El Elefante blanco
A mis nietos
A mis nietos
Juanita de ocho años, Tomas de seis y la abuela Bilita
estaban listos en el parqueadero del edificio, metidos ya dentro del pequeño Volkswagen
Escarabajo que habría de llevarlos al parque de diversiones. Pero el abuelo, a
quien llamaban Opa, todavía se demoraba, no llegaba; se encontraba asegurando
las ventanas por si llovía y el viento no fuera a meter la lluvia a las alcobas,
luego debía también revisar cada una de las llaves de agua que sus nietos, con
mucha frecuencia dejaban a medio cerrar y por eso goteaban desperdiciando gran
cantidad de agua, lo mismo hacia con la cisterna de los sanitarios. Reviso
también que los fogones de la estufa estuvieran apagados, a pesar de que Bilita lo hacía también. Una
vez termino este recorrido que llenaba de impaciencia a sus dos nietos tomo el
ascensor, bajo los siete pisos y se presento con una enorme sonrisa y les dijo:
¿están listos? Si Opa, contestaron ellos en medio de una gran felicidad. En
seguida el niño pregunto ¿A dónde vamos? Y la niña también dijo, si Opa, ¿a dónde
vamos? Y Opa contesto mientras prendía
el carro: vamos al parque de diversiones a conocer muchos animales que hay
allí…eso no es un parque de diversiones, dijo el Tomas, si es de animales
entonces es un zoológico. Eso es, dijo Opa ya saliendo del parqueadero del
edificio y tomando el rumbo al zoológico. La Bilita mientras tanto estaba sentada
en su puesto de adelante y miraba con atención hacia la calle. Observaba los
arboles llenos de flores, el pasto verde de los antejardines de las casas, los
avisos de los almacenes y leía la propaganda que colgaba de los postes de la
luz avisando ventas de casas y de apartamentos. De vez en cuando se le escuchaba
decir con voz fuerte: bueno, bueno no empiecen a pelear, cuando en el asiento
de atrás el niño y la niña iniciaban una pelea por una ventana o porque Tomas
levanto su pie demasiado y puso su zapato encima de la pierna de su hermanita,
que inmediatamente respondía con un fuerte y agudo grito: Bilita mira a Tomas que
me puso el pie encima. No Bilita, grito Tomas, fue que Juanita se metió a mi
puesto y no se quiere correr. ¡Que es lo que pasa allá atrás -decía Opa-, dejen
de pelear o nos devolvemos para la casa! ¿Ya vamos a llegar, pregunto Juanita
aburrida del largo recorrido sin ningún atractivo para ella. No, -contesto Opa-
todavía nos falta mucho, es que hay mucha congestión y no podemos avanzar más rápido.
¿Cuánto nos falta? -dijo inmediatamente Tomas. Ya vamos a llegar, contesto la Bilita
sin voltear a mirar hacia atrás. ¿Al fin que? –dijo Tomas: ¿ya vamos llegar o nos falta mucho? Son mentiras, son mentiras lo que nos están
diciendo, murmuro Juanita y se volteo hacia el vidrio de su ventana y se entretuvo mirando un perro que caminaba a
grandes saltos por entre los carros eludiéndolos con una gran facilidad. Bilita-
pregunto- ¿a ese perrito lo va matar un carro? No, dijo Bilita, ese perrito
vive en la calle y sabe defenderse muy bien de los carros, observa como los
evita, mira como espera a que pasen para después pasar el. Opa –dijo Tomas-
cuéntanos un cuento; si, dijo Juanita: cuéntanos un cuento. No, ahora no,
porque ya vamos a llegar al zoológico y no lo alcanzaría a terminar. No importa
después nos lo terminas, contesto Juanita, ayer nos dijiste que nos contarías el
cuento del dragón que perdió el poder de echar llamas y no lo hiciste- dijo Juanita un poco brava con Opa. Otro día
se los cuento. También nos debes el del zancudo peludo, dijo Tomas. Ese también
se los voy a contar un día de estos. Yo quiero que me cuentes el del abejorro
azul, dijo Juanita un poco molesta con Tomas porque siempre pedía el mismo
cuento del zancudo y a ella en verdad no le gustaba. No- dijo Tomas- ese ya nos
lo ha contado muchas veces, mejor el del lobo que amaba las ovejas, que no nos
lo has contado… ¡Llegamos!, dijo Opa,
ahora tenemos que encontrar donde dejar el carro; mucha gente se nos adelanto
