DIEGO CASTANO NICHOLLS

lunes, 18 de diciembre de 2017

El Elefante blanco

El Elefante blanco

A mis nietos

Juanita de ocho años, Tomas de seis y la abuela Bilita estaban listos en el parqueadero del edificio, metidos ya dentro del pequeño Volkswagen Escarabajo que habría de llevarlos al parque de diversiones. Pero el abuelo, a quien llamaban Opa, todavía se demoraba, no llegaba; se encontraba asegurando las ventanas por si llovía y el viento no fuera a meter la lluvia a las alcobas, luego debía también revisar cada una de las llaves de agua que sus nietos, con mucha frecuencia dejaban a medio cerrar y por eso goteaban desperdiciando gran cantidad de agua, lo mismo hacia con la cisterna de los sanitarios. Reviso también que los fogones de la estufa estuvieran apagados,  a pesar de que Bilita lo hacía también. Una vez termino este recorrido que llenaba de impaciencia a sus dos nietos tomo el ascensor, bajo los siete pisos y se presento con una enorme sonrisa y les dijo: ¿están listos? Si Opa, contestaron ellos en medio de una gran felicidad. En seguida el niño pregunto ¿A dónde vamos? Y la niña también dijo, si Opa, ¿a dónde vamos?  Y Opa contesto mientras prendía el carro: vamos al parque de diversiones a conocer muchos animales que hay allí…eso no es un parque de diversiones, dijo el Tomas, si es de animales entonces es un zoológico. Eso es, dijo Opa ya saliendo del parqueadero del edificio y tomando el rumbo al zoológico. La Bilita mientras tanto estaba sentada en su puesto de adelante y miraba con atención hacia la calle. Observaba los arboles llenos de flores, el pasto verde de los antejardines de las casas, los avisos de los almacenes y leía la propaganda que colgaba de los postes de la luz avisando ventas de casas y de apartamentos. De vez en cuando se le escuchaba decir con voz fuerte: bueno, bueno no empiecen a pelear, cuando en el asiento de atrás el niño y la niña iniciaban una pelea por una ventana o porque Tomas levanto su pie demasiado y puso su zapato encima de la pierna de su hermanita, que inmediatamente respondía con un fuerte y agudo grito: Bilita mira a Tomas que me puso el pie encima. No Bilita, grito Tomas, fue que Juanita se metió a mi puesto y no se quiere correr. ¡Que es lo que pasa allá atrás -decía Opa-, dejen de pelear o nos devolvemos para la casa! ¿Ya vamos a llegar, pregunto Juanita aburrida del largo recorrido sin ningún atractivo para ella. No, -contesto Opa- todavía nos falta mucho, es que hay mucha congestión y no podemos avanzar más rápido. ¿Cuánto nos falta? -dijo inmediatamente Tomas. Ya vamos a llegar, contesto la Bilita sin voltear a mirar hacia atrás. ¿Al fin que? –dijo Tomas: ¿ya vamos  llegar o nos falta mucho?  Son mentiras, son mentiras lo que nos están diciendo, murmuro Juanita y se volteo hacia el vidrio de su ventana y se  entretuvo mirando un perro que caminaba a grandes saltos por entre los carros eludiéndolos con una gran facilidad. Bilita- pregunto- ¿a ese perrito lo va matar un carro? No, dijo Bilita, ese perrito vive en la calle y sabe defenderse muy bien de los carros, observa como los evita, mira como espera a que pasen para después pasar el. Opa –dijo Tomas- cuéntanos un cuento; si, dijo Juanita: cuéntanos un cuento. No, ahora no, porque ya vamos a llegar al zoológico y no lo alcanzaría a terminar. No importa después nos lo terminas, contesto Juanita, ayer nos dijiste que nos contarías el cuento del dragón que perdió el poder de echar llamas y no lo hiciste-  dijo Juanita un poco brava con Opa. Otro día se los cuento. También nos debes el del zancudo peludo, dijo Tomas. Ese también se los voy a contar un día de estos. Yo quiero que me cuentes el del abejorro azul, dijo Juanita un poco molesta con Tomas porque siempre pedía el mismo cuento del zancudo y a ella en verdad no le gustaba. No- dijo Tomas- ese ya nos lo ha contado muchas veces, mejor el del lobo que amaba las ovejas, que no nos lo has contado…  ¡Llegamos!, dijo Opa, ahora tenemos que encontrar donde dejar el carro; mucha gente se nos adelanto –dijo Bilita. Allí hay uno –grito Juanita y efectivamente había un puesto un poco estrecho donde cabía sin problemas el pequeño carro de la familia. La Bilita, Tomas y Juanita se bajaron antes de que Opa comenzara la labor de cuadrar el carro. Todos volvieron a encontrarse en la taquilla donde Opa adquirió las cuatro boletas para ingresar. ¿A dónde vamos primero? Preguntó mientras sostenía en su mano el plano del zoológico- ¿a los leones, a los monos, a los tigres, a los elefantes? Yo quiero primero los tigres dijo Tomas, no primero los monos dijo Juanita y se inicio una discusión que debió zanjar la Bilita cuando dijo  -Sigamos este camino y los vamos viendo en el orden que nos lleve el camino… Bueno contestaron todos. Y fue así como iniciaron el recorrido observando los animales que habitaban un cercado en cuyo centro había un estanque con peces de varios colores que recorrían el estanque de un lado a otro sin ninguna pausa; allí unas tortugas que escondían temerosas su cabeza dentro de la caparazón cuando alguien se les acercaba demasiado; además había algunas aves grandes y elegantes como flamingos rosados y garzas muy blancas, que extrañamente descansaban sosteniéndose en una sola de sus patas ¿Por qué no se caen?, pregunto Tomas abriendo con asombro sus grandes ojos oscuros.  Porque están perfectamente equilibradas, dijo la Bilita que en ese momento observaba también el raro estilo que utilizaban aquellas enorme aves para descansar; luego llegaron donde los ponys de grandes manchas blancas y negras, los asnos y algunos hermosos caballos que miraban a la gente mostrando tanto interés como el visitante mostraba en ellos. Después se detuvieron frente al espacio de los monos que tenía algunos árboles de cuyas ramas colgaban unos monos sostenidos por su cola prensil, que es como otra mano para ellos—dijo Opa--; otros saltaban muy ágilmente de una rama a otra, otros sentados allá arriba  con mucha elegancia sobre una rama comían bananos y tiraban las cascaras al suelo, sin saber que eso es muy mala educación. Una pareja de monos, en un extremo del árbol peleaba entre ellos con un gran escándalo de chillidos y gritos, no se sabe por qué. Y la Bilita dijo: son como Juanita y Tomas: se la pasan peleando y gritando. Si, dijo Opa, parecen humanos, por algo dicen que son nuestros primos; a lo cual Juanita y Tomas se miraron algo sorprendidos y sonrieron. De pronto apareció la vivienda del león que dormía en el rincón más sombreado de su casa. El león gritaron Juanita y Tomas al tiempo, Bilita mira el león, mírale la melena. Y el león abrió perezosamente un ojo los miro con algo de desprecio y lo volvió a cerrar. Ni siquiera movió la enorme cabeza. Si, dijo la Bilita, ahí está el rey de la selva. Es un perezoso, se la pasa durmiendo y caza muy poco cuando está en la selva. ¿Por qué dices eso? –dijo Opa- Lo vi en el Animal Planet- contesto la Bilita. Además dijeron que las que cazan son las leonas; y cuando tienen una presa llega muy campante el león las retira con gruñidos y come primero hasta cuando sacia su hambre. Luego se va muy orondo, dejándoles el sobrado. Todos se miraron sorprendidos. Mira Bilita las leonas detrás de esas piedras. Efectivamente, acostadas y soñolientas había tres esbeltas leonas que ni siquiera voltearon a mirar a los visitantes que hablaban entre ellos de su habilidad para cazar, de su elevado instinto maternal y de otras varias cualidades de estas hermosas damas de la selva. ¿En nuestro país hay leones?, pregunto Tomas. No, contesto Opa, con algo de suficiencia, ellos son del África. Después de un rato largo contemplando en silencio los leones continuaron su recorrido y sin darse cuenta llegaron a la casa del tigre. ¡El tigre, Bilita!, grito Juanita que fue la que primero lo vio. Qué lindo, dijo Tomas, es de colores, es hermoso. Si, -dijeron todos al tiempo-, es hermoso. No cabe duda, dijo Opa. Opa –dijo Tomas- ¿es bravo? Si, le contesto Opa, es muy bravo, pero además es muy astuto y muy ágil. Con sus colores se camufla muy bien en la selva, se acerca muy lentamente a su presa, camina con mucho sigilo,  casi no se ve y de repente da un gran salto y cae sobre el lomo de su presa para convertirla en su alimento. Opa -dijo Juanita- ¿aquí hay tigres? No, dijo Bilita, los tigres son de Asia, le contesto la Bilita porque en ese momento Opa estaba absorto admirando la enorme cabeza y las magnificas rayas de este espectacular animal. Vámonos ya-dijo la Bilita unos segundos después. Es que Opa y los niños no querían dejar de contemplar el tigre, porque a su vez el tigre, en una muy extraña actitud de extrañeza, los contemplaba también absorto. Juanita, por fin logro deshacerse del hechizo del tigre y se unió a su Bilita, mientras llamaba a Tomas y a su Opa, que un momento después las alcanzaron cuando pasaban el pequeño riachuelo por un puente de estilo japonés e ingresaban a una nueva área del zoológico. De repente la Bilita grito con una profunda emoción: Mira Juanita, lee ese aviso allá en la puerta del frente. Y Juanita, que estaba aprendiendo a leer hasta ahora comenzó a juntar letra a letra. E.. l e..fa..nnn..tes, ¡los elefantes!, grito con toda su fuerza. Las últimas letras no las tuvo que leer; las adivino. Tomas escucho asombrado el grito de su hermana y exclamo ¿Dónde? ¿Dónde?  