Diálogo en la infernal llanura
Al amparo de una pequeña
caverna que destila agua hedionda, en “la infernal llanura de los muertos que
todo lo oculta” (1), una pequeña sombra despeinada se agita en apasionado
discurso ante una multitud frenética de sombras que lo admiran. Lentamente, como
quien oculta un terrible temor, una sombra atraída por los gritos de la
multitud, se acerca envuelta en una túnica para escuchar el apasionado discurso
del pequeño orador. Habla del odio como motor de las pasiones. Habla de la
perseverancia en los propósitos, habla de la soledad como notable compañera.
Habla sin cesar mientras las sombras en éxtasis lo escuchan con mirada vacía
dirigida hacia la fétida caverna. La sombra de la túnica esta ahora a pocos
pasos del orador; las manos que se agitan con vehemencia tocan casi el gorro
que le cubre la cabeza tonsurada. Las frases que escucha llegan a lo profundo
de su cerebro. Piensa que esta sombra robo su discurso de odio. No puede
resistir la tentación de interrogarlo.
-¿Quién fuiste, sombra que ocultas tu rostro
en esa caverna hedionda? Tus palabras
las dije yo alguna vez. Tus incitaciones al crimen también las pronuncie en mi
época de inmenso poder. ¿Quién fuiste, dime, quien fuiste sombra?
- Quieres saber mi nombre, tú que ocultas
tu rostro detrás de esa capucha de fraile. Te diré el nombre que me acompaño
durante mi existencia humana; pero tú me dirás el tuyo ya que dices que robe
tus ideas. Y te reto a que ante esta concurrencia busquemos la verdad. Pues no
alimentó mi cerebro discurso distinto que mi propia experiencia.
-Acepto la oferta que me haces de aclarar
ante la concurrencia quien es el dueño de las ideas y de los métodos que defiendes. Pero debo
anticiparte que en mi no había odio, ni había ira como brota del tuyo. Sin
embargo, las ideas son las mismas. Dime sin más dilaciones tu nombre.
-Esta bien, debes saber que yo fui Adolfo
Hitler, gobernante de Alemania, pero hijo de Austria. En el siglo XX perseguí a
los judíos y a los gitanos y……
Un profundo murmullo se
escucho en la llanura. Las sombras se agitaron al oír aquel nombre sin
permitirle que terminara su presentación. Entonces la otra sombra grito
acallando el murmullo.
-Yo fui Tomas de Torquemada, fraile
dominico, confesor de la reina Isabel, y Gran Inquisidor. En el siglo XV juzgue
a los judíos conversos y a los herejes y….
Un nuevo murmullo impidió que
terminara su presentación.
-Tú- continuo el fraile levantando las
manos con lentitud y con ademán piadoso para silenciar las sombras- no hiciste
otra cosa que imitarme.
-Jamás imite a nadie. Acepto que teníamos
propósitos similares. Yo quería borrar de mi patria a los judíos mientras tú,
ya lo dijiste, querías eliminar a los conversos, y terminaste por desterrarlos
a todos.
-Te equivocas,- respondió el dominico
volteándose hacia la multitud- me entiendes mal. Comienzas a usar tu dialéctica
perversa. Mi interés era llevar la salvación a las almas de aquellos judíos que
habían acogido las enseñanzas de Cristo, pero seguían practicando la religión
de esos deicidas. Yo no podía permitir que esas almas se perdieran, era mi
obligación salvarlas. En cuanto al destierro de los judíos de España, fue obra
de mis Soberanos.
-Detrás de todo eso- grito Hitler,
acallando la dulce voz del fraile-, está tu odio a los judíos. La verdad es que
eras antisemita como yo, pero fuiste un hipócrita y le hiciste creer a tus
Soberanos que era un asunto religioso, y no político. En cambio yo siempre le
hable a mi pueblo, a mi soberano, con franqueza. Desde un principio dije que el
pueblo judío debía ser erradicado del suelo germano. No trates de engañarme,
Torquemada, responsabilizando del destierro de los judíos a tus Soberanos.
Fuiste tú, monje mentiroso, quien con artimañas persuadiste a Fernando e Isabel
de desterrarlos.
Muchas sombras de judíos que habían sido expulsados por los Reyes
Católicos de España daban feroces gritos de odio: “Infame, canalla, miserable”.
Torquemada desconoció los gritos contra el y hablo así con voz pausada.
-Nunca dijiste a tu pueblo, con entera
claridad, de donde provenía tu odio a los judíos, pero yo creo saberlo. ¡Oh,
Dios del cielo, exclamo el dominico! -- Tu abuela María Anna Schickelguber tuvo
tratos indignos con el judío Frankerberger de Graz y eso te hace nieto de
judío. ¿O si no, dime, porque el judío entrego una pensión a tu padre
Alois? Tu verdadero apellido no es el
alemán Hitler sino el judío Frankenberger. Eso hace que tu nombre verdadero sea
Adolf Frankenberger…….
Ah! Exclamo la muchedumbre de
sombras, admirada por la revelación que acaban de oír.
-Mientes miserablemente- dijo Hitler
arrebatando las palabras al fraile, mientras peinaba el mechón que caía sobre
su frente – Ya empiezan a aparecer tu
plática de mentiras y calumnias. Antes que un orador convincente como fui yo tú
fuiste un miserable calumniador. Toda tu pestilente organización estuvo
soportada por la mentira, la calumnia y el engaño. Eso que dices son inventos
de los periódicos de los judíos que me odiaban. Pero no puedes negar que tú,
Torquemada, si eras descendiente de judíos conversos, de los mismos a los que
perseguiste sin tregua ni clemencia.
-No niego mi ancestro de judíos, como tus
niegas el tuyo- dijo con sus acostumbrados dulces gestos el fraile-. Pero
supimos, alabado sea Dios, acoger con sinceridad la verdadera fe y apartarnos de la
condenación eterna de nuestras almas si hubiéramos continuado en la práctica de
esa religión equivocada.
Adolfo Hitler dio unos pasos
hacia el monje que lo obligaron a retroceder, quería hablarle directamente a las
vacías cuencas de los ojos del fraile. Las sombras quedaron en silencio
esperando el desenlace de la afrenta que
el germano le propinaba al español
-Vuelves con mi ancestro de judío, fraile
calumniador, recuerda que yo le pedí a mi abogado personal Hans Frank que se
trasladara a todas las ciudades que habito mi familia, y especialmente mi
abuela, para establecer la verdad en este bochornoso asunto.
-¿Y que encontró tu abogado personal? -
respondió Torquemada haciendo énfasis en abogado
personal- No creo que se atreviera a poner en evidencia tu ancestro judío cuando ya por esa
época llevabas no menos de un millón de judíos pasados a las cámaras de gas. Es
seguro que el no querría ser rociado con el gas de la muerte. ¿O lo hubiera
perdonado?
-Usted- le grito airado el germano_ no
tiene derecho a hablarme de perdón. Ni usted ni su pestilente organización
tenían por costumbre perdonar. La mayoría de las personas que caían en la red
de la mal llamada Santa Inquisición terminaban pagando largas penas de prisión
o lo que es peor en la hoguera. No perdonados y en el seno de sus familias.
-Solamente los que merecían el perdón eran perdonados.
-respondió el fraile con dulcísimo voz-. Pero le aclaro que jamás condenamos a
nadie a la hoguera. Entregábamos al culpable de herejía y otros crímenes a los jueces seculares. Y esos si los
condenaban a la hoguera, nosotros no.
Entre la multitud se escucho
de nuevo el largo murmullo, esta vez acompañado de risas y de burlas. También
se escucharon gritos de dolor pues no pocas sombras habían sido victimas de
esos juicios y sus infames condenas.
-Ah ¿si? –Vocifero con furia la sombra del
germano- Yo bien se que la pestilente Inquisición no los quemaban directamente,
todos aquí lo sabemos, pero los entregaban hipócritamente a la organización de
justicia secular como culpables para que ellos les aplicaran la infaltable pena
de la hoguera. No pueden negar su culpabilidad en esos crímenes, especialmente
porque era el resultado de unos juicios donde el acusado nunca obtenía el
perdón. Si para salvarse confesaba su delito no cometido, era condenado por
hereje, si no confesaba era condenado por tratar de engañar al Santo Oficio. Y
entre tanto se les aplicaban inhumanas torturas….
-La tortura era perfectamente valida, -
dijo calmadamente Torquemada- todos los países la practicaban. Y la mayoría de
ellos llegaban hasta la muerte del torturado. En cambio nosotros en la Santa Inquisición no llegamos
jamás a la muerte del torturado. Teníamos limites impuestos por nuestro
soberanos y por el Papa: el torturado no podía morir en la tortura, esta debía
ser aplazada hasta cuando su estado de salud permitiera continuar el proceso.
En cambio usted, dictador infame, no juzgo a ningún judío, ni a ningún gitano,
no acuso a nadie de delito alguno. Todos pasaron de sus hogares a sus
campos de concentración y de allí a las cámaras de gas, donde diariamente
morían centenares.
La muchedumbre grito con
fuerza tal que impidió que el fraile continuara su calmada exposición. De entre
la multitud de sombras se escucho un fuerte grito de ¡asesino! Era una victima
de sus juicios, que había sido arrancado del seno de su familia y enviado a la
hoguera para salvar su alma. El Dictador germano se dirigió a las sombras que
se hallaban en la planicie y con su
profunda voz dijo, dándole la espalda a Torquemada
-No es tan horrible como usted quiere
hacerle creer a esta muchedumbre que nos escucha. Estamos hablando de la muerte
del acusado. Usted defendía la muerte para salvar el alma y yo la aplicaba para
salvar mi patria…..
Todas las voces se callaron. Un profundo
silencio se dejo sentir en la multitud
de sombras. Algunas voces aisladas gritaron ¡asesino! Eran los que habían muerto en los
campos de concentración del germano. Atrás, casi escondida, una sombra levanto
su brazo y grito: ¡Heil Hitler!
….para mi tengo –continuo
Hitler gritando con voz ronca y levantando el brazo para saludar a su áulico -
que la patria es lo mas importante que un ser humano puede tener….¡Heil Hitler!
Se volvió a escuchar. La patria esta por
encima de la religión- continuo diciendo-. La patria es una realidad tangible
mientras que el alma no es real, nadie ha demostrado su existencia. Uno debe
morir por la patria, no por el alma. Eso es una estupidez….
-¡Nosotros somos almas! – gritó Torquemada
levantando la voz por primera vez y perdiendo su habitual compostura- Nosotros
somos almas, repitió, pero ahora bajando la
voz y convirtiéndola prácticamente en un susurro, casi a punto de
irrumpir en llanto.
¡Alabado sea Dios! Grito una
sombra que estaba recostada a una roca y que dejaba ver la amplia tonsura de
los frailes dominicos, ¡Alabado sea Dios!- volvió a decir.
-No, no somos almas, - gritó Hitler
repitiendo su acostumbrado ademán de arrogancia, crispando los dedos de su mano
derecha. -Solamente sombras que habitan en la mente de alguien. Todo tu trabajo
fue estéril, Torquemada. No salvaste ni una sola alma, si es que acaso existe
el alma, ni siquiera la tuya,
Torquemada. De no ser así no te encontrarías en la infernal llanura.
La muchedumbre silenció un
grito que empezaba a formarse aprobando lo que el dictador germano acababa de
decir. Torquemada miro al piso como tratando de esconder la vergüenza y
respondió con voz pausada:
- ¡Dios del cielo! - Más estéril fue el
tuyo, Adolfo Hitler. El pueblo judío sigue sobre la tierra, todavía son grandes
comerciante, banqueros del planeta, hijos de Dios. Gobiernan el mundo con su
riqueza. Parece ser que el holocausto que provocaste los despertó de un sueño
de siglos y hoy transitan por el planeta ejerciendo el enorme poder que les dan
sus genes. Y no puedes negar que ahora tienen más poder que en tu época, cuando
quisiste desaparecerlos. Gobiernan de la mejor manera que existe: gobernando
los gobernantes.
Torquemada, cansado del largo
debate y agobiado por sus 78 años, dejó caer su brazo en el hombro del dominico
que había dejado la roca para posarse a su lado y servirle de soporte. Su interlocutor, de 56 años, vigoroso
y fuerte, miraba al anciano con odio profundo y gesticulando como siempre le
grito tratando que su atronadora voz doblegara al fraile:
-Vuelves a estar equivocado, o mejor,
mientes sin ninguna vergüenza. No es cierto lo que dices, y dirigiéndose a las
muchísimas sombras que colmaban la llanura, Hitler dijo. -- No le creáis a éste
hijo de Satanás, pues miente cuando dice que busque eliminar los judíos de
sobre la tierra. No fue nunca esa mi intención. Solamente quise erradicarlos
de los pueblos germanos, y evitar que
continuaran haciendo daño en las naciones que mis ejércitos conquistaban. Deben saber que en un principio vi al pueblo
judío como los practicantes de una religión que yo desconocía y que me eran
indiferentes; luego, al estudiar las cuestiones políticas, descubrí que detrás
de su religión se ocultaba el sionismo, peligroso movimiento político aliado
del comunismo, enemigo del pueblo alemán a quien ellos querían sustituir. Era
cuestión de ellos o nosotros.
-Patrañas, respondió el dominico mirando al
suelo y sin retirar su brazo del hombro del fraile que utilizaba de bordón,
patrañas, repitió. --Nunca pudiste encontrar una explicación a tu odio a los judíos
distinta de acusarlos, sin fundamento alguno, de que querían apoderarse de
Alemania, de su estrecho vinculo con la Social Democracia , de su falta
de nacionalidad germana…entelequias, nada mas que entelequias para vengar tu
sangre judía.
El Dictador quiso hablar,
pero el murmullo de la multitud no se lo permitió. Miles de voces le gritaban
¡Silencio asesino, vuelve a tu cueva!
El Dominico supuso que podía
continuar su discurso pero un coro de miles de voces lo silenciaron gritándole
¡Fuera asesino, fuera!
Las dos sombras se marcharon
cada una por su lado, con las cabezas en alto, dejando ver el germano un mechón
de pelo negro sobre su frente y el dominico una enorme tonsura.
Diego Castaño Nicholls
Febrero 2 de 2006
(1) Sófocles, Edipo en Colona
El Cuadro Robado
-¿Alo?,
-¿Con quién?
- Con el investigador Aquiles
Barreto.
-Señor Barreto habla con la
asistente de la secretaria privada del embajador de Japón.
-¿Ah, si? no jodas .Entonces
yo soy el presidente. Dejémonos de vainas que estoy muy ocupado. ¿De qué se
trata, ahhhh?
-El señor embajador le quiere
hablar. Ya se lo paso.
Breve silencio. Aquiles,
expectante, permanece al teléfono
-¿Aluuúú? ¿Quién hablal allá?
-Aquiles Barreto. ¿De qué se
trata?
-Hablal el embajadol Yushio
Ozawa. Señol Baleto, nosotlos sabel usted sel glan investigadol de lobos a
bancos. Nosotlos tenel lobo de valioso cuadlo y quelel atlapal ladlon plonto. Yo quelel hablal pelsonalmente
con usted. ¿Se puede?
-¿Y yo como saber, digo …como
se que usted si es el embajador y no un farsante?
-Búsque númelo embajada en
dilectolio telefónico y llámeme. Espelo su llamada, señol Aquiles.
Aquiles dejo escapar un sonrisa de
escepticismo, se recostó en su muy deteriorado asiento, le bajo el volumen al
partido de fútbol que estaba escuchando y pensó que nada perdía con marcar un
número telefónico para ver a que conducía toda esta patraña.
-Buenos días. Usted esta
comunicado con la embajada del Japón ¿En
que le podemos servir?
-Por favor comuníqueme con el
señor embajador
-¿Quien lo necesita?
-Aquiles Barreto, inves…..
-Ah don Aquiles… el embajador
esta esperándo su llamada. Ya se lo paso.
-Oh doctol Aquiles como le
agladezco que me llame.-El investigador Aquiles se quedo estupefacto al
comprobar que realmente estaba hablando con el embajador de la segunda potencia
del mundo, pues en siete años de servicios al Banco Supremo jamás había hablado
con el presidente de esa institución. –Yo hablal muy mal el español –continuo
diciendo el embajador- pol favol venil a embajada y hablal con mi homble de
confianza…pleguntal pol señol Molita, el infolmal todo del cuadlo lobado. Es muy
impoltante pala nosotlos. Aquiles escasamente entendía la pronunciación del
embajador pero logro entender con dificultad que fuera a la embajada y
preguntara por el señor Molita.
El embajador se despidió muy
ceremoniosamente y Aquiles permaneció durante unos segundos en estado casi
catatónico. Al recuperarse del trance en que se encontraba se preguntó
-¿Qué diablos es ésto? ¿Era
ese señor el embajador del Japón llamándome a mí para una investigación? Tiene
que ser porque yo marqué el número del directorio y me contestaron de la
embajada. ¿Voy o no voy? esa es la cuestión. ¿Le cuento a mi jefe o no le
cuento? No debo contarle porque me llamaron a mi y no a él. Durante largo rato
Aquiles continuó debatiéndose en un montón de dudas y al fin decidió que al
terminar su jornada de trabajo iría a entrevistarse con el señor Molita.
La recepcionista era una Japónesita
amable y sonriente que inmediatamente hizo venir al señor Molita cuyo
inconfundible aspecto era el de los oriundos de ese pais: pelo negro y lacio,
ojos rasgados y mediana estatura.
-¿Señor Aquiles?– le dijo con
perfecta pronunciación castellana- lo estaba esperando. El señor embajador me
pidió que le contara todo sin ocultarle nada. Vamos a mi oficina.-Y lo condujo
a una amplia oficina que daba al hermoso jardín interior de la embajada. Se
sentaron en sillones de cuero, uno frente al otro. Enseguida entro una camarera
que le ofreció té de jazmín que Aquiles acepto de inmediato.