–dijo Bilita. Allí hay uno –grito Juanita y efectivamente había un puesto un
poco estrecho donde cabía sin problemas el pequeño carro de la familia. La Bilita,
Tomas y Juanita se bajaron antes de que Opa comenzara la labor de cuadrar el
carro. Todos volvieron a encontrarse en la taquilla donde Opa adquirió las
cuatro boletas para ingresar. ¿A dónde vamos primero? Preguntó mientras
sostenía en su mano el plano del zoológico- ¿a los leones, a los monos, a los
tigres, a los elefantes? Yo quiero primero los tigres dijo Tomas, no primero
los monos dijo Juanita y se inicio una discusión que debió zanjar la Bilita cuando
dijo -Sigamos este camino y los vamos
viendo en el orden que nos lleve el camino… Bueno contestaron todos. Y fue así
como iniciaron el recorrido observando los animales que habitaban un cercado en
cuyo centro había un estanque con peces de varios colores que recorrían el
estanque de un lado a otro sin ninguna pausa; allí unas tortugas que escondían temerosas
su cabeza dentro de la caparazón cuando alguien se les acercaba demasiado; además
había algunas aves grandes y elegantes como flamingos rosados y garzas muy
blancas, que extrañamente descansaban sosteniéndose en una sola de sus patas
¿Por qué no se caen?, pregunto Tomas abriendo con asombro sus grandes ojos
oscuros. Porque están perfectamente
equilibradas, dijo la Bilita que en ese momento observaba también el raro
estilo que utilizaban aquellas enorme aves para descansar; luego llegaron donde
los ponys de grandes manchas blancas y negras, los asnos y algunos hermosos
caballos que miraban a la gente mostrando tanto interés como el visitante
mostraba en ellos. Después se detuvieron frente al espacio de los monos que tenía
algunos árboles de cuyas ramas colgaban unos monos sostenidos por su cola
prensil, que es como otra mano para ellos—dijo Opa--; otros saltaban muy
ágilmente de una rama a otra, otros sentados allá arriba con mucha elegancia sobre una rama comían
bananos y tiraban las cascaras al suelo, sin saber que eso es muy mala
educación. Una pareja de monos, en un extremo del árbol peleaba entre ellos con
un gran escándalo de chillidos y gritos, no se sabe por qué. Y la Bilita dijo:
son como Juanita y Tomas: se la pasan peleando y gritando. Si, dijo Opa,
parecen humanos, por algo dicen que son nuestros primos; a lo cual Juanita y Tomas
se miraron algo sorprendidos y sonrieron. De pronto apareció la vivienda del
león que dormía en el rincón más sombreado de su casa. El león gritaron Juanita
y Tomas al tiempo, Bilita mira el león, mírale la melena. Y el león abrió perezosamente
un ojo los miro con algo de desprecio y lo volvió a cerrar. Ni siquiera movió
la enorme cabeza. Si, dijo la Bilita, ahí está el rey de la selva. Es un
perezoso, se la pasa durmiendo y caza muy poco cuando está en la selva. ¿Por
qué dices eso? –dijo Opa- Lo vi en el Animal Planet- contesto la Bilita. Además
dijeron que las que cazan son las leonas; y cuando tienen una presa llega muy
campante el león las retira con gruñidos y come primero hasta cuando sacia su
hambre. Luego se va muy orondo, dejándoles el sobrado. Todos se miraron
sorprendidos. Mira Bilita las leonas detrás de esas piedras. Efectivamente,
acostadas y soñolientas había tres esbeltas leonas que ni siquiera voltearon a mirar
a los visitantes que hablaban entre ellos de su habilidad para cazar, de su
elevado instinto maternal y de otras varias cualidades de estas hermosas damas
de la selva. ¿En nuestro país hay leones?, pregunto Tomas. No, contesto Opa,
con algo de suficiencia, ellos son del África. Después de un rato largo
contemplando en silencio los leones continuaron su recorrido y sin darse cuenta
llegaron a la casa del tigre. ¡El tigre, Bilita!, grito Juanita que fue la que
primero lo vio. Qué lindo, dijo Tomas, es de colores, es hermoso. Si, -dijeron
todos al tiempo-, es hermoso. No cabe duda, dijo Opa. Opa –dijo Tomas- ¿es
bravo? Si, le contesto Opa, es muy bravo, pero además es muy astuto y muy ágil.