Y Juanita, todavía muy emocionada, sin pronunciar palabra, le señalo el letrero con el dedo índice. Es cierto que los elefantes todavía no se veían, pero tenían que estar por algún lado detrás de esa puerta inmensa, que por su tamaño dejaba adivinar que era para que por allí entraran y salieran los gigantescos animales. Les dicen también paquidermos y…, alcanzo a decir Opa porque Juanita y Tomas partieron en veloz carrera buscándolos con la vista en el gran espacio. No corran, espérennos, grito la Bilita para detener la veloz carrera de los niños que obedecieron inmediatamente y en otra carrera similar se regresaron gritando a los abuelos: vamos Bilita, vamos rápido. No hay afán dijo Bilita, los elefantes no se van a ir, porque esa es su casa y ahí estarán por muchos años. Si dijo el Opa, viven tantos o más años que una persona…no tenemos afán de llegar, vamos con buen tiempo. Los dos abuelos y los dos niños seguían el sendero que ahora iba al lado del riachuelo que acababan de pasar. Se dirigían a la enorme puerta con el letrero visible desde lejos que anunciaba a todos que allí vivían los elefantes. Muy cerca de la puerta se divisaba dentro de un cercado de madera una enorme elefante hembra, de largos colmillos, a cuyo lado se encontraba su cría aprendiendo todo lo que su madre le enseñaba con el ejemplo. Mira Tomis, pues Opa llamaba así, cariñosamente, a su nieto, –dijo volteándose hacia el niño—mira esos enormes colmillos, son magníficos; con ellos pueden levantar objetos sumamente pesados, más que varias personas juntas; mira el elefantico, no debe tener más  de un mes de nacido, pero ya pesa más que un hombre. Observa que come de la misma forma que su mama, enrollando el pasto con el moco. ¿El moco, Opa? dijo Juanita que  acompañada de Bilita acababan de llegar a donde Tomis y Opa se encontraban. Si, dijo Opa, eso que parece una cola  o una quinta pierna se llama moco. Es muy importante para ellos. Pon atención y veras como con el toma el pasto del suelo, o de las ramas de los arboles, lo enrolla y con un fuerte tirón lo desprende y se lo lleva a la boca. ¿Eso le está enseñando la mama?, dijo Tomas. Si respondió la Bilita, todo lo que ellos hacen es porque lo ven hacer a la mama…. Se dice –continuo la Bilita—que poseen una gran memoria, que se acuerdan de muchísimas cosas; pero no sé  si esta cualidad de los elefantes ha podido ser comprobada, no entiendo por qué  dicen eso de los elefantes…  ¿tú lo sabes?, le pregunto al Opa cuya respuesta fue: no tengo ni idea…  eso no apareció en un documental que vi sobre los elefantes, esto para mí que es un mito; es más, yo me pregunto: ¿cómo pueden hacerle un test de memoria a un elfan…? …mira Bilita, mira dijo Juanita señalando hacia un lado del cercado que se encontraba detrás de unos árboles. Ah, sí dijo Bilita. Es un elefante blanco -grito Tomas- buscando el mejor lugar para observarlo. Y para él no era difícil porque por su estatura los arboles no le obstruían la vista como al Opa y la Bilita. Y efectivamente frente a ellos se hallaba el enorme animal con dos magníficos colmillos de metro y medio de largo, que mecía su cuerpo, ora a la derecha, ora a la izquierda, rítmicamente, como si estuviera escuchando una agradable melodía. Sus gigantescas orejas, cruzadas de gruesas venas, se agitaban sin cesar para refrescar su cuerpo de casi tres metros desde el suelo hasta el lomo. El animal no miraba a nadie, solamente  arrancaba con su trompa un atado de hierba verde y jugosa, la llevaba a su boca y empezaba a masticar lentamente, sin prisa, hasta convertirlo todo en una gran masa que tragaba con fruición para en seguida tomar otro atado de yerba y continuar la misma operación durante todo el día, durante todos los días, durante toda la vida. Yo no sabía que existieran elefantes blancos- dijo la Bilita- Si dijo el Opa, existen algunos pero no son realmente blancos sino albinos, aunque los hay tan claros que llegan a ser llamados blancos. Opa, dijo Tomas interrumpiendo la conversación entre sus abuelos, Opa, repitió, ¿de donde son los elefantes blancos? --pregunto Tomas tomando a su abuelo por la chaqueta reclamando su atención. Si, dinos de donde son, dijo Juanita poniendo una tierna expresión de suplica. Dice Natural Geografic que son de Tailandia y que son supremamente raros y escasos –national geografic, no natural geografic  - le dijo la Bilita interrumpiéndolo; ah, si national -respondió Opa sin mayor interés para no perder el hilo del cuento, y continuo: por esta razón hay muchas leyendas sobre ellos…cuéntanos Opa, cuéntanos una de esas leyendas, dijeron Tomis y Juanita al tiempo. Pues verán -dijo el Opa, mientras todos seguían con sus ojos puestos sobre el elefante blanco. Se dice que un país muy lejos del nuestro, llamado Tailandia,  ha sido durante muchísimos años gobernado por reyes que se suceden unos a otros. Pero no siempre se ha llamado Tailandia. Antes de llamaba Siam…  ¡Opa – lo interrumpió Juanita-empieza el cuento!  Muy bien, continuo dijo Opa, en Siam aparecía de vez en cuando en medio de sus selvas un elefante blanco, lo que causaba gran alboroto entre los pobladores de la región. Pero siempre fue costumbre regalarle estos animales al monarca  como prueba de cariño y respeto. El rey los recibía con enorme regocijo, pues este animal tan extraño es sagrado para ellos y para el rey es un gran honor tener uno o varios elefantes blancos. ¿Qué hace el rey con ellos –pregunto Tomis , mostrando gran interés en la historia. Simplemente lo conserva con mucho respeto, le pone unos cuantos criados a que lo cuiden con gran esmero… ¿Qué es esmero --pregunto Juanita que ahora mostraba mayor interés en la historia – Esmero es que los criados deben permanecer siempre al lado del elefante cuidándolo, limpiando su grueso pelaje con grandes cepillos, lavando sus tristes ojos con agua perfumada para quitarle las legañas, llevándole pasto recién cortado para que nunca sienta hambre y agua limpia y muy fresca para que calme su insaciable sed…   Sigue Opa, sigue el cuento, dijo Tomis ansioso por conocer más pormenores del cuento. Bueno, dijo Opa…como les decía, los dueños de los elefantes blancos eran los reyes porque eran los únicos que tenían el dinero suficiente para sostenerlos  con el cuidado y la atención que los sagrados paquidermos requerían. Había que ser muy rico para tener un animal de estos pues, a diferencia de los otros elefantes, que trabajaban para ganarse el sustento, el blanco no hacia absolutamente nada. ¿Nada?- pregunto Bilita, quien ya se había enganchado al cuento de Opa. Nada -le contesto Opa  mostrando su conocimiento sobre los elefantes blancos—No ves que son sagrados, recalco. Y todos pusieron cara de asombro. Solamente los sacan para algunas ceremonias religiosas, caso en el cual los visten maravillosamente, eso fue lo que vi en – ¿cómo se llama?-- Natio….  -- Bilita, no interrumpas a Opa – dijo Juanita. Si Opa –dijo Tomis- sigue el cuento. Está bien, continuo…Pero también los reyes lo usaban para otra cosa. ¿Qué cosa? –pregunto Tomis interrumpiendo al abuelo que con cada interrupción perdía el hilo de la narración. No lo van a creer- dijo el Opa mirando al niño. ¿Para qué? preguntaron los niños casi al tiempo  ¿Para qué? Pues para regalarlos a alguien que había cometido alguna falta y que el rey quería castigar- dijo el Opa. ¿Cómo así - dijo la Bilita- dejando ver un alto grado de extrañeza con la pregunta- ¿castigar regalando un elefante blanco?  Si Opa, ¿Por qué? --pregunto enseguida Juanita, que no entendía como se puede castigar a alguien haciéndole un regalo tan esplendido como es un elefante blanco. Pues verán –les contesto Opa- la persona que recibía como regalo un elefante blanco, como era sagrado, no lo podía poner a trabajar pero, por lo mismo de ser sagrado, lo tenía que cuidar con múltiples atenciones y eso significaba destinar unos criados muy especiales a brindarle los muchos cuidados que necesitaban cada día. Para cualquier ciudadano distinto del rey mantener un elefante blanco era sumamente costoso y fueron muchos los que perdieron su fortuna después de recibir como regalo del rey un elefante blanco. ¿De verdad? –Pregunto la Bilita—Si, es verdad—respondió Opa. Se cuenta que en una época ya muy lejana uno de esos grandes personajes de la corte, que tenia inmenso poder, se quedo con unos dineros que le mando una provincia al rey, que en ese momento sostenía una costosa guerra con uno de sus vecinos. El soberano supo por sus espías que ese consejero no había entregado la partida completa sino que había tomado para él una buena porción. El rey entro en furia y consulto a sus otros consejeros por el castigo que se le debía aplicar. Quería el monarca que no solo fuera un castigo ejemplar, sino que todos los grandes personajes del reino entendieran que los dineros del estado no podían ser sustraídos.  El soberano escucho con paciencia  muchas propuestas que iban desde el destierro hasta aplicarle la pena de muerte. ¿Y que escogió el rey –pregunto Juanita que ya estaba interesadísima en la historia. El monarca –siguió Opa-  acogió el consejo de un anciano consejero  que le dijo esto cuando le toco el turno de hablar: Majestad, el mayor castigo que le puedes aplicar es regalarle un elefante blanco. En el salón de la corte se oyó un fuerte murmullo  y algunas risas. Y el rey pregunto al anciano: ¿Un elefante blanco?, explícate  –Si  --respondió el viejo consejero--  eso lo llevaría a la ruina total muy lentamente, como quiere su majestad, pues llegara el día que toda su fortuna la habrá tenido que invertir en el sustento del sagrado animal. Así lo hizo el monarca. Mando a escoger un hermoso ejemplar de entre los varios que tenia, joven y saludable, de magníficos colmillos  y un elegante moco que manejaba con enorme pericia y se lo envió de regalo al consejero  que había tenido el atrevimiento de quedarse con una parte de los dineros del reino. El consejero salió a la puerta de su elegante casa y entro en pánico cuando vio frente a su puerta el inmenso elefante blanco que con sus agitados movimientos estaba dando muestras de tener un hambre atroz y abanicando sus gigantescas orejas daba señal de que tenía una sed insoportable, ya que en ese momento hacia un intenso calor en la ciudad. Hay que decir que el paquidermo era enorme, dicen los que lo conocieron que media más de tres metros de altura y por esa razón no pasaba  por ninguna de las varias puertas de la lujosa residencia. El castigado consejero inmediatamente debió llamar a sus hijos, a sus criados y a su esposa y entre lagrimas les dijo que esa era un claro mensaje de que el rey lo había sacado de la corte y que a partir de ese momento todos sin excepción debían ayudar a cuidar el sagrado elefante, porque si el elefante llegaba a morir la ley decía que todos serian castigados con la pena de muerte en la horca  en la mañana del domingo siguiente frente a todo el pueblo. ¿Y qué paso después con el elefante? –pregunto Tomis en cuya cara se veía una honda preocupación, no solo por la infortunada familia que ahora era víctima de error cometido por abusivo consejero, sino por la suerte que corrió después el sagrado animal.  Ah, si… pues sabrás Tomis que el señor debió conseguir varios sirvientes para tumbaran la pared de atrás de la casa y por ese hueco entrar al paquidermo al hermoso jardín. El elefante, no mas llego al jardín levanto el moco hacia el cielo,  olisqueo el ambiente e introdujo su moco en la fuente de aguas cristalinas que había en el centro del patio y se  bebió toda el agua que allí había; luego  comenzó a arrancar las bellas flores  que adornaban el jardín, no sin antes aplastar con sus gigantescas patas las plantas que formaban una figura de colores muy vivos; después de tan desafortunado comienzo el atribulado señor  pido a todos sus familiares  que estuvieran pendientes de las necesidades del elefante, que como ya les conté, además de alimentarlo con grandes cantidades de hierba y ramas tiernas, había que bañarlo, jabonarlo, secarlo, hacerle día de por medio un masaje a su enorme cuerpo para que nunca llegara a tener dolores en su gigantesca espalda, ni en sus poderosas patas, ni en su sagrado moco. Eso por si solo era una gran tarea que tenían que hacer todos los días los muchos sirvientes que velaban por la salud del elefante. Además en los días que se celebraban las fiestas sagradas el trabajo que tenían que llevar a cabo  con el elefante blanco era mucho mayor, porque debían ponerle sus atuendos de fiesta, cuestión esta que le gustaba al elefante y que lo expresaba con algo parecido a una sonrisa, pues levantaba el moco lo más alto que podía y emitía un sonido que ,  –no sé cómo decirlo – era agradable para los que lo escuchaban; pero también los sirvientes debían limpiarle los enormes colmillos, cuestión que al elefante no le gustaba  en absoluto  y trataba de evitarlo a toda costa moviendo su inmensa cabeza de un lado a otro con una fuerza descomunal. Esta sola faena hacia necesaria la presencia del doble de los sirvientes.  Y así pasaron los años y la fortuna del viejo se fue agotando como lo había dicho el anciano aquella tarde en la corte del rey.  Algunos años después el viejo tuvo que implorarle al rey que le recibiera el elefante blanco porque su fortuna se había agotado y ya pronto no tendría con que mantener el hambriento animal. ¿Y que hizo el rey? – pregunto Juanita.  El rey mando por el sagrado elefante, que ya estaba un poco flaco y algo viejo. El avaro consejero murió un tiempo después en la miseria y sin nadie que lo acompañara al cementerio, salvo un viejo esclavo que también murió a los pocos días. Como si el regalo en si mismo fuera poco –continuo Opa— era natural que toda la gente se enterara que el rey le había regalado a algún miembro de la corte un elefante blanco, lo que quería decir que el personaje en cuestión había cometido una gran falta, por lo cual había caído en desgracia con el rey… ¿Qué es caer en desgracia? –pregunto Tomis, que no se quería perder la mas  mínima parte del cuento-  Se dice que una persona cayó en desgracia –le respondió Opa— cuando después de ser muy importante y querida por el monarca  pierde el aprecio del soberano y este en vez de estimarlo como antes comienza a tenerle rabia, y en algunos casos odio. Esta persona ya no puede volver a la corte y queda expuesta a un castigo casi peor que la muerte: a que el rey le regale un elefante blanco, como le sucedió al consejero que se quedo con los dineros del rey. ¡Y colorín –dijo Opa-- … colorado, este cuento ha terminado!, dijeron Juanita y Tomis al mismo tiempo. Se va la lancha… dijo Opa. Y se va para la casa --continuo la Bilita-- porque empezaron a caer gotas  de lluvia. En ese momento todos corrieron hacia el parqueadero donde los esperaba el fiel escarabajo. Cuando ya estaban todos acomodados en sus puestos Juanita pregunto: ¿Opa que paso con los hijos y la esposa del señor?  – la esposa finalmente falleció cansada de atender el elefante  --respondió Opa-- , los hijos se casaron y se fueron a vivir con sus hijos y su esposa, y el viejo tuvo que quedarse solo en compañía de un sirviente cojo y del elefante blanco, hasta cuando se lo devolvió al rey.

