Napoleón
en el infierno
El día del juicio, ante el trono de
Dios
Por fin compareció Napoleón.
El demonio había comenzado a leer
la larga lista
De culpas de él y de los suyos
Cuando Dios padre o Dios hijo,
Uno de los dos, hablo así desde el
trono
---“No canses más nuestros oídos
divinos
Estas hablando como un profesor
alemán…
Si eres lo bastante valiente para
ponerle encima la mano,
Tuyo es: llévatelo al infierno”
Goethe
Napoleón,
como era usual en este caso debió esperar largo rato antes de pasar a la sala
del trono de Dios para ser juzgado por sus errores de mortal. Allí, en el
rincón que le habían asignado dejo que su mente recorriera en una tumultuosa
sucesión los principales episodios de su vida. No escucho, o no quiso escuchar,
la frase que Dios padre o Dios hijo acababa de pronunciar. Ya para él eso carecía
de importancia. En ese momento oyó que alguien detrás de el le murmuraba “vamos, todo ha terminado para
ti”. Napoleón miro sobre su hombro y vio la adusta figura del demonio, que sin
ningún respeto con su innegable importancia, lo empujo hacia una ancha puerta
que conducía a sus tenebrosos dominios. Napoleón
adelante, con su redonda cabeza erguida y altiva y su nuevo carcelero detrás,
camino despacio. No fue muy largo el trayecto. Solamente un centenar de pasos.
Cuando la alta puerta se abrió los dos personajes iniciaron un largo recorrido
a través de una espesa niebla que obligo al demonio a pasar adelante para guiar
al pequeño hombre. Ese fue el instante en que Napoleón se dio cuenta de que no
caminaba sino que su cuerpo se deslizaba sobre aquel extraño camino. El tiempo
ya no contaba, no lo sentía transcurrir. Este fenómeno que siempre fue tan
importante para él, ya no existía. No se
sabe cuánto tiempo después de haber salido del sagrado salón del despacho de
Dios, llegaron a un lugar inmenso, donde no hacia frio ni calor. “Hemos
llegado” le dijo Satanás a Napoleón, mientras desaparecía entre la niebla que
ya comenzaba a despejarse. La soledad de aquel lugar era inmensa. Napoleón
pensó que su castigo seria permanecer en soledad por el resto de la eternidad;
sin embargo mientras meditaba en ese espantoso suplicio oyó rumores que al cabo
de un rato se convirtieron en voces.
Muchas de esa voces pasaron cerca de él sin detenerse; el ruido que hacían le
pareció ser el conocido ruido de las
tropas en los campamentos, antes de las
batallas; pero no eran soldados, eran solamente voces que pasaban a la
distancia y que él no lograba distinguir. Voces más cercanas y cada vez más claras llegaron hasta él y le
hablaron.
--¿De
que país vienes?, lo interrogo una figura adelantándose entre las otras.
--De
Francia, --respondió Napoleón un poco indignado porque no estaba acostumbrado a
que los desconocidos se dirigieran a él sin ninguna muestra de respeto, y
enseguida pregunto:
--¿Tu
quien eres?
--Aquí
nadie es nadie, los nombres no importan, hasta los hemos olvidado.
--¿Qué
es esto?
--El
infierno, ya deberías saberlo
--Si,
es cierto. Solamente que no sabía que había llegado. ¿Quiénes están aquí?
–continuo diciendo
--Todos
los que oprimieron a sus pueblos, todos los que se aprovecharon del poder,
todos los que perdieron y ganaron batallas. No hace falta decirte que la gran
mayoría de los que una vez habitaron la tierra purgan aquí sus penas eternas.
--¿Puedo
hablar con algunos de ellos?
--Si,
¿con quisieras hablar?
--Con
el tebano Tiresias
--
Son muchos los que llegan al infierno que quieren entrevistarse con ese adivino
ciego.
--Si,
el ingenioso Odiseo también vino a preguntarle por su futuro, si alguna vez volvería
a su hogar; pero yo sé que no tengo futuro…
Antes
de que Napoleón terminara de hablar la extraña figura había desaparecido.
--¿Me
has mandado llamar?, escucho Napoleón que le decía una voz que se le acercaba.
Yo fui Tiresias, el tebano. Y tú fuiste Napoleón
Bonaparte. Termino diciendo la voz que en ese momento estaba junto a él.
