DIEGO CASTANO NICHOLLS

lunes, 12 de noviembre de 2012

LA REBELIÓN EN EL PANAL


LA REBELIÓN EN EL PANAL

                                                                                                                                                             
Para mis nietos 


   Atravesada por el rio de aguas de plata, en la hermosa planicie al pie de la gran montaña de oro y diamantes que brilla bajo el maravilloso sol, está el hermoso país de las flores.   

    Allí en armonía perfecta viven las infatigables abejas que toman su miel de sus buenas amigas las flores, que se los proporcionan sin ningún reproche. Viven las abejas en un panal que cuidadosamente han construido trayendo los materiales en  numerosos vuelos desde la montaña de oro y diamantes.  Adentro, en la cámara principal está la Abeja Reina, principal personaje del panal cuya vida transcurre apaciblemente dedicada solamente a poner, uno tras otro, los huevos que más tarde serán nuevas abejas. Pero también hay otros personajes que vigilan el panal mientras las abejas van y viene en sus vuelos en busca de la miel de las flores. Estos personajes son los zánganos. Son también hijos de la Abeja Reina y por lo tanto hermanos de las abejas recolectoras de miel. Los zánganos cumplen otras tareas en el panal, pero de ellas no hablaremos en esta historia.

   Pues bien, un día las abejas que se encontraban en el panal entregando su carga de miel, como lo hacían durante todo el día sin casi descansar, comenzaron a escuchar que allá adentro, en una de las muchas cámaras del panal los zánganos hablaban en un tono exageradamente alto, perturbando la tranquilidad del panal. Esto, sobra decirlo, jamás había ocurrido. Nunca en el  panal se había escuchado tanto alboroto ni tanta gritería. Una de las abejas se fue acercando al lugar de donde provenía aquel extraño ruido y colocándose en un lugar que no la vieran pudo oír que el zángano llamado Brusco, encaramado en un trozo de cera, les decía a otros zánganos que lo escuchaban con atención:
   --No ven que no hace nada—dijo Brusco agitando sus alas--…no ven que permanece el día entero acostada solamente durmiendo, comiendo y poniendo huevos; y mientras tanto nosotros debemos vigilar que no vengan intrusos; no podemos salir a pasear por el país de las flores, no podemos ir a las fuentes de agua ni a la montaña de oro y diamantes. Comprendan compañeros que debemos hacer algo para que ésto no siga ocurriendo
   --¿Cómo qué? --Pregunto un zángano que se hallaba en la primera fila de la reunión.
   --Eso es lo que tenemos que decidir entre todos los que queremos lo mejor para nuestro panal --contesto el zángano Brusco que aún permanecía parado sobre en trozo de cera. Pero hay muchas cosas que podemos hacer; por ahora les diré que podemos expulsarla de nuestro panal o podemos obligarla a trabajar como todos nosotros.

   Cuando escuchó estas palabras una abejita que estaba escondida comprendió que en aquella reunión se estaba tramando algo extremadamente grave para la vida del panal y decidió volar tan rápido como podía a donde se encontraban las otras abejas descargando la miel. Y les contó con todo detalle lo que había escuchado en aquella reunión de zánganos.

   Todas las abejitas se llenaron de terror solamente de pensar que algo tan cruel e irrespetuoso con la abeja reina se estuviera fraguando. No podían creer que los zánganos fueran tan desalmados y que no se dieran cuenta que lo que proponían jamás se había pensado en éste ni en ninguno otro panal de los que había en el país de las flores
   --Hablemos con los zánganos para hacerlos entrar en razón y que desistan de esa descabellada idea- dijo una de las abejitas  
   --Pero no creo que nos hagan caso, ellos son muy tercos y no nos harán caso—dijo otra

   Y siguieron durante largo rato haciendo propuestas que para desgracia no eran aceptadas por la mayoría de las abejitas.

