DIEGO CASTANO NICHOLLS

miércoles, 28 de marzo de 2018

El semáforo

         
                 A Jairo Wilches que me lo inspiro.

¡Salve divino semáforo!

Fuente de vida, ingente manantial de ingresos,
cornucopia de monedas,
gran creación de un ser supremo
que sin pensarlos nos dio el sustento diario.

A tu costado el anciano duerme
bajo el candente sol que entibia
los huesos quebradizos.
Un sombrero, si eso es sombrero, o un gorro
reposan en silencio
y recogen las escasas monedas que le llegan.

El artista del equilibrio hace su numero
ante la indiferente mirada del viajero,
y entre  el fugaz rojo y verde
recoge las monedas que le aplacan
el grito periódico del vientre.

¡ Oh cornucopia de billetes!

El magnífico actor de la tragedia
aparece de pronto en sus muletas.
Se arrastra con supremo dolor ante la audiencia
de buseteros, señoras y taxistas.
El cuerpo retorcido,
la cabeza con imposible giro,
las piernas volteadas al contrario.
Es un dolor inmenso el que despierta,
mientras su bolsa se llena de monedas.

Cuando el sol amenaza su partida
con gentil gracia su cuerpo se endereza,
su cabeza, en un magnifico ademan, se recompone
y sus piernas torcidas
vuelven con gracia a su postura erguida.
¡Qué sublime actuación de muchas horas!
Sin alimentos,
sin aplacar la sed que lo consume,
solamente abandona su tarea
cuando el bendecido trancón se desvanece
y las monedas dejan de caer en su mochila

¡Oh semáforo bendito!

Allí también está el mutilado arrastrándose
o en su silla de ruedas lamentable.
Es joven y es atlético.
Llego completo de detrás de las montañas;
defendiendo lo ajeno dejo sus brazos o sus piernas
que destrozo la mina traicionera.

¡Salve maravilloso semáforo!

Refugio de la niña-madre.
Desde tempranas horas exhibe el fruto de su amor
o de la traición que aun no entiende.
Las monedas van llegando
y también llegan los auxilios del Estado.
Madre soltera, cabeza de familia,
estadística cruel de los burócratas
que devengan su paga de su pena.

Y todos los maromeros, saltimbanquis y contorsionistas
están también en el prodigo semáforo
que a todos los protege sin distingo
de oficio, de edad o de comercio.

¡Bienaventurado semáforo!

El vendedor de mandarinas, de mangos y de piñas
desde la madrugada inician su faena
que habrá de durar hasta la noche.

Este manantial de ingresos no descansa
en su permanente cambio de colores,
todos, sin excepción, reciben su moneda.
Y al final de la tarde como a un dios le dan las gracias
deseándole una noche placentera.

Diego Castaño Nicholls, Agosto 3 de 2017

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