Napoleón
supo de inmediato que efectivamente estaba frente a Tiresias, el más grande de
todos los adivinos.
--Sé
las muchas cosas que quieres saber. Pero solamente responderé cuatro preguntas.
--Quisiera
conocer que sucederá con mi hijo, con mi país, en fin, con los que he dejado
atrás; qué dirán de mí las futuras
generaciones.
--Ya
no es menester que sufras por esos asuntos que dejaste en la tierra. Todo
seguirá su curso sujeto a las
circunstancias que se vayan dando. Nada podrá alterarlo. Pero si en verdad
deseas saberlo pues te diré que la posteridad te rendirá un culto tan grande
como el que tu le rendías a tus héroes militares: al macedonio Alejandro y al
prusiano Federico. Ya tendrás la oportunidad de hablar con ellos de vuestras
campañas, de vuestros triunfos y derrotas.
--Pero
antes que nada, divino Tiresias, quisiera saber sobre mi hijo. Tú sabes que en
mis últimos días como emperador de Francia quise asegurar en él la sucesión de
la dinastía que cree. Cuéntame que será de él. ¿Lograre mi cometido?
--Las
circunstancias serán adversas para tu
hijo; nunca reinara y fallecerá pocos
meses después de cumplir 21 años.
Napoleón,
después de escuchar estas palabras de Tiresias, junto sus manos en la espalda y
se alejo unos pasos con la cabeza inclinada, mostrando un profundo dolor.
--Pero
no todo será adverso para los Bonaparte, debes saber que tu sobrino Luis, hijo
de tu hermano Luigi, no solamente será presidente sino que será el último
emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III. Iniciara la etapa
colonialista de Francia en Asia, se comprometerá con Gran Bretaña en varias
guerras e intervendrá militarmente en México donde, para asombro del mundo, su
ejército será derrotado por los mejicanos.
--Increíble,
exclamó Napoleón, adoptando de nuevo su acostumbrada postura de entrelazar sus
manos por detrás de su cuerpo y darse pequeños golpes con ellas en la espalda.
Continua por favor, divino Tiresias
--Pero
eso no será todo, has de saber que tu sobrino cometerá su mayor error al entrar
en guerra con el imperio prusiano que lo derrotará y lo hará prisionero. Sera depuesto.
Años después, a principios del siglo XX, Francia, con un intervalo de veinte años, se enfrentara dos veces Alemania. Saldrá
triunfante de las dos guerras con la ayuda de países aliados, especialmente de
los Estados Unidos e Inglaterra.
--Ahora
háblame de mi—le dijo Napoleón a Tiresias sin permitirle terminar su narración
Y
así continuo el adivino: Tu cuerpo reposara unos pocos años en Santa Helena y después
volverás con grandes honores a Francia. Allí
será tu verdadero entierro. Jamás Paris vera un funeral como el tuyo. Múltiples
calles recibirán tu nombre, tu busto adornara un sinnúmero de plazas. En ese
instante comenzara tu gloria. Las generaciones por venir te recordaran como uno
de los más grandes generales de la historia. Siempre estarás al lado de tus
ídolos Alejandro Magno y Federico El Grande. Los demás serán solamente sombras
al lado tuyo.
Tiresias
se silencio por unos instantes. Napoleón espero con respeto que el adivino
continuara. Al fin el anciano ciego le dijo
--Pero
debes saber que tu muerte no se debió a tus problemas de salud, como lo
pensaste los últimos meses de tu vida…
--¿Entonces?—dijo
Napoleón interrumpiendo al adivino con aire de inmensa sorpresa
--Fuiste
envenenado por orden del gobierno de la Gran Bretaña. Diariamente te daban una
pequeña dosis de veneno que lentamente fue minando tu debilitado organismo.
--Yo
lo suponía, pero no pude hacer nada. Era prisionero de mis peores enemigos, que
morían del temor de una nueva fuga y que
regresara a Francia--. Napoleón, satisfecho con lo que le narro el adivino
ciego, quiso tomarle una oreja como era su costumbre cuando quería mostrar su
lado más humano, pero no pudo hacerlo porque Tiresias apenas era una voz.
Entonces
el general llevo sus brazos a la espalda, tomo una mano con la otra y se alejo
dándose golpecitos en la cintura y pensando “es como si intentara abrazar la
imagen de un espejo”.