A Jairo Wilches que me lo
inspiro.
¡Salve
divino semáforo!
Fuente
de vida, ingente manantial de ingresos,
cornucopia
de monedas,
gran
creación de un ser supremo
que
sin pensarlos nos dio el sustento diario.
A
tu costado el anciano duerme
bajo
el candente sol que entibia
los
huesos quebradizos.
Un
sombrero, si eso es sombrero, o un gorro
reposan
en silencio
y
recogen las escasas monedas que le llegan.
El
artista del equilibrio hace su numero
ante
la indiferente mirada del viajero,
y
entre el fugaz rojo y verde
recoge
las monedas que le aplacan
el
grito periódico del vientre.
¡
Oh cornucopia de billetes!
El
magnífico actor de la tragedia
aparece
de pronto en sus muletas.
Se
arrastra con supremo dolor ante la audiencia
de
buseteros, señoras y taxistas.
El
cuerpo retorcido,
la
cabeza con imposible giro,
las
piernas volteadas al contrario.
Es
un dolor inmenso el que despierta,
mientras
su bolsa se llena de monedas.
Cuando
el sol amenaza su partida
con
gentil gracia su cuerpo se endereza,
su
cabeza, en un magnifico ademan, se recompone
y
sus piernas torcidas
vuelven
con gracia a su postura erguida.
¡Qué
sublime actuación de muchas horas!
Sin
alimentos,
sin
aplacar la sed que lo consume,
solamente
abandona su tarea
cuando
el bendecido trancón se desvanece
y las monedas dejan de caer en su mochila
¡Oh
semáforo bendito!
Allí
también está el mutilado arrastrándose
o
en su silla de ruedas lamentable.
Es
joven y es atlético.
Llego
completo de detrás de las montañas;
defendiendo
lo ajeno dejo sus brazos o sus piernas
que
destrozo la mina traicionera.
¡Salve
maravilloso semáforo!
Refugio
de la niña-madre.
Desde
tempranas horas exhibe el fruto de su amor
o
de la traición que aun no entiende.
Las
monedas van llegando
y
también llegan los auxilios del Estado.
Madre
soltera, cabeza de familia,
estadística
cruel de los burócratas
que
devengan su paga de su pena.
Y
todos los maromeros, saltimbanquis y contorsionistas
están
también en el prodigo semáforo
que
a todos los protege sin distingo
de
oficio, de edad o de comercio.
¡Bienaventurado
semáforo!
El
vendedor de mandarinas, de mangos y de piñas
desde
la madrugada inician su faena
que
habrá de durar hasta la noche.
Este
manantial de ingresos no descansa
en
su permanente cambio de colores,
todos,
sin excepción, reciben su moneda.
Y
al final de la tarde como a un dios le dan las gracias
deseándole
una noche placentera.
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