LA REBELIÓN
EN EL PANAL
Para mis nietos
Atravesada por el rio de aguas
de plata, en la hermosa planicie al pie de la gran montaña de oro y diamantes
que brilla bajo el maravilloso sol, está el hermoso país de las flores.
Allí en armonía perfecta viven las
infatigables abejas que toman su miel de sus buenas amigas las flores, que se
los proporcionan sin ningún reproche. Viven las abejas en un panal que cuidadosamente
han construido trayendo los materiales en
numerosos vuelos desde la montaña de oro y diamantes. Adentro, en la cámara principal está la Abeja
Reina, principal personaje del panal cuya vida transcurre apaciblemente
dedicada solamente a poner, uno tras otro, los huevos que más tarde serán
nuevas abejas. Pero también hay otros personajes que vigilan el panal mientras
las abejas van y viene en sus vuelos en busca de la miel de las flores. Estos
personajes son los zánganos. Son también hijos de la Abeja Reina y por lo tanto
hermanos de las abejas recolectoras de miel. Los zánganos cumplen otras tareas
en el panal, pero de ellas no hablaremos en esta historia.
Pues bien, un día las abejas que se
encontraban en el panal entregando su carga de miel, como lo hacían durante
todo el día sin casi descansar, comenzaron a escuchar que allá adentro, en una
de las muchas cámaras del panal los zánganos hablaban en un tono exageradamente
alto, perturbando la tranquilidad del panal. Esto, sobra decirlo, jamás había
ocurrido. Nunca en el panal se había
escuchado tanto alboroto ni tanta gritería. Una de las abejas se fue acercando
al lugar de donde provenía aquel extraño ruido y colocándose en un lugar que no
la vieran pudo oír que el zángano llamado Brusco, encaramado en un trozo de
cera, les decía a otros zánganos que lo escuchaban con atención:
--No ven que no hace nada—dijo Brusco agitando
sus alas--…no ven que permanece el día entero acostada solamente durmiendo,
comiendo y poniendo huevos; y mientras tanto nosotros debemos vigilar que no
vengan intrusos; no podemos salir a pasear por el país de las flores, no
podemos ir a las fuentes de agua ni a la montaña de oro y diamantes. Comprendan
compañeros que debemos hacer algo para que ésto no siga ocurriendo
--¿Cómo qué? --Pregunto un zángano que se
hallaba en la primera fila de la reunión.
--Eso es lo que tenemos que decidir entre
todos los que queremos lo mejor para nuestro panal --contesto el zángano Brusco
que aún permanecía parado sobre en trozo de cera. Pero hay muchas cosas que
podemos hacer; por ahora les diré que podemos expulsarla de nuestro panal o
podemos obligarla a trabajar como todos nosotros.
Cuando escuchó estas palabras una abejita
que estaba escondida comprendió que en aquella reunión se estaba tramando algo extremadamente
grave para la vida del panal y decidió volar tan rápido como podía a donde se
encontraban las otras abejas descargando la miel. Y les contó con todo detalle
lo que había escuchado en aquella reunión de zánganos.
Todas las abejitas se llenaron de terror
solamente de pensar que algo tan cruel e irrespetuoso con la abeja reina se
estuviera fraguando. No podían creer que los zánganos fueran tan desalmados y
que no se dieran cuenta que lo que proponían jamás se había pensado en éste ni
en ninguno otro panal de los que había en el país de las flores
--Hablemos con los zánganos para hacerlos
entrar en razón y que desistan de esa descabellada idea- dijo una de las abejitas
--Pero no creo que nos hagan caso, ellos son
muy tercos y no nos harán caso—dijo otra
Y siguieron durante largo rato haciendo propuestas
que para desgracia no eran aceptadas por la mayoría de las abejitas.
Entonces una abejita con una bufanda amarilla
alrededor de su cuello les dijo en tono pausado
--Yo propongo que llevemos este caso ante el
Abejorro Azul.
Hubo
un gran silencio en el salón, las abejitas se miraban asombradas unas a otras.
--¿Ante
el Abejorro Azul? Pregunto tímidamente una abejita, pues el solo hecho de
pronunciar su nombre llenaba de respeto a todos en el panal.
--Si, exactamente eso es lo que propongo—contesto
la abejita de la bufanda amarilla.
--Pero,-- dijo una abejita de anteojos, pero el Abejorro Azul es una persona muy
respetable que hasta donde entiendo solamente resuelve casos de mucha
importancia para nuestro país de las flores, no se mete en asuntos de un panal.
