tipo Jhon Lenon por zapatos de amarrar, se mandó borrar de la nalga el tatuaje del David de Miguel Ángel, y como la borrada le resultaba muy dolorosa, le mandó colocar sostén al tatuaje de una sirena que tenia coquetamente en la otra nalga. Y adoptó muchas otra cosas de la cultura de la gente decente con el único propósito de regresar al lado bueno del corazón de su hermano el presidente. Finalmente y después de muchos años, como ocurre en todas las dictaduras, el presidente Manuel José Escobar olvido el castigo impuesto a su hermano varios años antes.
Pero, por aquellos días, Abel Sotomayor no era el jefe del siniestro grupo Los Cara de Ángel; simplemente era uno de los integrantes más sobresalientes, dotado por la naturaleza de una sangre fría que le permitía cometer los más infames crímenes sin sentir remordimiento o piedad. Abel Sotomayor esperaba algún día remplazar en la dirección de Los Cara de Ángel al respetado jurista don Amadeo Salazar Portocarrero, quien desde la dirección del Instituto Nacional de Inteligencia -INI- le había dado forma a aquel pequeño grupo de no mas de veinte integrantes que se encargaban de los trabajos en que alguien debía ser silenciado o sacado de escena mediante el uso de algún “procedimiento”, nombre genérico con que denominaban las múltiples torturas que aplicaban, muchas veces hasta morir, a quienes caían en desgracia. Los Cara de Ángel hacían bien su trabajo porque siempre lograban la confesión del infeliz. El jurista Amadeo Salazar Portocarrero, años atrás recibió del presidente Escobar la orden de fundar un organismo que se encargara de aglutinar en uno sólo las muchas dependencias para la investigación de delitos que operaban en el país, ya que cada instituto o ministerio, tenía su pequeño pero eficiente organismo de vigilancia. Cientos de detectives, investigadores, caza recompensas, auditores, espías y soplones quedaron cesantes. Unos pocos pasaron al nuevo órgano de investigaciones creado por el doctor Amadeo, siguiendo los lineamientos de la Misión Adams, que dirigía el expolicia y exdetective, mister James Washington Adams, que se había formado en las distintas técnicas de controlar el crimen en las calles de su ciudad natal.
El doctor Amadeo Salazar dedicaba buena parte de su tiempo al estudio, especialmente de las legislaciones Celtas que comparaba con las de Escobária y dejaba que Abel Sotomayor manejara bien o mal el INI y su grupo especial de los Cara de Ángel que a la partida de mister Adams había tomado enorme fuerza hasta convertirse en pocos meses en el terror de los disidentes, de los funcionarios públicos que metían las manos en el erario público, de los contratistas que evadían la comisión establecida para el presidente Escobar o para quien este autorizara. Perseguían los Cara de Ángel no solo la corrupción en los corruptos, sino los homosexuales, las prostitutas, los individuos de pelo largo y todo el que se apartara de los patrones culturales dictados desde el congreso de Escobária por el senador vitalicio don Cecilio Pérez Soto que en todos sus dictámenes sobre moral y buenas costumbres recibía el apoyo irrestricto de monseñor Rentaría y Rocafuerte y de Rosarito que también los odiaba en secreto tanto o más que don Cecilio, pero no por el mismo motivo. Don Cecilio los odiaba porque su hijo mayor, años atrás se vio envuelto en un caso de pedofilia que lograron acallar amenazando con un carcelazo a don Sebastián Rodríguez Manosalva director del Constitucionalista Liberal y con retirarle toda la publicidad que suministraba el gobierno. Don Sebastián en un editorial recogió la versión oficial sobre el caso, habló de las acusaciones temerarias, de las respetables familias, de la infame calumnia y prohibió volver a tratar el caso en la páginas del periódico. Pero, años después don Jaime Echeverri en el crucigrama del Constitucionalista Institucional, daba pistas sobre el asunto bajo frases como “vicio que practicaban algunos romanos” y como respuesta encajaba el nombre del hijo mayor de don Cecilio, que no tenía la costumbre de resolver crucigramas. En cambio Rosario Blanco apoyaba las campañas de moralización del senador porque en algunos círculos se decía que su madre había sido la amante del derrocado presidente Domínguez, pero que Rosario era hija del chofer de éste.
