DIEGO CASTANO NICHOLLS

viernes, 12 de marzo de 2010

La Casa

Un hombre, cansado ya de buscar la felicidad nunca lograda, supone que la encontrará en su propia vivienda por eso va adecuando cada espacio, cada habitación, cada sala. Termina una larga faena de remodelaciones y arreglos e infiere que la felicidad está en una nueva obra que emprende de inmediato y afanosamente, ya que su tiempo se acaba y su felicidad no llega. Una mañana, al tratar de levantarse para continuar su fatigosa labor, encontró que había muerto sin ser feliz.

jueves, 11 de marzo de 2010

Una Investigación Exhaustiva

- No podemos permitir que algo así llene de desprestigio nuestra querida institución. Le prometo que iniciaremos una investigación exhaustiva y procurare que caiga todo el rigor de los reglamentos sobre el culpable. ¿Pero dígame, como se llama el empleado?
-Si señor, yo sabia que usted me ayudaría, porque he sido miserablemente burlada en mi buena fe. El préstamo que le hice fue para sacarlo de apuros, pero han transcurrido cerca de treinta meses y solamente me ha hecho pequeños abonos.
- Despreocupese señora, personalmente dirigiré la investigación de este delicado asunto. Pero dígame: ¿cual es el nombre de ese desvergonzado?
-Mauricio Espítia -exclamó la señora- al tiempo que con una especie de pudor bajó su mirada hacia la alfombra que cubría el despacho del gerente.

Una hora después

Carta personal y privada #396


Doctor
Hugo Cuellar
Jefe de Seguridad

Apreciado doctor Cuellar:

En el día de hoy se presento a nuestro despacho la señora Paula Parra para hacer graves y concretas acusaciones contra nuestro empleado Mauricio Espítia. La señora Parra, dama de toda credibilidad, quien tiene excelentes relaciones con esta oficina, viene teniendo desde hace años negocios con el citado empleado Espítia. Como es de su conocimiento este tipo de relaciones son prohibidas por nuestras normas internas. En efecto, en el Manual de Procedimientos en su capitulo IX, pagina 127, literal d) dice textualmente: “ningún empleado podrá hacer negocios con clientes”. De igual modo en el Manual de Funciones dice “se calificará como falta grave toda relación entre un empleado y un cliente”. Ruego a usted ordenar a quien corresponda se aclare de una vez por todas este inaceptable desacato a los reglamentos internos del Banco, y que el señor Espítia sea sancionado como es debido.

Cordialmente,
Raúl Colmenares
Gerente Oficina N…




Señorita Maria Helena –exclamó consternado el abogado-mayor (r) Hugo Cuellar. – jefe de Seguridad del Banco y al mismo tiempo oficial retirado de la Policía Nacional, inmediatamente terminó de leer el memorando que tenia en sus manos…
-Señorita Maria Helena – volvió a exclamar pero ahora en tono más alto que el anterior, venga por favor
-¿Si doctor?
-Que venga Aquiles inmediatamente
-Si doctor- dijo – y salió dando brinquitos en busca de Aquiles Barreto, ex agente de la policía, ex detective del Das y ahora detective privado del banco para investigar estafas de toda clase, robos mayores y menores y demás actos contra los intereses del Banco. En algunas ocasiones recibía la orden de realizar investigaciones administrativas: ¿Qué si un gerente llega temprano a su oficina? ¿Qué si el jefe de cartera le ponía el sello de tinta morada a los pagares para prorrogarlos? ¿Qué sí el contador hacia diariamente los cuadres de las operaciones de la oficina? Pero también debía investigar si un empleado de inteligencia superior estaba defraudando el banco mediante adulteraciones contables, o con ficticias cuentas corrientes a las que se abonaban partidas de otros clientes para luego retirarlas con artimañas, o convenciendo a ancianas millonarias para manejarles algunas operaciones y luego escaparse con su dinero.
-A sus órdenes, mi mayor
-Aquiles, carajo, le he dicho que no me diga mayor.
- Entendido, mi mayor, digo, doctor
El mayor-doctor se incorporó enérgicamente de su escritorio tamando entre sus manos la carta #396, del Gerente de la Sucursal N.
-Aquiles prepárese para adelantar una investigación. Todo parece indicar que un empleado de la sucursal N… esta serruchando con una importante clienta. Hay cantidades de dinero de por medio; el mismo gerente dice en su carta que la tal cliente tiene enormes negocios con nosotros. Sin duda debe ser coquera la vieja esa. Mi experiencia me dice que también debe estar metida en vainas de dólares. Eso no falla nunca: mujer hermosa con buenos negocios es igual a coca más dólares.
-Mi mayor…
-Carajo, Aquiles
-Perdón doctor, solo quería decirle que usted las coge todas al instante
El doctor- mayor sonrió ante el elogio del detective. Aquiles le había apuntado al ego del jefe y allí había dado.