Bogotá, Junio 2015 

El bocín de oro

El bocín de oro 


-¡Nunca puede jugar mejor que Ramírez!, ¡nunca! nadie hay hoy que lo supere en el medio campo a pesar de lo que digan. Lo digo yo que lo he visto jugar cientos de veces. Acepto que ayer lo hizo muy mal… 
-¿Mal?  No, no solo mal sino que fue un desastre. Por ahí nos metieron los tres chocorazos que nos hicieron. 
-Tampoco es para echarle a él toda la culpa. 
-Bueno hermano lance ese tejo a ver si terminamos este chico-le dijo Parmenio Sastoque a su archirrival en el momento en que Aquiles Barreto se disponía a hacer el lanzamiento. El tejo salió del poderoso brazo con fuerza inusitada y golpeo contra el bocín,  pero no encendió la mecha. 
-No joda, es la tercera vez que doy en el bocín y no estalla la mecha. Pienso que están mojadas, mejor dejemos esto ahí para continuarlo después. 
Aquiles y su compañero se dirigían al lavamanos del establecimiento hablando animadamente del partido que en días anteriores había perdido su equipo favorito cuando un hombre de aspecto extranjero se le acerco para decirle “necesito hablar con usted” 
-¿Conmigo? dijo Aquiles- mientras se retiraba un poco de la extrema cercanía de aquel hombre. 
-Sí, - dijo el hombre de piel oscura, no negra, de ojos hundidos, cejas gruesas y abundantes, barba negra, pero mal afeitada. Sí, repitió, entiendo que usted es Aquiles Barreto. 
Aquiles comprendió que aquel individuo era de otra nacionalidad, y eso lo dedujo porque además de su figura, su acento era igual al de los comerciantes de Maicao, donde él había hecho una exitosa investigación para capturar la mafia de contrabandistas  de whisky, cigarrillos y vodka. Rápidamente paso por su mente aquella investigación en que desenmascaro  la banda criminal cuyos miembros ahora gozaban de una sentencia de casa por cárcel. “Sera, pensó, uno de ellos que viene a vengarse de mi” 
-Si yo soy Aquiles Barreto, ¿que necesita? 
-Realmente yo no lo necesito, es mi país el que lo necesita.  
Para el investigador Aquiles Barreto no era extraña esta respuesta. Muchas veces en su vida había oído esta u otras semejantes. Con calma Aquiles se acerco al lavamanos ubicado en una esquina del corredor que circundaba la cancha de tejo El Bocín de Oro  donde Aquiles asistía con amigos a jugar al tejo, que después del futbol, era para él una especie de religión que profesaba con alto grado de fanatismo, y mientras limpiaba el barro pastoso de sus manos dijo 
-Aja, ¿y de que se trata? 
El hombre recorrió con su mirada todo el espacio de la cancha de tejo para comprobar que nadie los escuchaba y con respeto le pidió al investigador hablar a solas, ante lo cual Parmenio se retiro a prudente distancia. Sabía que su íntimo amigo le contaría en detalle la conversación con el extranjero. 
-De mi nombre ya ni me acuerdo. Llámeme simplemente Dama Vand. Pertenezco a la policía secreta de mi país, dijo el extranjero sin dejar de recorrer con su mirada el espacio del campo de juego donde varias personas departían aquella soleada tarde. Pero fue bruscamente interrumpido por Aquiles, quien le dijo. 
-¿Cual es su país?  
-Irán, contesto Dama Vand pegándose al oído de Aquiles. Y este ni así pudo oír lo que le decían. 
-¿Que, qué? 
Irán, repitió el hombre un poco más fuerte. Pero nadie, solo Aquiles pudo oír pues en ese preciso instante estallo una mecha, ante lo cual el iraní dio un salto atrás y se resguardo detrás de Parmenio que observaba el juego de otras personas. 
-¿Y eso donde queda?, pregunto Aquiles, secándose las manos con una toalla que pendía de un clavo, encima del lavamanos. 
_Más tarde lo sabrá, por ahora no importa. Lo importante es lo que vengo a decirle, pero debemos salir a la calle donde el ruido de los carros ahogue los posibles micrófonos… 
_¡Micrófonos!, micrófonos en una cancha de tejo. ¿Dónde cree que esta? Dijo Aquiles acompañando sus palabras con un gesto de burla.  
-No importa, debemos ser muy cuidadosos. No olvide que su país es uno de los más avanzados en escuchas… Y los dos hombres salieron a la avenida que a aquella hora se encontraba en su mayor congestión y, por lo tanto, mas altos decibeles de ruido.  
-Mire, -dijo Dama Vand una vez se sintió seguro de que nadie lo escucharía-  como usted sabe mi país tiene problemas con Israel desde hace muchísimos años y estos problemas se vienen agravando por la sospecha de los judíos de que estamos fabricando armas nucleares. 
-Aja, dijo Aquiles, ¿y yo que tengo que ver con todo eso? 
- Es que hemos comprobado  que un equipo de espías del Mosad se encuentran  en su país espiando nuestra relación con el gobierno del presidente Chávez, que protege varios científicos nuestros. Sabrá que los judíos los quieren asesinar  pensando que de esta forma detienen nuestro programa nuclear.  Hasta la fecha  han  asesinado más de cinco o seis. Al paso que van no nos van a dejar ninguno. 
Aquiles interrumpió al extranjero. Tengo dos preguntas, le dijo con cierta prepotencia, que es eso de Mosad y que llama usted programa nuclear. 
Mosad es la policía secreta del estado de Israel, como el DAS de ustedes, pero inteligentes. Programa nuclear es  un programa para producir la energía que mueva turbinas y esas cosas. Pero lo verdaderamente importante es que hay que descubrir esa red de espías judíos, antes de que asesinen nuestros científicos…y -dijo mirando afanosamente hacia todo lado pegando su boca al oído de Aquiles-  desarticularla. 
Es incalificable la expresión de Aquiles cuando escucho esta última expresión. Sus ojos asombrados miraron al persa con enorme estupor 
-¿Que quiere decir usted con desarticularla? -inquirió el investigador  con voz notoriamente temblorosa 
-Eso exactamente, destruirlos, acabarlos, desaparecerlos, mejor dicho matarlos a todos sin dejar rastro de ningúno de ellos… 
-¿Y por que yo? 
-Señor Barreto hemos hecho una investigación de varios meses y entre múltiples investigadores usted fue seleccionado por nuestra policía secreta, la Vevak, para llevar a cabo esta misión. 
-¿Y por qué no uno de ustedes? - pregunto Aquiles profundamente atemorizado. 
-Debo irme – le dijo el iraní a Aquiles- ya llevamos demasiado tiempo en este lugar, alguien nos puede estar grabando, escuchando, fotografiando.  Usted  entiende lo que es el espionaje internacional. Espere mi llamada para una próxima cita…descuide yo conozco todo sobre usted…incluso su número celular-. El extranjero con gran agilidad atravesó la congestionada avenida esquivando toda clase de vehículos que a aquella hora se movían a gran velocidad. A Aquiles no le sorprendió que este hombre no hubiera esperado que el semáforo le diera la vía. En aquel momento, mientras se encaminaba de nuevo hacia El bocín de oro para encontrarse con su amigo Parmenio , su mente investigadora trataba de descifrar aquella frase pronunciada al final ´yo conozco todo sobre usted¨. 
Esto es muy extraño – dijo Parmenio cuando Aquiles termino de hacerle un prolijo recuento de su conversación con el iraní. Pero en su turbación no pudo recordar la nacionalidad del hombre, ni el nombre que le había suministrado y, menos aun, el nombre de la policía secreta a que pertenecía- habrá que esperar la llamada que anuncio– continuo diciendo  Parmenio-; sin embargo yo soy  partidario de que lleves el caso a la policía. 
-¿A la policía? Estas loco!. Y les digo que un hombre me abordo para que le ayude a un país del que no se el nombre . Entiendes eso?  Ayudarle a un país …si fuera a una viuda en problemas …pero quien me creerá la historia del país?.  Olvídate, esto lo tengo que resolver solo. 

