El Acertijo
El siguiente texto fue encontrado en la
mesa de trabajo del gran historiador chino Sima Qian* el día de su muerte.
“De todos es sabido que el primer Emperador
chino, Ying Zheng, gustaba de gastarles bromas a sus subalternos. Una de las
cuestiones que más lo divertía era ponerle acertijos a sus ministros y demás
dignatarios del imperio. Cuenta la tradición que el propio Emperador diseñaba
los acertijos. Se cuenta, además, que aquellos dignatarios que aspiraban a ascender
en la escala jerárquica del imperio debían resolver antes uno de esos
acertijos.
El siguiente
fue hallado entre los documentos que aún se conservan del gran Emperador Ying
Zheng.
Un general,
un capitán y un soldado viven en casas una azul, al lado una roja y en seguida
una blanca; uno posee caballo, otro mula y otro carruaje.
el soldado no vive al lado del general
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el dueño del caballo vive en la casa blanca
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el que tiene carruaje no es el general
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el que vive en la casa roja no tiene
mula
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El soldado no tiene caballo
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Ha llegado
hasta nosotros que el aspirantes debían identificar la vivienda y los bienes
que posee cada personaje en un corto tiempo que no llegaba a un cuarto de
clepsidra, que tres mil años después vendrán a ser 10 minutos. Pero el Primer Emperador
también era cruel o practico como él solía murmurarle a sus muchas esposas e
innumerables concubinas oficiales, esbozando una socarrona sonrisa.
Aquellos
dignatarios que no resolvían el acertijo se veían obligados a retirarse del
servicio al Emperador porque habían llegado a un nivel dentro del gobierno del
cual no podían ascender y eso los convertía en un obstáculo para otros
dignatarios que aspiraban mayor jerarquía dentro del palacio.
Pero, el
Primer Emperador también era magnánimo, pues tenía contemplada una segunda
oportunidad. Aquel que no hubiera resuelto el acertijo en el tiempo dado debía
idear un acertijo tan ingenioso que el Emperador no lo pudiera resolver
en el mismo tiempo que daba a sus funcionarios. Si el Emperador lo resolvía la
cabeza del aspirante irremediablemente pasaba a la canasta de mimbre,
decían ellos con tono burlón.
No era inusual, en los
días anteriores a la prueba, ver a los funcionarios que aspiraban
repetirla en frenética carrera ideando acertijos de toda clase; pero un gran
número de ellos prefería olvidarse del poder y retirarse a sus magnificas
viviendas, con sus esposas y concubinas, a disfrutar de sus jardines y de sus
nietos.
Liu Pi, inteligente y ambicioso subalterno del Primer Ministro, se presento al concurso del Emperador y no fue capaz de resolver el acertijo en el escaso tiempo que le fue dado. Liu Pi hondamente deprimido le comunico a su mujer aquella noche que por no superar la prueba tendría que retirarse del servicio y emprender una nueva vida para lo cual se sentía cansado y viejo. Le dijo además que entre el palacio del Emperador y su casa se había detenido largo rato en el Jardín de los Almendros para analizar qué decisión debería tomar. En ese jardín había encontrado las bases para resolver el acertijo y también entendió su construcción. Pensó y estuvo seguro que podría hacer el acertijo que derrotaría al soberano. Comprendió perfectamente la consecuencia de aceptar el reto de elaborar un acertijo que el Emperador llegara a resolver. Considero que si al acertijo lo mezclaba con un poco de ingenio el Emperador además de nombrarlo Ministro, lo podía convertir en uno de sus más cercanos asesores. "Esta es la oportunidad de mi vida, nuestra oportunidad"--le dijo Liu Pi a su esposa, que para ese momento dejaba ver las marcas de una horrenda pesadilla. Entiende le dijo Liu Pi, muy pocos estarían entre el Emperador y yo; sería una de las persona más importante del reino. Piensa en nuestros hijos, piensa en ti como esposa de un Ministro"
--Veo que tu
decisión está tomada. No encuentro los argumentos que te hagan cambiar de idea.
--No he
tomado la decisión aun. Elaborare el acertijo y si cumple las dos
condiciones que me he propuesto lo presentare mañana a su Majestad.
Inmediatamente se dirigió Liu a su estudio, aparto unas tablillas que había en su mesa de trabajo y se dispuso primero a resolver el acertijo del Emperador aplicando las ideas que le habían surgido en el Jardín de los Almendros, y enseguida a construir su acertijo. Al cabo un tiempo Liu Pi, en la tranquilidad de su estudio llego a las siguientes conclusiones sobre el acertijo que le había puesto el emperador:
El general vive en la casa blanca y
es el propietario del caballo; el capitán vive en la casa azul y posee la mula,
mientras que el soldado vive en la casa roja y se moviliza en carruaje.
Largas horas
permaneció Liu Pi diseñando y descartando acertijos con que retaría al
Emperador. De repente comprendió que el que acababa de terminar llenaba sus
expectativas y que podía ser la diferencia entre una vida de gloria o
simplemente pasar a la canasta.
Al día siguiente se presento ante el Emperador para informarle que aceptaba el reto y acto seguido le entrego las tablillas que contenían su acertijo.
Liu Pi planteo su acertijo al Emperador así: Un general, un capitán y un soldado viven en casas una roja, en medio una blaca y luego una azul; uno posee caballo, otro mula y otro carruaje.