   Entonces una abejita con una bufanda amarilla alrededor de su cuello les dijo en tono pausado
   --Yo propongo que llevemos este caso ante el Abejorro Azul.
Hubo un gran silencio en el salón, las abejitas se miraban asombradas unas a otras.
   --¿Ante el Abejorro Azul? Pregunto tímidamente una abejita, pues el solo hecho de pronunciar su nombre llenaba de respeto a todos en el panal.
   --Si, exactamente eso es lo que propongo—contesto la abejita de la bufanda amarilla.
   --Pero,-- dijo una abejita de anteojos,  pero el Abejorro Azul es una persona muy respetable que hasta donde entiendo solamente resuelve casos de mucha importancia para nuestro país de las flores, no se mete en asuntos de un panal.
   --Yo creo que este caso es muy importante para el país de las flores, le contesto la abejita de la bufanda amarilla. Si hoy no se impide la rebelión de los zánganos después se rebelaran los gusanos de seda que fabrican la seda para nuestros vestidos, o las infatigables hormigas que revuelven la pradera para que cada vez haya más flores con miel para nosotras y para los colibríes, o los buitres del cielo que limpian el país de las flores de cadáveres de los animales que han fallecido.   Propongo –continuó diciendo-- que hagamos el intento de hablar con él. Piensen que solamente nos puede decir dos cosas…
   -- ¿Dos cosas? Preguntó una abejita muy joven que tenia unos zapaticos de color rojo encendido –Y cuáles son esas dos cosas?
   --Que sí es un caso muy importante para el país de las flores…--dijo la abejita de la bufanda amarilla.
   -- ¿Y cuál es la otra cosa?, preguntó una abejita que llevaba un hermoso relojito alrededor de una de sus paticas donde miraba la hora a cada momento.
   --Que nó es importante para el país de las flores lo que estan pensando los zánganos.
   --¡Ahhhhh! ---exclamaron las abejitas, como si esta ya fuera la respuesta del Abejorro Azul.
   --No nos anticipemos—dijo la abejita de la bufanda amarilla. Los que estén de acuerdo do con mi propuesta agiten sus alas y si la mayoría las agita unas cuantas abejitas irán donde el Abejorro Azul.
   Con muy pocas excepciones casi todas las abejitas movieron frenéticamente sus alas.
   --Veo que la mayoría esta de acuerdo con que le contemos nuestra inquietud al Abejorro Azul—dijo la abejita de zapaticos rojos. Y, acto seguido preguntó.
   --¿A quiénes nombramos para ir donde el Abejorro Azul?

   Entonces una de las abejitas que no había dicho nada en la reunión propuso que fueran la abejita de la bufanda amarilla, la de los anteojos y la de los zapaticos rojo
   --Propuesta aprobada, --gritaron desde los rincones del panal las abejitas—que sean ustedes tres las que hablen con el Abejorro Azul pues han demostrado que piensan con mucha claridad y sabrán responder las preguntas que el les haga.

   Las tres abejitas aceptaron ir ha hablar con el Abejorro Azul. Y comenzaron a prepararse para el viaje, pues vivía en la parte más alta de la montaña de oro y diamantes, justamente en una enorme flor de loto que crecía en el manantial de aguas cristalinas. Revisaron cuidadosamente sus alas no fuera a suceder que durante el vuelo tuvieran algún desperfecto, prepararon una provisión de miel para alimentarse mientras estuvieran por fuera del panal, revisaron sus antenas de manera que los llevaran sin fallas hasta la vivienda del Abejorro Azul. En fin, con admirable precaución atendieron a todos los detalles de modo que el importantísimo trabajo que les habían encargado no fuera a fracasar.

   Al día siguiente, después de un largo vuelo atravesando el hermoso valle del país de las flores, llegaron las abejas a la flor de loto que le servia de morada del Abejorro Azul. Se encontraba este sentado en un enorme sillón que le habían fabricado con las hojas de un rosal que crecía allí junto al manantial y cuyas hermosas rosas eran del mismo rojo encendido que los zapaticos de la abejita que en ese momento llegaba con sus compañeras a la casa del Abejorro Azul.