--Yo creo que este caso es muy importante
para el país de las flores, le contesto la abejita de la bufanda amarilla. Si
hoy no se impide la rebelión de los zánganos después se rebelaran los gusanos
de seda que fabrican la seda para nuestros vestidos, o las infatigables
hormigas que revuelven la pradera para que cada vez haya más flores con miel
para nosotras y para los colibríes, o los buitres del cielo que limpian el país
de las flores de cadáveres de los animales que han fallecido. Propongo –continuó diciendo-- que hagamos el
intento de hablar con él. Piensen que solamente nos puede decir dos cosas…
-- ¿Dos cosas? Preguntó una abejita muy
joven que tenia unos zapaticos de color rojo encendido –Y cuáles son esas dos
cosas?
--Que sí es un caso muy importante para el país
de las flores…--dijo la abejita de la bufanda amarilla.
-- ¿Y cuál es la otra cosa?, preguntó una
abejita que llevaba un hermoso relojito alrededor de una de sus paticas donde
miraba la hora a cada momento.
--Que nó es importante para el país de las
flores lo que estan pensando los zánganos.
--¡Ahhhhh! ---exclamaron las abejitas, como
si esta ya fuera la respuesta del Abejorro Azul.
--No nos anticipemos—dijo la abejita de la
bufanda amarilla. Los que estén de acuerdo do con mi propuesta agiten sus alas
y si la mayoría las agita unas cuantas abejitas irán donde el Abejorro Azul.
Con muy pocas excepciones casi todas las
abejitas movieron frenéticamente sus alas.
--Veo que la mayoría esta de acuerdo con que
le contemos nuestra inquietud al Abejorro Azul—dijo la abejita de zapaticos
rojos. Y, acto seguido preguntó.
--¿A quiénes nombramos para ir donde el Abejorro
Azul?
Entonces una de las abejitas que no había
dicho nada en la reunión propuso que fueran la abejita de la bufanda amarilla,
la de los anteojos y la de los zapaticos rojo
--Propuesta aprobada, --gritaron desde los
rincones del panal las abejitas—que sean ustedes tres las que hablen con el Abejorro
Azul pues han demostrado que piensan con mucha claridad y sabrán responder las
preguntas que el les haga.
Las tres abejitas aceptaron ir ha hablar con
el Abejorro Azul. Y comenzaron a prepararse para el viaje, pues vivía en la parte
más alta de la montaña de oro y diamantes, justamente en una enorme flor de
loto que crecía en el manantial de aguas cristalinas. Revisaron cuidadosamente
sus alas no fuera a suceder que durante el vuelo tuvieran algún desperfecto,
prepararon una provisión de miel para alimentarse mientras estuvieran por fuera
del panal, revisaron sus antenas de manera que los llevaran sin fallas hasta la
vivienda del Abejorro Azul. En fin, con admirable precaución atendieron a todos
los detalles de modo que el importantísimo trabajo que les habían encargado no
fuera a fracasar.
Al día siguiente, después de un largo vuelo
atravesando el hermoso valle del país de las flores, llegaron las abejas a la
flor de loto que le servia de morada del Abejorro Azul. Se encontraba este
sentado en un enorme sillón que le habían fabricado con las hojas de un rosal
que crecía allí junto al manantial y cuyas hermosas rosas eran del mismo rojo
encendido que los zapaticos de la abejita que en ese momento llegaba con sus
compañeras a la casa del Abejorro Azul.
El Abejorro Azul era grande y robusto. No
solamente su figura infundía temor, sino también su voz profunda y fuerte; con enormes
alas azules que reflejaban los rayos del sol y grandes ojos saltones que todo
lo veían. Pero lo que más terror infundía era su aguijón, al que en ese momento
estaba limpiando con un copo de algodón, pues con el se defendía de sus
enemigos y con el había derrotado años atrás al temido gigante Morgante y había
recuperado del castillo de la malvada bruja Sagora los tres niños que había
robado de la escuela del país de las flores
--¿Qué oigo? –dijo el Abejorro Azul mirando a
su alrededor. Parece que se acercan algunas abejas en busca de miel.
--Buenos
días señor Abejorro Azul – dijeron respetuosamente las abejitas tan pronto como
aterrizaron en la flor de loto, al tiempo que guardaban las alas que las habían
llevado hasta allí.-- Perdone que interrumpamos su labor pero es que tenemos
algo muy importante sobre lo que necesitamos su consejo.