-Los jazmines llegan desde
Kyoto por encargo del señor embajador. Para aclararle las dudas, pues entiendo
que usted es extremadamente perspicaz, la importación es absolutamente legal,
aunque engorrosa.
Aquiles solamente sonreía y por su mente
no había pasado ninguna idea referente a la importación de jazmines.
-Bueno Aquiles , vamos al
grano, puedo llamarlo por su nombre ¿no cierto?
-Claro que sí.
-Resulta que la semana
pasada, el jueves para ser exactos fue sustraído de la oficina privada del
señor embajador el valioso cuadro…que digo, valiosísimo cuadro “Yakumo no
Chigiri” del reconocido, pintor Japónés del siglo XIX Eisen Tomioka, importante
representante del estilo Shunga. Mide 38.75 cms de ancho por 26.25 cms de alto
y como todos los cuadros de la escuela Shunga es un grabado erótico. El precio
del cuadro es de varios millones de dólares pero un ignorante en arte lo
vendería por unos pocos dólares. Sería una perdida irreparable para el Japón.
Usted debe recuperar ese cuadro. El señor embajador tiene plena confianza en
usted. Ah, otra cosa, por instrucciones del señor embajador no se le ha
informado a las autoridades del país. Usted entiende, detrás de las autoridades
vendría la prensa y se sabría el valor real y la importancia del cuadro para el
Japón. ¡Ahí sí que no lo volveríamos a ver! Le ruego que no comente con nadie
este desagradable suceso. He hablado mucho, le ruego que me disculpe…¿tiene
usted alguna pregunta?
-Si, ¿Dónde aprendió tan bien
el español?
-Ah si, ya veo: en mi pueblo
Yacuanquer.
-Pero lo habla usted
excelente. Debe haber una magnífica academia de idiomas allá…Es que los
Japóneses….!
-Yacuanquer queda en Nariño,
Aquiles en Nariño.
¡Ah carachas! Exclamó Aquiles
que no salía de la sorpresa ante la inesperada respuesta. Entonces ¿a qué debe
su apellido Japónés Molita?
-No es Japónés, ni es Molita.
Me llamo Isauro Mora, me dicen cariñosamente Morita, y como a ellos les da
trabajo pronunciar la ere me quede en Molita. Usted me dirá por donde va a
comenzar la investigación. Puedo decirle que por dinero no se preocupe, su
trabajo será recompensado generosamente. El canciller autorizó una gruesa suma
de dinero para quien recupere el cuadro.
Aquiles no salía de su asombro. Un sudor
frio recorría todo su cuerpo. En realidad no tenía ni la más remota idea de por
donde comenzar la investigación.
-Me gustaría hablar con el
señor embajador- le contestó sin saber por qué.
-Eso si va a estar difícil
hoy porque el señor Ozawa estará todo el
dia con el presidente de la República. Usted sabe: por el asunto ese del metro
que los Japóneses quieren construir en Manizales.
-Entonces con el portero-
respondió de inmediato Aquiles
-¿Con el portero? ¡Que
extraño! Usted es un investigador impredecible . Yo pensé que comenzaría como
en las películas…revisando la escena del crimen…pero bueno si usted quiere…
-¡No, no! precisamente estaba
por decirle que prefería hacer un recorrido por la escena del crimen.
-OK, lo llevare a la oficina
auxiliar del señor Ozawa. De allí fue
sustraído el cuadro. Por favor sígame.
La oficina auxiliar del embajador era un
pequeño cuarto adjunto al despacho principal. En el suelo había un pequeño
colchón con una extraña almohada en forma de rodillo donde el embajador
reposaba después de sus frugales almuerzos. Adosado a la pared un mueble de dos
cuerpos, en madera, que iba de extremo a extremo. En los compartimientos
superiores había libros y porcelanas, en los inferiores cajones de muy variados
tamaños, que iban en hilera hasta el piso. Era, sin lugar a dudas, una
extraordinaria obra de carpintería fina.
-De aquí fue descolgado el
cuadro por el ladrón- le dijo Molita a Aquiles mientras le señalaba un clavo en
la pared encima del rodillo que servia de almohada al embajador.
¡Ajá!- exclamo Aquiles
-Lo extraño en todo esto es
que a este cuarto son muy pocas las personas que tienen acceso
¡Ajá!- volvió a exclamar
Aquiles-¿y quienes son?
-Bueno pués sin ser invitados
por el señor Ozawa entra la aseadora, pero entre las seis y siete de la mañana.
Los demás tienen que ser invitados por él: entre ellos la secretaria, cuando la
llama por el intercomunicador, el chofer cuando lo hace venir a recoger el
maletín o cuando viene a dejarlo, y yo, pero muy esporádicamente. Se puede
decir que este es un cuarto ultraprivado del señor Ozawa.
-Ajá, ya lo veo- dijo Aquiles
mientras tomaba de la pared-mueble un hermoso jarrón de porcelana que por poco
se escapa de sus manos ante la exclamación de Molita “por favor, no la toque,
todos son de la dinastía Ming”
Temblando como un ratón acorralado,
Aquiles devolvió la porcelana a su lugar.
-Dice el señor Ozawa que
perteneció al emperador Jingtai, el que encarceló a su hermano el emperador
Zhengtong….usted sabe…
¡Ajá!,-exclamo Aquiles sin
entender nada de lo que decía el señor Molita.
-Pero tranquilícese, al morir
Jingtai Zhengtong volvió ser emperador hasta su muerte.
-¡Humm!- dijo Aquiles
absolutamente despistado, pues no había entendido nada de lo que Molita le
decía.
-Bueno –dijo Aquiles- creo
que es suficiente por hoy. Me gustaría organizar mis ideas para ver de qué
manera oriento la investigación. Si usted no tiene inconveniente mañana regreso
para iniciar los interrogatorios
-Esta bien, talvez mañana
pueda usted hablar con el señor Ozawa.
Pero Aquiles no se retiro
inmediatamente de la edificación. Decidio escudriñar sigilosamente algunos de
los sitios que sospechaba el ladron había utilizado en su recorrido después de
sustraer el cuadro. recorrió los cuidados jardines exteriores, miro con sigilo
las amplias fachadas de la enorme casa, sede de la embajada, visito el estanque
donde las carpas danzaban su eterna danza d e idas y venidas. Pero a pesar del
enorme interés que ponía en cada revisión nada sospechoso encontró el pequeño
investigador. Todo en aquel lugar estaba en su sitio manteniendo un notorio
orden prefijado por la mano de meticulosos empleados. Aquiles, entonces, se
marcho.
-Aquiles, carajo, ¿es que
esta sordo?- le grito la señorita Maria Helena, secretaria de su superior,- ¿no
oye que lo estoy llamando? ,…¡que pase a la oficina del jefe!
El investigador, en ese
momento, escuchaba en un diminuto radio el programa sobre futbol “Las Primas Donas” y nada en el
planeta lo sumergía en una concentración igual a la que alcanzaba con este
programa en que tres locutores
vociferaban sobre los partidos de futbol y que Aquiles jamás dejaba de oír.
Sin retirar el radio del oído
llego hasta la puerta donde se detuvo un instante para escuchar unos
comentarios sobre un dudoso gol en uno de los partidos del día anterior.
-Aquiles, carajo, lo mande
llamar hace rato,
-Doctor …es que…
-Nada…seguramente esta pegado
de ese radio oyendo futbol…
-No doctor, como se le
ocurre.
-Bueno …bueno. El presidente
ordeno que continúe con la investigación esa en la Embajada de Portugal…
-Del Japón, interrumpió
Aquiles, con la voz temblorosa, mientras trataba de establecer por qué el presidente del banco sabía de su
investigación, que al parecer se convertía en un trabajo más del banco .
-Donde sea, carajo, …ah, y
después hablamos sobre este asunto.
La pequeña figura de Aquiles
abandonó la oficina caminando hacia atrás, sin retirar la vista de su superior,
que sin ocultar su cólera hacía el ademán de buscar unos documentos entre los
papeles que reposaban sobre el viejo escritorio de estilo clásico, pasado de
moda, herencia del primer presidente del banco, cincuenta años atrás.
Cuando Aquiles se presento a
la embajada todos los funcionarios se encontraban en sus puestos desde hacia
dos horas, menos el embajador que a esa hora jugaba golf con el embajador de
los Estados Unidos en un exclusivo club a las afueras de la ciudad y
comentaban, en voz muy baja y en inglés, el incidente del cuadro.
-Pero Yushio-le dijo el
embajador Martin Paterson, que en ese
instante se disponía a hacer un lanzamiento en el hoyo siete- ¿Cómo fuiste a
pedir colaboración a un banco si nosotros te podíamos haber ayudado con la CIA
o el FBI? Tú sabes que en éste país tenemos tantos agentes secretos como en
Europa durante la Guerra Fría.
-Si, lo sé, - respondió el
japonés con una amplia sonrisa- pero eso es lo que me da temor: todos esos agentes
tuyos metidos en mi embajada. Pero si el señor Barreto no me da resultado
buscare tu colaboración.
Al mismo tiempo Aquiles y el
señor Molita estaban reunidos en una de las salas privadas de la embajada.
Aquiles con una indescriptible expresión de sorpresa, observaba algunos de los
pequeños cuadros que colgaban en la pared. U observaba la perfecta figura de
rasgados y brillantes ojos negros, de Takako que le serbia con exquisita
ceremoniosidad un té de jazmines.
- Son de estilo Shunga, como
el robado –dijo el señor Molita- tratando de traer a Aquiles a la conversación.
Cuenta el señor Ozawa que con esas imágenes enseñaban educación sexual hace
varios siglos. Seria bueno que comenzáramos a trabajar. ¿Puedo saber su plan o
prefiere no comentarlo?
-Ah!- exclamo el
investigador- sin salir de su asombro y sin retirar su vista de los cuadros, ni
de Takako. Si, claro, me gustaría hablar con el señor Embajador.
-Lamentablemente el embajador
nos aviso que solamente vendrá en las horas de la tarde. Si le puedo ayudar en
algo, por favor dígame. Daré instrucciones de que le presten la colaboración
que necesite.
-En ese caso me gustaría
hablar con la aseadora de la Embajada -dijo Aquiles sin siquiera saber por qué
pedía la presencia de esa funcionaria.
-La señora Atsuko no habla
español, solamente Japonés. ¿Quiere que el intérprete oficial los acompañe?
-No, no hace falta. Entonces
con la secretaria del embajador-dijo Aquiles inmediatamente.
Aquiles corrió a continuar
observando los grabados Shunga cuando el señor Molita salio en busca de la
secretaria del embajador. Esto –pensaba- es pornografía pura …¿a quién se le
ocurre robarse semejante cosa?...¿dónde diablos cuelga uno un cuadro como
estos?
Sus cruentas criticas fueron
interrumpidas con la entrada de una mujer de mediana edad y corta estatura, de claros rasgos orientales
pero vestida con indumentaria occidental que inclino levemente su cuerpo ante
el investigador, que se sonrojo al verse sorprendido observando aquellos
grabados.
-¿Necesitalme usted, señol?
-¿Es usted la secretaria del
señor Ozawa?
-Sí, yo sel.
-¿Cuál es su nombre?,
pregunto Aquiles mientras se escarbaba un oído con la punta de un esfero.
-Michiko,
-Muy bien señora Michiko,
¿Qué sabe usted del cuadro?
-Que se lo robaron, señol
-Ajá –repuso Aquiles,
mientras con las manos en el bolsillo subía su pantalón, algo caído - ¿y quién cree que se robó el cuadro?
-No sabel quien, señol. Sel
vez plimela peldelse cosa en embajada.
-Ajá. ¿Notó algo extraño,
fuera de lo normal, en la embajada el día del robo?
-No, ese fue un día nolmal
como todos los antelioles.
-Ajá. Cuénteme ¿qué llama
usted un día normal en la embajada?
- Vela: Atsuko alegla el
despacho del señol embajadol y la oficina privada. El señol Molita despacha sus asuntos en la
suya y solamente entla cuando el embajadol me pide que lo haga entlal; Akira,
el chofel, plepala el melcedes y espela en el galaje haciendo mecánica,
hasta que embajadol me pide que se lo llame. Yasunari, el jaldinelo,
liega las plantas, quital hojas secas, da
alimento a peces del estanque;
casi nunca entlal al despacho del embajadol. Takako, mi asistente, colabola con
atención telefono, pasa caltas a maquina y no entlal despacho
señol Ozawa, sino cuando entlal conmigo. Además habel cónsul, aglegado milital,
comelcial, y otlos pelo día robo ninguno estaba polque habían ido a
embajada Egipto a algo soble
escritol Naguib Mahfouz.
-Ok -repuso Aquiles como cosa
rara, en cambio de su acostumbrado “ajá”, mientras pensaba si había oído ese
nombre alguna vez como jugador de la selección nacional de futbol de Egipto-
eso es todo por ahora, señora Michiko, por favor: ¿quiere decirle a su
asistente que venga? Gracias.
Mienta esperaba, frente a la
ventana, la llegada de Takako, Aquiles, ansioso, frotaba su garganta con el
dorso de la mano buscando algunos pelos que se hubieran escapado en la afeitada
de la mañana, como tantas veces le sucedía. Al mismo tiempo pensaba que a esa
hora Las Primas Donas estarían ya enfrascados en una acalorada discusión, sobre
algún incidente del futbol pasado, presente o por venir.
Eran tan suaves las pisadas
de Takako que Aquiles solamente la descubrió detrás suyo, silenciosa, cuando se
volteo, algo impaciente por la supuesta demora de la asistente.
Sin siquiera sonreír, Takako
hizo una corta inclinación ante el investigador que desde que la vio comenzó a
arreglarse la vieja corbata ocre con rayas verdes que no cuadraba con su
chafado vestido azul oscuro. “Que bombón, Dios mío, que bombón”, pensó Aquiles
y le dejo ver sus grandes dientes, amarillos de nicotina, a manera de
conquistadora sonrisa. Takako no se inmutó, su rostro no produjo ni el más
imperceptible movimiento.
-Tú eres Takako, ¿no,
reinita?
-Si señor, respondió
pronunciando la eñe perfectamente.
-No me vayas a decir que
también eres de Yaquanquer como Molita, le dijo acercándose melosamente,
obligando a la asistente a dar un paso atrás para mantener una distancia
prudente.
-No señor soy de Tokio
-¿Y eso donde queda, cariño,
en Japón?-preguntó sonriente el investigador, arreglándose otra vez el nudo de
la corbata.
-Tokio es la capital de
Japón, respondió Takako, dejando ver una muy sutil señal de disgusto, que
Aquiles percibió.
-Ajá…contesto Aquiles
arrancando un pelito de la nariz.
-Y ¿a qué hora sales?-
pregunto Aquiles subiendo las cejas y sin dejar de sonreír.
-Señor, ¿esa pregunta es
parte de su investigación o me esta insinuando algo?- preguntó Takato dejando
ver en su rostro un profundo disgusto.-hablaré con el señor Osawa.
-No, entiéndame, por favor,
es que quiero establecer si usted se encontraba en la embajada a la hora del
robo.
-Pues pregúnteme eso para
contestarle que no, que estaba en una cita médica aprovechándo que los altos
funcionarios no estarían esa tarde. ¿Es todo?
-Sí, es todo, puede
retirarse- le respondió Aquiles en una espantosa turbación, mientras se
arreglaba otra vez el nudo de la corbata.
Takato abandonó la oficina,
pero mientras cerraba la puerta se dirigió a Aquiles para preguntarle ”si le
podía ayudar en algo más”
-No gracias-contestó Aquiles
sin dejar se sentir un enorme temor que le recorría todo su cuerpo, -o sí, por
favor, avísele al señor Molita que mañana vuelvo a continuar la investigación.
Cuando Aquiles le contó a su
mujer que la asistente no entendió que el quiso ser amable con ella, su mujer
lo tranquilizó diciéndole que “esas taradas son todas iguales, no saben nada de
cortesía, verás que mañana te va a pedir disculpas”
Pero Aquiles descubrió,
frente a la puerta de la embajada, que no estaba tan tranquilo como creía
después de haber conversado el incidente con su mujer. Temblaba, en realidad.
Por eso llegaba casi dos horas tarde.
-El señor embajador quiere
hablar con usted inmediatamente- le dijo Takako cuando pasó frente a ella
caminando con sus piernas levemente torcidas hacia el salón donde realizaba las
entrevistas.
Un sudor frió recorrió todo
el cuerpo del investigador. Temblorosamente arreglaba su corbata, la misma del
día anterior, mientras se repetía como un mantra “tragáme tierra, tragáme
tierra, esta vieja le sapió todo al embajador y ya lo debe saber el presidente
del banco…Dios mío, me van a echar, para que vine a meterme en este bollo,
tragáme tierra”. De repente se abrió la puerta de la oficina del embajador y
apareció un señor de inconfundible aspecto oriental que lo saludo con gran
efusividad. Era el embajador Osawa.
-Doctol Aquiles, lo felicito,
apaleció cuadlo. Todos en embajada estal muy felices. Cleemos, sincelamete, que
ladlon devolvio cuadlo pala no velse sometido a su intelogatolio. ¿Qué le pasa
doctol Aquiles, no estal contento también?
Aquiles estaba tan asustado
que todo lo que dijo el embajador llovió sobre él como el agua sobre un
pingüino. El embajador lo condujo hacia la pequeña salita donde lo aguardaban
sonrientes los empleados de la embajada, que lo recibieron con un sonoro
aplauso mientras en coro gritaban ¡F e l i c i t a c i o n e s, doctol A q u i
l e s! Aquiles recorrió rápidamente los rostros sonrientes y notó, con algo de
tristeza, que solamente faltaba la bellísima Takako. Nadie podrá negar que las
mujeres eran el verdadero Talón de Aquiles.