1. El general no vive en la casa blanca
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2. El de la casa azul no es el capitán
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3. El que tiene mula no vive en la casa roja
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4. El soldado no vive en la casa roja
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5. El caballo no vive junto a la mula
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6. El de la casa azul no tiene caballo
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7, El general no tiene carruaje
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El Emperador leyó el planteamiento y comprendió que era su propio acertijo; pero al leer la segunda parte descubrió que Liu Pi presentaba las ayudas de una manera diferente y dedujo que las respuestas no eran las mismas sino otras. Efectivamente, Liu Pi había creado un nuevo acertijo que conducía a respuestas diferentes al acertijo del Emperador, lo cual, desde luego, atrajo la atención del soberano al ver que nadie distinto de Liu Pi acepto el reto de crear un acertijo. Le llamo la atención que las ayudas estaban en su totalidad en forma negativa, lo cual, pensó, debería darle mayor dificultad o, por el contrario, facilitar su solución.
El Emperador hizo salir de su estancia de trabajo a todos sus ministros y ayudantes. Unos funcionarios miraban con admiración y desconfianza a Liu Pi; en los rostros de la mayoría se veía una clara expresión de terror y de duda; sabían que si el Emperador resolvía el acertijo la cabeza del atrevido Pi pasaría al siguiente día a la canasta de mimbre. Todos se retiraron a otros salones del palacio. Un guardia cerro detrás de Liu la amplia puerta y Liu permaneció junto a ella. Se oía un claro rumor de voces que no alcanzaban a perturbar el trabajo del Emperador que afanosamente trataba de vencer a la clepsidra. El minúsculo chorro de arena continuaba cayendo. El temor de Liu se veía en su rostro cubierto de pequeñas gotas de sudor. Pero Liu no temía solamente que el Emperador resolviera su acertijo, también temía que no llegara a resolverlo. Porque de ocurrir esto último se podía desencadenar la ira del soberano y ordenar su ejecución. La angustia de los demás funcionarios crecía en la medida que las clepsidras de los salones adyacentes al salón de trabajo del soberano iban agotando su porción de arena. Finalmente se vaciaron todas las clepsidras, pero la pesada puerta no se abría. Transcurrió un largo rato cuando de repente el sordo sonido de los goznes atrajo la atención de todos los ministros y dignatarios pues la grandiosa figura del Emperador, ataviado con un suntuoso manto de seda bordado con dragones y salamandras, apareció sonriente en el umbral de la magnífica puerta. Su expresión contagio a los dignatarios que también sonrieron al verlo sonreír. El único de los presentes que no sonreía era Liu Pi a quien lo sobrecogió un inmenso sentimiento de terror cuando el Emperador dijo "lo he resuelto." Liu Pi comprendió que esas palabras eran una sentencia de muerte. Sus piernas temblaron bajo el escaso peso de cuerpo enjuto y el terror insoportable hizo que cubriera su rostro con sus manos. Liu Pi sintió que otras manos enormes tomaban sus muñecas para retirar las suyas de su cara. Frente a él estaba la imponente figura del Emperador que le dijo "pero tome más tiempo del permitido"
--Como es tu respuesta –le pregunto el Emperador
a Liu Pi quien enseguida le dijo: En la casa roja vive el general que es el
dueño del caballo. El soldado vive en la casa azul y es el propietario de la
mula y el capitán vive en la casa blanca con el carruaje.
El Emperador comparo sus respuestas con
las de Liu Pi y las mostró a todos los dignatarios con una franca sonrisa. Coincidían
perfectamente. Los encumbrados
personajes estallaron en un fuerte aplauso al Emperador. Mientras tanto Liu Pi
estaba embargado de un inmenso temor.
Pero el Emperador fiel a su
palabra no solamente perdono la vida a Liu Pi sino que le dio
los más importantes cargos de su corte. Recibió el encargo de
construir una inmensa muralla que impidiera la invasión de los
mongoles a su imperio y le pidió que construyera el
mausoleo donde descansarían sus huesos vigilados por ocho mil
guerreros de terracota. Liu embargado con un gran alborozo corrió donde su
esposa para narrarle lo sucedido.
--Liu --le dijo ella atacada por una
sonora carcajada-- eres un tonto al no entender que es otra de sus burlas. Se está
riendo de ti.
--Puedes estar en lo cierto, pero yo no
me reiré de él. Cuando me puso el acertijo que no pude resolver jure que
el próximo lo resolvería sin importar el tiempo que me tomara. Haré
este trabajo así me tome el resto de mi vida.
Este par de acertijos –continua diciendo Sima
Qian en sus Memorias-- cuyos
planteamientos y respuestas fueron ampliamente conocidos por los habitantes del
imperio, debí resolverlos para escribir esta historia pues por ninguna parte
encontré la forma como el Emperador y Liu Pi los resolvieron. Yo ideé el
siguiente método:
Elabore un cuadro donde trace tres
columnas. Cada columna corresponde a una casa. En seguida en cada una de las
columnas escribí las nueve opciones. Acto seguido procedí a utilizar las ayudas
retirando de cada casilla lo que me indicaba cada ayuda y recurriendo a algún
artificio de lógica. De esta forma llegue a las mismas conclusiones. Debo
aclarar que hay tres soluciones distintas según el orden que se les dé a las
casas. Para fortuna de Pi el Gran Emperador les dio el mismo orden que el utilizo
para construir el acertijo. No daré más
explicaciones porque le negaría al lector el gran placer que produce el
ejercicio de resolverlos.
Estoy cansado y el aceite del candil se está
agotando. Debo dormir”.
*Autor de Memorias Históricas.
DCN, Julio de
2018
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