Un día el doctor Amadeo citó muy temprano en la mañana a Abel en su oficina del Palacio de las Investigaciones para comunicarle su decisión de retirarse de la dirección del INI para dedicar más tiempo a terminar la gigantesca biografía sobre Saigo Takamori, el último samurai, comenzada muchos años atrás cuando había sido embajador en Japón del derrocado presidente Domínguez. La tarea era gigante porque debía revisar más de mil folios que llevaba escritos con una caligrafía pequeñita, casi invisible, compararlos con los cientos de documentos que había utilizado a fin de no llegar a confundir nombres, ni fechas lo cual no se lo perdonaría jamás. Debía verificar que los planos que guardaba celosamente de la antigua Edo si eran de la antigua Edo y no de otra ciudad, que los jardines que aparecían en otro plano correspondían al palacio del Shogun y no de alguien de menor importancia. Y lo más importante comprobar sin dejar ninguna duda que con Saigo se había terminado la gloriosa estirpe de los samurai; que después de él nadie vistió los atuendos ni cargo las dos gloriosas espadas. Y demostrar, contra la creencia general de los miles de estudiosos de esos estupendos guerreros, que Saigo Takamori jamás intervino en un encuentro, ni ganó una pelea, ni desenfundó sus filosas espadas para proteger a su daimio. El trabajo era arduo y debía concluirlo rápidamente ya que supo que otra biografía sobre el héroe estaba siendo escrita por un profesor de artes marciales y jardinería de la Universidad de Dushisha, descendiente directo del samurai y quien buscaba destruir la especie de que Saigo no fue un héroe, sino un oscuro personaje vestido con la indumentaria y las espadas de los samurai, que vagaba sin rumbo por las calles de Edo, sin ninguno de los privilegios que tuvieron sus colegas. El profesor había escudriñado en los anales del gobierno Meiji y sostenía haber encontrado las pruebas de que su antepasado era un héroe y no un impostor, como lo sostenía el doctor Amadeo en un artículo que publicó en la revista de origamis en su época de embajador. El artículo despertó la ira de los ancianos guardianes de la tradición samurai y obligó al presidente Domínguez a retirar a su embajador, antes de que se le aplicara la ley de honor que lo obligaba a practicarse un sapuko, al mejor estilo japonés.
El doctor Amadeo, que distaba de ser un héroe, decidió eludir toda disputa con los fanáticos que acababa de fundar una secta para exaltar las tradiciones japonesas, y ante la imposibilidad de utilizar su propia vestimenta para llegar al puerto y tomar el barco que lo trasladaría como embajador a Rangún, debió disfrazarse de monje budista y hacer a pie el recorrido hasta el puerto de Yonago, donde finalmente pudo embarcarse.
Abel Sotomayor ocultó la enorme satisfacción que le produjo la noticia que le dio esa mañana el doctor Amadeo. Ningún músculo de su cara se movió; ni siquiera parpadeo cuando el doctor Amadeo le dijo casi en secreto y acercándosele al oído que el seria su sucesor en el INI, porque así lo querían él y el presidente Escobar. Abel al fin vio recompensado su historial de crímenes y violaciones. Y pensó que el trabajo sin tregua, la lealtad al jefe y demás valores que el practicaba como una religión dan finalmente los frutos deseados. El doctor Amadeo le advirtió que por expresa voluntad del presidente desempeñaría los cargos de director del INI, jefe de los Cara de Ángel y jefe de escoltas del presidente. No podía pedirle más a la vida, tres de los mas importantes cargos del país estaban a partir de ahora bajo su mando. Todo aquello que no había podido hacer porque alguien se lo impedía, lo haría; lo que estaba inconcluso lo terminaría, esas células de disidentes, de opositores al presidente Escobar, iban a saber con quien tratarían. Mano dura, nada de compasión, seria su divisa.