Junio 3 de 2010
La
Verdad
En el reino de Sadag, como en
los otros ciento setenta y tres reinos de la región, la palabra de las niñas
era tomada como la absoluta verdad. Quien no les creyera era muerto. El día que
el rey Sadag llamó a Vilama, niña, en medio de la guerra contra el rey de
Ametaria para conocer el resultado de la batalla obtuvo por respuesta que sus
soldados habían sido derrotados antes del anochecer por la traición del primer
ministro de Sadag. El rey hizo traerlo ante sí y allí mismo el verdugo separo
la cabeza de su cuerpo. Un mensajero
llego antes del amanecer para comunicarle al rey su triunfo sobre el rey de
Ametaria. Vilama en presencia del rey no confeso que había mentido y nada valió
para que el rey mismo separara la pequeña cabeza de su pequeño cuerpo, no por haber
mentido, pues las niñas no mienten, sino porque jamás aceptó haber mentido.
Moraleja:
A pesar de la creencia
ancestral, los niños si mienten.
La soberbia de los niños los
lleva a la muerte.
El primer ministro era un
traidor. Vilama pudo haber dicho la verdad. El ejercito del rey Sadeg se
recupero entre el anochecer y el amanecer.
Puede ser cierta la creencia
ancestral de que los niños no mienten. 11/v/02
El
Equipaje
Anoche preparaba mi valija
para viajar a reunirme con mi hija en un país extraño, del que desconocía casi
todo especialmente su lengua y su cultura. Mi mente repasaba mi existencia en
rápido retroceso mi juventud y mi niñez. Atropellados venían días de felicidad
y días de angustia, de hambre y de desesperación. Pero de repente me sorprendió
que algunos de ellos ya no me eran
claros; no solamente me veía con extraños trajes, de modas antiguas sino en
lugares y situaciones que nunca había conocido. No soñaba, tenia plena
conciencia del momento en que vivía. Hora antes me había despedido de mi hija.
Era la misma separación de remotísimos tiempos que venia a mi memoria, sin que
yo tuviera conciencia de ella antes. Pero mayor fue mi sorpresa cuando logre
traer recuerdos de esa época, que no era mi vida actual, ni era un sueño. Era
un recuerdo real. Tenía la certeza de que esas imágenes no las estaba creando
mi mente sino que las estaba recordando. Si, recordando. Todas las situaciones
fueron reales, vividas por mí. Las personas que iban apareciendo las conocí y
conviví con ellas. Ahí estaban los que ame y
los que me amaron, los que odie y los que me odiaron. Volví a ver al
brutal Salomón Ungard que abuso de mí cuando aun era una niña; a la terrible
Selma que vendía mi cuerpo una vez tras otra para alimentar su enorme codicia
de dinero. ¿En que país ocurrió esto?
¿En que época? No sé, no lo he
podido recordar pero por los nombres debió ser en un país teutón y por la
vestimenta de las personas creo adivinar la edad media. Horribles calles,
horrible suciedad, horribles olores. Salomón era sucio y rico. Trabajaba con
dinero a interés. Todos lo odiaban. Su debilidad eran las niñas que le
suministraba Selma. Ningún momento feliz de aquella lejana vida venia a mi memoria.
Me esforzaba por encontrar alguno. Pero todo esfuerzo era en vano. Sin
dificultad iba hacia atrás en mi edad o hacia delante uniendo unos recuerdos
con otros. Pensé que los recuerdos desagradables solamente se encadenan con recuerdos desagradables y que de lograr un
recuerdo feliz este me llevaría a una serie de episodios felices. La gente en
aquellos recuerdos me llamaba Gratia. Tan pronto vino este nombre a mi memoria
sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo. Alcance a oír a Selma gritándolo para que saliera de la inmunda
covacha donde permanecía a atender uno de los asquerosos clientes de su
negocio. Mi mente no abrigaba otro pensamiento que escapar de aquella prisión
donde mi vida transcurría en la más abominable situación. Con los días me di cuenta
de que Selma solamente abandonaba la vigilancia sobre nosotras para asistir a la iglesia a escuchar las
predicas de los monjes sobre la infinita bondad de Dios y el grande amor que
nos tiene a los pobres. Y debe ser verdad, porque Dios me ayudo. Aproveche una
salida de Selma para escaparme de ese infierno. Veintitrés años tenía entonces. Sin
embargo no era libre. Atada a Selma por infinitas deudas no había otra solución
que abandonar mi país para tratar de encontrar en otro una nueva vida. Tome un
carruaje cuyo destino desconozco; solamente recuerdo que fueron largos días de
viaje hasta llegar a una ciudad con un enorme rió que la dividía en dos y que
por aquellos días soportaba una revuelta del pueblo pedía al monarca que
hiciera lo posible por bajar el precio de la harina, fuente casi única de
alimentación de aquel pueblo famélico. No se como quede envuelta por una
multitud vociferante, que armada de toda clase de utensilios, se enfrentaba a
los representantes del rey, que del otro lado de las barricadas disparaban los
mosquetes dirigidos por un pequeño y regordete oficial de artillería. Una de
esas balas puso fin a mi vida y mi cuerpo destrozado fue depositado con muchos
otros en un gran agujero, hecho por los revolucionarios.
En medio del sobresalto que me produjo
recordar estos horrendos hechos llego a
mi mente un lugar casi desierto, iluminado por un brillante sol y arriba de una
montaña una mujer de aspecto humilde que lloraba desconsolada. Una multitud la
rodeaba con ademanes amenazantes. Tal vez en ese instante comprendí que esa
mujer era yo que enfrentaba la atroz muerte por lapidación. No hacia mucho
había llegado de mi país natal siguiendo
las huellas de Críspulo, mi amado, muerto no hacia mucho en la capital del
imperio. Huyendo de esa multitud
iracunda que me gritaba “adultera” quede
atrapada por la muralla que encerraba la ciudad. Muchos guijarros cayeron sobre
mi cuerpo que quedo allí tendido para ser devorado en feroz competencia por los
perros y los buitres.
Pero esto no fue todo. Angustiada por lo
extraño de estos recuerdos de vidas pasadas, que podían no ser recuerdos sino
sueños que hasta ahora venían a mi mente o simples memorias de hechos vistos o
conocidos de fuentes ya olvidadas, irrumpió otra imagen que se perdía entre la
bruma que siempre acompaña estos mensajes, que ya casi estaba entendiendo.
Rodeada de caras solemnes fui
descubriendo elegantes figuras, vestidas con los más extraños trajes. Hombres
que trataban infructuosamente de atraer mi atención que estaba puesta sobre el
objeto que reposaba en la mano de uno de ellos. Es un puñal de oxidiana, pensé,
y quien lo empuña no es otro que el Gran Sacerdote Maya, encargado de culminar
las ceremonias del sacrificio a los dioses en agradecimiento de las abundantes
lluvias que han traído después de una prolongada sequía que arruino la mayoría
de los cultivos. He sido traída desde mi pueblo distante varios días. Ayer al
atardecer llegue en medio de un gran festival acompañada de otras mujeres
jóvenes como yo y de mi dolorida madre. Todos han danzado sin cansancio durante
la noche y el día de hoy. Fui escogida entre muchas por mi belleza, mi juventud
y el hecho de no haber conocido hombre. Mis padres me entregaron a los
sacerdotes porque sabían que con mi sacrificio les llegarían innumerables beneficio y serian protegidos de
los dioses por toda la eternidad. Mis hermanos y hermanas alcanzarían el rango
de distinguidos que por
siempre los haría sobresalir entre los miembros del clan, y yo entraría al
jardín de la eternidad para disfrutar de la felicidad sin límite, y mi nombre
seria grabado sobre las escalinatas de la pirámide celestial. Allí quedaría
para ser repetido por los guerreros, durante mil lunas llenas, antes de las
batallas. De esta manera protegería sus
carnes desnudas de las armas enemigas y en la esquina superior colocarían mi
imagen, representada por una flor, para ser iluminada cada día por los primeros
rayos del sol, privilegio pocas veces concedido.
Bebí el jugo del árbol sagrado y me perdí
en un profundo sueño. Mi corazón fue repartido entre los sacerdotes y mi cuerpo
depositado en la laguna de la fortuna para hacer el viaje a la eterna
felicidad.
En este punto vi con claridad lo que no
podía entender: todo viaje me llevaba a la muerte al siguiente día. Si hacia el
viaje que me encontraba preparando moriría. Acosada por estos pensamientos
comprendí que mi vida estaba en mis manos. Si permitía que la rueda continuara
su camino el final debía ser el mismo que las veces anteriores. Casi al borde
de la desesperación comencé a reflexionar en el significado de tales
remembranzas. Me preguntaba si en verdad,
después de todo viaje moría o sencillamente existe un día para morir.
Dominada por el temor tome la resolución
de no viajar, y así se lo hice saber a mi hija al día siguiente, a las ocho de
la mañana del once de septiembre del año dos mil uno, en su oficina del Word
Trade Center de Nueva York, quien rechazo airada mi descontrolada imaginación.
Ahora desde aquí, mientras espero, como tantas otras veces lo he hecho, veo su
cuerpo en los sótanos del edificio rodeado de un amasijo de hierros y
cadáveres.
La Casa
Un hombre, cansado ya de
buscar la felicidad, nunca lograda, supone que la encontrará en su propia
vivienda por eso va adecuando cada espacio, cada habitación, cada sala. Termina
una larga faena de remodelaciones y arreglos e infiere que la felicidad está en
una nueva obra que emprende de inmediato y afanosamente, ya que su tiempo se
acaba y su felicidad no llega. Una mañana, al tratar de levantarse para
continuar su fatigosa labor, encontró que había muerto sin ser feliz.
El hacedor de milagros
Más allá del rio que los
lugareños llaman Neutro estaba la vasta iglesia de materiales indefinibles,
habitada de estatuas de santos de yeso y de madera. Los peregrinos, pero
especialmente los necesitados, viajaban hasta allí para dejar sus ruegos de
toda clase. La luz se filtraba por claraboyas de múltiples colores. Los santos recibían
celestiales lluvias de colores o de sombras que hacían su figura más creíble, más
santa. Los peregrinos no rezaban a los santos porque después de una larga sucesión
de años sin obtener nada a cambio dejaron de hacerlo. Rezaban a su
acompañante que en aquella iglesia era
el que hacia las concesiones. Por eso había tal diversidad de santos
acompañados. Uno de ellos recibía el fervor de la multitud: San Jorge y el dragón. El dragón obraba tantos milagros que había
que pedirle cita previa al prior para obtener una entrevista con el milagroso dragón.
No bastaba con hacer la interminable fila pera pedir la cita, sino que era
menester expresar al oído del prior que
clase de pedidos se le harían al sublime animal; pues los monjes decidieron que
el dragón no devolvería un miembro amputado, ni la vista al ciego, ni el oído
al sordo. Estos milagros los encontraban indignos del perpetuo atacante. Los
que desearan esta clase de milagros deberían ir a otras iglesias donde los
santos eran los encargados de los milagros.
El misil
Aquel día puse el siguiente aviso en
una pagina de internet de avisos clasificados internacionales: “Compro Misil
Tierra-Aire, Tipo portátil. Cualquier modelo. No acepto fabricación China. No
insista”. Cerraba el aviso con la dirección email.
Seis meses después de arduas
negociaciones con el sirio Muhammad al-Samman llego el misil por la
estrambótica vía Latakia (Siria)- Puerto Cabezas (Nicaragua)- Nuqui (Colombia).
Por cuestiones de seguridad me abstengo de mencionar a que ciudad del interior
debí trasladarlo en medio del más absoluto sigilo, preferiblemente en horas de
la noche y por carreteras en el más impresionante estado de abandono. La traída
del misil se convirtió en una verdadera odisea pues no se trataba de una sola
caja, como cualquiera puede imaginar, sino de siete cajas de muy distintos
tamaños. El misil, como podrá darse cuenta el lector, venia desarmado.
Estupefacto quede al ver esa cantidad de cajas. Cada una traía una etiqueta
media carta, supuestamente en ruso pues, debo decirlo, esta era la procedencia
del misil. Cada etiqueta venia numerada con un numero del uno al siete.
Aclaro que los números era lo único
que entendía. Al azar tome una caja de tamaño mediano, que resulto ser la
numero tres, la abrí con extrema precaución tratando de conservarla sin rasguños y roturas, por si me veía obligado a
devolver el misil. Allí venían mas de cincuenta piezas pequeñísimas con otros
tantos tornillos un poco mas grandes que los de un reloj, unas cuantas
mangueras y resortes, dos hojas escritas en ruso, desde luego, y un plano que
imagine indicaba como armar esa pequeña pieza del misil.
En aquel momento comprendí que jamás
podría armarlo, salvo que supiera ruso. Entre a internet y busque que cursos
ofrecía la Web. ¡Horror! Un millón setecientas ochenta mil paginas. Abrí una
pagina al azar que resulto ser una academia en Novosibirsk que en pésimo
español se definían como el mas importante centro para aprender este idioma,
después de inscribirse y cancelar una fuerte suma en euros. Di un salto al
veinteavo link y lo mismo: otra academia ahora en Burkina Fasso que anunciaba
más o menos lo mismo pero en francos de Bur, cuya tasa de cambio desconocía.
Las quince o veinte consultas siguientes anunciaban todas
academias al rededor del mundo que no permitían tomar un curso sin antes
inscribirse respondiendo un enorme cuestionario y, desde luego, enviando una no
despreciable cantidad de dinero.
Convencido que no podría aprender ese
idioma, al menos por internet, tome la decisión de recurrir al viejo sistema de
poner un aviso como lo había hecho para la compra de SAM, que así llamaba
cariñosamente al misil, tal como lo llaman en los altos mandos militares de
todos los países, y también en los mas bajos fondos del trafico internacional
de armas. Y puse el aviso en una página internacional de internet de oferta de
empleos.
Aviso: “Busco mecánico para armar misil
ruso Tierra-Aire, tipo portátil”. Y
consigne mi dirección email. Quince días
después revise mis correos. Además del mensaje de cumpleaños de mi nieta
Juanita había sesenta y dos correos en respuesta a mi llamado sobre SAM de los
cuales la mayoría provenían de supuestos físicos chinos seguidos por físicos de
Albania, USA a los que no les creí porque a simple vista vi la mano de la CIA
tratando de tenderme una celada, y un solo ruso llamado Grigori Tchaikovski, el
cual inmediatamente llamo mi atención por su profesión y, no puedo negarlo, su
musical apellido que despertó en mi una cierta confianza. Además, como yo, entendía algunas palabras de ingles.
Iniciamos un va y viene de emails y a través de ellos descubrí que sabia tanto
de español como yo de ruso. Para mi eso no importaba. Lo malo era que
Tchaikovski vivía en Yukutsk. Pensé, sin embargo, este es mi hombre. Grigori
dijo ser Físico Nuclear de la Universidad Patricio Lumumba, experto en misiles
Tierra-Aire, los que decía armar y desarmar con los ojos cerrados. Nunca se
detuvo a preguntarme para que quería yo un misil. Lo que si le importo fueron
los cinco mil euros por la asesoría que me prestaría por internet para armar a
SAM. Desde un principio descartamos la venida al país dado que desde Yukutsk ir
a cualquier parte del mundo es extremadamente oneroso.
En el tercer o cuarto mail me planteo
que el trabajo se haría en cinco etapas y que cada etapa tendría un costo de
mil euros. No habría etapa siguiente si no era cancelada con anticipación vía
Western Unión. Primero le ofrecí pagarle tres mil euros bajo una larga lista de
circunstancias con las que quería asegurar mi dinero. A todo dijo que no.
Termine diciéndole a todo que si y aceptando que su responsabilidad llegara
hasta armar a SAM, pues no asumía
responsabilidad sobre su funcionamiento. Era enfático en eso. Aseguraba que
muchos de esos misiles eran fabricados en China y todos sabemos lo que eso
significa. Ojo, decía en un mail, si llega a ser chino puede estallarle en las
manos causándole fuertes laceraciones, pero no hará mas daño que romper algunas
bombillas y causar un gran ruido que despertara a los vecino.
Todo mail de Grigori era un suplicio
para descifrarlo. En la academia que estudio español no le habían enseñado mas
que bestialidades, y el, con el tiempo me fue tomando confianza y ya no se
esmeraba, como al principio, por hacerse entender. Luego del primer giro que me
costo un ojo de la cara en comisiones bancarias e impuestos me llego un mail de
Grigori que me vi en problemas para descifrar. Debo aclarar que no fue uno sino
cuatro mails los que tuvo que enviarme hasta que logre entender que solicitaba
fotocopia de las siete etiquetas que traían las cajas. Me apresure a
responderle que eso no valía mil euros. Horas después llego un mail de
Tchaikovski (cuando se enfadaba no firmaba “atte, Grigori” sino con un áspero
“Tchaikovski”) en que me decía que si los valía y que me apresurara porque una
organización subversiva suramericana lo estaba contratando para armar
doscientos misiles de los mismos. Pronto viajaría con todos los gastos pagos a
Sudan para armarlos.
En vez de fotocopias le envié
fotografías de las etiquetas. Dos días después abrí ansioso un mail de Grigori
con asunto “urgente” que decía: “No ser misil Tierra –Aire. Ser misiles Mar-
Aire. Necesitar submarino nuclear para lanzarlo. Otro trabajo. Honorarios deben
revisarse. Grigori”. Quede atónito. Me fui de espadas. El espaldar de la silla
impidió que cayera al suelo. Probablemente me habría desnucado. Toda la noche
estuve meditando en el asunto. En los días siguientes envié por internet el
siguiente aviso para ser publicado en el Pravda.com de Moscú, obviamente
traducido al ruso por Grigori: “Compro submarino nuclear de segunda. No chino,
no insista. Debe funcionarle el lanza misiles.” Quince días después tenia
ciento doce ofertas de submarinos hasta de cuarta mano, la mayoría venían de
China y de Bulgaria, y una oferta de un submarino venia de Venezuela. ¡Ciento
doce!. Quede asombrado. A mi entender toda la flota mundial escasamente llegaba
a esa cifra. Grande asombro me produjo saber que el gobierno de Venezuela
estaba vendiendo prácticamente toda su flota agobiado, como mas tarde supe, por
el altísimo costo de los repuestos y porque, sabiéndolo o no, todo repuesto que
compraban resultaba chino. Pero eso fue
nada comparado con la sorpresa que me causo el mail, aparentemente procedente
de Rusia, ofreciendo un submarino nuclear que se encontraba en algún lugar del
océano Pacifico entre Pangui y Tumaco.
