Los Miserables
Nacen en la pobreza absoluta, reciben subsidios en la infancia y algunos años de educación gratuita que no les alcanzan para adquirir una destreza de la que puedan sobrevivir cuando más lo necesitan, que es cuando el Estado los suelta de su mano protectora.
Su vivienda, si así se puede llamar el cambuche, rancho o tugurio que habitan, se ubica en la ronda de los ríos o en las deslizables laderas de las montañas.
Su alimento, de escasa periodicidad, no pasa de ser agua de panela, papa y arroz; algo de leche y vegetales, jamás carne, pollo o pescado.
Sus bienes son sus hijos famélicos, un catre con colchón de borra donde duermen todos, un asiento, una o dos ollas marcadas por el humo y un televisor casi siempre comprado a un reducidor. Pero no son suyos porque saben que el rio, la creciente o el deslizamiento fatal los cobrara algún día.
No tienen héroes patrios que los orienten distintos de los lideres de galladas, de bandas criminales; en otro plano sus héroes son los deportistas, especialmente futbolistas o ciclistas por lo que son de su misma extracción social.
Aspiran a ser jefes de gallada o de una bien articulada banda criminal.
Los héroes que les enseñan no son históricos nacionales, son extranjeros por los que no sienten respeto ni admiración alguna.
No tienen apego al país, a su futuro porque no ven que el futuro del país sea el de ellos y en el momento dado cambian su voto por algo anodino: un pollo, una botella de licor. O por promesas que jamás se cumplen como una casa, un puente veredal, un lote o algún servicio publico.
No hacen parte de la fuerza laboral, más bien pertenecen a la gran masa de desocupados que sobrevive del crimen. Si ya hacen parte de la población criminal, si su sustento se deriva de actividades criminales, seguramente sus ingresos superan ampliamente lo que les ofrece la economía formal que por su capacitación e inexperiencia laboral no supera el salario mínimo legal.
Ni el Estado ni la sociedad les ofrece una vía digna para superar la barrera de la miseria, por eso debe continuar el camino que les muestra los que alcanzaron la opulencia con el crimen.
Algunos pretenden vivir honestamente pero no encuentran más que la informalidad. Ocupan las calles, las avenidas, los semáforos que son propiedad exclusiva de una sociedad formal; del peatón, del empresario, del automóvil. Esta invasión del espacio público exaspera a la sociedad formal que envía contra ellos la Autoridad. El Estado que no les ha dado ninguna oportunidad para sobrevivir con dignidad los persigue cuando recalan en el único medio que tienen para sobrevivir: la informalidad.
Son los más subdesarrollados en un país subdesarrollado, los más miserables en un país miserable. Pero irónicamente están rodeados de un pequeño número de burgueses opulentos que han acaparado los escasos puestos de trabajo, los cupos de las universidades, el capital y la dirección del Estado.
A esos hombres hambrientos se les exige respetar las Instituciones que los dirigentes irrespetan impunemente. A un miserable se le aplica el rigor extremo de la Ley que por mayores delitos no roza siquiera al dirigente.
El miserable, cuando busca al Estado, cuyos poderes son manejados hereditariamente por las mismas familias, es despachado con muletillas o lugares comunes como: las instituciones, la democracia, la ley, el estado social de derecho, la carta magna, la justicia.
El miserable recibe el peso abrumador de la Ley por el robo de unas monedas, en tanto que el dirigente que roba los dineros sagrados del erario público rara vez es castigado y si recibe alguno, es una pantomima, un remedo de castigo.
Los miserables se hacinan en cárceles inhumanas pagando largas condenas por crímenes iguales a los que pagan los favorecidos del Estado en pocos meses en guarniciones del ejercito, en sus mansiones o en sus fincas de recreo rodeados de los suyos y adquiridas con los recursos sustraídos al Tesoro publico; los recursos que el Estado les reclama, invariablemente miles de veces mayores que los que se sustrajo el miserable.
El Estado, que carece de recursos para crear puestos de trabajo, destina mas de los recursos que se hubieran requerido para capacitarlos o para darles una ocupación digna, en perseguirlos, capturarlos, judicializarlos y mantenerlos por años en cárceles de baja, mediana y alta seguridad.
Son victimarios, pero también son victimas. Como victimarios sus crímenes son atroces, como victimas escasamente reciben boronas de Ley; porque la Justicia esta agobiantemente ocupada en dirimirlos litigios de la alta burguesía, de las instituciones del Estado, de la industria, del sector financiero. Como victimas se sienten burlados, humillados, desprotegidos sin otra opción que ejercer justicia por su cuenta a riesgo de convertirse en conejillos de una “justicia ejemplar”
Son el instrumento que la sociedad, la burguesía, los dirigentes utilizan contra sus semejantes. Los perros que el colono azuza contra el colonizado. Amaestrados por el Estado o por la insurgencia se vuelven contra su propia gente unas veces como soldados o policías y otras como guerrillero o criminal.
Son indolentes al desempeño del país. Les da igual que al país le vaya bien o le vaya mal, porque saben que ninguna de las dos situaciones cambiara su estado. Seguirán siendo miserables de todas formas.
Saben que es igual ser un miserable rural que un miserable urbano. El rural que no continua con las labores del campo rápidamente formara parte de los grupos subversivos en tanto que el urbano lo hará de las bandas criminales.
No dudan que entre los miserables hay un subgrupo aun más miserable: los negros y los indígenas. El noventa y nueve por ciento de ellos no llegara a la universidad, ni ocupara un alto cargo en el sector empresarial, la academia o el Estado. Para ellos las oportunidades son más escasas que para los otros grupos de miserables.
Todos saben que Colombia es el país, después de Haití y Angola, más desigual del planeta. Haber puesto al país en este deshonroso lugar amerita un juicio de responsabilidad a todos aquellos que han dirigido la nación en los últimos doscientos años; pero muy especialmente a los dirigentes de la segunda mitad del siglo veinte.
Hacen grandes esfuerzos para conseguir un pedazo de tierra donde sembrar su cambuche. Concitan toda una comunidad de miserables para tomarse por la fuerza la tierra inexplotada que contemplan desde lejos. Tierra, que con la tutela del Estado cómplice, engordan los terratenientes bajo la mirada famélica de los miserables que la ven como la tierra prometida.
Saben que cuando al amparo de la oscuridad caen sobre una tierra abandonada y levantan un infame rancho la sombra que darán a sus hijos será por pocas horas porque en muy poco tiempo los organismos del Estado trabajaran mancomunadamente para dar protección a los derechos sagrados del propietario.
Saben que la presencia del ejército, la policía, o el juez es para restituir los derechos constitucionales del propietario. Sin importar a donde los empujen los miserables deben salir del territorio sagrado de un hidalgo ciudadano.
El miserable sabe que cuando es despojado de su parcela o expulsado de sus tierras por encargo de un mercader de violencia ni las instituciones ni la Ley se detienen en cosas de tan poca monta.
Los miserables saben que contra ellos hay pronta y cumplida justicia. Para ellos simplemente no hay justicia.
Los miserables terminan su corta existencia en una cárcel o en los descampados por una bala asesina. Los que mueven los hilos de sus crímenes se transportan con escoltas en vehículos blindados muchas veces pagados por todos los nacionales.
Abril 2012
DIEGO CASTANO NICHOLLS
martes, 17 de abril de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)