-El presidente en su discurso de esta noche informará al país de mi retiro y de su nombramiento como nuevo director del INI- le susurro el doctor Amadeo como tratando de evitar que alguien oyera su conversación. No sabia que esa oficina, como todas las oficinas de los cholo aradores inmediatos del presidente estaban plagadas de micrófonos instalados por Abel a instancias del presidente Escobar. Y de otros micrófonos más sofisticados instalados por orden de la embajada de América. En ese instante Los Cara de Ángel, que silenciosamente escuchaban la conversación desde una casa vecina, supieron del nombramiento de su jefe como director del INI, y comprendieron que ellos también, al lado de Abel, ascenderían en el escalafón del gobierno. “Su posesión – continúo diciéndole - será dentro de tres días, el próximo jueves, en la Casa de los Fundadores, - que así se llamaba el despacho del presidente Escobar - cómprese un traje azul oscuro, una camisa blanca, corbata gris plata y unos zapatos negros sin mayores adornos, que no sean de charol. Ah, me olvidaba, por ningún motivo se vaya a poner esas medias rojas que acostumbra a usar. Y es mejor que no lleve a su mujer.
Esto último ya lo había pensado Abel. Que hacer con Sagrario que convivía con el desde hace tantos años y que seguía siendo tan rústica como el día que la conoció, cuando servia en la casa del Ministro de Obras como mucama y que le ayudó a instalar los micrófonos por donde se filtraron a su oficina los contratos para la construcción de varios puentes con una abundante comisión para el ministro, y unos precios escandalosos para el contratista. Cuando Abel Sotomayor le informo al presidente del negocio que se traía entre manos el ministro estalló en un ataque de cólera, porque le estaban robando la parte del negocio que le correspondía. “No admito que hagan corrupción contra mi, le dijo a Abel levantando las manos hasta la cabeza”.
Abel Sotomayor llego puntual el jueves a la Casa de los Fundadores, Estaba citado para tomar posesión a las 11:00 AM y se hizo presente a las 9:00 AM; eso para él era ser puntual. El presidente en ese momento estaba despidiendo a su querida por al parqueadero de la servidumbre, por donde solía ingresar Abel a la Casa de los Fundadores. Abel discretamente miró hacia otro lugar, mientras permanecía sentado en su viejo carro de modelo de 18 años atrás. Todo lo sabía gracias a su inmensa red de espionaje. Por eso sabía que Gregoria Pallares, la amante del presidente, lo había sido antes del agregado comercial de la embajada de Argentina, con quien mantenía no ya relaciones sentimentales, pero sí comerciales: estaban dedicados al contrabando de cueros crudos de res con el apoyo del jefe de la aduana de Escobária, quien, a su turno, entregaba después de cada despacho una parte de la comisión al presidente Escobar y con la otra parte pagaba la casa que el presidente le tenia a Gregoria en uno de los más selectos suburbios de Escobária. Todo eso lo sabía Abel, que era el único funcionario que nunca recibía una comisión, pero que llevaba en rústicos cuadernos cuadriculados de cien hojas una relación detallada de lo que cada funcionario recibía por comisiones, sobornos y hasta robos descarados. A Sagrario le respondía “No sé, puede llegar el día en que me sean útiles”, cuando ella le preguntaba qué para que anotaba tantas cosas.
Al llegar a su vivienda, en un barrio de clase media, se sentaba en un pequeño cuarto en enorme desorden e inundado de viejos aparatos de escucha a releer durante horas sus múltiples cuadernos cuadriculados que conservaba atados con cuerdas, formando un bulto del tamaño de una butaca. No era raro que lo usara para sentarse en él cuando revisaba un nuevo aparato que le hacia llegar una de las embajadas con que mantenía contacto, y que de tiempo atrás conocían su debilidad por todo lo que tuviera que ver con el espionaje. Nunca retiraba una persona de sus cuadernos, ni aún cuando morían. Había comprobado, desde muchos años atrás, que a los muertos los hacían responsables de las tropelías de otros, y él, con su minucioso archivo, estaba en condiciones de comprobar la veracidad de la información. “Nunca me cogerán fuera de base”, acostumbraba decirse mientras leía con dificultad sus anotaciones, hechas en una minúscula letra “no más grande que la cagada de una pulga”, como le decía Sagrario.