Al día siguiente

El detective investigador Aquiles llegó puntual a su oficina y se instaló en su pequeño escritorio arrimado a la pared, detrás de una de las columnas que sostienen la edificación. La división de Seguridad del Banco se encuentra localizada a la entrada del elegante edificio, a mano derecha, en el salón que los arquitectos habían destinado para deposito de trebejos y maquinas descompuestas. En dos platos: como cuarto de San Alejo de la honorable institución. En este rincón había dos personajes temidos. El mayor-doctor Hugo Cuellar por su temperamento impulsivo y atrabiliario y el investigador Aquiles Barreto por su insobornable carácter y por su ignorancia casi absoluta.
Aquiles marco un teléfono. Se recostó en su vieja silla y esperó a que le contestaran.
-Quihubo hermano- dijo Aquiles
-Quihubo hermano – le contestaron al otro lado de la línea.
-¿Vio el partido, hermano?
-Claro que sí…pero no joda. Yo creí que poniendo de carrilero a Perafán íbamos a ganar por esa punta velocidad… pero ya vio, ni mierda. Otra vez las mismas maricadas. Pases cortos, llegan al área……
-No que va … no llegan al área
-Sí , no jodas, si llegan pero no hacen ni culo. Viste cuando Herrera, tomó el balón en nuestro campo y salió por la punta …y se devolvió cuando ya iba a llegar al área.
-Sí, que vaina, ahí podía haber metido el gol del empate; pero es que ese verraco es muy agalludo, si la hubiera pasado para atrás seguro que Martínez, que estaba libre de marca la hubiera metido.
Quince minutos después de reconstruir todo el partido de fútbol de la noche anterior, el investigador Aquiles interrumpe a su interlocutor.
-Bueno hermano, yo lo llamo para decirle que no puedo jugar el domingo…
¿Cómo así? – exclamó en el otro lado de la línea su interlocutor- Quedamos en que nadie faltaría. Ese es el partido más importante del campeonato. Y te necesitamos en el medio campo.
Hermanito… van a tener que poner a jugar a Domínguez en mi puesto, porque tengo que viajar a N… a una investigación urgente.
-No joda, ¿Qué pasó?
-Un vergajo, que está robando con una vieja. Parece que el desfalco ya va en varios millones. Me toca ir para parar la joda y meter a la cárcel a los ladrones. Usted sabe que estos chicharrones me tocan todos a mí.
-Oiga hermano, y porque no viaja el lunes después del partido. Hable con su jefe. Al fin y al cabo el fin de semana no pueden robar esos mierdas.
-Voy a ver que cuento le invento a mi mayor Cuellar y lo vuelvo a llamar.
Aquiles se levanto de su escritorio, se acercó a una greca que se encontraba enchufada a un amasijo de cables que la división de Seguridad Industrial habían ordenado, ocho meses atrás, desarmar por el inminente peligro de incendio. Se sirvió “un tintico” y con ademán meloso se dirigió al puesto de la señorita Maria Helena, secretaria de su inmediato superior, que exhibía una minifalda que estaba a punto de juntarse con el escote de su suéter.
-Quihubo amorcito, ¿qué mentira me va a decir hoy?
-No Aquiles, no insista más. Ya le dije que no. Déjeme tranquila que estoy transcribiendo el informe al Comité de Seguridad sobre el atraco ése en la Sucursal N… Mi mayor lo quiere urgente. Parece que la cosa es gravísima en esa oficina.
-Pero bizcocho, no me diga que no. Mire que ya le pedí prestado el taxi a mi cuñado. Además tiene todo el día para pensarlo.
-Que no, no lo voy a pensar- le dijo Maria Helena dándole la espalda, mientras el investigador le miraba la enorme curva de los senos.
-¿Sabe qué, cariño?
-¿Qué?
-Ya conseguí la plata que me pidió prestada
-¿De verdad…y me la va a prestar?
-¡Claro mi amor!, esta tarde cuando nos veamos se la entrego.
-¿Pero me la consiguió toda?
-Sí reinita, toda.
-Y usted de dónde sacó esa plata si ayer me dijo que no tenia ni un verraco peso.
-Ya vera, ya vera- repuso Aquiles esbozando una sonrisa- ¿Entonces cuento con que nos vemos allá mismo, a la salida?
-Yo le confirmo más tarde porque con esto del asalto en la Sucursal N… no se hasta que hora me demore el jefe.
Aquiles se regreso a su pequeño escritorio, marcó un teléfono, se recostó en su sillón e inicio una nueva conversación sobre el partido de la noche anterior. Maria Helena, sonriente, continuó escribiendo el informe que había ordenado el Abogado-Mayor.
A la misma hora el doctor Mario Montoya, superior del jefe de Seguridad, sostenía una conversación por celular con el doctor Carlos Quimbay, senador de la Republica, y padrino político de Montoya.
- Mario, carajo, necesitamos con urgencia esa plata. Se nos vino encima la campaña y todavía me estas diciendo que espere. No maestro, no podemos esperar más. Si nos demoramos nos roban el slogan “Manos Limpias”, y la agencia ya tiene todo diseñado, no falta sino la plata, mijo, la plata.
- Doctor- contesto Montoya dirigiéndose al rincón más apartado de la lujosa oficina- yo comprendo la necesidad de la plata; pero entienda que tenemos una visita de la Contraloría y mientras no termine no puedo ordenar el desembolso.
-¿Carajo Mario- gritó el doctor Quimbay- y que tiene que ver la visita de Contraloría con el desembolso?, que no jodan .
-Doctor – repuso Montoya hablando en voz tan baja que sería imposible escuchar su conversación a menos que se estuviera a unos centímetros de distancia- es que recuerde que del préstamo para la campaña Fuera Corruptos no se ha hecho ni un solo abono…y ya va para cartera castigada. No podemos ordenar otro desembolso sino cuando se vaya la Contraloría.
-Que vaina- exclamo el doctor Quimbay, en un tono menos fuerte- me va a tocar hablar con Carlos Ariel, ¿será que el está en la ciudad?
-Si – repuso Montoya, convirtiendo su voz en un imperceptible murmullo retirándose del rincón en que se encontraba para ubicarse en otro lugar de la oficina - pero no me parece que sea buena idea hablar con él. Ayer- continuó adoptando un tono de queja - estuvo reunido con la Contraloría revisando las partidas problema de la cartera y allí esta el préstamo que les dimos para la campaña anterior; - y bajando aún más la voz continuo diciendo - del que le digo que no se ha hecho ningún abono. El está toreando eso.
- ¿Qué, qué Montoya?, gritó el senador Quimbay dejándo notar su desespero - hábleme más duro que no le oigo nada.
- Que el Presidente del Banco – dijo Montoya - estuvo con la Contraloría ayer hablando del préstamo anterior y es imposible hacer desembolso hoy…a menos que – y el doctor Montoya se quedo en silencio organizando la idea que había llegado a su cabeza
- ¿A menos que Montoya, a menos que?- Grito el senador Quimbay – fuera de control
- A menos que busquemos un beneficiario distinto para el crédito – dijo el doctor Montoya desde el rincón más apartado de la oficina - Uno que no tenga problemas.
- No Montoya, en papeles y vainas se nos van quince días por lo menos. Y no podemos esperar tanto. Mire Montoya: vea a ver como hace para que nos entreguen esa plata a más tardar mañana. Recuerde que a usted no le conviene que yo hable con Carielo. Además usted no corre ningún riesgo, porque en el próximo periodo va a ocupar un cargo mucho mejor. ¡Jálele a esa vaina! – gritó por último el senador Quimbay, antes de cerrar la comunicación sin despedirse del doctor Montoya.
El doctor Montoya se quedó perplejo mirando el teléfono que tenia en la mano. El cierre de la conversación con su jefe político lo dejaba hondamente preocupado, porque le había dado una órden que tendría que cumplir sin ninguna dilación. Si no ordenaba el desembolso en el curso del día muy seguramente en dos o tres días habría otro personaje del senador Quimbay ocupando su puesto y ordenando el desembolso y él estaría en el vil asfalto. Y sentándose en el magnifico sillón de su escritorio pensó “al fin y al cabo Quimbay me puso aquí para hacer estas vainas, no le puedo fallar, además cuando estalle el escándalo yo no estaré aquí”