--Buenos días abejitas, contesto el Abejorro
Azul. ¿En que les puedo ayudar?- preguntó mientras retiraba de su cara unas gafas
de sol que usaba cuando se sentaba en su sillón de hojas de rosa. El Abejorro
Azul a pesar de su imponente y respetable figura era muy cordial con los
visitantes. Los trataba con gran afabilidad, por eso los visitantes perdían el
miedo hacia el cuando comenzaban a tratarlo--Deben venir muy fatigadas del
largo vuelo que acaban de tener. Y pregunto: ¿desean tomar un poco de agua para
que refresquen sus gargantas? Y en seguida unas avispas que estaban allí
trajeron en el cáliz de unas flores de campanita agua fresca para las abejitas
que bebieron y aplacaron la sed.
--Cuéntenme de que se trata, estoy ansioso
por saber lo que me quieren decir—les dijo el Abejorro Azul.
La abejita de zapaticos rojos y la de anteojos
miraron a la de la bufanda amarilla y esta entendió que ella debía narrarle la
historia al Abejorro Azul.
Tan pronto como la abejita de la bufanda
amarilla termino de contarle al Abejorro Azul que los zánganos estaban ideando
una rebelión en el panal le pregunto si podría colaborarles para que esto no
llegara a ocurrir.
El Abejorro Azul no ocultó su cara de
asombro. Las miró una a una sin pronunciar ni palabra, puso sobre sus ojos los anteojos
de sol que tenía en sus manos, miro pensativo al piso en que descansaba su
silla de hojas de rosa, suspiró profundo pero no pronunciaba una sola palabra.
Mientras tanto las tres abejitas lo miraban expectantes, ansiosas por tener
alguna respuesta del que era considerado el personaje que mejores consejos daba
en el país de las flores. Y finalmente exclamó con su voz ronca y profunda como
de trueno.
--Grave lo que me acabas de contar. Pero déjenme
meditar un poco para organizar mis ideas y después les daré mi consejo. En ese
momento el Abejorro Azul cerró los inmensos ojos e inicio una especie de sueño
que duró un par de minutos. Durante ese tiempo las abejitas se miraban en silencio
temerosas de interrumpir al Abejorro Azul en su profunda meditación.
Primero abrió un enorme ojo y luego el otro,
se movió pesadamente en la silla de rosa y dijo: debo hablar con el zángano que
esta liderando esa revuelta en el panal. Hay que detener a estos locos
insensatos porque de lo contrario pueden cometer un lamentable disparate. Y
preguntó:
--¿alguna de ustedes puede ir donde Brusco y
decirle que debe presentarse ante mi lo antes posible?
--Iremos las tres- dijo la de zapaticos
rojos- y la daremos su mensaje, señor. Pero es un zángano muy desobediente y
testarudo y se negara a venir.
--Díganle que si no viene enviaré por él al batallón
de avispas que prestan mi propia guardia. Tienen los más afilados aguijones,
son de un pésimo carácter y nadie se ha resistido con éxito cuando ellas estan cumpliendo
una orden mía.
La expresión de felicidad se dibujaba en el
rostro de las abejitas, que después de despedirse del Abejorro Azul iniciaron
el vuelo de regreso al panal. Iban muy contentas y sonrientes hasta el punto
que descuidaron su seguridad personal y si no es por un afortunado zigzag habrían
caído en el temible pico de un águila hambrienta que se dirigía a su nido por la misma vía que las tres abejitas
se dirigían a su panal.
Inmensa y silenciosa fue la multitud de
abejas que salió a recibirlas. Todas las esperaban con un grande temor que el Abejorro
Azul se hubiera negado a colaborarles. La primera en hablar fue la abejita de anteojos
que no espero mucho para dar la noticia, pues todas comenzaron a gritarle: ¿Que
dijo el abejorro, que dijo dinos? Y en medio de ese gran alboroto levanto sus
alas pidiendo silencio. Y cuando todas estaban en silencio les dijo muy
despacio: ha aceptado ayudarnos. Pero los muchos gritos, aplausos y risas de felicidad que se oían en el salón no
dejaron escuchar lo que la abejita de anteojos quería hacerles saber. Una vez más
levantó sus alas para pedir silencio. En ese momento se escuchó una voz que
preguntó: ¿solamente dijo eso?
--No,-- respondió-- también dijo que Brusco tiene
que presentarse ante él lo más pronto posible, y que si no lo hace vendrán las
avispas de su guardia a llevarlo. Debemos ir a contarle esto a Brusco para que
se presente ante el Abejorro Azul.
--No y no y no voy por allá -- le contesto Brusco
a la abejita de la bufanda amarilla que acababa de transmitirle la orden
emanada del Abejorro Azul —ese señor no tiene por que darme ordenes a mi. Si el
quiere hablar conmigo que venga hasta aquí.
Estas
irrespetuosas palabras las pronuncio Brusco en voz muy alta para que lo oyeran
todos sus compinches que inmediatamente las aprobaron agitando fuertemente sus
alas.