¡Eso es Colombia! Grite alborozado. Pero algo huele mal, muy probablemente
la mafia rusa o la colombiana o, peor aun, las FARC, me quieren estafar.
A partir de ese momento mi vida cambio
radicalmente, pues en medio de mi euforia, respondí el mensaje sobre el
submarino colombiano. Mi primer mail no fue respondido, ni el segundo, ni el
tercero.
Una madrugada de domingo mi esposa abrió
la puerta a dos personas que preguntaban por “el señor”. Se identificaron
cortésmente como funcionarios del Departamento de Seguridad del Estado. Me
identifique como pensionado, sin ocupación distinta de la mecánica casera.
-Ya saben -les dije-
arreglar la ducha, cambiar bombillos y cosas de esas.
-¿Dónde aprendió física
nuclear?, me pregunto el mas bajito, mientras miraba debajo de la carpeta
bordada por mi nuera, regalo a mi esposa en la navidad pasada.
Entre tanto mi esposa permanecía a mi
lado con una inconfundible expresión de espanto.
-¿Dónde esta el
misil?...¿trabaja solo o en compañía?...¿a qué organización subversiva
pertenece?...¿quién es Grigori Tchaicovski? …¿Dónde conoció a Muhammad al-Samman?...
Ninguna de las preguntas alcanzaba a
responderla porque la siguiente me lo impedía. De mi parte estaba poniéndole
más atención al estado de salud de mi señora que al interrogatorio. Ella cada
segundo estaba más pálida y en algún momento pensé que se desmayaría.
No se de donde saco fuerzas
para preguntarle al mas alto
-Pero, ¿que es lo que pasa?,
y como era su costumbre antes obtener respuesta volvió a preguntar,
-Les gustaría un tintico?
-No señora, dijo el más
bajito, no podemos recibir nada cuando trabajamos. E inmediatamente me miraron
los dos representantes de la Ley y me dijeron vamos a hacer una inspección
ocular en toda la casa ya que no nos quiere decir donde esta e misil.
-Que es un misil? pregunto mi
señora y antes de que el más alto le contestara, pregunto: que es una
inspección ocular?
Los representantes de la Ley
entendieron que a ella no tenia caso responderle y empezaron a buscar a SAM en
cada rincón de la casa.
Al cabo de unos minutos, mientras mi
esposa y yo permanecíamos sentados en el sofá de la sala, aparecieron los de la
Ley con SAM en la mano, todavía en sus cajas intactas, sin un rasguño.
_Aja! con que este es… y
comenzaron a abrir las cajas una a una. De la más grande y alargada sacaron un
tubo como de un metro de largo que traía una placa. En ese momento el más alto
exclamo.
-¡Pero si es chino!. A mi me
paso un sudor frio por todo el cuerpo y creo que me desmaye.
Alcance a escuchar que el más bajito le
decía a mi señora, cuando salía hacia la calle
-Dígale que tenga mucho
cuidado porque se le puede explotar y romperle todas sus porcelanas.
Bandeja Paisa
A Barucha que me enseñó a prepararla
Introducción
Enclavada en el noroeste
colombiano y entre la codillera central y
la occidental se encuentra la
zona geográfica conocida como La Gran Antioquia, de la cual hizo parte el Viejo
Caldas que por segregación dio nacimiento a los departamentos de Caldas,
Risaralda y Quindio. Los pobladores de esta región son conocidos en el ámbito nacional
como los paisas. La región, desde la época de la conquista española, por su
magnifico clima templado, por la abundancia de aguas y por la fertilidad de sus
tierras, recibió una considerable corriente de inmigrantes llegados de todas
las regiones de Europa, especialmente de la parte norte de España. Así se formo
el grupo étnico de los paisas que al cabo de varios siglos irrumpieron a la
vida nacional trayendo consigo una cultura totalmente diferente a las demás
culturas que imperaban en el país.
Eclosión
Su eclosión fue de un enorme
dinamismo comenzando por la colonización de las grandes extensiones de tierra
que los rodeaban. Fundaron centenares de poblaciones que hoy tienen nombres
universales como Palestina, Génova, Salamina, Armenia, Filandia. Largas recuas
de decenas de mulas cargadas de toda
clase de productos, abrían los caminos en medio de una espesa y monzonica selva
virgen. Muchas veces sin ninguna compañía, con muy cortos descansos, estos
hombres recorrían buena parte de la geografía de Colombia haciendo trasteos
entre las costas y el interior del país
Sacando a los ríos navegables, desde los parajes mas inhóspitos, los
productos que más tarde serian llevados al exterior como el café, la quina, la plata,
el oro y el platino, el plátano y la chuchuguaza.
Semilla
Cumplían sagradamente, con la
cabeza bien alta y sin levantar la voz, con
el precepto bíblico de regar la simiente, cada que las difíciles
circunstancias les permitían. Y cuando lograban encontrar una depositaria permanente
de la semilla le dejaban después de una larga vida un promedio de quince hijos
o más. Algunos de ellos llegaron a los veintidós y los más fogosos a
veinticinco.
Producto terminado
Los historiadores se
preguntan a que se pudo haber debido tal fertilidad y concluyeron que al
altísimo consumo de frijoles, o frisoles como ellos los llamaban.
La pregunta se respondió en
1949, después de largas controversias científicas, atribuyendo esta fertilidad
a una enorme simpleza: ganas, muchas ganas. Además a esa vida sana que
llevaban. Acostarse a las siete de la noche, cuando el dia daba paso a la
noche, levantarse temprano con los primeros rayos del sol. Y por supuesto:
dormir poco. Pero el busilis del análisis es el distractor que impero por
muchos años: el de los frijoles. Es verdad que comían muchos frijoles; pero hoy
también se comen en abundancia en todo el territorio colombiano bajo el nombre
de bandeja paisa y las parejas escasamente tienen dos o tres hijos. El 48% de
los hijos de origen hispano permanecen al lado de los padres hasta la muerte de
estos o bien entrada la adultes; cuando ya los ancianos no los pueden sostener.
CIEGO
Los investigadores del Centro
de Investigaciones del Enanismo, Genética y Ortopedia, CIEGO, adelantaron una
encuesta en el año 2006 y los primeros tres meses del 2007 entre 2.432 mujeres y 3.418 hombres todos en edad
de procrear, consumidores habituales de frijoles, pero con escasa o ninguna
progenie, como que muchos de ellos confesaron que del intento no pasaban. Los
resultados fueron alarmantes porque el 13 % atribuyó el fenómeno a la difícil
situación económica de las parejas, el 32% al hacinamiento habitacional, que
inhibe de manera ostensible el comportamiento humano, el 48% a la utilización
de métodos artesanales y el 7% No sabe/ No responde.
Instituto para la
alimentación
En 1967 Instituto para la
alimentación de Ouagadougou, capital de Burkina Faso, había adelantado un
estudio similar que por la estrechez económica del país no fue conocido por la
opinión pública en ese momento. Es universalmente sabida la polémica entre el
presidente del país y su ministro de hacienda. Este sostenía que la publicación
de los diez millones de ejemplares que
quería el presidente para distribuirlo a todos los países, con nombre propio de
cada destinatario, coparía la totalidad del presupuesto nacional y produciría
un infarto monumental en los sistemas de correo del mundo entero. Después de
producir este invaluable estudio el Instituto para la Alimentación de
Ouagadougou fue cerrado por iliquidez, las instalaciones vendidas a un
inversionista ruso supuestamente familiar de Boris Yeltsin para instalar allí
la discoteca El-Aka-Bose de diseño árabe-occidental, el presidente fue
derrocado por el ministro de hacienda a quien posteriormente lo derroco su jefe
de seguridad.
FAO y FARC
En 1985 fue publicado el estudio por la FAO
bajo el titulo de Bombas de tiempo. No obstante fue desconocido hasta 1999
cuando un investigador-historiador de Liechtenstein, el doctor Franz Joseph Alt
Straka, lo recibió de un misionero afro-chino y lo coloco en la red. De allí
fue descolgado en 2006 a instancias del grupo revolucionario colombiano FARC
que lo considero altamente subversivo. Este episodio socio-económico se conoció
en los medios como La guerra de los frijoles.
Calorías
En si misma la bandeja paisa
es un plato típico colombiano de gran
poder calórico dados los ingredientes que la componen. Mil quinientas o dos mil
calorías por porción. De feo aspecto, que la hace inconfundible y mas atractiva
al común de los nacionales. Con excepción de los restaurantes de la alta
sociedad todos los demás ofrecen en su menú este conocido plato, emblema de la
gastronomía colombiana.
Ingredientes
Consta de una buena porción
de frijoles cocinados en agua-sal, un huevo frito en aceite reciclado, arroz
blanco, tajadas de plátano maduro fritas en el aceite que sobro del huevo,
carne de tercera molida ( en polvo, como le dicen los paisas ), chicharrón
carnudo bien grasoso, algo de chorizo, arepa de bola y porción de aguacate.
Universalización
La bandeja paisa le ha dado
la vuelta al mundo por su sencillez pero especialmente por ir detrás de los
emigrantes colombianos. Es inherente a ellos. Se consigue sin dificultad en las
calles de cualquier capital europea, en Ouagadougou en la equina sur oriental
del parque principal y en Vancouver en Glasgow Street, al lado del reloj de
vapor
En Asia y Oceania
Se habla de una bandeja paisa
que recorrió miles de kilómetros entre Jardín, Antioquia, y Auckland, en Nueva
Zelanda en la navidad de 2005 para satisfacer los antojos de un emigrante paisa
que se había enriquecido importando desde su pueblo café colombiano de
excelente calidad; pero que llevaba décadas sin degustar un original de ese
manjar inventado por sus ancestros. Este individuo, cuando quería comer bandeja
paisa debía trasladarse hasta Nagoya en Japón, donde un hijo de Manzanares,
Caldas, era dueño y cocinero del famoso restaurante de comida Chino-colombiana
Chin-Chi-Na.
Instituto de la Bandeja Paisa
Según una investigación
adelantada a nivel mundial por el Instituto de la Bandeja Paisa de Manizales,
Caldas, en el restaurante Chin-Chi-Na, de Nagoya se vendía la peor bandeja del
mundo debido a la enorme influencia de la cocinera jefe, sobrina-nieta del
misionero afro-chino y esposa del manzanareño. Comentan los investigadores en
el capitulo treinta y siete del estudio que esa bandeja tenia mas parecido con
un Chop Suey que con una verdadera bandeja paisa. Uno de los investigadores
perdió el control y trato de borrar del aviso la referencia a su histórico
plato. No se lo permitieron. Hubiera sido un irrespeto al Emperador, habitual
consumidor de esta seudo bandeja.
Poderes curativos
Son miles las historias que
hay en el mundo sobre este exquisito plato, describirlas tomaría, así mismo
miles de hojas. Son también miles los estudios realizados en prestigiosos
institutos y por distinguidos investigadores. Incluirlos todos tomaría tanto
espacio como el texto de Las mil y una noches; pero si es bueno mencionar por
ultimo el poder curativo del plato. Se
dice que curo a John Forbes Nash, premio Nóbel de Economía de su esquizofrenia.
Conclusiones
Hasta el año 2007 es un
verdadero misterio el surgimiento de la bandeja paisa a la gastronomía
universal. Los investigadores de varios institutos de Europa y Asia le
siguieron el rastro hasta la misma llegada de los conquistadores Españoles a
América. Un cronista de la época afirma que don Vasco Núñez de Balboa, en 1513,
cuando descubrió el Océano Pacifico, celebro el acontecimiento con una bandeja
paisa que acompaño con agua de panela sentado en una playa del Darien
Colombiano. Es conveniente anotar que fueron integrantes de esta expedición los
que llevaron posteriormente a Méjico el
suculento plato. Por eso, en 1519 al llegar a las playas de Veracruz don Hernán
Cortes, lo recibió un español agasajándolo con una bandeja paisa preparado por
una hermosa india de nombre Malinche. Se
afirma que Cortes la tomo como su cocinera y traductora, y que fue la madre de
algunos de sus hijos.
El Ultimo Samurai
Un
día el doctor Amadeo Salazar Portocarrero cito muy temprano en la mañana a su
segundo, Abel Sotomayor, a su oficina del Palacio de las Investigaciones para
comunicarle su decision de retirarse de la direccion del Instituto Nacional de
Investigaciones –INI- para dedicar mas tiempo a terminar la gigantesca
biografia sobre Saigo Takamori, el ultimo samurai, comenzada muchos años atras
cuando había sido embajador en Japon del derrocado presidente Domínguez de la
Republica de Escobaria . La tarea era gigante porque debia revisar mas de mil
folios que llevaba escritos con una caligrafia pequeñita, casi invisible,
compararlos con los cientos de documentos que había utilizado a fin de no
llegar a confundir nombres, ni fechas lo cual no se lo perdonaria jamas. Debia
verificar que los planos que guardaba celosamente de la antigua Edo si eran de
la antigua Edo y no de otra ciudad, que los jardines que aparecian en otro
plano correspondian al palacio del Shogun y no de alguien de menor rango. Y lo
mas importante comprobar sin dejar ninguna duda que con Saigo se había terminado la gloriosa estirpe
de los samurai, que despues de el nadie vistio los atuendos ni cargo las dos
gloriosas espadas. Y demostrar, contra la creencia general de los miles de
estudiosos de esos estupendos guerreros,
que Saigo Takamori jamas intervino en un encuentro, ni gano una pelea, ni
desenfundo sus filosas espadas para proteger a su Daimio. El trabajo era arduo
y debia concluirlo rapidamente ya que supo que otra biografia sobre el heroe
estaba siendo escrita por Yukio Mashushita, profesor de artes marciales y
jardineria de la
Universidad de Dushisha, descendiente directo del samurai y
quien buscaba exaltar la gloriosa memoria de Saigo y de paso destruir la
perversa especie de que Saigo fue un oscuro personaje vestido con la
indumentaria y las espadas de los samurai que vagaba sin rumbo por las calles
de Edo sin ninguno de los privilegios que tuvieron sus colegas. Mashushita
había escudriñado en los anales del
gobierno Meiji y sostenia haber encontrado las pruebas de que su
antepasado era un heroe y no un impostor como lo sostenia el doctor Amadeo en
un articulo que publico en la revista de origamis en su epoca de embajador.
Este virulento articulo desperto la ira de los ancianos guardianes de la
tradicion samurai y obligo al presidente Dominguez a retirar a su embajador
antes de que se le aplicara la ley de honor que lo obligaba a practicarse un
sapuko al mejor estilo japones. El doctor Amadeo, que distaba de ser un héroe, decidió
eludir toda disputa con los ancianos y con un joven fanatico llamado Yukio
Mishima, que acababa de fundar una secta para exaltar las tradiciones
japonesas, y ante la imposibilidad de utilizar su propia vestimenta para llegar
al puerto y tomar el barco que lo trasladaria como embajador a Rangun, debio
disfrazarse de monje budista y hacer a pie el recorrido hasta el puerto de
Yonago, donde finalmente pudo embarcarse. Pero para Amadeo este viaje se habria
de convertir en una odisea. No solo debia cargar con los cientos de kilos de su
equipaje, muchos de los cuales eran la enorme biografia en ciernes de Saigo
Takamori, sino con los multiples objetos en bronce, hierro y mármol adquiridos
a los traficantes de arte, a los profanadores tumbas, a los funcionarios
corruptos durante su larga permanencia como embajador en Japon. Nada hacia mas
difícil la movilización del diplomatico que el magnifico cuadro original del
gran pintor chino Qi Baishi, robado del Museo Nacional Chino de Pekín durante
la invasión Japonesa, en las primeras decadas del siglo XX. Y que luego fue
robado del Museo Nacional de Arte de Osaka por un experto holandes en despojar
los museos, que habian despojado otros museos, de sus obras de arte.
Una
Investigación Exhaustiva
Dedicado a los compañeros del GYM de Cafam de la Floresta
- No podemos permitir que algo así llene de
desprestigio nuestra querida institución. Le prometo que iniciaremos una
investigación exhaustiva y procurare que caiga todo el rigor de los reglamentos
sobre el culpable. ¿Pero dígame, como se llama el empleado?
-Si señor, yo sabia que usted me ayudaría,
porque he sido miserablemente burlada en mi
buena fe. El préstamo que le hice fue para sacarlo de apuros, pero han
transcurrido cerca de treinta meses y solamente me ha hecho pequeños abonos.
- Despreocupese señora, personalmente
dirigiré la investigación de este delicado asunto. Pero dígame: ¿cual es el
nombre de ese desvergonzado?
-Mauricio Espítia -exclamó la señora- al
tiempo que con una especie de pudor bajó su mirada hacia la alfombra que cubría
el despacho del gerente.
Una
hora después
Carta
personal y privada #396
Doctor
Hugo
Cuellar
Jefe
de Seguridad
Apreciado
doctor Cuellar:
En
el día de hoy se presento a nuestro despacho la señora Paula Parra para hacer
graves y concretas acusaciones contra nuestro empleado Mauricio Espítia. La
señora Parra, dama de toda credibilidad, quien tiene excelentes relaciones con
esta oficina, viene teniendo desde hace años negocios con el citado empleado
Espítia. Como es de su conocimiento este tipo de relaciones son prohibidas por
nuestras normas internas. En efecto, en el Manual de Procedimientos en su
capitulo IX, pagina 127, literal d) dice textualmente: “ningún empleado podrá
hacer negocios con clientes”. De igual modo en el Manual de Funciones dice “se
calificará como falta grave toda relación entre un empleado y un cliente”.
Ruego a usted ordenar a quien corresponda se aclare de una vez por todas este
inaceptable desacato a los reglamentos internos del Banco, y que el señor
Espítia sea sancionado como es debido.
