DIEGO CASTANO NICHOLLS

viernes, 19 de agosto de 2016

El Poder


                                              El Poder


--Me gustaría comentarte una cosa- dijo Sagrario mientras ponía frente a su esposo el plato de sopa con que se daba inicio  al ritual de la cena.  
--¿Qué será?  -Contesto él tomando la cuchara  e iniciando la ceremoniosa limpieza con la servilleta de papel que se encontraba al lado  de los otros dos cubiertos.
--Es que me había olvidado de decirte algo.
--¿Qué será? Volvió a preguntar mientras continuaba frotando la servilleta contra la cuchara- dime de qué se trata sin tanto rodeo.  No estoy para misterios.
--Es que… 
--¿Es que qué? –la interrumpió él. Es que hace algunos días te llego una carta y me olvide de entregártela. 
--Bueno, pues tráela- dijo él sin inmutarse.
Era un oficio del  Estado citándolo a dar unos testimonios  sobre algún asunto que no estaba claramente  precisado  en la comunicación. Allí dice, sin lugar a ninguna duda, que  se le ha concedido un Poder para que pueda rendir una declaración.

   Aquiles Barreto, investigador bancario, de unos 38 años , piernas cortas  y anchas espaldas mira el membrete  que efectivamente tiene todas las trazas de ser real: está el escudo con cornucopias  en  cuyo centro se ve el mapa de otro país y  una bandera a cada lado.

    El día de la declaración  Aquiles llega a una enorme edifico donde hay varias filas de personas que salen cada una para distintos lados y terminan en unas pequeñas ventanillas muy cerca del suelo que obligan a las personas a hablar casi arrodillado con quién está al otro lado del vidrio. De pronto un funcionario con voz bronca se dirige a la fila de Aquiles y exclama  que los que tienen el documento con una determinada leyenda no tendrán que declarar pero, eso sí, deberán cancelar el Poder en  la oficina CANCELACION DE PODERES. Todos los que tienen la leyenda, entre ellos Aquiles, preguntan al funcionario por la ubicación de la oficina quien responde desconocer el sitio exacto, pero de todas formas queda en algún lugar del enorme edificio. Después de deambular por los corredores preguntando a todo aquel con figura de funcionario   finalmente encuentra la Oficina  que es atendida por un hombre de mediana estatura  al otro lado de una gruesa baranda ocupando un viejo escritorio cercano a la ventana. Pero  no está solo; todos los que tienen la leyenda en el oficio han salido detrás de él y forman un grupo de seis o siete personas que desean hablar con el funcionario de la ventana.
--¿Que desean?-- pregunta sin levantar la cabeza del documento que lee.
 Aquiles toma la vocería del grupo
-Esos Poderes no se pueden cancelar
Sin embargo después de un rato en que Aquiles y otros le insisten en la cancelación del Poder se levanta  y les dice “síganme”
El funcionario va caminando por una serie de pasillos angostos, sube y baja empinadas escaleras  y finalmente se detiene frente a una puerta,  da dos golpes con los nudillos abre la puerta y entra seguido de Aquiles y varias personas más que necesitan el mismo servicio.
En la oficina hay tres funcionarios que conversan animadamente. Dos están sentados el uno al lado del otro y el tercero que se ve que es el de mayor rango está parado frente a una gran ventana que deja ver la ciudad al fondo. Cada uno sostiene entre sus dedos un pocillo seguramente con café. Están conversando y tomando tinto, piensa Aquiles.
El funcionario que acaba de llegar con el grupo espera respetuoso  que le dirijan la palabra mientras les hace una señal  a sus seguidores que entienden como “debemos esperar”
--¿A que venimos aquí?, pregunta un viejito de setenta o más años. Nadie le contesta.
Finalmente el funcionario que evidencia tener mayor jerarquía pregunta: ¿qué necesitan?
-Doctor dice el recién llegado  extendiéndole el Poder que el otro inmediatamente comienza a leer parado frente a la ventana: es que quiero saber si este Poder se puede cancelar.
-- Si se puede cancelar – contesta- pero antes deben devolver el exprimidor de….
--¿Cuál exprimidor? - preguntan las personas cortando la frase del importante funcionario
--El exprimidor de frutas que recibieron como bonificación del Estado por prestarle un servicio distinguido.
--Pero si  no hemos recibido nada
--En ese caso deben ir a la oficina de RECLAMO DE OBJETOS DE BONIFICACIÓN POR HABERLE PRESTADO SERVICIOS DISTINGUIDOS AL ESTADO allí les entregaran el Exprimidor que luego deben devolver en la OFICINA DE DEVOLUCIONES DE OBJETOS ESTROPEADOS.
--¿Que qué? Gritan todos.
--Si, como ustedes saben en el Estado, como en derecho,  las cosas se deshacen como se hacen.
--¿ Dónde queda esa oficina?
--Yo no lo sé porque jamás he tenido que devolver ningún bien del Estado…salgan al pasillo y cualquiera de los guardias les dirá donde queda
--Si, dijo el guardia a la pregunta de Aquiles  que en ese momento era el líder del grupo -- tomen el ascensor bajen al primer piso y pregúntenle al guardia de ese piso, es lo único que podría decirles.
--¿A dónde vamos?, pregunta el viejito setentón que parece estar afectado por  sordera. Nadie le contestas.