Días después Aquiles caminaba por una céntrica avenida de la ciudad, donde abundaban los vendedores de calle dejando un escaso corredor para los transeúntes, cuando, súbitamente escucho que muy cerca de su oído le decían ”hoy a las cuatro en el Bocín de Oro”. Trato de hablarle pero ya el evasivo personaje se había perdido con gran facilidad entre la muchedumbre. No se puede describir el sobresalto de Aquiles ante este inesperado anuncio. En verdad su espíritu investigador  se encontraba a la espera de alguien que se presentara para que le aclarara el misterio que lo atormentaba desde el primer encuentro. Una hora antes de las cuatro Aquiles, camuflado con un sombrero gardeliano,  se había apostado en un punto afuera del Bocín de Oro, desde donde dominaba sin dificultad la entrada al establecimiento. Quería pasar de espiado a espía.  Esperaba sorprender al extranjero y de esta forma, sin duda alguna, -pensó- seria el quien en adelante tendría la sartén por el mango.  
-Que bien –le dijo por detrás  el extranjero a Aquiles cuando mas absorto se encontraba en la vigilancia de la entrada –veo que está poniendo en práctica sus conocimientos de espionaje. Aquiles miro con desconsuelo sobre su hombro y descubrió que el funcionario de gorra y traje de una empresa de energía,  que llevaba media hora revisando un tendido eléctrico a corta distancia, no era otro que el iraní con quien tenía una cita. Y continuo diciendo “busque una mesa en el lugar más seguro que en un momento estoy con usted”.  Aquiles entendió que esta era una orden perentoria que debía cumplir sin dilación. Ya en el establecimiento se ubico en la esquina  más oscura desde donde dominaba la puerta a la calle y las canchas de tejo. 
-Señor Aquiles –le dijo sin más preámbulos- quiero ser concreto y contarle en que consiste su misión. Le recordar que usted me conocerá como Dama Vand, trabajo para la Vevak,  policía secreta de mi país Irán.  He cumplido varias misiones especialmente en España y Suramérica. Ahora me encuentro tratando de destruir una red de israelitas que se encuentran en Colombia desde donde viajaran a Venezuela a asesinar unos científicos iraníes que se encuentran protegidos por el presidente Chávez. 
   Aja,- dijo Aquiles que permanecía absorto con la historia que le narraba Dama Vand – muy interesante pero no le creo nada de lo que me dice. No puedo creer que un policía secreto le cuente a un extraño su vida y milagros. Mejor écheme una de vaqueros. Siga diciendo  cual es la que usted llama ‘mi misión” 
El hombre esbozo una disimulada sonrisa, pero no hizo ningún comentario a la atinada observación de Aquiles. Y continúo de esta manera: Bien usted sabrá que Irán e Israel están desde hace muchos años enfrascados en una especie de guerra fría. Irán no reconoce la existencia de Israel como país e Israel ve con desconfianza el hecho de que Irán este desarrollando una industria nuclear; Israel está segura que lo que ellos construyen es una industria nuclear para la construcción de armas atómicas que no dudaran en descargar sobre Israel cuando lo consideren oportuno. Israel está decidida a que esa industria nuclear no prospere y para evitarlo han desatado una ofensiva de exterminio de nuestros científicos nucleares hasta el punto de que cinco o seis de los más importantes fueron asesinados en los últimos años. Nuestro país pidió ayuda al presidente Chávez de la República Bolivariana de Venezuela en el sentido de acoger con extremo secreto algunos de nuestros más importantes científicos nucleares para de esta manera evitar que los asesinen. Por eso en ese país hay una veintena de ellos trabajando en un lugar que solamente conoce un puñado de iraníes muy importantes como el ayatola Jomeini, nuestro Líder, el presidente Ahmadineyad y  tres o cuatro científicos que les sirven de enlace. El trabajo que hacen es absolutamente secreto, solamente lo conoce el director del proyecto cuyo nombre es desconocido hasta el presente y el director de la agencia atómica iraní el doctor Fereydun Abbasi-Davani. ¿Comprende la importancia de su misión? 
Aquiles permaneció en absoluto silencio durante unos segundos. Su rostro, mal afeitado que dejaba ver un racimo de pelos saliendo de sus narices, se contrajo casi en una mueca de sorpresa.  
-Aja  - exclamo meneando la cabeza y tratando de darle a entender a Dama  Vera que había captado perfectamente su papel en aquel intrincado asunto. Pero en verdad Aquiles no había entendido nada. Menos donde entraba el esto de cuestiones nucleares, científicos muertos, y extraños nombres que con excepción de Chávez, jamás había oído nombrar.  
-¿Pero cual es mi misión? volvió a preguntar Aquiles cuando comprendió que el persa no le había dado una respuesta concreta  a esta pregunta formulada unos minutos antes. 
-Su misión es muy clara, pero antes déjeme que le termine el cuento...resulta que sospechamos que el Mosad se ha enterado que nueros científicos se encuentran en Venezuela protegidos por Chávez. ¿Se toma algo, una cerveza, un tinto? -pregunto el extranjero.  
-Si, una cerveza. Ojala fría. 
La joven que atendió el pedido de Dama Vand deposito una cerveza y un tinto en la pequeña mesa que ocupaban los dos hombres que hablaban con extrema cautela en el rincón de aquel establecimiento de tercera categoría 
-Gracia bizcocho- le dijo Aquiles mientras le contemplaba las piernas con vello, calzadas con zapato pisa-huevos y medias tobilleras. La joven miro a Aquiles con algo de sorpresa y sonrió levemente mientras se dirigía al mostrador del Bocín de Oro.  Aquiles volvió su mirada hacia Dama Vand que pacientemente esperaba para continuar su narración. En la cara de Aquiles aun permanecía la sonrisa de conquistador cuando su mirada se encontró con la del iraní.
-¿Y?- dijo Aquiles un poco confundido al ver que el hombre esperaba que terminara su episodio galante- ¿En que íbamos?
-Le decía que parece ser que el Mosad sabe de que algunos de nuestros científicos se encuentran en Venezuela protegidos por Chávez y…-el iraní hizo una pausa y miro fijamente a Aquiles, reclamando toda su atención-…y parece que ha enviado, repito, parece que ha enviado unos cuantos agentes a asesinarlos.
-¿Asesinarlos?
-Sí, así como lo oye: asesinarlos. Recuerde que hace un rato le comente que ya han asesinado unos cuantos en Irán y en otros países. Nuestros agentes de la Vevak han detectado que al menos tres agentes secretos israelíes se encuentran en Colombia…
-¿En Colombia?
-Si, en Colombia, exactamente en la Guajira. Ya se lo había dicho.
-¡Aja!
-Más exactamente: se están movilizando con un gran sigilo entre Riohacha, Manaure, Uribia, en fin, esa franja  por donde se mueven los contrabandistas de gasolina. Muchas veces se transportan como turistas utilizando camionetas 4x4. Otras veces en buses de servicio público. Los hemos observado bañándose en las calurosas playas del Cabo de la Vela y cenando en los restaurantes de los hoteles de Riohacha. Acostumbran a reunirse en el malecón de Riohacha para que el ruido de las olas ahogue sus conversaciones. También los hemos detectado cuando pasan la frontera hacia Venezuela pero necesitamos a alguien que les siga el rastro mas de cerca, porque sospechamos que si no nos apresuramos nos pueden asesinar algún científico; pero tiene que ser un colombiano que pase desapercibido para ellos y, lo más importante, que tenga experiencia en seguimientos, camuflaje, y esas cosas que un profesional del espionaje domina. Alguien que este hombro a hombro con ellos sin que sospechen de él.
Aquiles supo en ese instante que esa era su misión.
-Supongo que esa es la misión que me tiene reservada, ¿No cierto?
-Si, de eso se trata. Hemos creído que usted puede ser ese hombre.
-Aja, exclamo Aquiles por toda respuesta. Pero cuando el iraní iba a continuar hablando lo interrumpió.
-Un momento, un momento, barájemela más despacio. Hay muchas cosas que deben ser aclaradas, primero yo trabajo con un banco y no pienso perder mi puesto por irme detrás de unos espías israelitas, -tomo un sorbo de cerveza-  segundo y más importante, nunca me he metido con cosas de crímenes, ese no es mi fuerte, lo mío son robos al banco, seguimiento a empleados sospechosos, interceptación telefónica, usted sabe: las comunes chuzadas, y esas cosas. Mientras Aquiles hacia su discurso el iraní mantenía una sonrisa en su rostro y lo miraba con algo de comprensión.
-Sí, comprendo. Pero todo eso se puede solucionar. ¿Por qué no hablamos de la remuneración? Mi país está dispuesto a pagar una buena suma a quienes nos ayuden a destruir esos agentes del Mosad.
-Aja, dijo Aquiles mientras se tomaba otro sorbo de cerveza y continúo: Yo jamás he matado a nadie y no lo pienso hacer ahora por ningún dinero. Eso jamás ha estado en mis planes. Es más, desde cuando salí del DAS no he tenido un arma en mis manos. Así que no cuenten conmigo.
-Lo entiendo, pero es que usted no va a matar a nadie. Nuestro interés es capturarlos  vivos y llevarlos a Terán para juzgarlos por el asesinato de nuestros científicos. Ese es nuestro trabajo.
-¿Y porque no los han capturado cuando están en el balcón?
Dama Vand se levanto de su asiento y dijo
-Malecón, malecón. Es un muelle que entra unos cuantos metros en el mar. Ya vengo, voy al baño.
Aquiles entendió la estrategia del iraní. Ahora lo dejaba solo para que meditara en eso de la remuneración y que ellos harían la parte sucia del asunto. “No entiendo- pensó - entonces ¿cuál es mi función en esto?
-Diez grandes- le dijo Dama Vand- cuando estuvo sentado nuevamente en la pequeña mesa donde ahora había un nuevo tinto y una nueva cerveza que había servido la misma muchacha de aspecto campesino y piernas sin depilar. Diez –repitió- sin siquiera dirigir su mirada a Aquiles. Tenga en cuenta que usted ya sabe demasiado sobre nosotros- le dijo mirándolo fijamente a los ojos- y eso no es bueno para nadie, menos para usted.
-¿Cuál nosotros?-alcanzo decir Aquiles- Yo no se un carajo de nada…
Pero en ese instante el iraní se levantaba  de su asiento y se dirigía hacia la puerta del establecimiento
-Diez, le dijo al levantarse del asiento- o …,   señalando la yugular con el índice de su mano derecha. Y antes de darle la espalda añadió: “espere mi llamada con la boca cerrada”