El doctor Montoya fue interrumpido en su meditación por su secretaria que le anunciaba que el Mayor- abogado Hugo Cuellar quería tener una entrevista con él para tratar un asunto supremamente delicado.
-Que siga – dijo Montoya en medio de una especie de sopor-. Se enderezo en el sillón , tomó un esfero entre sus dedos y comenzó a darle vueltas mientras continuaba pensando en la órden que daría a la Sucursal N…de entregarle los recursos al senador Quimbay para continuar su campaña al senado de la República donde esperaba llegar por cuarta vez.
Cuellar saludó con meloseria desde la puerta y, acogiendo la invitación de Montoya - se sentó en la silla dispuesta para los visitantes.
-Doctor Montoya, - dijo Cuellar adoptando una postura solemne -, desafortunadamente le tengo una mala noticia. Ante esta introducción Montoya sintió que un frío le corría por la espalda. “¿será acaso – pensó Montoya - algo relacionado con el crédito sin cancelar del doctor Quimbay?”. - Ocurre que en la Sucursal N…hay un grave problema…
-¿En qué Sucursal? – preguntó Montoya interrumpiendo al mayor Cuellar
-En la Sucursal N… , que maneja don Raúl Colmenares.
El helaje que sintió el doctor Montoya le impidió continuar preguntando, se resignó a su suerte y se echó hacia atrás en su sillón esperando la más mala de las noticias que le podían dar en ese momento, algo relacionado con el crédito del senador Quimbay.
-Le decía doctor –continuo Cuellar con su tono ceremonioso- que en esa oficina se esta presentando un negociado entre un empleado y una clienta. Cuando Montoya escuchó la palabra “clienta” recuperó su calma. - Todo parece indicar - dijo Cuellar– que los intereses del banco están en grave riesgo. Tenemos que tomar medidas rápidamente
para evitar que el roto sea más grande. Mi experiencia de años me dice que estos casos hay que desbaratarlos cuando están naciendo porque después la vaina se hace inmanejable. El doctor Montoya apoyó todo su cuerpo en el brazo de su sillón y continuó meditando en el crédito que en horas debía entregar al senador Quimbay. Doctor – continuó diciendo Cuellar– necesitamos su aprobación para esculcar los negocios de esa oficina a fin de establecer claramente a cuánto asciende el peculado. Y debemos hacerlo pronto antes de que la Contraloría se entere del asunto y se nos adelante; e inclinando su cuerpo hacia el escritorio de su superior continuó diciendo casi en secreto: he creído de la mayor importancia informarlo pues como usted sabe los intereses del banco deben ser protegidos con el mayor celo posible
Estoy de acuerdo con usted – dijo Montoya, como saliendo de un sueño – ante todo en nuestro banco debe imperar la honestidad. Haga una investigación a fondo y que los desleales salgan de la institución como merecen. Le agradezco que me mantengan informado sobre este delicado asunto. En seguida extendió con cortesía su mano a Cuellar que se retiro dibujando una sonrisa de satisfacción por el respaldo a su importante labor.