En el primer piso Aquiles y su grupo esperan con paciencia a que un guardia termine de trasladar  unas materas  de una oficina a otra bajo la estricta vigilancia de una funcionaria.
Finalmente el hombre exhausto les dice que la citada oficina queda en el edificio del frente, sobre la otra acera, pasando la avenida. Allí se dirigen Aquiles y su gente quienes ya se encuentran en una amigable conversación. De repente se escucha una explosión de risa.
 Aquiles pregunta a que se debe tanta risa y un hombre de unos cuarenta años comienza a narrarle el cuento que le llego a su teléfono celular, les lee:
“Un hombre entra en la cama y le susurra al oído a su mujer: estoy sin calzoncillos… Y ella le contesta: déjame dormir…mañana te los lavo”
Todos vuelven a reír mientras intentan atravesar la  avenida que separa los dos edificios.
--¿A dónde vamos?, pregunta de nuevo el  viejito que camina con algo de dificultad y le cuesta un gran trabajo esquivar la gran cantidad de vehículos que corren por la avenida a alta velocidad.
--¿Por qué no atravesamos por el puente? Pregunta el viejito otra vez señalando el puente peatonal que hay a menos de 20 metros.
--Porque queda a quince cuadras- -le contesta con ironía alguien de los que ya está logrando llegar a la otra acera y culminar la peligrosa travesía.
Aquiles, que arriba al  edificio señalado entre los primeros  y como ahora es líder indiscutido del grupo gira su cuerpo con el propósito de verificar que todos hayan llegado en buen estado al otro lado y comprueba con asombro que su grupo ha crecido: ahora no son los cinco o siete que comenzaron desde un principio sino cerca de diez o doce. Los nuevos, a diferencia de los iniciales, no traen en la mano el Poder que los acredita como integrantes legítimos de la comitiva. Pero  no está para impedir a nadie que haga lo que le plazca. Retoma su liderazgo porque los de la cabeza se han detenido esperando que ocupe su lugar y decida el próximo paso.
 Aquiles busca con la mirada al guardia  sin encontrar a nadie ni en la puerta del edificio, ni en el oscuro corredor; continuo hacia adentro donde ve una escalera que lo conduciría al sótano y un ascensor que los llevaría a los pisos altos. Su experiencia le dice que este tipo de oficinas no debe estar en las partes altas sino en un sótano y adoptando un gesto algo heroico gira su cuerpo, levanta su brazo y les grita: vamos al sótano.
--¿A dónde vamos?, pregunta el viejito al ver que todos se están metiendo por ese oscuro túnel que es la escalera por donde se introdujo Aquiles. Nadie le responde.
Aquiles  divisa en el fondo de un pasadizo, no un guardia, porque tal edificio no tiene nada que vigilarle sino un letrero grande hecho a mano que dice RECLAMO DE OBJETOS DE BONIFICACIÓN POR HABERLE PRESTADO SERVICIOS DISTINGUIDOS AL ESTADO.
En el justo ejercicio de su autoridad Aquiles le ordena a un hombre de mediana estatura y cara cuadrada que golpee a ver si alguien los atiende. Pero cuando levanta la mano para hacerlo nota que la puerta se está abriendo. Todos quedan en silencio pero unos segundos después se escucha un gran suspiro de alivio.  Una mujer de unos sesenta años arrugada y canosa con voz cascada pregunta al que todavía se encontraba en ademan de querer llamar a la puerta:
-- ¿Qué se les ofrece? El individuo busca con una respetuosa mirada a Aquiles quien se adelanta unos pasos hacia  la mujer y le dice:
--Venimos a reclamar el exprimidor de que habla este oficio. La mujer toma el papel en su mano, y mientras da media vuelta para introducirse en la lúgubre oficina les dice: esperen ahí.
El viejito se adelanta un poco, se empina para medio alcanzar el oído de la persona que le queda más cerca y le pregunta: ¿qué es lo que dice en ese letrero? También es algo cegatón. Por supuesto el hombre no le contesta nada pues nada escucho ya que la voz del viejito no solamente es gangosa sino  totalmente inaudible.
 La anciana toma de una vieja mesa que le sirve de escritorio unas antiparras que se coloca con extrema parsimonia utilizando para ello una sola mano y poniendo detrás de la oreja primero una pata y luego la otra.
--Pero….se le escucha exclamar de pronto y voltea su mirada hacia Aquiles
Todos hacen silencio, ni una tos, ni un suspiro, nada se escucha en el largo pasillo que ahora está abarrotado de gente e iluminado por la luz que sale de la oficina de la vieja.
…pero –repite la anciana- falta el sello
¿Cual sello? –balbuceó   Aquiles - dando un paso hacia adelante para mirar el oficio que le trata de entregar la vieja.
--El sello del jefe de declaraciones. Sin ese sello yo no puedo entregar nada. Usted me entiende.
--Usted también debe entendernos a nosotros. Hemos caminado estos edificios desde hace horas….
--No puedo –dijo a vieja interrumpiendo a Aquiles  - pronto cumpliré 1300 semanas de trabajar con el Estado y nunca he transgredido  una sola de sus normas. Esa es la razón para que en esta oficina todo funcione perfectamente bien. No voy a violarla ahora que me faltan unos meses para pensionarme
…aquí nadie sabe donde quedan las cosas. Dígame ¿dónde podemos encontrar al jefe de declaraciones?
--Es el que les tomo la declaración inicial
--Nadie nos tomo ninguna declaración. Un señor en un patio, cuando hacíamos la fila nos dijo que ya no debíamos declarar.
--Pues hablen con ese señor—dijo la anciana dejando saber que ya estaba molesta--…yo no tengo nada que ver en este asunto… a mi tráiganme el sello del jefe de declaraciones…hasta luego-- les dijo mientras cerraba con fuerza la puerta de la tétrica oficina.
Cuando la caravana  de personas arribo al edificio de donde originalmente habían salido  vio que esta había aumentado en cuatro o cinco individuos mas. Aquiles  no entendió la razón para que esto sucediera pero no vio que fuera importante preocuparse por ello. Por el contrario pensó “es muy posible que cuando los funcionarios vean el crecido número de personas presten mayor atención al asunto y lo resuelvan con mayor prontitud”.