Con sus colores se camufla muy bien en la selva, se acerca muy lentamente a su
presa, camina con mucho sigilo, casi no
se ve y de repente da un gran salto y cae sobre el lomo de su presa para
convertirla en su alimento. Opa -dijo Juanita- ¿aquí hay tigres? No, dijo Bilita,
los tigres son de Asia, le contesto la Bilita porque en ese momento Opa estaba
absorto admirando la enorme cabeza y las magnificas rayas de este espectacular
animal. Vámonos ya-dijo la Bilita unos segundos después. Es que Opa y los niños
no querían dejar de contemplar el tigre, porque a su vez el tigre, en una muy
extraña actitud de extrañeza, los contemplaba también absorto. Juanita, por fin
logro deshacerse del hechizo del tigre y se unió a su Bilita, mientras llamaba
a Tomas y a su Opa, que un momento después las alcanzaron cuando pasaban el
pequeño riachuelo por un puente de estilo japonés e ingresaban a una nueva área
del zoológico. De repente la Bilita grito con una profunda emoción: Mira Juanita,
lee ese aviso allá en la puerta del frente. Y Juanita, que estaba aprendiendo a
leer hasta ahora comenzó a juntar letra a letra. E.. l e..fa..nnn..tes, ¡los
elefantes!, grito con toda su fuerza. Las últimas letras no las tuvo que leer;
las adivino. Tomas escucho asombrado el grito de su hermana y exclamo ¿Dónde?
¿Dónde? Y Juanita, todavía muy
emocionada, sin pronunciar palabra, le señalo el letrero con el dedo índice. Es
cierto que los elefantes todavía no se veían, pero tenían que estar por algún
lado detrás de esa puerta inmensa, que por su tamaño dejaba adivinar que era
para que por allí entraran y salieran los gigantescos animales. Les dicen también
paquidermos y…, alcanzo a decir Opa porque Juanita y Tomas partieron en veloz
carrera buscándolos con la vista en el gran espacio. No corran, espérennos, grito
la Bilita para detener la veloz carrera de los niños que obedecieron inmediatamente
y en otra carrera similar se regresaron gritando a los abuelos: vamos Bilita,
vamos rápido. No hay afán dijo Bilita, los elefantes no se van a ir, porque esa
es su casa y ahí estarán por muchos años. Si dijo el Opa, viven tantos o más
años que una persona…no tenemos afán de llegar, vamos con buen tiempo. Los dos
abuelos y los dos niños seguían el sendero que ahora iba al lado del riachuelo
que acababan de pasar. Se dirigían a la enorme puerta con el letrero visible
desde lejos que anunciaba a todos que allí vivían los elefantes. Muy cerca de la
puerta se divisaba dentro de un cercado de madera una enorme elefante hembra,
de largos colmillos, a cuyo lado se encontraba su cría aprendiendo todo lo que
su madre le enseñaba con el ejemplo. Mira Tomis, pues Opa llamaba así, cariñosamente,
a su nieto, –dijo volteándose hacia el niño—mira esos enormes colmillos, son
magníficos; con ellos pueden levantar objetos sumamente pesados, más que varias
personas juntas; mira el elefantico, no debe tener más de un mes de nacido, pero ya pesa más que un
hombre. Observa que come de la misma forma que su mama, enrollando el pasto con
el moco. ¿El moco, Opa? dijo Juanita que
acompañada de Bilita acababan de llegar a donde Tomis y Opa se
encontraban. Si, dijo Opa, eso que parece una cola o una quinta pierna se llama moco. Es muy
importante para ellos. Pon atención y veras como con el toma el pasto del suelo,
o de las ramas de los arboles, lo enrolla y con un fuerte tirón lo desprende y
se lo lleva a la boca. ¿Eso le está enseñando la mama?, dijo Tomas. Si
respondió la Bilita, todo lo que ellos hacen es porque lo ven hacer a la mama….