Montoya, acto seguido, tomo su intercomunicador y le timbro a su secretaria.
-Si doctor, dijo doña Emilce
-Doña Emilce, por favor comuníqueme con don Raúl Colmenares en la Sucursal N…
-Si doctor.
Raúl Colmenares, gerente de la sucursal N…, era un hombre de insobornable rectitud. Se había graduado de abogado en una prestigiosa universidad de la capital, e inició su carrera profesional trabajando en el área jurídica del Banco. Cuando murió don Mario Tanco, por muchísimos años gerente de la Sucursal N… fue seleccionado por las directivas para remplazarlo el joven abogado Raúl Colmenares, pues en toda la institución, ni en la pequeña ciudad N… había quien llenara mejor los requisitos que el Banco exigía a quienes habrían de proteger sus intereses y su exclusiva clientela en aquella ciudad. Desde aquella remota época en que muy joven fue nombrado gerente de la oficina, nunca más había ocupado otro cargo. Don Raúl, desde su época de estudiante de provincia había descubierto la pesca y la había convertido en su pasatiempo favorito. Ya en su senectud conservaba una gran cantidad de cañas, anzuelos y fotografías de sus innumerables viajes por los ríos del país. Conocía cada rió, cada caño de la geografía nacional. Sostenía con fervor que la pesca era mejor diversión que el fútbol. Precisamente en el momento que sonó su teléfono privado acariciaba con deleite una caña que le acababa de regalar uno se sus clientes. Don Raúl se apresuró a guardar su equipo antes de tomar el auricular. Creía que su prestigio se vería menoscabado si alguien de las oficinas centrales se enteraba que dedicaba las largas horas en que no tenía nada que hacer a acariciar amorosamente sus carreteles preferidos. Incluso se arregló la corbata y ordenó rápidamente algunos papeles que se encontraban sobre su escritorio.
-¿Aló? – dijo don Raúl dando a su voz un tono más solemne de lo que en realidad era.
-Don Raúl - le dijo doña Emilce, sin saludarlo y con tono de superioridad – le va a hablar el doctor Mario Montoya.
- Si, gracias, doña Emilce. Pensó inmediatamente que el vicepresidente le iría a hablar sobre el asunto que el había denunciado. Sintió una íntima satisfacción al deducir que el propio doctor Montoya estaba tomando ese aberrante asunto en sus manos. No de otra forma debía proceder un alto directivo de una institución de tanto prestigio. Eso le daba ánimos para seguir vigilando no sólo los intereses económicos del banco sino su inmaculado prestigio moral.
-Aló don Raúl ¿como se encuentra?- dijo el doctor Montoya, a manera de saludo.
- Muy bien doctor Mon….- alcanzo a contestar el gerente, antes de que le fuera cortado el saludo por su superior
- Mira Raúl te llamo para lo siguiente, tu debes saber ya que el Comité de Crédito del banco aprobó un préstamo para el grupo político Manos limpias del doctor Carlos Quimbay y se decidió que por tener la personería jurídica en esa ciudad le fuera entregado el dinero por tu oficina.
Don Raúl Colmenares no tuvo palabras para contestar la orden que acababa de recibir del hombre más importante del banco después del presidente . Se quedo perplejo y en silencio. Inmediatamente vino a su memoria el préstamo otorgado cuatro años atrás al grupo político Fuera Corruptos del mismo senador Quimbay y que había sido un verdadero dolor de cabeza para don Raúl . Hasta el momento ninguna de sus cuotas había sido cancelada. En todas las visitas de la Contraloría él tenia que salir a defender ese préstamo, argumentando la pulcritud acrisolada del senador y las intenciones reiteradas de pago en una fecha muy cercana, a pesar de que su participación en el préstamo no paso de entregar los dineros cumpliendo una orden superior. Tanto había defendido aquél préstamo don Raúl que había logrado varias refinanciaciones sin abono al capital y sin cancelar ni una mínima parte de los intereses. Cada año la deuda crecía con las refinanciaciones y don Raúl ya presentía que llegaría el día que habría que parar esta bola de nieve y ese día las utilidades de su oficina se convertirían en una monstruosa pérdida de la cual, sin ninguna duda, él sería el chivo expiatorio. En sus oraciones don Raúl le pedía a Dios que esto no fuera ocurrir antes de lograr su precaria pensión, porque, si esa olla de podredumbre se destapaba antes, cabía la posibilidad de que fuera retirado del banco sin escuchar sus explicaciones, tal como lo habían hecho con otros directivos desprovistos de un buen padrino.