Cordialmente,
Raúl
Colmenares
Gerente
Oficina N…
Señorita Maria Helena –exclamó consternado
el abogado-mayor (r) Hugo Cuellar. – jefe de Seguridad del Banco y al mismo
tiempo oficial retirado de la Policía Nacional, inmediatamente terminó de leer
el memorando que tenia en sus manos…
-Señorita Maria Helena – volvió a exclamar
pero ahora en tono más alto que el anterior, venga por favor
-¿Si doctor?
-Que venga Aquiles inmediatamente
-Si doctor- dijo – y salió dando brinquitos
en busca de Aquiles Barreto, ex agente de la policía, ex detective del Das y
ahora detective privado del banco para investigar estafas de toda clase, robos
mayores y menores y demás actos contra los intereses del Banco. En algunas
ocasiones recibía la orden de realizar investigaciones administrativas: ¿Qué si
un gerente llega temprano a su oficina? ¿Qué si el jefe de cartera le ponía el
sello de tinta morada a los pagares para prorrogarlos? ¿Qué sí el contador
hacia diariamente los cuadres de las operaciones de la oficina? Pero también
debía investigar si un empleado de inteligencia superior estaba defraudando el
banco mediante adulteraciones contables, o con ficticias cuentas corrientes a
las que se abonaban partidas de otros clientes para luego retirarlas con
artimañas, o convenciendo a ancianas millonarias para manejarles algunas
operaciones y luego escaparse con su dinero.
-A sus órdenes, mi mayor
-Aquiles, carajo, le he dicho que no me diga
mayor.
-
Entendido, mi mayor, digo, doctor
El mayor-doctor se incorporó enérgicamente
de su escritorio tamando entre sus manos la carta #396, del Gerente de la Sucursal N.
-Aquiles prepárese para adelantar una
investigación. Todo parece indicar que un empleado de la sucursal N… esta
serruchando con una importante clienta. Hay cantidades de dinero de por medio;
el mismo gerente dice en su carta que la tal cliente tiene enormes negocios con
nosotros. Sin duda debe ser coquera la vieja esa. Mi experiencia me dice que
también debe estar metida en vainas de dólares. Eso no falla nunca: mujer
hermosa con buenos negocios es igual a coca más dólares.
-Mi mayor…
-Carajo, Aquiles
-Perdón doctor, solo quería decirle que
usted las coge todas al instante
El doctor- mayor sonrió ante el elogio del
detective. Aquiles le había apuntado al ego del jefe y allí había dado.
Al
día siguiente
El detective investigador Aquiles llegó
puntual a su oficina y se instaló en su pequeño escritorio arrimado a la pared,
detrás de una de las columnas que
sostienen la edificación. La división de Seguridad del Banco se encuentra
localizada a la entrada del elegante edificio, a mano derecha, en el salón que
los arquitectos habían destinado para deposito de trebejos y maquinas descompuestas.
En dos platos: como cuarto de San Alejo de la honorable institución. En este
rincón había dos personajes temidos. El mayor-doctor Hugo Cuellar por su
temperamento impulsivo y atrabiliario y el investigador Aquiles Barreto por su
insobornable carácter y por su ignorancia casi absoluta.
Aquiles marco un teléfono. Se recostó en su
vieja silla y esperó a que le contestaran.
-Quihubo hermano- dijo Aquiles
-Quihubo hermano – le contestaron al otro
lado de la línea.
-¿Vio el partido, hermano?
-Claro que sí…pero no joda. Yo creí que
poniendo de carrilero a Perafán íbamos a ganar por esa punta velocidad… pero ya
vio, ni mierda. Otra vez las mismas maricadas. Pases cortos, llegan al área……
-No que va … no llegan al área
-Sí , no jodas, si llegan pero no hacen ni
culo. Viste cuando Herrera, tomó el balón en nuestro campo y salió por la punta
…y se devolvió cuando ya iba a llegar al área.
-Sí, que vaina, ahí podía haber metido el
gol del empate; pero es que ese verraco es muy agalludo, si la hubiera pasado
para atrás seguro que Martínez, que estaba libre de marca la hubiera metido.
Quince minutos después de reconstruir todo
el partido de fútbol de la noche anterior, el investigador Aquiles interrumpe a
su interlocutor.
-Bueno hermano, yo lo llamo para decirle que
no puedo jugar el domingo…
¿Cómo
así? – exclamó en el otro lado de la línea su interlocutor- Quedamos en que
nadie faltaría. Ese es el partido más importante del campeonato. Y te
necesitamos en el medio campo.
Hermanito… van a tener que poner a jugar a
Domínguez en mi puesto, porque tengo que viajar a N… a una investigación
urgente.
-No joda, ¿Qué pasó?
-Un vergajo, que está robando con una vieja.
Parece que el desfalco ya va en varios millones. Me toca ir para parar la joda
y meter a la cárcel a los ladrones. Usted sabe que estos chicharrones me tocan
todos a mí.
-Oiga hermano, y porque no viaja el lunes
después del partido. Hable con su jefe. Al fin y al cabo el fin de semana no
pueden robar esos mierdas.
-Voy a ver que cuento le invento a mi mayor
Cuellar y lo vuelvo a llamar.
Aquiles se levanto de su escritorio, se
acercó a una greca que se encontraba enchufada a un amasijo de cables que la
división de Seguridad Industrial habían ordenado, ocho meses atrás, desarmar
por el inminente peligro de incendio. Se sirvió “un tintico” y con ademán
meloso se dirigió al puesto de la señorita Maria Helena, secretaria de su
inmediato superior, que exhibía una minifalda que estaba a punto de juntarse
con el escote de su suéter.
-Quihubo amorcito, ¿qué mentira me va a
decir hoy?
-No Aquiles, no insista más. Ya le dije que
no. Déjeme tranquila que estoy transcribiendo el informe al Comité de Seguridad
sobre el atraco ése en la Sucursal N …
Mi mayor lo quiere urgente. Parece que la cosa es gravísima en esa oficina.
-Pero bizcocho, no me diga que no. Mire que
ya le pedí prestado el taxi a mi cuñado. Además tiene todo el día para
pensarlo.
-Que no, no lo voy a pensar- le dijo Maria
Helena dándole la espalda, mientras el investigador le miraba la enorme curva de los senos.
-¿Sabe qué, cariño?
-¿Qué?
-Ya conseguí la plata que me pidió prestada
-¿De verdad…y me la va a prestar?
-¡Claro mi amor!, esta tarde cuando nos
veamos se la entrego.
-¿Pero me la consiguió toda?
-Sí reinita, toda.
-Y usted de dónde sacó esa plata si ayer me
dijo que no tenia ni un verraco peso.
-Ya vera, ya vera- repuso Aquiles esbozando
una sonrisa- ¿Entonces cuento con que nos vemos allá mismo, a la salida?
-Yo le confirmo más tarde porque con esto
del asalto en la Sucursal N …
no se hasta que hora me demore el jefe.
Aquiles se regreso a su pequeño escritorio,
marcó un teléfono, se recostó en su sillón e inicio una nueva conversación
sobre el partido de la noche anterior.
Maria Helena, sonriente, continuó escribiendo el informe que había
ordenado el Abogado-Mayor.
A la misma hora el doctor Mario Montoya,
superior del jefe de Seguridad, sostenía
una conversación por celular con el doctor Carlos Quimbay, senador de la Republica , y padrino
político de Montoya.
- Mario, carajo, necesitamos con urgencia
esa plata. Se nos vino encima la campaña y todavía me estas diciendo que
espere. No maestro, no podemos esperar más. Si nos demoramos nos roban el
slogan “Manos Limpias”, y la agencia
ya tiene todo diseñado, no falta sino la plata, mijo, la plata.
- Doctor- contesto Montoya dirigiéndose al
rincón más apartado de la lujosa oficina- yo comprendo la necesidad de la
plata; pero entienda que tenemos una visita de la Contraloría y mientras no
termine no puedo ordenar el desembolso.
-¿Carajo
Mario- gritó el doctor Quimbay- y que tiene que ver la visita de
Contraloría con el desembolso?, que no jodan .
-Doctor – repuso Montoya hablando en voz tan
baja que sería imposible escuchar su conversación a menos que se estuviera a
unos centímetros de distancia- es que recuerde que del préstamo para la campaña
Fuera Corruptos no se ha hecho ni un
solo abono…y ya va para cartera castigada. No podemos ordenar otro desembolso
sino cuando se vaya la Contraloría.
-Que vaina- exclamo el doctor Quimbay, en un
tono menos fuerte- me va a tocar hablar con Carlos Ariel, ¿será que el está en
la ciudad?
-Si – repuso Montoya, convirtiendo su voz en
un imperceptible murmullo retirándose del rincón en que se encontraba para
ubicarse en otro lugar de la oficina - pero no me parece que sea buena idea
hablar con él. Ayer- continuó adoptando
un tono de queja - estuvo reunido con la Contraloría revisando las partidas
problema de la cartera y allí esta el préstamo que les dimos para la campaña
anterior; - y bajando aún más la voz continuo diciendo - del que le digo que no
se ha hecho ningún abono. El está toreando eso.
- ¿Qué, qué Montoya?, gritó el senador
Quimbay dejándo notar su desespero -
hábleme más duro que no le oigo nada.
- Que el Presidente del Banco – dijo Montoya
- estuvo con la Contraloría ayer hablando del préstamo anterior y es imposible
hacer desembolso hoy…a menos que – y el doctor Montoya se quedo en silencio
organizando la idea que había llegado a su cabeza
- ¿A menos que Montoya, a menos que?- Grito
el senador Quimbay – fuera de control
- A menos que busquemos un beneficiario
distinto para el crédito – dijo el doctor Montoya desde el rincón más apartado
de la oficina - Uno que no tenga problemas.
- No Montoya, en papeles y vainas se nos van
quince días por lo menos. Y no podemos esperar tanto. Mire Montoya: vea a ver
como hace para que nos entreguen esa plata a más tardar mañana. Recuerde que a
usted no le conviene que yo hable con Carielo. Además usted no corre ningún
riesgo, porque en el próximo periodo va a ocupar un cargo mucho mejor. ¡Jálele
a esa vaina! – gritó por último el senador Quimbay, antes de cerrar la
comunicación sin despedirse del doctor Montoya.
El doctor Montoya se quedó perplejo mirando
el teléfono que tenia en la mano. El cierre de la conversación con su jefe
político lo dejaba hondamente preocupado, porque le había dado una órden que
tendría que cumplir sin ninguna dilación. Si no ordenaba el desembolso en el
curso del día muy seguramente en dos o tres días habría otro personaje del
senador Quimbay ocupando su puesto y
ordenando el desembolso y él estaría en el vil asfalto. Y sentándose en el
magnifico sillón de su escritorio pensó “al fin y al cabo Quimbay me puso aquí
para hacer estas vainas, no le puedo fallar, además cuando estalle el escándalo
yo no estaré aquí”
El doctor Montoya fue interrumpido en su
meditación por su secretaria que le anunciaba que el Mayor- abogado Hugo
Cuellar quería tener una entrevista con él para tratar un asunto supremamente
delicado.
-Que siga – dijo Montoya en medio de una especie de sopor-. Se
enderezo en el sillón , tomó un esfero entre sus dedos y comenzó a darle
vueltas mientras continuaba pensando en la órden que daría a la Sucursal N …de entregarle los
recursos al senador Quimbay para continuar su campaña al senado de la República
donde esperaba llegar por cuarta vez.
Cuellar saludó con meloseria desde la puerta
y, acogiendo la invitación de Montoya - se sentó en la silla dispuesta para los
visitantes.
-Doctor Montoya, - dijo Cuellar adoptando
una postura solemne -, desafortunadamente le tengo una mala noticia. Ante esta
introducción Montoya sintió que un frío le corría por la espalda. “¿será acaso
– pensó Montoya - algo relacionado con el crédito sin cancelar del doctor
Quimbay?”. - Ocurre que en la Sucursal N …hay
un grave problema…
-¿En qué Sucursal? – preguntó Montoya
interrumpiendo al mayor Cuellar
-En la Sucursal
N … , que maneja don Raúl
Colmenares.
El helaje que sintió el doctor Montoya le
impidió continuar preguntando, se resignó a su suerte y se echó hacia atrás en
su sillón esperando la más mala de las noticias que le podían dar en ese
momento, algo relacionado con el crédito del senador Quimbay.
-Le decía doctor –continuo Cuellar con su
tono ceremonioso- que en esa oficina se esta presentando un negociado entre un
empleado y una clienta. Cuando Montoya escuchó la palabra “clienta” recuperó su
calma. - Todo parece indicar - dijo
Cuellar– que los intereses del banco están en grave riesgo. Tenemos que tomar
medidas rápidamente
para
evitar que el roto sea más grande. Mi experiencia de años me dice que estos
casos hay que desbaratarlos cuando están naciendo porque después la vaina se
hace inmanejable. El doctor Montoya apoyó todo su cuerpo en el brazo de su
sillón y continuó meditando en el crédito que en horas debía entregar al
senador Quimbay. Doctor – continuó diciendo Cuellar– necesitamos su aprobación
para esculcar los negocios de esa oficina a fin de establecer claramente a
cuánto asciende el peculado. Y debemos hacerlo pronto antes de que la
Contraloría se entere del asunto y se nos adelante; e inclinando su cuerpo
hacia el escritorio de su superior continuó diciendo casi en secreto: he creído
de la mayor importancia informarlo pues como usted sabe los intereses del banco
deben ser protegidos con el mayor celo posible
Estoy de acuerdo con usted – dijo Montoya,
como saliendo de un sueño – ante todo en nuestro banco debe imperar la
honestidad. Haga una investigación a fondo y que los desleales salgan de la
institución como merecen. Le agradezco que me mantengan informado sobre este
delicado asunto. En seguida extendió con cortesía su mano a Cuellar que se
retiro dibujando una sonrisa de satisfacción por el respaldo a su importante
labor.
Montoya, acto seguido, tomo su
intercomunicador y le timbro a su secretaria.
-Si doctor, dijo doña Emilce
-Doña Emilce, por favor comuníqueme con don Raúl Colmenares en la Sucursal N …
-Si doctor.
Raúl
Colmenares, gerente de la sucursal N…, era un hombre de insobornable
rectitud. Se había graduado de abogado en una prestigiosa universidad de la
capital, e inició su carrera profesional trabajando en el área jurídica del
Banco. Cuando murió don Mario Tanco, por muchísimos años gerente de la Sucursal N … fue seleccionado
por las directivas para remplazarlo el joven abogado Raúl Colmenares, pues en toda la institución, ni
en la pequeña ciudad N… había quien llenara mejor los requisitos que el Banco
exigía a quienes habrían de proteger sus intereses y su exclusiva clientela en
aquella ciudad. Desde aquella remota época en que muy joven fue nombrado
gerente de la oficina, nunca más había ocupado otro cargo. Don Raúl, desde su
época de estudiante de provincia había descubierto la pesca y la había
convertido en su pasatiempo favorito. Ya en su senectud conservaba una gran
cantidad de cañas, anzuelos y fotografías de sus innumerables viajes por los
ríos del país. Conocía cada rió, cada caño de la geografía nacional. Sostenía con fervor que la pesca era mejor
diversión que el fútbol. Precisamente en el momento que sonó su teléfono
privado acariciaba con deleite una caña que le acababa de regalar uno se sus
clientes. Don Raúl se apresuró a guardar
su equipo antes de tomar el auricular. Creía que su prestigio se vería
menoscabado si alguien de las oficinas centrales se enteraba que dedicaba las
largas horas en que no tenía nada que hacer a acariciar amorosamente sus
carreteles preferidos. Incluso se arregló la corbata y ordenó rápidamente
algunos papeles que se encontraban sobre su escritorio.
-¿Aló? – dijo don Raúl dando a su voz un tono más solemne de lo que
en realidad era.
-Don Raúl - le dijo doña Emilce, sin
saludarlo y con tono de superioridad – le va a hablar el doctor Mario Montoya.
- Si, gracias, doña Emilce. Pensó
inmediatamente que el vicepresidente le iría a hablar sobre el asunto que el
había denunciado. Sintió una íntima satisfacción al deducir que el propio
doctor Montoya estaba tomando ese aberrante asunto en sus manos. No de otra
forma debía proceder un alto directivo de una institución de tanto prestigio.
Eso le daba ánimos para seguir vigilando no sólo los intereses económicos del
banco sino su inmaculado prestigio moral.
-Aló don Raúl ¿como se encuentra?- dijo el
doctor Montoya, a manera de saludo.
- Muy bien doctor Mon….- alcanzo a contestar
el gerente, antes de que le fuera cortado el saludo por su superior
- Mira Raúl
te llamo para lo siguiente, tu debes saber ya que el Comité de Crédito
del banco aprobó un préstamo para el grupo político Manos limpias del doctor Carlos Quimbay y se decidió que por tener
la personería jurídica en esa ciudad le fuera entregado el dinero por tu
oficina.
Don Raúl
Colmenares no tuvo palabras para contestar la orden que acababa de
recibir del hombre más importante del banco después del presidente . Se quedo
perplejo y en silencio. Inmediatamente vino a su memoria el préstamo otorgado
cuatro años atrás al grupo político Fuera
Corruptos del mismo senador Quimbay y que había sido un verdadero dolor de
cabeza para don Raúl . Hasta el momento ninguna de sus cuotas había sido
cancelada. En todas las visitas de la Contraloría él tenia que salir a defender
ese préstamo, argumentando la pulcritud acrisolada del senador y las
intenciones reiteradas de pago en una fecha muy cercana, a pesar de que su
participación en el préstamo no paso de entregar los dineros cumpliendo una
orden superior. Tanto había defendido aquél préstamo don Raúl que había logrado varias refinanciaciones sin
abono al capital y sin cancelar ni una mínima parte de los intereses. Cada año
la deuda crecía con las refinanciaciones y don Raúl ya presentía que llegaría el día que habría
que parar esta bola de nieve y ese día las utilidades de su oficina se
convertirían en una monstruosa pérdida de la cual, sin ninguna duda, él sería
el chivo expiatorio. En sus oraciones don Raúl
le pedía a Dios que esto no fuera ocurrir antes de lograr su precaria
pensión, porque, si esa olla de podredumbre se destapaba antes, cabía la
posibilidad de que fuera retirado del banco sin escuchar sus explicaciones, tal
como lo habían hecho con otros directivos desprovistos de un buen padrino.