Se dice –continuo la Bilita—que poseen una gran memoria, que se acuerdan de
muchísimas cosas; pero no sé si esta
cualidad de los elefantes ha podido ser comprobada, no entiendo por qué dicen eso de los elefantes… ¿tú lo sabes?, le pregunto al Opa cuya
respuesta fue: no tengo ni idea… eso no
apareció en un documental que vi sobre los elefantes, esto para mí que es un
mito; es más, yo me pregunto: ¿cómo pueden hacerle un test de memoria a un
elfan…? …mira Bilita, mira dijo Juanita señalando hacia un lado del cercado que
se encontraba detrás de unos árboles. Ah, sí dijo Bilita. Es un elefante
blanco -grito Tomas- buscando el mejor lugar para observarlo. Y para él no era
difícil porque por su estatura los arboles no le obstruían la vista como al Opa
y la Bilita. Y efectivamente frente a ellos se hallaba el enorme animal con dos
magníficos colmillos de metro y medio de largo, que mecía su cuerpo, ora a la
derecha, ora a la izquierda, rítmicamente, como si estuviera escuchando una
agradable melodía. Sus gigantescas orejas, cruzadas de gruesas venas, se
agitaban sin cesar para refrescar su cuerpo de casi tres metros desde el suelo
hasta el lomo. El animal no miraba a nadie, solamente arrancaba con su trompa un atado de hierba
verde y jugosa, la llevaba a su boca y empezaba a masticar lentamente, sin
prisa, hasta convertirlo todo en una gran masa que tragaba con fruición para en
seguida tomar otro atado de yerba y continuar la misma operación durante todo
el día, durante todos los días, durante toda la vida. Yo no sabía que
existieran elefantes blancos- dijo la Bilita- Si dijo el Opa, existen algunos
pero no son realmente blancos sino albinos, aunque los hay tan claros que
llegan a ser llamados blancos. Opa, dijo Tomas interrumpiendo la conversación
entre sus abuelos, Opa, repitió, ¿de donde son los elefantes blancos? --pregunto
Tomas tomando a su abuelo por la chaqueta reclamando su atención. Si, dinos de
donde son, dijo Juanita poniendo una tierna expresión de suplica. Dice Natural
Geografic que son de Tailandia y que son supremamente raros y escasos –national
geografic, no natural geografic - le
dijo la Bilita interrumpiéndolo; ah, si national -respondió Opa sin mayor
interés para no perder el hilo del cuento, y continuo: por esta razón hay
muchas leyendas sobre ellos…cuéntanos Opa, cuéntanos una de esas leyendas,
dijeron Tomis y Juanita al tiempo. Pues verán -dijo el Opa, mientras todos seguían
con sus ojos puestos sobre el elefante blanco. Se dice que un país muy lejos del
nuestro, llamado Tailandia, ha sido
durante muchísimos años gobernado por reyes que se suceden unos a otros. Pero
no siempre se ha llamado Tailandia. Antes de llamaba Siam… ¡Opa – lo interrumpió Juanita-empieza el
cuento! Muy bien, continuo dijo Opa, en
Siam aparecía de vez en cuando en medio de sus selvas un elefante blanco, lo que
causaba gran alboroto entre los pobladores de la región. Pero siempre fue
costumbre regalarle estos animales al monarca
como prueba de cariño y respeto. El rey los recibía con enorme regocijo,
pues este animal tan extraño es sagrado para ellos y para el rey es un gran
honor tener uno o varios elefantes blancos. ¿Qué hace el rey con ellos
–pregunto Tomis , mostrando gran interés en la historia. Simplemente lo
conserva con mucho respeto, le pone unos cuantos criados a que lo cuiden con
gran esmero… ¿Qué es esmero --pregunto Juanita que ahora mostraba mayor interés
en la historia – Esmero es que los criados deben permanecer siempre al lado del
elefante cuidándolo, limpiando su grueso pelaje con grandes cepillos, lavando
sus tristes ojos con agua perfumada para quitarle las legañas, llevándole pasto
recién cortado para que nunca sienta hambre y agua limpia y muy fresca para que
calme su insaciable sed… Sigue Opa,
sigue el cuento, dijo Tomis ansioso por conocer más pormenores del cuento.
Bueno, dijo Opa…como les decía, los dueños de los elefantes blancos eran los
reyes porque eran los únicos que tenían el dinero suficiente para sostenerlos con el cuidado y la atención que los sagrados
paquidermos requerían. Había que ser muy rico para tener un animal de estos pues,
a diferencia de los otros elefantes, que trabajaban para ganarse el sustento,
el blanco no hacia absolutamente nada. ¿Nada?- pregunto Bilita, quien ya se
había enganchado al cuento de Opa. Nada -le contesto Opa mostrando su conocimiento sobre los elefantes
blancos—No ves que son sagrados, recalco. Y todos pusieron cara de asombro.