-Eso que me esta diciendo doctor Montoya me llegara por escrito para yo proceder de conformidad con las instrucciones.
-Por supuesto, Colmenares, por supuesto; pero mientras se cumple el tramite administrativo vaya desembolsando esa plata que la están necesitando con urgencia. Yo personalmente me encargaré de que todo quede en órden. El doctor Quimbay va a estar muy agradecido con usted, ya el conoce que usted es una persona muy eficiente. Ah! Don Raúl, fui ampliamente informado por Cuellar de su decidida actitud ante las censurables indelicadezas de un empleado de esa oficina. Estoy con usted en que no podemos permitir que un empleado corrupto ponga en tela de juicio el prestigio ni los intereses del banco. Otra cosa, Colmenares, son apenas quinientos millones los que debe entregar al representante del doctor Quimbay mañana que pase por la oficina.
-Pero doctor…yo quería decirle una cosita
-¿Qué será, Colmenares?, hable rápido porque estoy muy ocupado.
-Es que doctor Montoya esa gente tiene una obligación sin atender hace varios años, ¿Por qué no entregan esa plata en otra oficina?- le dijo casi sollozando don Raúl Colmenares al vicepresidente.
-No, Colmenares– grito el doctor Montoya perdiendo el control- ¿se imagina la demora que implica radicar esa operación en otra oficina,? ¿no se da cuenta del gravísimo perjuicio que se le causaría al doctor Quimbay?. Piense, Colmenares, piense que sobre usted caería la ira del doctor Quimbay, sobre usted que está a pocos meses de pensionarse
Bueno, Raúl, espero que mañana a primera hora quede resuelto este asunto. Y cortó la comunicación sin darle oportunidad al gerente de plantear otros argumentos en contra de esa operación.
Raúl Colmenares no podía creer lo que había escuchado. Estaba literalmente cercado. Si se negaba a entregar el dinero ponía en riesgo su permanencia en el banco. Y si lo entregaba en pocos meses seria un grave problema que el tendría que entrar a solucionar. Camino despacio al mueble donde tenía sus viejos y amados carreteles. Recorrió con la vista cada uno de ellos y recordó que con aquél pequeñito había sacado un enorme bagre en el río Manacacias, luego, muy despacio, mirando al suelo, salio de su oficina. Los empleados que lo vieron pasar por el largo corredor comprendieron que algo malo le ocurría y ellos también entraron inmediatamente en un estado de intranquilidad pero nadie sabía por qué.
A primera hora de ese lunes el vigilante de la Sucursal N…se negó a abrir la puerta al robusto hombrecito que estaba frente a él con claras intenciones de entrar antes de que se iniciara la atención al público.
-No lo puedo dejar entrar, porque todavía no son las 9:00 AM – le dijo el vigilante a través del pequeñísimo espacio que dejaban las dos puertas cerradas.
-¿Qué, qué?- grito el hombrecito
-Que solamente podrá entrar a las 9:00 AM – gritó el vigílate por la ranura
-Pues entienda que a mi me tiene que abrir porque vengo de la Casa Principal a hacer una investigación.
-No joda - grito el vigilante- todos los ladrones dicen lo mismo. Muestre su carné.
El hombrecito claramente molesto comenzó a esculcar en sus bolsillos y al fin encontró una abultada billetera que dejaba ver imágenes de santos y boletas viejas de fútbol, pero no dinero. Uno a uno extrajo cédula, carné de futbolista, certificado de salud, pase de conductor, fotografías de damas con y sin ropa y finalmente una arrugada tarjeta que lo acreditaba como empleado del Banco del área de seguridad.
-Esto no me sirve, vocifero el vigilante sin leerla cuando recibió la tarjeta a través de la ranura. Esto es una tarjeta de presentación. Y la devolvió utilizando la misma ranura.
El hombrecito recibió la tarjeta y entregó ahora sí el carné oficial que ya había aparecido envuelto entre un recorte de prensa que hacia referencia al gol que Diego Maradona le había hecho con la mano a la selección inglesa en un campeonato mundial.