Abel Sotomayor se sentó en el pequeño salón que antecedía al salón de actos de la Casa de los Fundadores, donde se llevaría a cabo la ceremonia de su posesión del INI y, en la misma ceremonia, la de unos empleados de menor categoría. Estaba solo en uno de los rincones más aislados del salón. Se entretenía mirando hacia los distintos puntos donde todavía estaban ubicados los micrófonos que años atrás había mandado instalar y donde comenzaba la difícil tarea de seguir rigurosamente las conversaciones de todos los funcionarios del gobierno del presidente Escobar. A nadie había invitado a su posesión. Pero había acogido la sugerencia del doctor Amadeo Salazar de ir elegantemente vestido. Lo único que no consiguió fue la corbata gris plateada que sustituyo por una de tono ocre o dorado, nunca se supo. Y no se puso medias rojas sino de rombos amarillos y verdes. Muchas veces había pasado por aquél salón; siempre que lo hizo fue de manera transitoria, jamás se había sentado a esperar. Hoy era el primer día que debería estar allí hasta cuando el maestro de ceremonia lo hiciera pasar al salón de actos en compañía de los demás nombrados. “Que falla, pensó, por andar en lo de la posesión me olvide de revisar si los micrófonos estaban funcionando”. Sin darse cuenta que esta reflexión conducía a que él se espiaría a sí mismo. Pero los micrófonos sí estaban funcionando como lo podían comprobar desde un cuarto no muy lejano el grupo de los Cara de Ángel que le seguían todos los paso a Abel. Y desde otro cuarto a varios kilómetros, los acuciosos gringos.
Inmóvil permaneció en el asiento por más de una hora y media. Mucha gente pasó por su lado y sin excepción todos lo saludaron con recelo y mucho temor. No en vano era el funcionario más temido del país. El solamente contestaba el saludo con un gesto o con un movimiento de cabeza. Por lo general jamás le dirigía la palabra a nadie antes que se la dirigieran a él. Finalmente comenzaron a llegar los nuevos funcionarios, la mayoría con niños pequeños. Llegaban también los parientes o amigos invitados. Los niños reían y jugaban en el pequeño salón, se subían en los asientos y algunos descubrieron un micrófono en el oído del busto de Beethoven que decoraba el recinto. Abel trataba desde su silla de imponerles disciplina a base de gestos amenazadores que más hilaridad causaba en los chiquillos, quienes le respondían con una grotesca imitación de lo que Abel les hacia.
Abel se dirigió hacia la pequeña vitrina con libros que había en la pared opuesta del recinto. Nunca en su vida había leído un libro, con excepción de La Alegría de Leer en la cual aprendió, no sus primeras letras, sino sus únicas letras, cuando fue estudiante de escuela primaria. Miro los lomos con más distracción que interés y de pronto, con algo se sobresalto uno de esos títulos atrajo su atención: La Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte. Lo abrió en cualquier parte, al azar, y leyó con dificultad: “Para apoderarse del estado moderno hacen falta una tropa de asalto y técnicos: equipos de hombres armados mandados por ingenieros”. Volvió a leer la frase deteniéndose en las palabras que le daban sentido: “apoderarse”, “estado”, “una tropa”. Y la leyó varias veces más, hasta cuando la hubo asimilado en todo su significado. Regreso a su silla y en su mente seguía rondado aquello de “apoderarse del estado”. Abel contemplaba con su mirada feroz el juego de los niños con los cuadros, con los floreros, haciendo trenes con los asientos. Ninguno de los chiquillos entendía que esa mirada era la más temida del pais y que nadie, salvo ellos, le sobrevivirían. Sus padres y parientes sí conocían a aquél hombrecito de traje azul y media amarillas con quien a partir de ahora compartirían el privilegio de hacer parte del gobierno del presidente Escobar. Sabían que nada perverso se escapaba a sus maniobras siniestras. Pero ninguno sabía que hacia allí ese oscuro personaje, mano derecha del presidente. Mientras Abel permanecía inmóvil en su asiento los demás conversaban en voz tan baja que Abel entendía perfectamente que no querían que los escuchara. Pero Abel estaba tranquilo porque en pocas horas oiría todas las conversaciones que en ese momento sostenían sus compañeros de antesala. Solamente perturbaba su ánimo que los niños, pasado un rato, volvían a jugar con el micrófono del oído de Beethoven y podrían malograrlo.