   El Abejorro Azul era grande y robusto. No solamente su figura infundía temor, sino también su voz profunda y fuerte; con enormes alas azules que reflejaban los rayos del sol y grandes ojos saltones que todo lo veían. Pero lo que más terror infundía era su aguijón, al que en ese momento estaba limpiando con un copo de algodón, pues con el se defendía de sus enemigos y con el había derrotado años atrás al temido gigante Morgante y había recuperado del castillo de la malvada bruja Sagora los tres niños que había robado de la escuela del país de las flores

   --¿Qué oigo? –dijo el Abejorro Azul mirando a su alrededor. Parece que se acercan algunas abejas en busca de miel.
    --Buenos días señor Abejorro Azul – dijeron respetuosamente las abejitas tan pronto como aterrizaron en la flor de loto, al tiempo que guardaban las alas que las habían llevado hasta allí.-- Perdone que interrumpamos su labor pero es que tenemos algo muy importante sobre lo que necesitamos su consejo.
   --Buenos días abejitas, contesto el Abejorro Azul. ¿En que les puedo ayudar?- preguntó mientras retiraba de su cara unas gafas de sol que usaba cuando se sentaba en su sillón de hojas de rosa. El Abejorro Azul a pesar de su imponente y respetable figura era muy cordial con los visitantes. Los trataba con gran afabilidad, por eso los visitantes perdían el miedo hacia el cuando comenzaban a tratarlo--Deben venir muy fatigadas del largo vuelo que acaban de tener. Y pregunto: ¿desean tomar un poco de agua para que refresquen sus gargantas? Y en seguida unas avispas que estaban allí trajeron en el cáliz de unas flores de campanita agua fresca para las abejitas que bebieron y aplacaron la sed.
   --Cuéntenme de que se trata, estoy ansioso por saber lo que me quieren decir—les dijo el Abejorro Azul.

   La abejita de zapaticos rojos y la de anteojos miraron a la de la bufanda amarilla y esta entendió que ella debía narrarle la historia al Abejorro Azul.

   Tan pronto como la abejita de la bufanda amarilla termino de contarle al Abejorro Azul que los zánganos estaban ideando una rebelión en el panal le pregunto si podría colaborarles para que esto no llegara a ocurrir.

   El Abejorro Azul no ocultó su cara de asombro. Las miró una a una sin pronunciar ni palabra, puso sobre sus ojos los anteojos de sol que tenía en sus manos, miro pensativo al piso en que descansaba su silla de hojas de rosa, suspiró profundo pero no pronunciaba una sola palabra. Mientras tanto las tres abejitas lo miraban expectantes, ansiosas por tener alguna respuesta del que era considerado el personaje que mejores consejos daba en el país de las flores. Y finalmente exclamó con su voz ronca y profunda como de trueno.
   --Grave lo que me acabas de contar. Pero déjenme meditar un poco para organizar mis ideas y después les daré mi consejo. En ese momento el Abejorro Azul cerró los inmensos ojos e inicio una especie de sueño que duró un par de minutos. Durante ese tiempo las abejitas se miraban en silencio temerosas de interrumpir al Abejorro Azul en su profunda meditación.

   Primero abrió un enorme ojo y luego el otro, se movió pesadamente en la silla de rosa y dijo: debo hablar con el zángano que esta liderando esa revuelta en el panal. Hay que detener a estos locos insensatos porque de lo contrario pueden cometer un lamentable disparate. Y preguntó:
   --¿alguna de ustedes puede ir donde Brusco y decirle que debe presentarse ante mi lo antes posible?
   --Iremos las tres- dijo la de zapaticos rojos- y la daremos su mensaje, señor. Pero es un zángano muy desobediente y testarudo y se negara a venir.
   --Díganle que si no viene enviaré por él al batallón de avispas que prestan mi propia guardia. Tienen los más afilados aguijones, son de un pésimo carácter y nadie se ha resistido con éxito cuando ellas estan cumpliendo una orden mía.
  
   La expresión de felicidad se dibujaba en el rostro de las abejitas, que después de despedirse del Abejorro Azul iniciaron el vuelo de regreso al panal. Iban muy contentas y sonrientes hasta el punto que descuidaron su seguridad personal y si no es por un afortunado zigzag habrían caído en el temible pico de un águila hambrienta que se dirigía a  su nido por la misma vía que las tres abejitas se dirigían a su panal. 