Y el vigilante leyó

Carné #15360
Aquiles Barreto.
División de Seguridad
Investigador (Foto)

-Haberlo dicho doctor Aquiles, dijo el vigilante mientras abría presuro las puertas del Banco. Me llamo Humberto Velásquez y como ve soy el vigilante responsable de la seguridad de ésta oficina… Es que usted sabe……por favor llámeme Humberto, estoy a su mandar….
Aquiles no disimulo la molestia que le causo el incidente y entro rápidamente al hall de atención de público que mostraba un sin número de puertas y corredores en todas las direcciones. En la mitad de este se devolvió.
-Oiga Humberto - ¿dónde queda la oficina del gerente?
-El doctor Colmenares no ha llegado.
-Que vaina…¿a qué horas llega?
-Después de las 9:00, pero el no entra por ésta puerta sino por la del parqueadero.
El vigilante Velásquez no desprendía su mirada del investigador, mientras mantenía contra su oído un minúsculo radiecito que solamente él podía escuchar dado el bajísimo volumen en que lo tenía.
Aquiles alcanzo a oír que el vigilante escuchaba el programa “Las Primas Donnas” y su semblante se ilumino pues el no dejaba de escucharlo. Este programa de fútbol se transmitía desde las cinco hasta diez de la mañana de los lunes. Los cuatro más notables periodistas deportivos del país entraban en cadena para comentar con lujo de detalles los distintos incidentes de cada uno de los partidos de la primera división celebrados en el país.
-Súbale volumen, hermano -imploro al vigilante- que inmediatamente procedió a subir el volumen. En aquél momento los cuatro periodistas vociferaban todos al tiempo sobre la desastrosa actuación del arbitro Diego Castaño que había pitado un penalti que a juicio de las “primas donas” jamás había existido.
-Sí fue penalti- dijo el vigilante Velásquez. No ve que Maldonado estaba dentro del área cuando Pernia le dio semejante patadon.
-Sí, pero Maldonado no era parte de la jugada y por eso no podían pitar penalti- le respondió Aquiles. Ese h. p. del Castaño nos robo el partido, espero que lo acusen a la Comisión Arbitral para que lo jodan
-No hermano, que va, Castaño pitó bien; es que ustedes no pueden ver que un equipo chico les gane.
De pronto se escucho un estridente grito de G0000000000000000000000000000L, G000L, G000L que interrumpió la discusión entre los dos individuos. Era el timbre de un celular. Ambos buscaron presurosos sus móviles.
-¿Aló? – dijo Aquiles, pues la llamada era para él.
-¿Aló?, ¿Aquiles?
-Si, mi mayor
-¿Dónde está?
-En la Sucursal N…, mi mayor; pero el gerente no ha llegado. Llega a las 9:00am. Mientras tanto voy a hablar con ¿Cómo se llama? El que está haciendo el desfalco, mi mayor.
- No Aquiles, con el no vaya a hablar, no ve que lo pone en sobreaviso. Primero hable con el gerente y con la clienta a la que le están haciendo el tumbado. Manténgame informado y ni una palabra de esto a nadie ¿Oyó Aquiles?
El vigilante Velásquez había dejado de escuchar los comentaristas deportivos para escuchar la conversación de Aquiles. Su respiración se detuvo unos segundos cuando oyó decir a Aquiles que alguien estaba haciendo un desfalco en esa sucursal. En ese instante un timbre sonó en la puerta del banco avisando que el gerente acababa de llegar. Que un vigilante debía abrir la puerta del parqueadero.
Oiga hermano –le dijo Velásquez a Aquiles que ya era su hermano en el fútbol- ese timbre significa que llegó el gerente. Ya puede subir a hablar con él. Esa escalera lleva a la Gerencia.
-Gracias hermano- dijo Aquiles – mientras se dirigía a la escalera.
No bien se alejó Aquiles, el vigilante Velásquez fue hasta el cajero que le quedaba más cerca y le dijo al oído con tono reservado:
-Llego un funcionario de la Casa Principal a investigar un enorme desfalco en esta oficina. Y se devolvió presuroso a la puerta principal del banco desde donde debía evitar la entrada de ladrones, pordioseros y perros.
-Quihubo bizcocho –dijo Aquiles a la secretaria de don Raúl - ¿el gerente está?
-¿Quién lo necesita?
-Aquiles Barreto, de la Casa Principal del Banco. Y le entrego una tarjeta de presentación que la secretaria se dispuso a llevar a don Raúl . A los pocos segundos regreso.
-Por favor espere que don Raúl esta hablando con el vicepresidente.
Efectivamente, el vicepresidente indagaba si el préstamo para su jefe político había sido desembolsado, pues éste no demoraría en llamarlo.
-No doctor Montoya, todavía no. ¿Pero doctor… ya me mandaron el fax instruyéndome sobre ese desembolso?
-Colmenares, no se preocupe por un verraco fax. No ve que estoy muy ocupado para ponerme a hacer esas vainas ahora. Haga ese desembolso y punto. Hasta luego. Y colgó.
Don Raúl leyó la tarjeta que mantenía en su mano, tomo el intercomunicador y dijo
-Que siga el señor.
Con su acostumbrado estilo lleno de genuflexiones Aquiles extendió su mano pequeñita y sudorosa al gerente, quien inmediatamente secó la suya frotándola contra su pantalón.
-Vengo a investigar lo del atraco.
-¿Cuál atraco?- respondió el gerente
Ante esta respuesta del gerente Aquiles se descompuso e inicio afanosamente la búsqueda del papel con los nombres de la clienta acusadora y el empleado acusado. Ahora no buscó en su billetera sino en una pequeña cartera de cuero repujado con un águila con sus alas extendidas. Leyó y dijo:
-El caso de Mauricio Espítia.
-Ah, sí. Es una acusación muy grave contra un empleado muy importante de esta sucursal. Lo acusa una clienta muy distinguida. Pero dígame doctor Aquiles por que no habla con ella para que le cuente todo, yo le consigo la cita. O con Mauricio a ver si comenzamos a desenredar esto.
-No doctor, por ahora no debo hablar con el señor Espítia…usted entiende…podemos ponerlo sobreaviso…hay que sorprenderlo. Mejor consígame la cita con la señora Parra, recordando que no debía incomodar a la clienta con intensos interrogatorios.
-Claro, dijo el gerente, mientras ordenaba a su secretaria conseguir una cita a Aquiles con doña Paula Parra
Tan pronto como Aquiles abandonó la oficina el gerente hizo llamar a su presencia a Mauricio Espítia