De vez en cuando Abel esbozaba una sonrisa casi imperceptible. Es que pensaba en la tortura que debían estar soportando los Cara de Ángel encargados de escuchar lo que acontecía en aquel salón de la Casa de los Fundadores, pues por propia experiencia sabia del insoportable chirrido que producía el solo roce con el plumero cuando la encargada del aseo le trataba de sacar el polvo al oído del genial músico.
Sagrario, entre tanto, permanecía sentada frente al viejo radio de Abel, escuchando el discurso del presidente Escobar informando a la nación de los avances del pais en múltiples aspectos importantes. Pero ella lo único que deseaba era escuchar el nombre de su querido Abel, pues este antes de salir respondió a sus insistentes preguntas, sin anticiparle nada mas, que recibiría un importante nombramiento que el propio presidente Escobar anunciaría por radio después de su discurso a la nación.
Luego de una larga sucesión de cifras porcentuales y de comparaciones con otras épocas el presidente inicio un elogio al doctor Amadeo Salazar Portocarrero quien a partir de ahora entraría al salón de los héroes de la nación, no solo por tratarse del jurista más distinguido del pais y director del INI, sino por ser un historiador de talla mundial que se dedicaría a terminar su biografía del ultimo samurai, obra de investigación inigualable y sin parangón en la historia universal. Sagrario en este punto del discurso contuvo la respiración esperando el nombre de Abel en boca del presidente. Mientras acercaba su oído al aparato, cerró los ojos y junto las manos para elevar una plegaria de agradecimiento al Señor que al fin se había acordado de Abel. Pero el presidente no hablo del sucesor del doctor Amadeo; después paso a otros temas que no interesaban a Sagrario, por el contrarios producían en ella una modorra insoportable que no le permitían mantener su mente atenta al soporífero discurso. De repente dio un salto. Acababa de escuchar que el presidente decía “ahora démosle la bienvenida a los nuevos funcionarios que a partir de hoy dedicaran todo su esfuerzo por mantener el incontenible crecimiento de nuestra nación”. Esta misma frase la escucharon todos los que se encontraban en la pequeña oficina con Abel Sotomayor. Menos los niños, que rendidos del cansancio, producto de dos horas de juego, dormían en el regazo de sus padres. Los nuevos funcionarios se levantaron al tiempo de sus asientos, despertaron los niños e iniciaron un frenético desplazamiento hacia todos los lados, mientras sus esposas, detrás de ellos, arreglaban los nudos de las corbatas y ellas mismas ponían algo de orden a sus desarreglados cabellos. Abel también la escucho pero, dado su estoicismo, no se había movido en todo ese tiempo de su asiento; por eso no debió corregir nada, ni su corbata, ni el cuello de su camisa, ni su cabello, solamente se miro la punta de sus zapatos y casi en secreto frotó cada uno contra la pantorrilla para darles un poco de brillo. Y continuó ejerciendo su mayor virtud: esperar.
De repente se abrió la puerta que daba a la Sala de Prensa, desde donde el presidente Escobar se dirigía a todo el pais y el maestro de ceremonias asomo su cabeza para decir:
-Por favor: sigan al salón y se colocan detrás del presidente en el siguiente orden. Y leyó una lista. A Abel Sotomayor no le importó ser el último de los nombrados. Siempre era el último. Un niño que intentaba seguir a su madre en el tropel piso uno de los zapatos de Abel, quien no se percato de ello, pues se encontraba en una especie de sopor. Ya en el salón no escuchaba lo que el maestro de ceremonia decía, ni lo que decía el presidente a cada uno de los que iba posesionando en sus nuevos cargos. Miro nuevamente la punta de sus zapatos y descubrió con horror la marca de una pisada pequeñita, indudablemente de un niño. Tuvo un destello de etiqueta y decidió, contra su voluntad, no frotarlo contra la manga del pantalón.
Sagrario esperaba con ansia, sola y en silencio, el momento en que el maestro de ceremonia pronunciara su amado nombre. Nadie la acompañaba en el momento más feliz de la vida de los dos. Abel jamás había tenido amistad con nadie, su casa nunca la habían visitado compañeros de trabajo ni vecinos. Pero el pais entero en ese momento estaba atento a la ceremonia que se transmitía por la radio y la televisión estatales. Una buena cantidad de ciudadano desconocía al hombre algo robusto y corto de estatura que solitario esperaba su turno separado discretamente del grupo. Muy pocos lo reconocieron y no salían de su asombro al ver al personaje más temido del pais esperando posesionarse del más tenebroso de los organismos de seguridad. Muchos abrigaban la esperanza de que en cualquier momento el presidente Escobar desistiera de nombrar en ese cargo siniestro al más siniestro de los personajes del régimen.