 Aquiles observó que en un extremo del patio,  ocupado a toda hora por filas de personas en distintas direcciones,  que terminan en diminutas ventanillas casi a ras de piso,  un viejo escritorio de lustrosa madera, tal vez caoba, con su silla tumbada al lado.  Aquiles llamo a su segundo, el de la cara cuadrada,  que permanecía no muy distante, pues ya sabía que se había convertido en lo que la gente llama su mano derecha. Presuroso llego ante  Aquiles que inmediatamente le ordeno conseguir dentro del grupo dos o cuatro sujetos para que trajeran el escritorio con su asiento y lo colocaran debajo de la cornisa que les señalo con ademan autoritario.

La caravana se había dividido en varios grupos pequeños. Unos conversaban en voz baja, otros reían pero todos estaban a la expectativa, sabían que algo iba a suceder, tenían la intima convicción de que pronto habría respuesta  a lo  que les interesaba. Pero en ese momento eran más las personas que desconocían la razón para encontrarse allí que los que conformaron el grupo inicial. Estos, que seguían unidos pero distantes de los otros, tenían el único interés de cancelar el Poder e  irse  a sus casas y reintegrarse a sus familias.
No había transcurrido mucho tiempo desde que  Aquiles se instalo en su escritorio cuando en uno de los corrillos se escucho una algarabía. Tenía que ser así porque el grupo crecía lentamente con personas que habían sido retiradas de las inmensas filas. Sin saberse por qué otras personas habían decidido dejar sus filas y pasar a hacer parte del grupo que dirigía Aquiles. La algarabía subía de volumen, lo que llamo seriamente la atención de Aquiles  y de su fiel segundo que inmediatamente ordeno poner orden al hombre de anteojos  Jhon Lenon que se encontraba a su lado.  Todos obedecieron la orden perentoria.  
De distintas direcciones llegaron tres guardias de uniforme de paño azul oscuro, gorra militar y fuertemente armados no solo con la intención de poner orden sino para exigir que el escritorio y su silla fueran devueltos al lugar de donde los habían tomados.
 Aquiles aprovecho la llegada de los guardias para preguntar por el hombre que les había ordenado retirarse de la fila.
-Ya termino su turno -fue la tajante respuesta de uno de ellos.
¿Quién lo reemplaza?- pregunto Aquiles algo temeroso.
-Nadie lo reemplaza, pero ¿qué necesitan?  -pregunto otro de los guardias 
 Aquiles narro rápidamente la historia a lo cual el guardia, ya posesionado de su papel de informador  tomo entre sus manos el poder, lo miro rápidamente y anuncio su dictamen:
-¿Ya hicieron el pantallazo?- dijo mientras devolvía el papel
¿Pantallazo? ¿Qué es eso?
-Ah, pues que le tiene que tomar una fotocopia al poder, firmar aquí donde dice firma,  adjuntarle una fotocopia de la cedula al 150 por ciento y las dos cosas enviarlas al correo electrónico de las oficina de devoluciones.   
¿Cuál es ese correo electrónico?
-No, yo no lo sé. Tendrían que volver mañana para que don Justino les de las indicaciones completas.
-Y si no hacemos nada de esto ¿qué pasaría? -pregunto el viejito que llevaba varias horas con su poder en la mano esperando que alguien le diera respuesta a sus múltiples preguntas