Solamente los sacan para algunas ceremonias religiosas, caso en el cual los
visten maravillosamente, eso fue lo que vi en – ¿cómo se llama?-- Natio…. -- Bilita, no interrumpas a Opa – dijo
Juanita. Si Opa –dijo Tomis- sigue el cuento. Está bien, continuo…Pero también
los reyes lo usaban para otra cosa. ¿Qué cosa? –pregunto Tomis interrumpiendo
al abuelo que con cada interrupción perdía el hilo de la narración. No lo van a
creer- dijo el Opa mirando al niño. ¿Para qué? preguntaron los niños casi al
tiempo ¿Para qué? Pues para regalarlos a
alguien que había cometido alguna falta y que el rey quería castigar- dijo el
Opa. ¿Cómo así - dijo la Bilita- dejando ver un alto grado de extrañeza con la
pregunta- ¿castigar regalando un elefante blanco? Si Opa, ¿Por qué? --pregunto enseguida
Juanita, que no entendía como se puede castigar a alguien haciéndole un regalo
tan esplendido como es un elefante blanco. Pues verán –les contesto Opa- la
persona que recibía como regalo un elefante blanco, como era sagrado, no lo
podía poner a trabajar pero, por lo mismo de ser sagrado, lo tenía que cuidar
con múltiples atenciones y eso significaba destinar unos criados muy especiales
a brindarle los muchos cuidados que necesitaban cada día. Para cualquier
ciudadano distinto del rey mantener un elefante blanco era sumamente costoso y
fueron muchos los que perdieron su fortuna después de recibir como regalo del
rey un elefante blanco. ¿De verdad? –Pregunto la Bilita—Si, es verdad—respondió
Opa. Se cuenta que en una época ya muy lejana uno de esos grandes personajes de
la corte, que tenia inmenso poder, se quedo con unos dineros que le mando una
provincia al rey, que en ese momento sostenía una costosa guerra con uno de sus
vecinos. El soberano supo por sus espías que ese consejero no había entregado
la partida completa sino que había tomado para él una buena porción. El rey
entro en furia y consulto a sus otros consejeros por el castigo que se le debía
aplicar. Quería el monarca que no solo fuera un castigo ejemplar, sino que
todos los grandes personajes del reino entendieran que los dineros del estado
no podían ser sustraídos. El soberano
escucho con paciencia muchas propuestas
que iban desde el destierro hasta aplicarle la pena de muerte. ¿Y que escogió
el rey –pregunto Juanita que ya estaba interesadísima en la historia. El
monarca –siguió Opa- acogió el consejo
de un anciano consejero que le dijo esto
cuando le toco el turno de hablar: Majestad, el mayor castigo que le puedes
aplicar es regalarle un elefante blanco. En el salón de la corte se oyó un
fuerte murmullo y algunas risas. Y el
rey pregunto al anciano: ¿Un elefante blanco?, explícate –Si
--respondió el viejo consejero-- eso lo llevaría a la ruina total muy
lentamente, como quiere su majestad, pues llegara el día que toda su fortuna la
habrá tenido que invertir en el sustento del sagrado animal. Así lo hizo el
monarca. Mando a escoger un hermoso ejemplar de entre los varios que tenia,
joven y saludable, de magníficos colmillos
y un elegante moco que manejaba con enorme pericia y se lo envió de
regalo al consejero que había tenido el
atrevimiento de quedarse con una parte de los dineros del reino. El consejero
salió a la puerta de su elegante casa y entro en pánico cuando vio frente a su
puerta el inmenso elefante blanco que con sus agitados movimientos estaba dando
muestras de tener un hambre atroz y abanicando sus gigantescas orejas daba
señal de que tenía una sed insoportable, ya que en ese momento hacia un intenso
calor en la ciudad. Hay que decir que el paquidermo era enorme, dicen los que
lo conocieron que media más de tres metros de altura y por esa razón no pasaba por ninguna de las varias puertas de la lujosa
residencia. El castigado consejero inmediatamente debió llamar a sus hijos, a
sus criados y a su esposa y entre lagrimas les dijo que esa era un claro
mensaje de que el rey lo había sacado de la corte y que a partir de ese momento
todos sin excepción debían ayudar a cuidar el sagrado elefante, porque si el
elefante llegaba a morir la ley decía que todos serian castigados con la pena
de muerte en la horca en la mañana del
domingo siguiente frente a todo el pueblo. ¿Y qué paso después con el elefante?