   Inmensa y silenciosa fue la multitud de abejas que salió a recibirlas. Todas las esperaban con un grande temor que el Abejorro Azul se hubiera negado a colaborarles. La primera en hablar fue la abejita de anteojos que no espero mucho para dar la noticia, pues todas comenzaron a gritarle: ¿Que dijo el abejorro, que dijo dinos? Y en medio de ese gran alboroto levanto sus alas pidiendo silencio. Y cuando todas estaban en silencio les dijo muy despacio: ha aceptado ayudarnos. Pero los muchos gritos, aplausos y  risas de felicidad que se oían en el salón no dejaron escuchar lo que la abejita de anteojos quería hacerles saber. Una vez más levantó sus alas para pedir silencio. En ese momento se escuchó una voz que preguntó: ¿solamente dijo eso?
   --No,-- respondió-- también dijo que Brusco tiene que presentarse ante él lo más pronto posible, y que si no lo hace vendrán las avispas de su guardia a llevarlo. Debemos ir a contarle esto a Brusco para que se presente ante el Abejorro Azul.

   --No y no y no voy por allá -- le contesto Brusco a la abejita de la bufanda amarilla que acababa de transmitirle la orden emanada del Abejorro Azul —ese señor no tiene por que darme ordenes a mi. Si el quiere hablar conmigo que venga hasta aquí.
   Estas irrespetuosas palabras las pronuncio Brusco en voz muy alta para que lo oyeran todos sus compinches que inmediatamente las aprobaron agitando fuertemente sus alas.
   --Dijo también que si se niega a ir, vendrán por usted un buen número de avispas de la guardia personal del avispón.

   Un fuerte rumor de voces se escucho en la recamara del panal donde se llevaba a cabo esta conversación. Eran los comentarios que hacían los compinches de Brusco cuando oyeron mencionar a las feroces avispas de la guardia del Abejorro Azul. El arrogante Brusco también cambio de semblante. De tener cara de agresividad paso a mostrar un cierto temor. Todos en el país de las flores sabían del espantoso dolor que producía la picadura de cualquiera de ellas. Nadie podía contener el llanto, ni los brincos desesperados, ni las llamadas de auxilio que seguían al ponzoñaso de estas malvadas avispas de negro y enorme vientre, rebosante de dolorosísimo veneno.

   Pero a pesar de esto Brusco continúo diciendo “no voy y no voy y no voy, si quieren venir las avispas de la guardia por mí, pues que vengan”

   Uno de los compinches de Brusco, que tenía en su mano un paraguas de pelotas azules, se le acerco al oído y le dijo:
   --Mira Brusco: debes ir donde el Abejorro Azul. Piensa que es una buena oportunidad de expresarle tus ideas sobre la abeja reina. Es posible que se ponga de parte tuya y te ayude a expulsar del panal a esta señora que te tiene tan mortificado.
   --Tienes razón –le contestó Brusco –iré ahora mismo a hablar con el, pero quiero que tu me acompañes y entre los dos trataremos de convencerlo.

   Brusco y el zángano del paraguas de pelotas azules se despidieron de sus compañeros y después de un largo vuelo atravesando el país de las flores hasta la montaña de oro y diamantes, llegaron a la vivienda del Abejorro Azul, que como siempre estaba tomando una siesta en su sillón de hojas de rosa, sobre una descomunal flor de loto.
  
   --Noble señor --le dijo Brusco al Abejorro Azul—espero que te encuentres muy bien de salud y repuesto tu aguijón de las mataduras que sufrió en la pelea que sostuviste con el gigante Morgante.
   --Me encuentro muy bien de salud y mi aguijón ya podría sostener una pelea más encarnizada que esa que mencionas. Pero estoy muy preocupado porque las abejitas me contaron que quieres desterrar del panal a mi muy apreciada amiga la abeja reina. Cuéntame por qué quieres hacer tal cosa.
  
   Y Brusco ayudado por el zángano del paraguas de pelotas azules le narraron con pelos y señales al Abejorro Azul lo que ya todos sabemos.    El Abejorro Azul, pensativo, con su brazo recostado en el sillón y sus gafas de sol en la mano, escucho con atención a Brusco y cuando éste hubo terminado, el Abejorro Azul le dijo
   --Mira Brusco, son muchas las equivocaciones que estás cometiendo. Tu ira es más grande que tu  ignorancia. Eso de expulsar a la abeja reina de su panal no se había escuchado en todo el país de las flores en los muchos años de su existencia. Todo esto que ves a tu alrededor funcionando maravillosamente se llama la armonía de la naturaleza y nadie la debe romper. Nadie debe secar el manantial que nos da el agua de la vida, nadie debe cortar los árboles que nos dan la sombra y alegran el paisaje, nadie debe arrancar las flores que proporcionan su belleza y su miel. Todo moriría si gente con tus ideas lograra cambiar lo que ya tenemos y que funciona bien. Escucha Brusco: es cierto que la abeja reina no hace otra cosa que poner huevos todo el tiempo, pero debes entender que esos huevos son lo más importante del panal. Con el tiempo se habrán de convertir en nuevas abejas y nuevos zánganos. Si la abeja reina no estuviera allí poniendo sus huevos el panal se moriría en muy pocos días. Brusco, tu idea antes que ser una idea constructora es una idea destructora. Le hace más daño que bien al panal.  