-Eso que me esta diciendo doctor Montoya me
llegara por escrito para yo proceder de conformidad con las instrucciones.
-Por supuesto, Colmenares, por supuesto;
pero mientras se cumple el tramite administrativo vaya desembolsando esa plata
que la están necesitando con urgencia. Yo personalmente me encargaré de que
todo quede en órden. El doctor Quimbay va a estar muy agradecido con usted, ya
el conoce que usted es una persona muy eficiente. Ah! Don Raúl, fui ampliamente
informado por Cuellar de su decidida actitud ante las censurables
indelicadezas de un empleado de esa
oficina. Estoy con usted en que no podemos permitir que un empleado corrupto
ponga en tela de juicio el prestigio ni los intereses del banco. Otra cosa,
Colmenares, son apenas quinientos millones los que debe entregar al
representante del doctor Quimbay mañana que pase por la oficina.
-Pero doctor…yo quería decirle una cosita
-¿Qué será, Colmenares?, hable rápido porque
estoy muy ocupado.
-Es
que doctor Montoya esa gente tiene una obligación sin atender hace varios años,
¿Por qué no entregan esa plata en otra oficina?- le dijo casi sollozando don
Raúl Colmenares al vicepresidente.
-No, Colmenares– grito el doctor Montoya
perdiendo el control- ¿se imagina la demora que implica radicar esa operación
en otra oficina,? ¿no se da cuenta del gravísimo perjuicio que se le causaría
al doctor Quimbay?. Piense, Colmenares, piense que sobre usted caería la ira
del doctor Quimbay, sobre usted que está a pocos meses de pensionarse
Bueno,
Raúl, espero que mañana a primera hora quede resuelto este asunto. Y cortó la
comunicación sin darle oportunidad al gerente de plantear otros argumentos en
contra de esa operación.
Raúl
Colmenares no podía creer lo que había escuchado. Estaba literalmente
cercado. Si se negaba a entregar el dinero ponía en riesgo su permanencia en el
banco. Y si lo entregaba en pocos meses seria un grave problema que el tendría
que entrar a solucionar. Camino despacio al mueble donde tenía sus viejos y
amados carreteles. Recorrió con la vista cada uno de ellos y recordó que con
aquél pequeñito había sacado un enorme bagre en el río Manacacias, luego, muy
despacio, mirando al suelo, salio de su oficina. Los empleados que lo vieron
pasar por el largo corredor comprendieron que algo malo le ocurría y ellos
también entraron inmediatamente en un estado de intranquilidad pero nadie sabía
por qué.
A primera hora de ese lunes el vigilante de la Sucursal N …se negó a
abrir la puerta al robusto hombrecito que estaba frente a él con claras
intenciones de entrar antes de que se iniciara la atención al público.
-No lo puedo dejar entrar, porque todavía no
son las 9:00 AM – le dijo el vigilante a través del pequeñísimo espacio que
dejaban las dos puertas cerradas.
-¿Qué, qué?- grito el hombrecito
-Que solamente podrá entrar a las 9:00 AM –
gritó el vigílate por la ranura
-Pues entienda que a mi me tiene que abrir
porque vengo de la Casa
Principal a hacer una investigación.
-No joda - grito el vigilante- todos los
ladrones dicen lo mismo. Muestre su carné.
El hombrecito claramente molesto comenzó a
esculcar en sus bolsillos y al fin encontró una abultada billetera que dejaba
ver imágenes de santos y boletas viejas de fútbol, pero no dinero. Uno a uno
extrajo cédula, carné de futbolista, certificado de salud, pase de conductor,
fotografías de damas con y sin ropa y finalmente una arrugada tarjeta que lo
acreditaba como empleado del Banco del área de seguridad.
-Esto no me sirve, vocifero el vigilante
sin leerla cuando recibió la tarjeta a través de la ranura. Esto es una tarjeta
de presentación. Y la devolvió utilizando la misma ranura.
El hombrecito recibió la tarjeta y entregó
ahora sí el carné oficial que ya había aparecido envuelto entre un recorte de
prensa que hacia referencia al gol que Diego Maradona le había hecho con la
mano a la selección inglesa en un campeonato mundial.
Y el vigilante leyó
Carné #15360
Aquiles
Barreto.
División
de Seguridad
Investigador
(Foto)
-Haberlo dicho doctor Aquiles, dijo el
vigilante mientras abría presuro las puertas del Banco. Me llamo Humberto
Velásquez y como ve soy el vigilante responsable de la seguridad de ésta
oficina… Es que usted sabe……por favor llámeme Humberto, estoy a su mandar….
Aquiles no disimulo la molestia que le causo
el incidente y entro rápidamente al hall de atención de público que mostraba un
sin número de puertas y corredores en todas las direcciones. En la mitad de
este se devolvió.
-Oiga Humberto - ¿dónde queda la oficina del
gerente?
-El doctor Colmenares no ha llegado.
-Que vaina…¿a qué horas llega?
-Después de las 9:00, pero el no entra por
ésta puerta sino por la del parqueadero.
El vigilante Velásquez no desprendía su
mirada del investigador, mientras mantenía contra su oído un minúsculo
radiecito que solamente él podía escuchar dado el bajísimo volumen en que lo
tenía.
Aquiles alcanzo a oír que el vigilante
escuchaba el programa “Las Primas Donnas” y su semblante se ilumino pues el no dejaba
de escucharlo. Este programa de fútbol se transmitía desde las cinco hasta diez
de la mañana de los lunes. Los cuatro más notables periodistas deportivos del
país entraban en cadena para comentar con lujo de detalles los distintos
incidentes de cada uno de los partidos de la primera división celebrados en el
país.
-Súbale volumen, hermano -imploro al
vigilante- que inmediatamente procedió a subir el volumen. En aquél momento los
cuatro periodistas vociferaban todos al tiempo sobre la desastrosa actuación
del arbitro Diego Castaño que había pitado un penalti que a juicio de las
“primas donas” jamás había existido.
-Sí fue penalti- dijo el vigilante
Velásquez. No ve que Maldonado estaba dentro del área cuando Pernia le dio
semejante patadon.
-Sí, pero Maldonado no era parte de la
jugada y por eso no podían pitar penalti- le respondió Aquiles. Ese h. p. del
Castaño nos robo el partido, espero que lo acusen a la Comisión Arbitral para
que lo jodan
-No hermano, que va, Castaño pitó bien; es
que ustedes no pueden ver que un equipo chico les gane.
De pronto se escucho un estridente grito de
G0000000000000000000000000000L, G000L, G000L que interrumpió la discusión entre
los dos individuos. Era el timbre de un celular. Ambos buscaron presurosos sus
móviles.
-¿Aló? – dijo Aquiles, pues la llamada era
para él.
-¿Aló?, ¿Aquiles?
-Si, mi mayor
-¿Dónde está?
-En la Sucursal N …, mi mayor; pero el gerente no ha
llegado. Llega a las 9:00am. Mientras tanto voy a hablar con ¿Cómo se llama? El
que está haciendo el desfalco, mi mayor.
- No Aquiles, con el no vaya a hablar, no ve
que lo pone en sobreaviso. Primero hable con el gerente y con la clienta a la
que le están haciendo el tumbado. Manténgame informado y ni una palabra de esto
a nadie ¿Oyó Aquiles?
El vigilante Velásquez había dejado de
escuchar los comentaristas deportivos para escuchar la conversación de Aquiles.
Su respiración se detuvo unos segundos cuando oyó decir a Aquiles que alguien
estaba haciendo un desfalco en esa sucursal. En ese instante un timbre sonó en
la puerta del banco avisando que el gerente acababa de llegar. Que un vigilante
debía abrir la puerta del parqueadero.
Oiga hermano –le dijo Velásquez a Aquiles
que ya era su hermano en el fútbol- ese timbre significa que llegó el gerente. Ya puede subir a hablar con
él. Esa escalera lleva a la Gerencia.
-Gracias hermano- dijo Aquiles – mientras se
dirigía a la escalera.
No bien se alejó Aquiles, el vigilante
Velásquez fue hasta el cajero que le quedaba más cerca y le dijo al oído con
tono reservado:
-Llego
un funcionario de la
Casa Principal a investigar un enorme desfalco en esta
oficina. Y se devolvió presuroso a la puerta principal del banco desde donde
debía evitar la entrada de ladrones, pordioseros y perros.
-Quihubo bizcocho –dijo Aquiles a la
secretaria de don Raúl - ¿el gerente está?
-¿Quién lo necesita?
-Aquiles
Barreto, de la
Casa Principal del Banco. Y le entrego una tarjeta de
presentación que la secretaria se dispuso a llevar a don Raúl . A los pocos
segundos regreso.
-Por favor espere que don Raúl esta hablando con el vicepresidente.
Efectivamente, el vicepresidente indagaba si
el préstamo para su jefe político había sido desembolsado, pues éste no
demoraría en llamarlo.
-No doctor Montoya, todavía no. ¿Pero
doctor… ya me mandaron el fax instruyéndome sobre ese desembolso?
-Colmenares, no se preocupe por un verraco
fax. No ve que estoy muy ocupado para ponerme a hacer esas vainas ahora. Haga
ese desembolso y punto. Hasta luego. Y colgó.
Don Raúl
leyó la tarjeta que mantenía en su mano, tomo el intercomunicador y dijo
-Que siga el señor.
Con su acostumbrado estilo lleno de
genuflexiones Aquiles extendió su mano pequeñita y sudorosa al gerente, quien
inmediatamente secó la suya frotándola contra su pantalón.
-Vengo a investigar lo del atraco.
-¿Cuál atraco?- respondió el gerente
Ante esta respuesta del gerente Aquiles se
descompuso e inicio afanosamente la búsqueda del papel con los nombres de la
clienta acusadora y el empleado acusado.
Ahora no buscó en su billetera sino en una pequeña cartera de cuero
repujado con un águila con sus alas extendidas. Leyó y dijo:
-El caso de Mauricio Espítia.
-Ah, sí. Es una acusación muy grave contra un
empleado muy importante de esta sucursal. Lo acusa una clienta muy distinguida.
Pero dígame doctor Aquiles por que no habla con ella para que le cuente todo,
yo le consigo la cita. O con Mauricio a ver si comenzamos a desenredar esto.
-No doctor, por ahora no debo hablar con el
señor Espítia…usted entiende…podemos ponerlo sobreaviso…hay que sorprenderlo.
Mejor consígame la cita con la señora Parra, recordando que no debía incomodar
a la clienta con intensos interrogatorios.
-Claro, dijo el gerente, mientras ordenaba a
su secretaria conseguir una cita a Aquiles con doña Paula Parra
Tan pronto como Aquiles abandonó la oficina
el gerente hizo llamar a su presencia a Mauricio Espítia
Espítia era un hombre de no más de treinta y
cinco años y mediana estatura. Ingreso al Banco en esa misma oficina como
mensajero y su capacidad e inteligencia lo ubicaron quince años después como el
segundo hombre en la sucursal inmediatamente a ordenes de don Raúl Colmenares.
Había ocupado todos los cargos con reconocida eficiencia lo que lo hacia un
innegable experto en operaciones bancarias.
-Doctor Aquiles lamento informarle que no
tengo el teléfono de la señora Paula -le dijo la secretaria de don Raúl -
mientras Aquiles, algo desolado, se sentaba en el asiento más distante de la
sala de espera a escarbar papeles en su cartera de águila y a buscar en el
directorio telefónico de la ciudad el teléfono de la clienta. Pero tampoco allí
estaba Paula Parra.
Con ademán misterioso la secretaria hizo que
el hombre que acababa de llegar le acercara su oído
-Mauricio- le dijo con voz casi inaudible-
ese señor viene de la casa principal a investigar un robo, o un fraude o no se
que cosa.
-Si, ya sabia, me lo comentaron unos
clientes en la escalera- le contestó mientras ingresaba a la oficina del
gerente sin mirar siquiera hacia el hombrecito que continuaba buscando papeles
en el rincón más apartado de la pequeña sala.
Mauricio- le dijo el gerente después de que
se cruzaron un corto saludo como lo hacían desde muchos años atrás - me está
llamando el doctor Montoya para que le demos quinientos millones a la campaña Manos Limpias del senador Quimbay.
-Pero tenemos problemas con los doscientos
que les dimos para la campaña pasada.
-Sí, lo sé; pero me está presionando
demasiado. No se que hacer, pues le prometí que hoy tendrían esa plata.
-Don Raúl
eso no lo podemos hacer porque no tenemos presupuesto. En la Tesorería
no nos entregan recursos hace más de dos semanas. Recuerde que las medidas del
Banco de la República para contener la inflación han restringido los créditos.
-Entonces ¿qué le digo cuando me vuelva a
llamar?
-No espere que lo llame, llámelo usted y
pídale los recursos, que le aseguro no los va a conseguir.
-¿Y si nos manda la plata?
- Se las damos; por lo menos nos queda
constancia de que la plata la mandaron exclusivamente para eso.
-¿Y mi pensión, Mauricio; y mi pensión?
–Exclamo el gerente en tono lastimero. Yo no quiero darles más plata a estos
políticos que nunca pagan y nos dejan el problema a nosotros.
-No don Raúl, nunca pasa nada. Lo grave
seria que un campesino no pagara. Ahí si nos caerían todos los investigadores
del Banco.
-¿De qué me habla, Raúl?, grito desencajado,
el vicepresidente Mario Montoya. ¿Como así que le consiga presupuesto? ¿Qué
vaina es esa?... y se recostó desconsolado en su enorme sillón cuando don
Raúl le explico que todo desembolso de
un crédito debía contar primero con la partida asignada por la Tesorería,
quienes controlaban el volumen total de créditos, para evitar que el Banco
excediera la cuantía permitida por la
Ley.
-Si,
doctor Montoya, sin este tramite el sistema no nos permite entregar los
recursos al cliente. Yo, como usted sabe muy bien, tengo un profundo aprecio
por el senador Quimbay y nada me
interesa más que entregarle esa plata …pero se atraviesa el sistema, …es que el
sistema. Y se quedo callado
-Bueno, Raúl
voy a ver que hago. Y colgó, sin despedirse siquiera.
Mientras Raúl Colmenares se levantaba de su escritorio en
dirección a sus viejas cañas de pescar, y Mauricio Espítia salía de la oficina
de manera casi furtiva Aquiles buscaba en el enorme listado de clientes de la
oficina el nombre de la misteriosa Paula Parra. Pero allí tampoco se
encontraba.
A la hora del cierre de la sucursal era muy
poco lo que el investigador Aquiles Barreto había adelantado con respecto a
Paula Sarmiento.
Aquiles llego presuroso ante el vigilante
Humberto Velásquez
-Hermano – le dijo mirándolo hacia arriba,
ya que Velásquez superaba en varios centímetros al investigador- ¿Dónde hay un
restaurante baratongo?
-A la vuelta está el “Takúa” de doña
Sagrario, le dijo el vigilante
El restaurante Takúa era frecuentado por los
empleados de los bancos del sector. Allí, además de comentarse los partidos de
fútbol, se tramitaban los chismes de los bancos.
Todas las miradas se dirigieron al pequeño y
robusto hombrecito que se había sentado en el rincón más extremo del
establecimiento. Los comensales, la mayoría banqueros, concluyeron que se
trataba del investigador del siniestro de la Sucursal N.., y Aquiles,
asombrado, sintió que las miradas caían sobre él.
-¿Usted es el investigador?- le pregunto la
mesera, mientras le tomaba el pedido.
-Si bizcocho, yo soy- respondió Aquiles hinchado
de orgullo- ¿Por qué no salimos rumbear esta noche?
A partir de ese instante se sintió un sordo
rumor de conversaciones en el local de doña Sagrario. Los que salían ponían al
tanto a los que llegaban. Desde la cocina se asomaron las cocineras, las
encargadas de la loza y la propia doña Sagrario con sus dos hijas para conocer
ese misterioso personaje llegado desde la capital a cumplir una trascendental
tarea investigativa, nunca antes vista, y que tenía ya en vilo a la mayoría de
los ciudadanos de la pequeña ciudad.
-Doctor Carlos Ariel, tiene una llamada del
alcalde de N.., le dijo la secretaria al presidente del banco, el médico Carlos
Ariel López (Carielo para sus amigos) quien había abandonado la medicina por lo
que más lo seducía: la usura.
-Doctor López –le dijo el alcalde después de
un protocolario saludo- lo llamo para preguntarle qué es lo que sucede con la
Sucursal del Banco, pues aquí se habla de robos, estafas, atracos, desfalcos y
nadie da razón de nada. Con el comandante de la policía, por si acaso, tenemos
acordonada la cuadra y ya vienen en camino los de antiexplosivos.
-De verdad que no se de que me esta
hablando, pero déme un tiempo para informarme y lo llamo en seguida.
G00000000000000000000000000L,… G000L,…
G000L,… G000L
-¿Aló, mi mayor?
-No joda Aquiles, -le gritó el mayor
Cuellar- qué es lo que usted está haciendo que tiene ese pueblo revolucionado.
-¿Qué dice mi…….?
-Deje esa joda y véngase inmediatamente que
ya el doctor Carlos Ariel averiguo que esa vieja es la moza del tal Espítia,
que no tiene cuenta con el Banco y que
lo que tienen es una pelea por celos.
-Don Raúl, le va a hablar el doctor López-le
dijo la secretaria al gerente de la sucursal.
-¿Aló doctor?
-Aló don Raúl,…entréguele la plata al doctor
Quimbay
-Pero doctor…¿doctor?…¿doctor?…¿doctor?… ¡Me
colgó!