Aquiles llego a su pequeña vivienda de interés social, que todavía estaba pagando por cuotas, en un barrio de clase media baja de la capital. Esperaba ansiosamente contarle todo este episodio a Sagrario, su mujer que de un momento a otro debería entrar después de su trabajo como enfermera en el centro de salud a una hora de su casa, en uno de los barrios marginales de la ciudad. Su demora obedecía, sin duda, al torrencial aguacero que caía sobre la ciudad. Llegaría -pensó Aquiles- como siempre que llueve criticando el estado desastroso de las vías, que por la falta de pavimento se convertían en unos lodazales intransitables. Sentado en el viejo sillón, regalo de su suegro antes de morir, veía absorto en la televisión el partido de futbol que jugaba su equipo favorito al tiempo que acariciaba el perrito Pele, de raza French Poodle que permanecía sin inmutarse sobre sus piernas y que el le había regalado a su hijita Mireyita en su ultimo cumpleaños.
-¡Corra, hermano, corra por esa bola! ¿o es que quiere que se la traigan?-gritaba - Eso es falta aquí y en cualquier parte!…uy! este arbitro es un ratero miserable como no pita eso!...tienen que meter a Dago para que le de vida al medio campo!...uy!...¿será que ese van a dejar ganar de esos perros?
Pero la tranquilidad de Aquiles estaba interrumpida a ratos por el recuerdo de esa extraña conversación en que el Iraní lo amenazo de muerte si les negaba su colaboración. Por eso necesitaba hablar con urgencia con Sagrario, pues el sabia que, como siempre había ocurrido, con el solo hecho de narrarle el episodio el entraba en un estado de tranquilidad que le permitía pensar con más calma