--Dijo también que si se
niega a ir, vendrán por usted un buen número de avispas de la guardia personal del avispón.
Un fuerte rumor de voces se escucho en la
recamara del panal donde se llevaba a cabo esta conversación. Eran los
comentarios que hacían los compinches de Brusco cuando oyeron mencionar a las
feroces avispas de la guardia del Abejorro Azul. El arrogante Brusco también
cambio de semblante. De tener cara de agresividad paso a mostrar un cierto
temor. Todos en el país de las flores sabían del espantoso dolor que producía
la picadura de cualquiera de ellas. Nadie podía contener el llanto, ni los
brincos desesperados, ni las llamadas de auxilio que seguían al ponzoñaso de
estas malvadas avispas de negro y enorme vientre, rebosante de dolorosísimo
veneno.
Pero a pesar de esto Brusco continúo
diciendo “no voy y no voy y no voy, si quieren venir las avispas de la guardia
por mí, pues que vengan”
Uno de los compinches de Brusco, que tenía
en su mano un paraguas de pelotas azules, se le acerco al oído y le dijo:
--Mira Brusco: debes ir donde el Abejorro
Azul. Piensa que es una buena oportunidad de expresarle tus ideas sobre la
abeja reina. Es posible que se ponga de parte tuya y te ayude a expulsar del
panal a esta señora que te tiene tan mortificado.
--Tienes razón –le contestó Brusco –iré
ahora mismo a hablar con el, pero quiero que tu me acompañes y entre los dos
trataremos de convencerlo.
Brusco y el zángano del paraguas de pelotas
azules se despidieron de sus compañeros y después de un largo vuelo atravesando
el país de las flores hasta la montaña de oro y diamantes, llegaron a la
vivienda del Abejorro Azul, que como siempre estaba tomando una siesta en su
sillón de hojas de rosa, sobre una descomunal flor de loto.
--Noble señor --le dijo Brusco al Abejorro
Azul—espero que te encuentres muy bien de salud y repuesto tu aguijón de las
mataduras que sufrió en la pelea que sostuviste con el gigante Morgante.
--Me encuentro muy bien de salud y mi aguijón
ya podría sostener una pelea más encarnizada que esa que mencionas. Pero estoy
muy preocupado porque las abejitas me contaron que quieres desterrar del panal
a mi muy apreciada amiga la abeja reina. Cuéntame por qué quieres hacer tal
cosa.
Y Brusco ayudado por el zángano del paraguas
de pelotas azules le narraron con pelos y señales al Abejorro Azul lo que ya
todos sabemos. El Abejorro Azul,
pensativo, con su brazo recostado en el sillón y sus gafas de sol en la mano,
escucho con atención a Brusco y cuando éste hubo terminado, el Abejorro Azul le
dijo
--Mira Brusco, son muchas las equivocaciones
que estás cometiendo. Tu ira es más grande que tu ignorancia. Eso de expulsar a la abeja reina
de su panal no se había escuchado en todo el país de las flores en los muchos
años de su existencia. Todo esto que ves a tu alrededor funcionando
maravillosamente se llama la armonía de la naturaleza y nadie la debe romper.
Nadie debe secar el manantial que nos da el agua de la vida, nadie debe cortar
los árboles que nos dan la sombra y alegran el paisaje, nadie debe arrancar las
flores que proporcionan su belleza y su miel. Todo moriría si gente con tus
ideas lograra cambiar lo que ya tenemos y que funciona bien. Escucha Brusco: es
cierto que la abeja reina no hace otra cosa que poner huevos todo el tiempo,
pero debes entender que esos huevos son lo más importante del panal. Con el
tiempo se habrán de convertir en nuevas abejas y nuevos zánganos. Si la abeja
reina no estuviera allí poniendo sus huevos el panal se moriría en muy pocos días.
Brusco, tu idea antes que ser una idea constructora es una idea destructora. Le
hace más daño que bien al panal.
Brusco y el zángano del paraguas de pelotas
azules escuchaban con atención las sabias palabras del viejo Abejorro Azul y
ese día comprendió a cabalidad el adagio que con frecuencia le repetía su
abuelita, la muy anciana abeja Teresa: “el diablo sabe más por viejo que por
diablo”
Después del discurso del Abejorro Azul Brusco
y el zángano del paraguas de pelotas azules regresaron al panal y les ofrecieron
sus disculpas a las abejitas que los esperaban con mucha ansiedad y se pusieron a trabajar con juicio en las
tareas que les correspondían dentro del panal.
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DCN/SEPT
28/2012