Marzo
de 2010
El
día de todos los santos
-Sí señor, yo soy Esposorio Samudio, sí, el hijo de Fidelia Samudio.
El viajero al oír la respuesta comprendió que su largo viaje había
concluido. Por eso dejó escapar una especie de suspiro al que el hombre de
detrás del mostrador no dió ninguna importancia.
-¿En que puedo ayudarlo? preguntó Esposorio con la voz quebradiza que
va quedando
con el paso de los años. Era un hombre viejo, de más de 65 años. La
edad exacta ni el mismo la sabía. Y no solo su voz estaba cansada, su cuerpo
también.
Sin responder la pregunta el viajero se apoyó sobre el mostrador de la
pequeña tienda donde Esposorio conseguía lo poco que necesitaba para
sobrevivir. Hacia muchos años el viajero había comenzado la búsqueda, pero eran
todavía más años desde cuando el viejo había comenzado a huír sin tregua. Pero
ya su cuerpo acusaba un enorme cansancio y su alma la inmensa paz que dejan los
años en su retirada.
-¿Recuerda usted un día de todos los santos? Pregunto el viajero
mientras fijaba su mirada en los turbios ojos del viejo, que antes de sentir
miedo notó que su cuerpo era recorrido por una suave oleada de tranquilidad.
Lleno de temor había esperado esta pregunta en muchos lugares distintos y
durante largos años, mientras se escondía de todos y de todo. Pero hoy, que al
fin, alguien se la hacia no sintió miedo, mas bien algo de paz.
-Sí, dijo el viejo con la voz más firme y menos quebradiza que en
cualquiera otra ocasión, recuerdo especialmente el día de todos los santos de
1955. Hace ya …¿a ver?…treinta y cinco años. Y lo dijo a pesar de que sabía que
esta respuesta le traería la muerte.
En ese instante el ambiente se volvió siniestro, Se hizo un silencio
que hería los oídos de los dos hombres. El recinto donde se hallaban se hizo
más oscuro.
-Esa es mi edad- dijo el viajero mientras el viejo se daba mañas para
incrustar una vela prendida en la boca de una botella- Pero yo nací unos días
después del día de todos los santos de ese maldito año de la desgracia que
puede finalizar hoy.
Mientras tanto Esposorio recordaba
las otras dos oportunidades en que muchos años antes se habían
presentado ante él otros dos viajeros con el propósito de matarlo. Primero fue
Esteban en la época en que cogía café en la vereda La Vuelta, cerca de
Manizales. Luego Wenceslao, cinco o seis años después cuando adentro de San
Alberto, a orillas del Magdalena jornaleaba bajando racimos de palma africana.
En ambas ocasiones, vencido por el miedo había intentado huír para salvar la
vida. En cambio hoy nada lo impulsaba a matar, ni siquiera a huír. El ritmo de
su corazón no se alteró y su respiración continuó serena.
-¿Qué desea tomar?- dijo Esposorio volteándose hacia la vieja nevera
que ocupaba un rincón de la tienda. “Este es Salvador- pensó- el ultimo de los
hijos de Eufrasio, no quiero matarlo como a sus dos hermanos…nuestra sangre
debe continuar…estoy cansado de huír..treinta y cinco años son muchos años
huyendo…hasta se me olvidó el comienzo de toda esta violencia…él ni había
nacido cuando aquello…además ya soy un anciano.
-¿Qué quiere usted? Volvió a preguntar el viejo al viajero. ¿Qué busca
en qué puedo ayudarlo?
-Usted mato a mi padre y a mis hermanos- le dijo el viajero sin ira y
sin cambiar la fría expresión de su rostro, y por eso vengo a matarlo. Yo soy
Salvador Samudio, el último hijo de su hermano Eufrasio.
Al ver el tranquilo semblante del viejo, Salvador comprendió que
Esposorio, desde un principio, lo había reconocido como el hijo menor de su
hermano Eufrasio. Fue en aquél instante en que supuso que talvez el muerto no
seria Esposorio sino él. Pensó que podía correr la misma suerte de sus dos
hermanos, cuando cegados por el odio buscaban a Esposorio para darle muerte.
Pero por aquello impredecible del destino, primero Esteban y luego Wenceslao,
habían sucumbido en el intento. Ante la terrible idea de que aquel día nos
seria el último de Esposorio sino el suyo, Salvador temblaba mientras debajo de
la ruana alistaba el arma que llevaba con ese fin desde muchos años atrás.
-Si, yo le di muerte a su padre, que era mi hermano del alma y también
a sus dos hermanos. Vea Salvador –dijo el viejo con voz firme- yo le decía a
Eufrasio:
-Eufrasio deje de joder a la Elicenia, ¿no ve que es mi mujer? Usted
tiene a la Hermencia con sus hijos, no joda la mía
-Yo no la estoy jodiendo hermano, son meros cuentos de esas viejas que
me tienen ojeriza. No les crea hermano.
-Claro que el aprovechaba mi contrata en la finca de don Isidro
Renteria a donde yo tenia que ir todos los días a eso de la junta en un maíz… y
todos los días alguien me venía con el cuento de que Eufrasio esto, de que
Eufrasio aquello, y yo le repetía “Eufrasio no joda a mi mujer, dedíquese a la
suya o a la negra Chonta, deje mi mujer en paz”. El día de todos los santos
amanecimos jartando con Adonai Feo en la tienda de doña Araminta. Bajaba yo
camino al rancho a eso de la media mañana, jarto claro, cuando de repente entre
dos surcos de café ví como se acariciaban la Elicenia y el Eufrasio. La
Elicenia reía como una estúpida y Eufrasio bufaba como un toro. Usted Salvador
ya conoce el desenlace. Es decir, todo el mundo lo supo. Pero vea si viene a
matarme hágalo, porque no pienso ni defenderme ni huír. En estos últimos años
de espera no me he escondido, por el contrario es casi como si lo hubiera
mandado a llamar. Yo no lo mataré a usted Salvador porque acabaría la estirpe
de Fidelia Samudio…y esa fue una vieja verraca.
Tengo la
Conciencia Tranquila
Nadie
sabía donde había nacido. Entró al ejército, o mejor, fue tomado para el
servicio militar en uno de los muchos
pueblos de la parte costera del país. Pero no era de ninguno de los pueblos de
esa región. Es posible que no fuera
natural del país; pero eso ya no importaba. Ahora nadie se atrevía a
preguntarle de donde era porque ahí mismo quedaría muerto. Lo importante es que
hoy es y seguiría siendo hasta que el destino disponga otra cosa: El
Benemérito. Tenia un solo apellido que, por considerarlo espantoso, se había
cambiado por uno a su juicio de más alcurnia, después del triunfo de la
revolución que encabezo Manuel José Escobar. Escogió Sotomayor, que había
añadido a su nombre algo enano, pero que no lo ofendía por lo que significaba para
él: Abel. Fue un soldado temerario. Nadie tenía su arrojo ni su temple. En la
lucha contra los enemigos del país, dirigida por el presidente Escobar formó
parte del conocido batallón Los Cara de Ángel, que se encargaba de los trabajos
más sucios que solicitaba el presidente o su grupo político en el poder.
Asesinaba, secuestraba, incendiaba ranchos, violaba. Nada en él atormentaba su
durísima conciencia. Allí aprendió a mal leer. ¿Leer? Sí, leía, pero la mayoría
de las veces no entendía lo que leía. Nunca pudo saber el significado de los
signos de puntuación, así es que jamás los tuvo en cuenta cuando miraba un
escrito. Confundía fácilmente una palabra con otra, porque en su ignorancia
acostumbraba leer dos o tres silabas y las restantes las completaba con las que
se le vinieran a la cabeza, especialmente si se trataba de vocablos algo
complejos, con un significado no muy común.
Por eso al final resultaba entendiendo las cosas más extrañas;
formándose los conceptos más absurdos en que basaba muchas veces sus
decisiones. Al lado del presidente Escobar ascendió hasta llegar a ser su jefe
de escoltas. Después de ascender en la carrera militar la culmino como sargento
colmado de honores y con el pecho atiborrado de medallas, algunas robadas a sus compañeros del Caras de Ángel.
Por ese entonces el presidente Escobar
había hecho dos referendos y un plebiscito todos orientados a reformar la Constitución , de
manera que pudiera ser reelegido para el siguiente periodo, que en cada
referendo o plebiscito había sido aumentado en uno o dos años. Fue así como el
periodo presidencial llego a ser de ocho
años, con posibilidad de una reelección inmediata. En la última votación obtuvo
el ciento tres por ciento de los sufragios, ya que había obligado votar a los
militares, los policías, y los presos y ciudadanos que habían perdido éste
derecho. Nunca se supo por qué la oposición sostenía que los votos jamás fueron
contados, que pasaron de las urnas al horno crematorio de un parque cementerio.
Sostenía la oposición que el día del supuesto conteo vieron pasar la caravana
de Mercedes hacia la casa de descanso del presidente Escobar en las afueras de
la capital, y que, además de todo el gabinete, iban los miembros de la Honorable Junta
Escrutadora, todos con sus queridas. Y la fiesta duro hasta dos días después de
que Cronos,
periódico del gobierno, diera los resultados con el famoso ciento tres por
ciento.
El presidente Escobar no era tan ignorante como para
desconocer que muchos personajes históricos le habían dado su nombre a un país
o a una ciudad. Colon, Washington, Bolívar, Lenin, Pedro El grande y otros
habían puesto su nombre al servicio de la patria. Y se quedó perplejo cuando
supo que Alejandro Magno había dado el nombre de Alejandría al menos a doce
ciudades. El logró que los ciudadanos, sin ninguna clase de presión votaran en
uno de los referendos, que la ciudad en adelante se llamara Escobária y el país
también Escobária. En los textos de geografía que estudiaban los niños del
mundo se hablaba de un pequeño país
llamado Escobária, capital Escobária. Su
bandera había sido reformada en otro referendo, o talvez en un plebiscito, para
quitar de ella el color rojo ya que el presidente Escobar supo que un prócer
argentino sostenía en el siglo XIX que el rojo era el color de la violencia;
que todos los países que tuvieran ese color en su bandera estaban condenados a
no conocer la paz. También reformó el escudo y el himno. A aquél le suprimió
las manos de largas uñas cruzadas como los fémures en los pendones de los
piratas, que significaban las manos de los humildes trabajadores con las cuales
se forjaría el futuro del país, por unas
manos enguantadas en la misma posición pero agarrando un fajo de billetes, que
él interpretaba como la aristocracia poniendo sus capitales al servicio de la
patria. El himno anterior lo reemplazo en su totalidad por una oda de 12
estrofas que sucintamente describía sus gloriosos triunfos frente a los
subversivos, sus luchas contra la corrupción, contra la inflación, contra el
FMI en la estrofa cuatro y a favor del FMI en la once, contra la malaria y la
fiebre amarilla, contra el alcoholismo y los casinos, que eran de él. Defendía
la religión y sus sacerdotes, el democrático reparto de la tierra en manos de
ochenta y siete familias, y de los cargos del estado en manos de las mismas
ochenta y siete familias. Uno de sus ministros era el obispo de la capital don
Jesús de Rentaría y Rocafuerte en cuyas manos dejaba el poder cuando lo
aquejaban los terribles ataques de gota
y debía trasladarse a la clínica de los Hermanos Mayo en América, cuyo
tratamiento era costeado por ese país amigo, dueño de los peajes, de las carreteras y de los siete pozos de petróleo,
y donde esos amigos tenían una base secreta para dar entrenamiento militar a
los oficiales de más alta graduación de los otros países amigos en técnicas de
interrogación con instrumentos y métodos de asalto. “Solamente la sagrada
democracia nos llevara al primer mundo”, decía el himno en el coro; ella nos
incorporará en el G7. Este himno se
entonaba en los colegios antes de iniciar las clases, al medio día y a la seis
de la tarde por las emisoras de Escobária. No obstante, la inflación en Escobária
era del treinta y dos por ciento; pero hay que reconocer que durante la
dictadura del general Domínguez era del cuarenta y siete, el desempleo apenas
llegaba al veintiuno por ciento en las clases media y baja, y del uno por ciento en la aristocracia, lo
cual el FMI y él consideraban un triunfo de las políticas económicas
recomendadas por ese organismo y aplicadas por su Secretario de Economía. Ese
uno por ciento que preocupaba a Cronos,
lo explicaba el Secretario de Economía como los embajadores que habían sido
retirados para darle paso a otros amigos del gobierno, pero que ya pronto
entrarían a ocupar cargos si pasaba la nueva reforma constitucional que creaba
la nueva Corte Suprema de Revisiones de Archivos y Expedientes, que daría
ocupación a treinta nuevos magistrados, cada uno con diez asesores y cada
asesor con cinco auxiliares. De esa manera encontrarían trabajo bien remunerado
los desocupados de la aristocracia del país, que, como cosa curiosa, todos eran
abogados. Cuando alguien de la oposición preguntaba tímidamente por el otro
veintiuno por ciento el presidente Escobar aparecía en la televisión de la
noche, en horario triple A, y explicaba muy convincentemente los enormes
esfuerzos que venia haciendo el gobierno para crear nuevos puestos de trabajo.
Recordaba, con voz de triunfo, que gracias a las nuevas obras emprendidas por
su gobierno, más de veinticinco mil desocupados habían conseguido incorporarse
a la fuerza laboral. Eran tan atractivos los nuevos cargos, que en el Instituto
de Aseo y Ornato, decenas de
profesionales de las diversas ramas habían encontrado trabajo en los
últimos cinco años.
La oposición fraguaba de vez en cuando
una revolución para derrocar el
presidente, al que ya algunos llamaban presidente vitalicio y aquellos que
tenían cáncer terminal: dictador o sátrapa. Pero esto último los valientes
generalmente lo hacia desde la sala de cuidados intensivos de algún hospital.
Al doctor Sebastián Rodríguez, que lo llamó de las dos formas en su periódico El Constitucionalista Liberal lo sacaron
de la sala de recuperación sin retirarle siquiera los cables y las sondas, lo
bajaron al depósito de basuras, al pie del incinerador del hospital y lo
fusilaron. Pero no se dieron cuenta que desde cuando lo arrancaron del respirador
estaba muerto. Por eso les dio tanto trabajo pararlo contra la pared. Aquél día
el doctor Carlos Ariel López, director
del Hospital de Escobária, sostuvo una fuerte discusión con el Mayor que
dirigía el piquete de soldados para impedir que también fusilaran por
subversivo el hijo mayor del periodista, que a sus doce años acusaba notorio
síndrome de Down. Pero nada impidió que el doctor Carielo, como lo conocían en
la sociedad del país y algunas naciones vecinas, fuera llevado a la cárcel de
la capital, de donde logro salir, gracias a la influencia del embajador de
Mauritania, tres meses después y con dieciocho kilos menos de peso. En
declaraciones a Cronos agradeció el
buen trato recibido de sus carceleros, a los que les enseño a jugar ajedrez, y
especialmente la dieta alimenticia con la que logró lo que no había logrado en
tres años de bicicleta estática.
En Escobária ya iban nueve revoluciones,
más o menos serias, catorce atentados y un Golpe de Estado con todas las de la
ley, con la colaboración de los Estados Unidos, que lo financio únicamente para
conocer los integrantes del complot y entregarlos a la Guardia Civil del
presidente Escobar que los fusiló después de un juicio por el Tribunal de
Justicia Antirrevolucionaria recientemente constituido bajo la tutela de la Oficina por el Respeto de
los Derechos Humanos de los EE.UU. El presidente de aquél país decidió no
perder la cuantiosa inversión y ordenó al General Frank Chesterfiel aprovechar la presencia de los marines y los portaviones The Demócrat (El Demócrata) y
el God is with us (Dios esta con
nosotros) para que de una vez invadiera
el país del lado, que no estaba dando muestras de su absoluta sumisión a
los postulados de la Constitución que ellos le habían enviado días atrás.
Cuando el presidente Michel Polk tuvo que
dar explicaciones al senado de USA por la invasión manifestó que América había salido ganando porque el país invadido
es más grande, tiene más petróleo y bauxita y estaba más cerca de la base de
San Diego, de donde partieron las tropas. Y
efectivamente el presidente Polk tenía razón: el pueblo de Escobária
también salió ganando porque lograron un
presidente y un parlamento supervisados por los Estados Unidos; pueden
quemar la bandera de franjas y estrellas y recibir visa de América mientras no
le tiren piedras a la embajada. Otros revoltosos de mayor alcurnia pueden pasar
el fin de semana en sus apartamentos de la Pequeña Cuba de
Miami.
Cuando el presidente Escobar viajaba
por los ataques de gota, monseñor Rentaría no quedaba solo en el manejo del
poder. A su lado se encontraba, susurrándole al oído, el temible Abel
Sotomayor, que desde el mismo momento en
que dejaba al presidente en el avión que le enviaban los gringos para
trasladarlo a América, empezaba a dormir con un
ojo abierto. Esa era la orden del presidente y él la cumplía al pie de
la letra. Redoblaba la vigilancia del Ministro de Hacienda, para que no
sustrajera del Tesoro Nacional más de lo permitido y especialmente para que
ingresara a las cuentas bancarias del presidente Escobar la comisión que los
gringos le daban por entregarles todo el petróleo y la piedra pómez que el país
producía. Vigilaba al Ministro del Interior
para que no fuera a firmar contratos, al de Salud para que no vendiera
el único hospital que un consorcio de
turismo hotelero holandés quería comprar para adecuarlo como hotel, donde se
atenderían las aberraciones sexuales de los industriales japoneses. Todos los
hombres del Estado eran vigilados con especial atención. La reconocida lealtad
de Abel con el presidente era proverbial en todo el territorio nacional. Su
nombre infundía terror y el ruido del motor de su carro Pontiac, conocido en
todos los rincones del país, obligaba a la gente a esconderse en los lugares más
extraños. Toda visita de Abel dejaba una cauda de viudas y de huérfanos. Pero
la vigilancia que ejercía sobre la aristocracia gobernante era especialmente
para que no se reunieran. “Abel, mi leal amigo, nunca permita que más de dos
estén juntos-- era la frase última del presidente antes de abordar el avión. Y
si se llegan a juntar dos de ellos por más de veinte minutos disuelve ese
mitin. Nada bueno puede salir de ahí. No olvides que al presidente Domínguez lo
tumbamos después de diez reuniones con el Comandante del Ejercito y el padre
Jesús Rentaría”.