-Mijo- grito Sagrario desde la puerta, mientras con medio cuerpo dentro de la casa agitaba el paraguas en el andén para descargarle una buena cantidad de lluvia. Sagrario era bajita y regordeta, pocos años menor que Aquiles, de pelo negrísimo y largo, que se peinaba a veces con una larga trenza o recogido en una moña a la altura de la nuca. -.Mijo, ¿estás ahí, ya llegaste?-continuo diciendo sin darle tiempo de responder.- ¿ya llego la niña?...Pregunto mientras ingresaba a la alcoba donde se encontraba su esposo frente al televisor.
-Si, aquí estoy hace rato, la niña llamo que esta con Tatiana haciendo una tarea.
-No me gusta que se demore en la calle…
-Mija, necesito contarle una cosa-le dijo Aquiles interrumpiéndola abruptamente.
  
   Aquiles le narro a su mujer con todo detalle los distintos encuentros que había temido con el iraní. Sagrario de vez en cuando lo interrumpía para hacerle alguna pregunta que Aquiles, la mayoría de las veces, las contestaba de mala gana. Pero sea lo que fuere, todo el tiempo la voz de Aquiles fue una voz que dejaba conocer el miedo que sentía ante esta absurda situación. No menor era el asombro de Sagrario pues para ella no escapaba la idea de que su esposo se hallaba en serio peligro de muerte.

-Mijo, le dijo Sagrario cuando su marido hubo terminado - ¿y qué significa ese gesto de llevarse el dedo al cuello?
-Eso, en el lenguaje de señas que utiliza el hampa, quiere decir “tuqui, tuqui Lulú”, que  es el anuncio de que lo mataran a uno si no cumple con lo que ellos le exigen.
-Que susto mijo, ¿Qué vamos a hacer?
-No se mija, no nos queda otra que encomendarnos a Dios Nuestro Señor, que es el único que nos puede sacar de este embrollo.

Aquiles y Sagrario ya se habían ido a la cama desde hacía más de una hora, pero continuaban comentando la aterradora situación en que se encontraban por culpa del iraní. Mireyita y el pequeño Pele también dormían desde hacía largo rato. Ya Aquiles se disponía a apagar la luz de su cuarto cuando los sobresaltaron dos suaves golpes en la perta en la calle. Eran golpes que dejaban entrever que solamente querían interesar a Aquiles, a nadie más. Pero el primero en escucharlos fue Pele que de inmediato comenzó a ladrar despertando a Mireyita, que corrió de inmediato al cuarto de sus padres. Aquiles mando la niña a su cama y se dirigió a la puerta a responder el llamado. Todos sus pensamientos le decían que era el iraní que venía a darle un ultimátum.

Pero no era el iraní, eran dos extranjeros de nariz aguileña, altos y de contextura fornida, de piel blanca y pelo rubio levemente ensortijado el uno y de pelo oscuro el otro que no le dieron tiempo de hablar, ya que fue el de pelo oscuro quien hablo primero, en el mismo instante que Aquiles abrió la puerta.
-Somos del Mossad –dijo el de pelo oscuro, mientras ponía un pie dentro de la casa e impedía de esta suerte que Aquiles cerrara la puerta-. Somos del Mosad dijeron los dos al tiempo y necesitamos hablar con usted inmediatamente.
-¿Qué quieren? ¿Qué necesitan? –alcanzo a mascullar Aquiles cediendo el paso a los dos intrusos que atropelladamente ingresaron a la pequeña sala, cerrando la puerta tras de si.
-Ya le dijimos que somos del Mosad.
¿Qué es eso?….no entiendo que necesitan –alcanzo a decir Aquiles antes de que el rubio le dijera con voz muy baja y amable: ¿Podemos sentarnos?  Pero ya estaban sentados en el diminuto sofá de dos puestos recostado a una de las paredes de la sala  y en el momento mismo que Sagrario entraba asustada ajustando una vieja levantadora y componiendo de alguna manera su pelo revuelto.
-¿Qué pasa mijo?- grito con una voz ahogada del terror que le producía ver esos dos hombres sentados en la sala de su casa. Pero su terror se hizo más intenso cuando vio la cara de espanto que tenia Aquiles. Pele no dejaba de ladrar a los extraños y Mireyita, con sus ojos descomunalmente abiertos lloraba en el rellano de la angosta escalera que conducía a las habitaciones del segundo piso.
-¡Calle al perro!- grito el rubio a Sagrario- ¡Y calle la niña!--volvió a gritar.
-¡Serénese señora que no les vamos a hacer nada, solamente venimos a hablar con el señor Aquiles! –dijo el de pelo oscuro.

Unos segundos después Sagrario, la niña y Pele se habían tranquilizado. Aquiles, sentado en un asiento de comedor tenía todavía su respiración agitada, y su voz todavía salía de su garganta con notoria dificultad.

Los dos hombres, después de tranquilizar la familia con voz suave y ademanes tranquilos le informaron a Aquiles que eran *katsas* del Mossad de Israel. Sagrario y Aquiles se miraron sorprendidos pues jamás en su vida habían oído hablar de katsas ni de Mossad, solamente sabían que Israel era un país localizado en un lugar del planeta que ellos desconocían, El de pelo negro, antes explicarles el significado de estas palabras se identifico como Aarón Sachs y su compañero como David Agnon. Y sin mayores rodeos agrego que katsas es el nombre que reciben los agentes secretos del servicio de inteligencia de Israel, llamado Mossad. Y añadió “Aquí les dicen tiras, entiendo”
 --Aja, -dijo Aquiles un poco más tranquilo-

--Ah, los tiras, -dijo Sagrario volteándose hacia Aquiles, ya totalmente tranquilizada, -así le decían a mijo cuando estaba en el DAS.
David aprobó con un leve movimiento de la cabeza la afirmación de Sagrario y  girando hacia Aarón le dijo con amabilidad pero a manera de orden dejando ver que él era el jefe: cuéntales de que se trata, tú hablas mejor el idioma que yo.