Abel Sotomayor no escuchó nada de lo que dijo el presidente sobre él cuando llegó su turno. Pero Sagrario no salía de una inmensa alegría cuando escuchó las palabras elogiosas del más poderoso de la nación sobre su humilde pero poderosísimo marido. “Abel Sotomayor es el más leal entre los leales, el más fiel entre los fieles, el más honesto entre los honestos, y por eso lo he escogido para remplazar a don Amadeo Salazar en la dirección general del INI”- dijo el presidente Escobar al tiempo que le alcanzaba el magnífico estilógrafo de oro para que firmara su acta de posesión y se convirtiera, después del presidente, en la persona mas poderosa del pais. Por no estar acostumbrado a firmar y por su rudimentaria educación a Abel Sotomayor le tomo más tiempo firmar que a los otros funcionarios que lo habían acompañado en la ceremonia. En ese momento lamentó haber escogido, muchos años atrás, un apellido tan largo. Pero mientras Abel firmaba, y el país entero, ahora sí sabía quién era y que hacia allí ese pequeño hombre, en las casas muchas ancianas se santiguaron, otra, en otro lugar, inicio en silencio una oración y un hombre que se disponía a dar la tacada en un juego de billar, suspendió el golpe para exclamar: “ ¡Oh Dios, lo que nos espera!” En tanto que su compañero de juego le decía con una inocultable expresión de terror “cállate”.
En la casa de Abel Sagrario lloraba de felicidad.
Al salir del salón por la misma puerta que había entrado, esta vez de primero, lo abordó don Amadeo Salazar para decirle sin mayores preámbulos
-Abel: mañana lo espero temprano para ponerlo al tanto de los asuntos.
-No hace falta doctor Amado, yo lo se todo. Mañana le haré llegar sus cosas - y, sin despedirse del anciano, echó en el bolsillo de su saco el librito de Malaparte y continuó su camino hacia el parqueadero para tomar su viejo Pontiac. Ah! Otra cosa - le dijo cuando transponía la salida- nunca vuelva por allá.
El doctor Amadeo Salazar esbozó una sonrisa de terror y se retiró del salón pensando “¿qué he hecho?... ¿qué he hecho?”
Abel Sotomayor fue recibido por su mujer con un fuerte abrazo, muy difícil, es cierto porque el abultado estomago de Abel y el enorme busto de Sagrario impedían cualquier demostración de cariño. Pasó al pequeño cuarto y abrió cuidadosamente el paquete de cuadernos cuadriculados y le dijo a Sagrario
-Mija, ahora es que me van a ser útiles éstas bobadas. Y durante un largo rato estuvo leyendo aquellas anotaciones de letra pequeñita. Y como si fuera aun extraño para él mismo escribió. “Abel Sotomayor se posesiono del Instituto de Inteligencia INI, tiene 37 años o tal vez 40, no tiene papá ni mamá, no los conoció, no tiene religión, no la necesita, no tiene hijos ni amistades, unido a Sagrario Toro Jijoi hace diez y siete años, los únicos bienes que posee son una pequeña casa en un barrio de clase media y un viejo y destartalado carro Pontiac”, y apartándose de la redacción en tercera persona, escribió con letra mas grande: “Tengo la conciencia tranquila”.
Abel permaneció largo rato en el oscuro rincón revisando los cuadernos cuadriculados y, mientras pasaba las hojas lentamente, pensaba “éste ya se murió”, “éste me puede servir”, “éste hay que eliminarlo”, “éste ¿qué se haría?”, “éste está preso”. Un tiempo después se dirigió a su alcoba, casi en puntillas, para no despertar a Sagrario que dormía plácidamente, después de haber orado, para dar gracias Dios que le dio un esposo con las virtudes de Abel.