   Brusco y el zángano del paraguas de pelotas azules escuchaban con atención las sabias palabras del viejo Abejorro Azul y ese día comprendió a cabalidad el adagio que con frecuencia le repetía su abuelita, la muy anciana abeja Teresa: “el diablo sabe más por viejo que por diablo”
 
   Después del discurso del Abejorro Azul Brusco y el zángano del paraguas de pelotas azules regresaron al panal y les ofrecieron sus disculpas a las abejitas que los esperaban con mucha ansiedad  y se pusieron a trabajar con juicio en las tareas que les correspondían dentro del panal.
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    DCN/SEPT 28/2012

martes, 17 de abril de 2012

Manifiesto sobre los miserables

                                   Los Miserables


Nacen en la pobreza absoluta, reciben subsidios en la infancia y algunos años de educación gratuita que no les alcanzan para adquirir una destreza de la que puedan sobrevivir cuando más lo necesitan, que es cuando el Estado los suelta de su mano protectora.

Su vivienda, si así se puede llamar el cambuche, rancho o tugurio que habitan, se ubica en la ronda de los ríos o en las deslizables laderas de las montañas.

Su alimento, de escasa periodicidad, no pasa de ser agua de panela, papa y arroz; algo de leche y vegetales, jamás carne, pollo o pescado.

Sus bienes son sus hijos famélicos, un catre con colchón de borra donde duermen todos, un asiento, una o dos ollas marcadas por el humo y un televisor casi siempre comprado a un reducidor. Pero no son suyos porque saben que el rio, la creciente o el deslizamiento fatal los cobrara algún día.

No tienen héroes patrios que los orienten distintos de los lideres de galladas, de bandas criminales; en otro plano sus héroes son los deportistas, especialmente futbolistas o ciclistas por lo que son de su misma extracción social.

Aspiran a ser jefes de gallada o de una bien articulada banda criminal.

Los héroes que les enseñan no son históricos nacionales, son extranjeros por los que no sienten respeto ni admiración alguna.

No tienen apego al país, a su futuro porque no ven que el futuro del país sea el de ellos y en el momento dado cambian su voto por algo anodino: un pollo, una botella de licor. O por promesas que jamás se cumplen como una casa, un puente veredal, un lote o algún servicio publico.

No hacen parte de la fuerza laboral, más bien pertenecen a la gran masa de desocupados que sobrevive del crimen. Si ya hacen parte de la población criminal, si su sustento se deriva de actividades criminales, seguramente sus ingresos superan ampliamente lo que les ofrece la economía formal que por su capacitación e inexperiencia laboral no supera el salario mínimo legal.

Ni el Estado ni la sociedad les ofrece una vía digna para superar la barrera de la miseria, por eso debe continuar el camino que les muestra los que alcanzaron la opulencia con el crimen.

Algunos pretenden vivir honestamente pero no encuentran más que la informalidad. Ocupan las calles, las avenidas, los semáforos que son propiedad exclusiva de una sociedad formal; del peatón, del empresario, del automóvil. Esta invasión del espacio público exaspera a la sociedad formal que envía contra ellos la Autoridad. El Estado que no les ha dado ninguna oportunidad para sobrevivir con dignidad los persigue cuando recalan en el único medio que tienen para sobrevivir: la informalidad.

Son los más subdesarrollados en un país subdesarrollado, los más miserables en un país miserable. Pero irónicamente están rodeados de un pequeño número de burgueses opulentos que han acaparado los escasos puestos de trabajo, los cupos de las universidades, el capital y la dirección del Estado.

A esos hombres hambrientos se les exige respetar las Instituciones que los dirigentes irrespetan impunemente. A un miserable se le aplica el rigor extremo de la Ley que por mayores delitos no roza siquiera al dirigente.