-Bien. Lo primero que le diré es que nosotros sabemos que usted se viene reuniendo con un agente de la Vevak, mejor dicho con un agente del servicio de inteligencia iraní al que nosotros venimos siguiendo desde hace algún tiempo. Es un individuo extremadamente peligroso, es un asesino desnaturalizado conocido en la Vevak como U32. Nadie sabe con certeza su nombre.
-
-Dama Vera, -dijo Aquiles intentando reforzar la historia que en ese momento les exponía el agente extranjero  y que tenia verdaderamente absortos a Aquiles y su mujer pues la hijita y Pele habían regresado a su lecho atendiendo una orden de su padre.
-¡Ah, si!, así se hace llamar en esta misión, pero, como le digo dentro de la Vevak es conocido como U32 o “el asesino silencioso” y gracias a esto otros con mas humor que yo lo llaman “colesterol” Lo cierto es que su verdadero nombre es desconocido para nosotros.
-Continua –dijo David algo molesto –no te detengas en detalles que se nos hace tarde.
-Claro dijo el katsa y continuo: nuestra presencia en su país obedece a que estamos llevando a cabo una misión ultrasecreta. Usted comprenderá que no le demos detalles sobre ella. Y es mejor para usted no saber mucho, pues de esa forma su vida estará más protegida…y volteándose hacia David le hablo en un idioma que para Aquiles y Sagrario era absolutamente desconocido. A lo cual el otro katsa hizo un ademan con la cabeza, que todos entendieron como una aprobación. Y continuó diciendo “nuestra misión se está viendo amenazada con la presencia de agentes iraníes tratando de establecer la razón del aumento de nuestra gente en Venezuela. Uno de esos agentes es U32 que desde hace varios meses está en la tarea de reclutar agentes nacionales para que les colaboren.

 Sagrario observo el reloj que colgaba en una pared de la sala y vio que marcaba las nueve y treinta de la noche. ¨No es tan tarde pensó¨ y dirigiéndose a Aarón que estaba más cerca de ella le pregunto:
- Perdón, ¿Su merced qué horas tiene usted?
-Las diez y treinta y cinco- repuso el del Mosad mirando su reloj de pulso y  sin siquiera mirarla. Y Sagrario pensó ¨otra vez se está atrasando, hay que cambiarle la pila¨
Mientras esto pensaba Sagrario, totalmente desvinculada de lo que ocurría en aquella sala, David Agnon le refería a Aquiles que ellos, los katsas, desde un tiempo atrás habían descubierto que U32 los seguía a donde quiera que fueran, utilizando diferentes disfraces.
-¿Qué es lo que dice mijo?- pregunto Sagrario tratando de actualizarse de lo que se había perdido por distraída.
-No mija, ¡despierte!. Póngale cuidado a lo que dice el señor.
-Fue así como descubrimos que U32 estaba tratando de reclutar nacionales para que nos hicieran seguimiento. Por eso decidimos ponernos en contacto con usted, Aquiles, -me permite llamarlo por su nombre ¿cierto?-  Como respuesta Aquiles movió dos o tres veces la cabeza de arriba hacia abajo-… Y el israelita continuo diciendo: debo informarle que estamos enterados de lo que planea U32 que usted haga y creemos que le irá mejor si trabaja para nosotros…
-¿Trabajar para ustedes?- pregunto Aquiles interrumpiendo a David y dejando ver que aquella extraña propuesta lo llenaba de terror- …yo ya trabajo para un banco y no estoy buscando puesto…además, no entiendo que es lo que pretenden ni ustedes ni el  tal U32.
-Aquiles, entienda, si trabaja para nosotros, nosotros le brindaremos protección, porque de lo contrario su vida corre peligro, pues o lo mata U32 por no colaborarle o lo matamos nosotros para quitarlo de nuestro camino.
-¡Es cierto! –dijo Aarón- ¡Muy cierto! –volvió a decir mirando a David, que en ese momento observaba la hora en su reloj
-¡Jesús Credo! ¡Ave María Purísima!- exclamo Sagrario apenas escucho la terrible amenaza que proferían los katsas  contra su marido, a quien le brotaba de todos sus poros un sudor frio que lo obligo a abanicarse con la levantadora estampada con imágenes de balones de futbol, regalo de Sagrario en su último cumpleaños.
-¿Y porque no lo matan ustedes y se acaba con todo este embrollo?
-Buena pregunta, dijo Aarón. Lo que pasa es que nosotros no podemos matar extranjeros así como así en este país. El embajador no nos ha autorizado todavía.
-¿Cuál embajador?- pregunto Aquiles poniendo cara de sorpresa, pero, a decir verdad, ya se imaginaba la respuesta.
-El de los Estados Unidos, por supuesto- respondió Aarón, mostrando su extrañeza de que Aquiles desconociera quien daba las órdenes en su país.
-Bueno…-alcanzo a decir David y antes de terminar la frase Aquiles se había ya levantado de su asiento con algo de satisfacción en su rostro, que hasta ahora solamente mostraba signos de preocupación y desconcierto. –No todavía no nos vamos, entienda que antes debemos terminar esto solamente quiero saber que decisión toma sobre nuestra propuesta.
--Pero…pero- exclamo Aquiles. Sagrario, que no había puesto mucha atención a lo que los katsas proponían a su marido, rezaba Padre Nuestros y Aves Marías uno tras  otro, y le pedía a los muchos santos de su devoción que los sacara de aquella situación tan embarazosa en que se encontraban. Sagrario indudablemente se encontraba en estado de shock.
--¿Pero que, Aquiles?...usted me autorizo a llamarlo por su nombre ¿cierto? Aquiles movió la cabeza en señal de asentimiento.
--Pero nada-- continuó diciendo el katsa--, espero su respuesta maña antes del anochecer. Y mejor para ustedes que sea positiva.

Los israelitas se levantaron al unísono e improvisaron una ceremoniosa despedida con frases de cajón como que tengan buena noche, que duerman, felices sueños, etc. y abandonaron la casa de los Barreto dejando a Aquiles hondamente preocupado y a Sagrario anegada en llanto.

Pero Aquiles permaneció algunas horas despierto en su lecho mientras Sagrario dormía profundamente. Después de unas pocas horas lo despertó el brusco movimiento de su mujer al abandonar la cama en busca de Mireyita a quien el tiempo ya le era escaso para salir al estudio.

--Mija –le dijo a su mujer esbozando una franca sonrisa—tengo un plan.
--¿Qué plan?
--Para deshacerme de esta gente
--¿Cuál es?
--Nadie puede saberlo, solo yo. Y no hablemos más de éste asunto.

Inmediatamente se dirigió al computador y comenzó a buscar en Youtube videos sobre pueblos cercanos a Bogotá. Finalmente se detuvo en uno y anoto la dirección URL en un papel: 

Cuando su mujer hubo salido para acompañar la niña al colegio Aquiles tomo su teléfono e hizo dos llamadas, en cada una de las cuales leyó a su interlocutor la dirección URL que tenia anotada en un papel.

Dos días después, al medio día,  Aquiles se sentó ansioso ante su viejo televisor a escuchar las noticias. Y el noticiero abrió así: dos extranjeros muertos y un capturado por la policía en Tenjo, Cundinamarca, a cuarenta kilómetros de Bogotá. Por motivos aún desconocidos ayer a las ocho del anoche se presento una fuerte balacera entre tres individuos, un iraní y dos israelitas. En la refriega falleció de un balazo en la cabeza uno de los israelitas y el iraní por una bala que le atravesó el pulmón. El iraní llego muerto al hospital de Tenjo. Una niña de nueve años fue herida por una bala perdida, pero afortunadamente se encuentra fuera de peligro. Manténganse en sintonía que seguiremos informando. Sigan ustedes en estudio.

Y Aquiles sonrió con algo de picardía mientras cambiaba al canal que transmitia un partido de futbol.