–pregunto Tomis en cuya cara se veía una honda preocupación, no solo por la
infortunada familia que ahora era víctima de error cometido por abusivo
consejero, sino por la suerte que corrió después el sagrado animal. Ah, si… pues sabrás Tomis que el señor debió
conseguir varios sirvientes para tumbaran la pared de atrás de la casa y por
ese hueco entrar al paquidermo al hermoso jardín. El elefante, no mas llego al
jardín levanto el moco hacia el cielo,
olisqueo el ambiente e introdujo su moco en la fuente de aguas
cristalinas que había en el centro del patio y se bebió toda el agua que allí había; luego comenzó a arrancar las bellas flores que adornaban el jardín, no sin antes
aplastar con sus gigantescas patas las plantas que formaban una figura de
colores muy vivos; después de tan desafortunado comienzo el atribulado
señor pido a todos sus familiares que estuvieran pendientes de las necesidades
del elefante, que como ya les conté, además de alimentarlo con grandes
cantidades de hierba y ramas tiernas, había que bañarlo, jabonarlo, secarlo,
hacerle día de por medio un masaje a su enorme cuerpo para que nunca llegara a
tener dolores en su gigantesca espalda, ni en sus poderosas patas, ni en su
sagrado moco. Eso por si solo era una gran tarea que tenían que hacer todos los
días los muchos sirvientes que velaban por la salud del elefante. Además en los
días que se celebraban las fiestas sagradas el trabajo que tenían que llevar a
cabo con el elefante blanco era mucho
mayor, porque debían ponerle sus atuendos de fiesta, cuestión esta que le
gustaba al elefante y que lo expresaba con algo parecido a una sonrisa, pues
levantaba el moco lo más alto que podía y emitía un sonido que , –no sé cómo decirlo – era agradable para los
que lo escuchaban; pero también los sirvientes debían limpiarle los enormes
colmillos, cuestión que al elefante no le gustaba en absoluto
y trataba de evitarlo a toda costa moviendo su inmensa cabeza de un lado
a otro con una fuerza descomunal. Esta sola faena hacia necesaria la presencia
del doble de los sirvientes. Y así
pasaron los años y la fortuna del viejo se fue agotando como lo había dicho el
anciano aquella tarde en la corte del rey. Algunos años después el viejo tuvo que implorarle
al rey que le recibiera el elefante blanco porque su fortuna se había agotado y
ya pronto no tendría con que mantener el hambriento animal. ¿Y que hizo el rey?
– pregunto Juanita. El rey mando por el
sagrado elefante, que ya estaba un poco flaco y algo viejo. El avaro consejero
murió un tiempo después en la miseria y sin nadie que lo acompañara al
cementerio, salvo un viejo esclavo que también murió a los pocos días. Como si el
regalo en si mismo fuera poco –continuo Opa— era natural que toda la gente se
enterara que el rey le había regalado a algún miembro de la corte un elefante
blanco, lo que quería decir que el personaje en cuestión había cometido una gran
falta, por lo cual había caído en desgracia con el rey… ¿Qué es caer en
desgracia? –pregunto Tomis, que no se quería perder la mas mínima parte del cuento- Se dice que una persona cayó en desgracia –le
respondió Opa— cuando después de ser muy importante y querida por el monarca pierde el aprecio del soberano y este en vez
de estimarlo como antes comienza a tenerle rabia, y en algunos casos odio. Esta
persona ya no puede volver a la corte y queda expuesta a un castigo casi peor
que la muerte: a que el rey le regale un elefante blanco, como le sucedió al
consejero que se quedo con los dineros del rey. ¡Y colorín –dijo Opa-- …
colorado, este cuento ha terminado!, dijeron Juanita y Tomis al mismo tiempo.
Se va la lancha… dijo Opa. Y se va para la casa --continuo la Bilita-- porque
empezaron a caer gotas de lluvia. En ese
momento todos corrieron hacia el parqueadero donde los esperaba el fiel
escarabajo. Cuando ya estaban todos acomodados en sus puestos Juanita pregunto:
¿Opa que paso con los hijos y la esposa del señor? – la esposa finalmente falleció cansada de
atender el elefante --respondió Opa-- , los
hijos se casaron y se fueron a vivir con sus hijos y su esposa, y el viejo tuvo
que quedarse solo en compañía de un sirviente cojo y del elefante blanco, hasta
cuando se lo devolvió al rey.
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Bogotá,
Junio 2015