El miserable, cuando busca al Estado, cuyos poderes son manejados hereditariamente por las mismas familias, es despachado con muletillas o lugares comunes como: las instituciones, la democracia, la ley, el estado social de derecho, la carta magna, la justicia.

El miserable recibe el peso abrumador de la Ley por el robo de unas monedas, en tanto que el dirigente que roba los dineros sagrados del erario público rara vez es castigado y si recibe alguno, es una pantomima, un remedo de castigo.

Los miserables se hacinan en cárceles inhumanas pagando largas condenas por crímenes iguales a los que pagan los favorecidos del Estado en pocos meses en guarniciones del ejercito, en sus mansiones o en sus fincas de recreo rodeados de los suyos y adquiridas con los recursos sustraídos al Tesoro publico; los recursos que el Estado les reclama, invariablemente miles de veces mayores que los que se sustrajo el miserable.

El Estado, que carece de recursos para crear puestos de trabajo, destina mas de los recursos que se hubieran requerido para capacitarlos o para darles una ocupación digna, en perseguirlos, capturarlos, judicializarlos y mantenerlos por años en cárceles de baja, mediana y alta seguridad.

Son victimarios, pero también son victimas. Como victimarios sus crímenes son atroces, como victimas escasamente reciben boronas de Ley; porque la Justicia esta agobiantemente ocupada en dirimirlos litigios de la alta burguesía, de las instituciones del Estado, de la industria, del sector financiero. Como victimas se sienten burlados, humillados, desprotegidos sin otra opción que ejercer justicia por su cuenta a riesgo de convertirse en conejillos de una “justicia ejemplar”

Son el instrumento que la sociedad, la burguesía, los dirigentes utilizan contra sus semejantes. Los perros que el colono azuza contra el colonizado. Amaestrados por el Estado o por la insurgencia se vuelven contra su propia gente unas veces como soldados o policías y otras como guerrillero o criminal.

Son indolentes al desempeño del país. Les da igual que al país le vaya bien o le vaya mal, porque saben que ninguna de las dos situaciones cambiara su estado. Seguirán siendo miserables de todas formas.

Saben que es igual ser un miserable rural que un miserable urbano. El rural que no continua con las labores del campo rápidamente formara parte de los grupos subversivos en tanto que el urbano lo hará de las bandas criminales.

No dudan que entre los miserables hay un subgrupo aun más miserable: los negros y los indígenas. El noventa y nueve por ciento de ellos no llegara a la universidad, ni ocupara un alto cargo en el sector empresarial, la academia o el Estado. Para ellos las oportunidades son más escasas que para los otros grupos de miserables.

Todos saben que Colombia es el país, después de Haití y Angola, más desigual del planeta. Haber puesto al país en este deshonroso lugar amerita un juicio de responsabilidad a todos aquellos que han dirigido la nación en los últimos doscientos años; pero muy especialmente a los dirigentes de la segunda mitad del siglo veinte.

Hacen grandes esfuerzos para conseguir un pedazo de tierra donde sembrar su cambuche. Concitan toda una comunidad de miserables para tomarse por la fuerza la tierra inexplotada que contemplan desde lejos. Tierra, que con la tutela del Estado cómplice, engordan los terratenientes bajo la mirada famélica de los miserables que la ven como la tierra prometida.

Saben que cuando al amparo de la oscuridad caen sobre una tierra abandonada y levantan un infame rancho la sombra que darán a sus hijos será por pocas horas porque en muy poco tiempo los organismos del Estado trabajaran mancomunadamente para dar protección a los derechos sagrados del propietario.

Saben que la presencia del ejército, la policía, o el juez es para restituir los derechos constitucionales del propietario. Sin importar a donde los empujen los miserables deben salir del territorio sagrado de un hidalgo ciudadano.

El miserable sabe que cuando es despojado de su parcela o expulsado de sus tierras por encargo de un mercader de violencia ni las instituciones ni la Ley se detienen en cosas de tan poca monta.

Los miserables saben que contra ellos hay pronta y cumplida justicia. Para ellos simplemente no hay justicia.

Los miserables terminan su corta existencia en una cárcel o en los descampados por una bala asesina. Los que mueven los hilos de sus crímenes se transportan con escoltas en vehículos blindados muchas veces pagados por todos los nacionales.

Abril 2012