Temprano, al dia siguiente, caminando despacio, entró en el viejo edificio del INI. Solamente una aseadora se encontraba trabajando cerca de su nueva oficina; pero con temor bajo los ojos para no encontrarse con los de su nuevo jefe. Y personalmente se dio a la tarea de recoger los enseres del doctor Amado que iba colocando en el suelo, en un sitio cercano a la puerta de la oficina. Luego descolgó, una a una, las fotografías de quien por tantos años fuera su superior, no sin antes detenerse a detallarlas, porque en algunas de ellas aparecía él, con varios años menos. Pero ninguna despertó en él el menor sentimiento. Del viejo escritorio extrajo un gran legajo, amarrado con una piola, en que el doctor Amadeo Salazar había escrito “Vida de Saigo Takamori, el último samurai, por Amadeo Salazar Portocarrero”. Y mientras depositaba el legajo en el suelo, al lado de los demás enseres pensó “ya veo a que se dedicaba el viejo, por eso las investigaciones se morían cuando llegaban a este escritorio…tengo mucho trabajo por delante”. Siguió desocupando cajones y en otro de ellos apareció un legajo extremadamente grande, amarrado como el anterior, en cuya tapa decía con la misma letra de de don Amado: “anotaciones para una biografía de Saigo Takamori”, que Abel puso al lado del anterior, mientras pensaba “como perdía de tiempo este viejo…definitivamente tengo mucho por hacer”. De repente su corazón se acelero cuando tomó en sus manos una carpeta titulada “Abel Sotomayor”. En el interior había unas pocas hojas, escritas a mano por el doctor Amadeo, que comenzó a leer en desorden. Eran, ni más ni menos, que su largo prontuario escrito con dedicación, y durante muchos años por quien más lo conocía. Allí leyó frases como “Abel es extremadamente peligroso”, “Abel nació para asesinar, como las hienas”, “Al fin nos deshicimos de él…Abel lo logró”, “le pediré a Abel que lo haga sin dejar rastro”, “Abel sabrá como lo hace, es de confiar”, “Abel es ignorante, eso es bueno”, “Abel es honesto”. Abel Sotomayor ladeó la cabeza, miró una vieja fotografía suya que acompañaba los demás papeles, que le trajo a la memoria sus primeros trabajos como protegido del presidente Escobar, que todavía no era presidente, porque no había dado el golpe de estado, sino el hombre de confianza del dictador Domínguez. Cerró la carpeta y pensó que en nadie se podía confiar, especialmente en los que te dan palmadas en el hombro. “Yo jamás he confiado en nadie”, se dijo mientras se dirigía hacia otro lugar de la oficina. Con cuidado levantó uno de los guardaescobas, tomo un cable y tiro de el hasta llegar a un pequeño micrófono, que tomó entre sus manos. Dio un fuerte tirón que hizo que el cable se desprendiera del otro extremo. “Ya no lo necesito”, se dijo, mientras lo enrollaba cuidadosamente y lo guardaba en uno de los cajones del escritorio que acababa de desocupar. Se sentó, tomó de un bolsillo de su saco una pequeña libreta y se dedicó a copiar algunos nombres a una hoja en blanco, durante unos cuantos minutos.
Abel Sotomayor escuchó ruidos en la oficina de la secretaria del doctor Amado, se acercó al puerta, la abrió y sin mediar un saludo protocolario le dijo, señalando el arrume de cosas que había depositado en el piso:
- Doña Gertrudis, consiga a alguien que lleve todo esto a la residencia del doctor Amadeo.
- Si señor, -contesto la secretaria , con visible temor-. ¿Necesita algo más?
- Si, -le respondió entregándole la hoja que acababa de escribir, - que éstas personas vengan a las cinco de la tarde. Consígame asientos para todos.
En ese preciso instante vino a su mente un pensamiento que lo hizo contener la respiración. “esta oficina también esta inundada de micrófonos de los gringos”. Rápidamente se dirigió a la puerta para decirle a doña Gertrudis que en ese momento estaba ocupada haciendo las llamadas que le había solicitado:
Lláme a los de mantenimiento para que pasen éstas cosas al cuarto de al lado, donde funciona el archivo muerto. En adelante despacharé desde allí y nadie podrá entrar sino cuando yo lo llame o lo autorice. Esta oficina permanecerá con llave. La aseadora hará el aseo en mi presencia. Lo del archivo tráiganlo para acá.
Continuará…