Espítia era un hombre de no más de treinta y cinco años y mediana estatura. Ingreso al Banco en esa misma oficina como mensajero y su capacidad e inteligencia lo ubicaron quince años después como el segundo hombre en la sucursal inmediatamente a ordenes de don Raúl Colmenares. Había ocupado todos los cargos con reconocida eficiencia lo que lo hacia un innegable experto en operaciones bancarias.
-Doctor Aquiles lamento informarle que no tengo el teléfono de la señora Paula -le dijo la secretaria de don Raúl - mientras Aquiles, algo desolado, se sentaba en el asiento más distante de la sala de espera a escarbar papeles en su cartera de águila y a buscar en el directorio telefónico de la ciudad el teléfono de la clienta. Pero tampoco allí estaba Paula Parra.
Con ademán misterioso la secretaria hizo que el hombre que acababa de llegar le acercara su oído
-Mauricio- le dijo con voz casi inaudible- ese señor viene de la casa principal a investigar un robo, o un fraude o no se que cosa.
-Si, ya sabia, me lo comentaron unos clientes en la escalera- le contestó mientras ingresaba a la oficina del gerente sin mirar siquiera hacia el hombrecito que continuaba buscando papeles en el rincón más apartado de la pequeña sala.
Mauricio- le dijo el gerente después de que se cruzaron un corto saludo como lo hacían desde muchos años atrás - me está llamando el doctor Montoya para que le demos quinientos millones a la campaña Manos Limpias del senador Quimbay.
-Pero tenemos problemas con los doscientos que les dimos para la campaña pasada.
-Sí, lo sé; pero me está presionando demasiado. No se que hacer, pues le prometí que hoy tendrían esa plata.
-Don Raúl eso no lo podemos hacer porque no tenemos presupuesto. En la Tesorería no nos entregan recursos hace más de dos semanas. Recuerde que las medidas del Banco de la República para contener la inflación han restringido los créditos.
-Entonces ¿qué le digo cuando me vuelva a llamar?
-No espere que lo llame, llámelo usted y pídale los recursos, que le aseguro no los va a conseguir.
-¿Y si nos manda la plata?
- Se las damos; por lo menos nos queda constancia de que la plata la mandaron exclusivamente para eso.
-¿Y mi pensión, Mauricio; y mi pensión? –Exclamo el gerente en tono lastimero. Yo no quiero darles más plata a estos políticos que nunca pagan y nos dejan el problema a nosotros.
-No don Raúl, nunca pasa nada. Lo grave seria que un campesino no pagara. Ahí si nos caerían todos los investigadores del Banco.
-¿De qué me habla, Raúl?, grito desencajado, el vicepresidente Mario Montoya. ¿Como así que le consiga presupuesto? ¿Qué vaina es esa?... y se recostó desconsolado en su enorme sillón cuando don Raúl le explico que todo desembolso de un crédito debía contar primero con la partida asignada por la Tesorería, quienes controlaban el volumen total de créditos, para evitar que el Banco excediera la cuantía permitida por la Ley.
-Si, doctor Montoya, sin este tramite el sistema no nos permite entregar los recursos al cliente. Yo, como usted sabe muy bien, tengo un profundo aprecio por el senador Quimbay y nada me interesa más que entregarle esa plata …pero se atraviesa el sistema, …es que el sistema. Y se quedo callado
-Bueno, Raúl voy a ver que hago. Y colgó, sin despedirse siquiera.
Mientras Raúl Colmenares se levantaba de su escritorio en dirección a sus viejas cañas de pescar, y Mauricio Espítia salía de la oficina de manera casi furtiva Aquiles buscaba en el enorme listado de clientes de la oficina el nombre de la misteriosa Paula Parra. Pero allí tampoco se encontraba.
A la hora del cierre de la sucursal era muy poco lo que el investigador Aquiles Barreto había adelantado con respecto a Paula Sarmiento.
Aquiles llego presuroso ante el vigilante Humberto Velásquez
-Hermano – le dijo mirándolo hacia arriba, ya que Velásquez superaba en varios centímetros al investigador- ¿Dónde hay un restaurante baratongo?
-A la vuelta está el “Takúa” de doña Sagrario, le dijo el vigilante
El restaurante Takúa era frecuentado por los empleados de los bancos del sector. Allí, además de comentarse los partidos de fútbol, se tramitaban los chismes de los bancos.
Todas las miradas se dirigieron al pequeño y robusto hombrecito que se había sentado en el rincón más extremo del establecimiento. Los comensales, la mayoría banqueros, concluyeron que se trataba del investigador del siniestro de la Sucursal N.., y Aquiles, asombrado, sintió que las miradas caían sobre él.
-¿Usted es el investigador?- le pregunto la mesera, mientras le tomaba el pedido.
-Si bizcocho, yo soy- respondió Aquiles hinchado de orgullo- ¿Por qué no salimos rumbear esta noche?
A partir de ese instante se sintió un sordo rumor de conversaciones en el local de doña Sagrario. Los que salían ponían al tanto a los que llegaban. Desde la cocina se asomaron las cocineras, las encargadas de la loza y la propia doña Sagrario con sus dos hijas para conocer ese misterioso personaje llegado desde la capital a cumplir una trascendental tarea investigativa, nunca antes vista, y que tenía ya en vilo a la mayoría de los ciudadanos de la pequeña ciudad.
-Doctor Carlos Ariel, tiene una llamada del alcalde de N.., le dijo la secretaria al presidente del banco, el médico Carlos Ariel López (Carielo para sus amigos) quien había abandonado la medicina por lo que más lo seducía: la usura.
-Doctor López –le dijo el alcalde después de un protocolario saludo- lo llamo para preguntarle qué es lo que sucede con la Sucursal del Banco, pues aquí se habla de robos, estafas, atracos, desfalcos y nadie da razón de nada. Con el comandante de la policía, por si acaso, tenemos acordonada la cuadra y ya vienen en camino los de antiexplosivos.
-De verdad que no se de que me esta hablando, pero déme un tiempo para informarme y lo llamo en seguida.
G00000000000000000000000000L,… G000L,… G000L,… G000L
-¿Aló, mi mayor?
-No joda Aquiles, -le gritó el mayor Cuellar- qué es lo que usted está haciendo que tiene ese pueblo revolucionado.
-¿Qué dice mi…….?
-Deje esa joda y véngase inmediatamente que ya el doctor Carlos Ariel averiguo que esa vieja es la moza del tal Espítia, que no tiene cuenta con el Banco y que lo que tienen es una pelea por celos.
-Don Raúl, le va a hablar el doctor López-le dijo la secretaria al gerente de la sucursal.
-¿Aló doctor?
-Aló don Raúl,…entréguele la plata al doctor Quimbay
-Pero doctor…¿doctor?…¿doctor?…¿doctor?… ¡Me colgó!