- No pasa nada- dijo otro de los guardias que no había hablado todavía- simplemente los jefes se llevan los exprimidores que no son reclamados.


Todos saltaron de la emoción, botaron los poderes al tarro de basura que había cerca de ellos y se fueron felices a sus casas no sin antes devolver el escritorio y su silla a donde las habían encontrado,  llenando de besos al viejito que hizo la pregunta salvadora.

Cruce de caminos


Sima Qian, después del atróz castigo, se hallaba absorto, en medio de la noche, componiendo su Registro Histórico bajo la amarilla luz de un candil, cuya llama apenas iluminaba la habitación. Sima escarbaba en los viejos manuscritos que su padre le había legado a condición de que antes de morir concluyera aquella magna obra. De repente, mientras buscaba unos esquivos datos de la Primera dinastía encontró unas hojas sueltas, desteñidas por los larguísimos años que estuvieron guardadas. Con extrema dificultad Sima leyó los párrafos que su padre había escrito sobre el texto, muchísimos años atrás, tantos años atrás que aún estaba lejana en él la idea descabellada de escribir el Registro, que había sido la obsesión de su maestro Chuan. Y Sima leyó: No se sabe si este texto fue escrito durante la Segunda o la Tercera dinastía. Mi maestro Chuan afirma que corresponde a la Tercera Dinastía, pués algunos sígnos eran de uso común en aquella época. Esto no importa, pienso yo. Lo cierto es que mucha agua ha llevado al mar el Huang-ho desde que estos miserables quisieron dar a conocer al Emperador este Manifiesto. Por años trataron de llegar a las puertas del espléndido palacio para entregarlo al Primer Vigilante, que lo pondría en manos del  Asistente del Asistente Principal, quien lo haría conocer del Supremo Emperador. Ellos sabían que este tránsito no se media en días, ni en años, sino en dinastías. Por eso era tan importante para mi maestro Chuan saber, y a eso dedico los días de su vida, en qué dinastía se había entregado el manifiesto al Primer Vigilante, pués cuando el tatarabuelo de su abuelo fué el Asistente del Asistente Principal, este último considero incorrecto hacer conocer el Manifiesto al emperador que agonizaba después de caer de su caballo y ordenó conservarlo hasta que uno de los muchos posteriores Asistentes Principales encontrara el momento correcto para que el Emperador lo conociera. Pacientemente, durante cientos de años, los amados súbditos han esperado una respuesta al Manifiesto que sus antepasados construyeron con temor y cuya aprobación traería la ansiada igualdad para todos los habitantes del imperio.
Dos milenios después un joven en una biblioteca de Pekín leía absorto el libro al que Sima dedico su vida y presintió que el Manifiesto aún no había sido entregado, porque la desigualdad era la misma. Esa mañana el joven Zedong juró que dedicaría su vida para dar a su pueblo las pocas cosas que esperaban con paciencia desde hacia más de tres mil años. Zedong comprendió en ese instante que Sima había ocupado su existencia en escribir un libro para que dos mil años después un joven rebelde descubriera en el la causa suprema a la que dedicaría la suya. Finalmente se habían cruzado los caminos.