Marzo de 2010

domingo, 7 de marzo de 2010

El Orquidiofilo

                                     El Orquidiófilo

El más importante jurista del país, don Amadeo Salazar Portocarrero, recibió del presidente de la República de Escobária la orden de fundar un organismo que se encargara de aglutinar en una sola las muchas dependencias para la investigación de delitos de que era victima el país, ya que por esa época cada instituto o ministerio, tenia su pequeño pero eficiente organismo de vigilancia. Cientos de detectives, investigadores, caza recompensas, auditores, espías y soplones quedaron cesantes. Unos pocos pasaron al nuevo órgano de investigaciones creado por el doctor Amadeo, siguiendo los lineamientos de la Misión Adams, que dirigía el ex-policía y ex-detective, nacido en Bogota, condado de Bergen, en New Jersey, Estados Unidos, mister James Washington Adams que se había formado en las distintas técnicas de controlar el crimen en las calles de su ciudad natal. El transmitió a sus discípulos las técnicas de interrogación con agua que consistían en sumergir la cabeza del acusado en piletas hasta el limite entre la vida y la muerte por inmersión, asímismo las técnicas de interrogación por aire, caso en el cual al acusado se le ponía una bolsa plástica en la cabeza impidiéndole la entrada de aire para que sufriera los terribles suplicios de la asfixia; otras eran la de la luz intensa frente a su cara, la del sueñus interruptus en que se le impedía dormir durante días, la llamada Alemana en que al prisionero le introducían una manguera por la garganta u otro orificio y lo llenaban de agua, y muchas otras de comprobada eficiencia que hacían la felicidad de los alumnos de mister Adams. Pero mister Adams no solo era experto en técnicas de investigación y seguimiento. Sus ratos de ocio en Bogota los destinaba a dirigir una Organización No Gubernamental (ONG) llamada “Por los derechos humanos” que tenia ramificaciones en varios países del tercer mundo y cuya función primordial era hacer escándalo en la prensa de Bogota y de San Diego, California, donde la hija de Adams trabajaba como recepcionista del matutino de la ciudad. Esto ocurría cada vez que en algún país distinto de USA, mostraban en sus periodicos un criminal con rasguños, como ocurrió cuando mostraron a Ruleta con un pequeño hematoma en la cabeza, producto de la caída por la ventana, cuando trataba de escapar a la justicia que lo perseguía por las repetidas violaciones a niñas menores de diez años. 

Durante su permanencia en Escobária mister Adams, como asesor de seguridad, viajó por el país recolectando orquídeas que enviaba a Bogota, utilizándo la valija diplomática, donde su hermana media Alice las vendía a precios escandalosos entre los orquidiófilos. El fue quien encontró el famoso ejemplar de la Orphrys Apifera desconocida hasta ese momento en este continente y que era el orgullo del continente europeo. Lloró como un niño ante la extraordinaria belleza del raro ejemplar que contempló absorto durante horas. Con la extrema delicadeza que recomendaba a sus alumnos la técnica del estrangulamiento por cordel, embaló el raro espécimen con destino a Bogota. Su media hermana lo vendió a un millonario orquidiófilo por una suma cercana a los veinte mil dólares. Suma que Alice invirtió en acciones de compañías que recomendaba un mago de las finanzas de Wall Street, compañías que tenían el gran atractivo de no dar dividendos durante varios años pero tendrían en el mismo período una enorme valorización que resarciría con creces al comprador "persistente y de nervios de acero", como rezaba la propaganda, de la falta de dividendos. Lo que Alice no invertía en acciones lo invertía en la mina de oro de Burkina Faso que le recomendó el mago de Wall Street como mejor inversión que las acciones, pues en muy poco tiempo el precio del oro subiría hasta las nubes. Mister Adams, al regresar a Bogota, después de dejar organizado y funcionando a la perfección el Instituto Nacional de Investigaciones –INI-, se encontró con que el mago de las finanzas debió abandonar los EE.UU por utilizar información privilegiada en provecho propio y se encontraba asesorando en materia financiera al gobierno de una república bananera del tercer mundo. Las compañías en que Alice había invertido habían quebrado todas y mister Adams, tratando de salvar el poco dinero que le quedaba, conseguido con tanta honestidad, como el decía, se traslado a Ouagadougou para investigar sobre la mina de oro, de la que nadie había oído hablar en Wall Street. Los políticos de Ouagadougou, que desconocían la existencia de la mina de oro, le recomendaron viajar por tierra a Koudougou pues era muy probable que la mina quedara por esos lados, aunque más bien podía tratarse de una mina de fosfatos, puesto que el país no era un productor de oro. Mister Adams viajo Koudougou acompañado de un guía nigeriano y traductor al francés que años atrás se había quedado encallado en aquél país cuando llego invitado por un ruso blanco, pariente cercano del conde Yusupov, a explotar un restaurante de comida vietnamita a base de algas marinas, al que nadie entraba, por no ser la sazón del agrado de los nativos, ni de nadie. Mister James Washington Adams a su llegada Ouagadougou hizo que lo llamaran mister Washington, y no mister Adams, porque –pensó- de esa forma lograría el respeto de la clase dirigente del país y recuperaría rápidamente su mina de oro, o lo que quedara de ella, para regresar a la tranquilidad de Bogota. La estratagema no le dio ningún resultado como quiera que casi nadie en el país sabía de la existencia de alguien con ese extrañísimo nombre, lleno de consonantes, tan difíciles de pronunciar. Durante varios años nadie supo más nada de mister Washington, hasta cuando el periodista George Stanley, del más importante diario de Bogota, viajó en su búsqueda hasta Ouagadougou. Allí supo que probablemente se trataba de un profesor de inglés que vivía en un pequeño poblado de nombre imposible, cercano a Bobo-Dioulasso, hasta donde se trasladó. Al encontrar al anciano profesor lo saludo con la frase que haría historia en Bogota y que publicaron todas las revistas de seguridad del mundo:
-¿Mister Adams, supongo?.
-Oui, dijo el anciano, que ya hablaba algo de francés.
-Vengo a llevarlo de regreso a Bogota
-OK, pero para mi será el setenta por ciento de lo que va a recibir por la historia.
-Oh, sheet* –exclamo el señor Stanley. Y se regresó a Bogota sin el anciano avaro.

Marzo 2010

*Mierda.