A monseñor Jesús de Rentaría y Rocafuerte, que fue el
nombre que adopto después del Golpe de Estado, no tenia que vigilarlo; pero a
su amante sí, porque acostumbraba enamorar los jóvenes oficiales de la Guardia Civil ,
especialmente aquellos que prestaban servicio en el Palacio Episcopal,
uniformados con los uniformes que habían sido del Káiser Guillermo II y
que les donó el ejercito alemán, después
que el kaiser se fue exiliado a Holanda. Abel no impedía que la amante de
Monseñor recibiera al oficial de turno en el apartamento privado que Monseñor
le tenia a espaldas de la casa cural, pues todo lo que allí ocurría era
escuchado a través de un complejo sistema de micrófonos, de tubos y de huecos
en las paredes conocidos por los oficiales de turno y por la propia Rosario
Blanco, menos por Monseñor, a quien por respeto escuchaban solamente hasta el
momento en que invariablemente le decía a Rosarito que el birrete y la sotana
con adornos morados se los colocara en el perchero para que no se arrugaran. Las visitas de su eminencia,
como lo llamaba Rosarito, no tomaban mucho tiempo. Debía regresar a su estudio
donde permanecía la mayor parte del tiempo preparando discursos sobre la moral
y las buenas costumbres, cuando no oraciones fúnebres en que exaltaba las
cualidades del fusilado de turno. Hay que saber que el presidente Escobar los
mandaba fusilar pero les hacia entierros de primera, costeando muchas veces de
su propio bolsillo una enorme corona y el cajón
con incrustaciones en plata. Y nunca dejaba de enviar una esquela a la
viuda y los huérfanos prometiendo una investigación exhaustiva hasta dar con
los asesinos.
Así fue en el entierro del doctor Sebastián Rodríguez
en que también tomo la palabra Abel Sotomayor para resaltar entre varios haigas su inmenso amor a la patria y
desmedido apego a la
Constitución. A la única del lado del gobierno que no dejaron
hablar fue a Rosario Blanco, no tanto por respeto al muerto, sino por respeto a
monseñor. Porque del lado del doctor Rodríguez no dejaron hablar a nadie, ni
siquiera dejaron participar a su
hijito de cinco años que quiso hacerle
una despedida con mano a la sien. Menos a la mamá y a la esposa, y ni siquiera aceptaron que
fuera al entierro don Jaime Echeverri y Albornoz, subdirector de El Constitucionalista
Liberal, que a partir de ese día dejó de circular por orden del presidente
Escobar y que, presintiendo que su jefe no saldría vivo del hospital, no tanto
por su enfermedad como por los editoriales, tenia un obituario de tres páginas
con fotografías de cuando don Sebastián Rodríguez Manosalva era niño hasta
aquella en que se abrazaba al presidente Escobar el día que éste dio el Golpe
de Estado que derrocó al presidente Domínguez . También transcribía algunos de
los editoriales en que don Sebastián describía al presidente Escobar como “El
Libertador” de Tungurilla, antiguo nombre de Escobária, hasta aquél que
escribió el día que el doctor Carielo le dijo que su cáncer de próstata lo
llevaría a la tumba en pocos días, y donde lo llamo de todo, incluso dictador y
sátrapa de la peor especie. El presidente no se exaltó mayor cosa cuando
entendió más o menos el contenido del editorial, pero entró en terrible furia,
con sentencia de muerte para el autor de la ofensa, cuando le explicaron lo de
sátrapa.
El Constitucionalista Liberal no circulo ya más. Sus
empleados y reporteros fueron licenciados y las deudas contraídas con el Banco
de la Nación, único banco de Escobária y propiedad de Ricardo Escobar, hijo del
presidente, se cancelaron recogiendo la vieja prensa que don Sebastián había
heredado de su abuelo, el prócer de la independencia de Tungurilla, general
Marcelino Manosalva. No es que Ricardo Escobar le hiciera oposición a su padre
el presidente, sino que amaba los negocios de toda clase. Por eso, meses
después vendió la vieja prensa del general Manosalva a don Jaime Echeverri,
quien a los pocos días puso en circulación
El Constitucionalista Institucional, nuevo periódico de oposición que
el gobierno de América había ordenado al presidente Escobar dejar circular, por
aquello de la democracia. Este nuevo tabloide de cuatro páginas debía someterse
a las políticas fijadas por la
Secretaria de Estado de América, plasmadas en el llamado
Manual de Convivencia, y que todo periodista debía observar si deseaba
continuar con la visa que le permitía pasar vacaciones en la Pequeña Cuba de
Miami. En el nuevo periódico de don Jaime Echeverri no se escribían editoriales
por miedo a la implacable censura del gobierno, integrada por policías y
guardaespaldas ascendidos a ese cargo por Abel Sotomayor. El doctor Echeverri
sabía de la absoluta ignorancia de los censores en todas las materias. No temía
lo que escribía sino lo que en su paranoia entendían los censores. Por eso
decidió que el nuevo periódico ya no llevaría editoriales sino un enorme
crucigrama que ni el más avisado empleado del gobierno podría entender y menos
resolver, porque no era para darle solución, sino para comunicarse con los
demás miembros de su partido político.
El personal de la Embajada de América tampoco los entendía pues el doctor
Echeverri se cuidaba mucho de no hacer referencia a hechos que tuvieran que ver
con ese país y evitaba todo nombre o palabra que sonara a gringo. No olvidaba
la llamada de atención que recibió de la Cancillería cuando en el vertical 3 puso: “Anexo
introducido en la
Constitución Cubana por presión de los EE. UU, que de no
hacerlo los gringos perpetuarían la invasión militar a ese país”. Toda la
oposición entendió con claridad que se les hablaba de la insoportable
ingerencia de América y que pronto Escobária se encontraría en la misma
situación de Cuba cuando debió aceptar la llamada Enmienda Platt, que
modificaba su propia constitución bajo la amenaza de no abandonar la isla
jamás. En América pensaron que se trataba de un insulto a su país. Alistaron los portaviones “Constitución” (Constitución) y “God is
American” (Dios es Americano) con cinco mil marines para el desembarco y
cien geólogos, pues tenían la sospecha de que al este del país había
yacimientos de uranio. Eso era lo que el presidente Polk llamaba “One travel and two orders” que más o
menos quiere decir “un viaje y dos mandados” y que en otras ocasiones le había
dado magnifico resultado. El gigantesco desembarco debió ser suspendido, no por
las tímidas explicaciones del doctor Echeverri al General Chesterfield, en una
carta abierta en Cronos, dado que El Constitucionalista
fue temporalmente clausurado por orden de la Embajada de América, sino porque el jefe de la bancada de
oposición de la Cámara de Representantes de América, en un ardiente discurso
contra el presidente, le hizo caer en cuenta que ese país desde hacia años se
encontraba invadido. “Mejor -le dijo al presidente el representante Mr
Hichkooc- debemos pensar en sacar nuestros muchachos de allá, porque han
perdido buena parte de las costumbres anglosajonas, están aburridos de comer
bananas y mulatas y lo peor: ya rezan el rosario”. Demoledores argumentos que
llevaron al traste la proyectada invasión.
Escobária entero celebró el triunfo de la democracia y
monseñor de Rentaría y Rocafuerte ofició un Tedeum con las ochenta y siete
familias de la aristocracia a bordo. Hubo discursos de toda clase pero se
destacó especialmente el del joven político abogado-economista doctor
Juan Camilo Izquierdo y Gutiérrez destinado a ocupar el Ministerio de
Hacienda, antes Secretaria, cuando su
padre, del mismo nombre, lo entregara. Habló el joven abogado-economista de la
democracia representativa, y dijo que
gracias a ella él podía estar en esa tribuna reservada a las más ilustres
cabezas del país; también hizo una
amplia defensa de las instituciones bajo cuyo manto todas las familias
de Escobária eran iguales y recibían el mismo tratamiento. Citó estadísticas
sobre el empleo de la aristocracia, la importación de automóviles y licores
finos, las exportaciones de piedra pómez.
El discurso fue ampliamente elogiado durante varios días en los
editoriales de Cronos como la pieza
más brillante pronunciada en los últimos años y publicado durante tres días
consecutivos. Fue tan elogiado que su padre don Juan Camilo decidió renunciar
al Ministerio para aceptar la
Embajada en América e iniciar de paso el tratamiento contra
la arterioesclerosis que lo estaba incapacitando y que había postergado por
varios meses mientras Juan Camilo, su hijo, aprendía economía, en un curso
acelerado de dos meses, en una universidad del exterior.
El presidente Escobar, demócrata como el que más,
acostumbraba citar a concurso público para llenar los cargos vacantes del
gobierno. En estos concursos podían participar todos los profesionales que se
creyeran capacitados para el cargo. Por lo general centenares. Respondían un
cuestionario del FMI y una entrevista con la cónsul de América. La cónsul,
republicana por más señas, habló por la radio en la noche, desde el
teatrillo de la emisora del gobierno para anunciar el resultado del concurso,
del cual estabas pendiente toda la nación, especialmente los cientos de
economistas desocupados que habían estudiado seis años de carrera en la
facultad de Escobária. Vestía la cónsul un traje de noche en satín negro hasta
los tobillos, con amplio escote que dejaba ver, debajo del collar de la cultura
Tolteca, algunos barros o pecas, nunca
se supo, zapatos de charol, del mismo color del traje y con El Juramento del español Joaquín
Gaztambide y Garbayo, como fondo musical, dijo sonriente: and the winner is ( y
el ganador es ), leyó en la tarjeta que le suministró el maestro de ceremonia y
pronunció el nombre: el doctor Juaaan Camiiilo
Izzzquierrrdoooo yyyyy Gutieeeeeerrez. En el crucigrama del día siguiente, en
el horizontal 3, decía el doctor Echeverri: de 8 letras, ganó sin haber
participado. De esa manera todo el mundo supo en Escobária que el pueblo
nuevamente había sido burlado. Que el joven economista ni siquiera había
concurrido al publicitado concurso. Los censores que intentaban resolver el
crucigrama trataban de encontrar la palabra de ocho letras que encajara, pero
era obvio que no la encontrarían. Otros, amantes del fútbol, intentaban poner
Corintias o Huracán. Los otros censores ya no leían los crucigramas pues cuando
lo hacían, lápiz en mano, solamente conocían el significado de frases como “de
dos letras, dios egipcio; de dos letras, Júpiter la convirtió en vaca”; y la
cuestión se les ponía difícil cuando aparecía: de 5 letras, remolcar el barco,
o, de seis letras: gallo sin cola. Este era el momento en que arrojaban el
crucigrama a la basura e impartían el ansiado “aprobado”.
El doctor Juan Camilo inicio sus gestiones como
Ministro de economía algunos días después de haber sido nombrado. debió
antes acompañar a su padre a tomar
posesión de la Embajada en América e iniciar sus primeros exámenes para la
arterioesclerosis que lo consumía. Mientras tanto se hizo cargo del ministerio
a monseñor Rentaría y Rocafuerte, única persona en quien confiaba el presidente
para ese cargo pero, por supuesto, Abel Sotomayor mantendría sobre el obispo
una vigilancia cerrada, tal como acostumbraba hacerlo cuando el presidente le daba
alguna comisión especial.
Sotomayor, desde mucho tiempo atrás, tenia sembrado el
despacho del ministro de micrófonos, agujeros en el cuadro del prócer de la
independencia del país, que permitían ver en gran angular cuanto ocurría en el
despacho del funcionario de turno; todos los teléfonos estaban intervenidos y,
con pocas excepciones, el personal que laboraba allí eran informantes del jefe
de escoltas del presidente Escobar. Pero detrás de todo este tinglado de
espías, micrófonos, agujeros en las paredes y demás asuntos relacionados con el
espionaje estaban escondidos y silenciosos los representantes de América con su
embajador a la cabeza. Ellos, y nadie más, conocían las andanzas
internacionales del presidente Escobar. Los contratos que pretendía firmar
comprometiendo parte del territorio nacional, las compras de costosos bienes
para la infraestructura del país, siempre con
una jugosa comisión para él, que ordinariamente era depositada en un
banco en Suiza y que él, al no salir del país por temor a un golpe de estado,
nunca podría disfrutar. Pero si lo haría su hermano Clodomiro, que prefería los
viajes de placer, la juerga y la música por encima de la política en la cual
jamás intervenía, a no ser que fuera como poeta de protesta. Nunca concedía entrevistas
salvo que se tratara en temas de farándula. Cuando Clodomiro participó en de
una canción protesta contra su hermano éste, por secreta recomendación del
embajador de América, le impuso el peor de los castigos imaginados por dictador
alguno incluidos Hitler, con su odio a Stalin, los judíos y gitanos a quienes
gustaba bañar con gas Zyklon B; o el Doctor Francia, con su odio a lo que
tuviera que ver con el exterior; a Clodomiro lo condeno a leerse las primeras
cien hojas del Ulises de Joyce. Clodomiro, después de la primera página, rogó
que le cambiaran la pena impuesta por cualquiera otra y sugirió un repertorio
de cien posibles torturas. Ante la insistencia de Clodomiro para que le
cambiaran la pena su hermano, el presidente Escobar, montó en cólera y subió la
sentencia a doscientas hojas, hecho éste que por poco produce en Clodomiro un
infarto de miocardio. Se rumora, en los mentidero intelectuales de Escobária,
que el hermano del presidente duró tres años tratando de cumplir su condena y solamente llegó a la página veintisiete.
Clodomiro inevitablemente se quedaba profundamente dormido. No obstante, poco a
poco se fue rehabilitando con su hermano, quien demostró su carácter inhumano
al no liberarlo de la pena impuesta años atrás, pero se deben reconocer en él
ciertos sentimientos de nobleza al dejar abierto el término para cumplir la
sentencia. Nadie duda que ésta era una sentencia cruel en extremo y que
Clodomiro trato de cumplirla lo mejor que pudo y en su empeño trato de sobornar
con una gruesa suma a un anciano de Escobária que supuestamente había leído el
libro. Le rogó al anciano que le descifrara lo que decía Joyce en estas primera
doscientas hojas y el anciano debió confesarle, anegado en lagrimas, por la
perdida de la jugosa recompensa, que había comenzado su lectura en 1922, cuando
fue publicado por primera vez, y que medio siglo después lo había suspendido
definitivamente cuando apenas había llegado a la pagina 87. Y que ya sus
cansados ojos jamás lograrían recorrer las 648 paginas que aun le faltaban.
Nunca nadie en Escobária, como en buena parte del continente, sabría que paso
al final de aquel 16 de junio de 1904, con Leopoldo Bloom. Clodomiro insistía
con tenacidad sobrehumana en la pesada lectura pero invariablemente, como todo
el mundo que lo intentaba, caía en un profundo sueño en el cuarto o quinto
renglón. Dejó a un lado las canciones de protesta, se cortó el cabello al
estilo de un señor, cambio sus botas de tacón tipo Jhon Lenon por zapatos de
amarrar, se mandó borrar de la nalga el tatuaje del David de Miguel Ángel, y
como la borrada le resultaba muy dolorosa, le mandó colocar sostén al tatuaje
de una sirena que tenia coquetamente en
la otra nalga. Y adoptó muchas otra cosas de la cultura de la gente decente con
el único propósito de regresar al lado bueno del corazón de su hermano el
presidente. Finalmente y después de muchos años, como ocurre en todas las
dictaduras, el presidente Manuel José Escobar olvido el castigo impuesto a su
hermano varios años antes.
Pero, por aquellos días, Abel Sotomayor no era el jefe
del siniestro grupo Los Cara de Ángel; simplemente era uno de los integrantes
más sobresalientes, dotado por la naturaleza de una sangre fría que le permitía
cometer los más infames crímenes sin sentir remordimiento o piedad. Abel
Sotomayor esperaba algún día remplazar en la dirección de Los Cara de Ángel al
respetado jurista don Amadeo Salazar Portocarrero, quien desde la dirección del
Instituto Nacional de Inteligencia -INI- le había dado forma a aquel pequeño
grupo de no mas de veinte integrantes que se encargaban de los trabajos en que
alguien debía ser silenciado o sacado de escena mediante el uso de algún
“procedimiento”, nombre genérico con que denominaban las múltiples torturas que
aplicaban, muchas veces hasta morir, a quienes caían en desgracia. Los Cara de
Ángel hacían bien su trabajo porque
siempre lograban la confesión del infeliz. El jurista Amadeo Salazar
Portocarrero, años atrás recibió del presidente Escobar la orden de fundar un
organismo que se encargara de aglutinar en uno sólo las muchas dependencias
para la investigación de delitos que operaban en el país, ya que cada instituto
o ministerio, tenía su pequeño pero eficiente organismo de vigilancia. Cientos
de detectives, investigadores, caza recompensas, auditores, espías y soplones
quedaron cesantes. Unos pocos pasaron al nuevo órgano de investigaciones creado
por el doctor Amadeo, siguiendo los lineamientos de la Misión Adams, que
dirigía el expolicia y exdetective, mister James Washington Adams, que se había
formado en las distintas técnicas de controlar el crimen en las calles de su
ciudad natal.
El doctor Amadeo Salazar dedicaba buena parte de su
tiempo al estudio, especialmente de las legislaciones Celtas que comparaba con
las de Escobária y dejaba que Abel Sotomayor manejara bien o mal el INI y su
grupo especial de los Cara de Ángel que a la partida de mister Adams había
tomado enorme fuerza hasta convertirse en pocos meses en el terror de los
disidentes, de los funcionarios públicos que metían las manos en el erario
público, de los contratistas que evadían la comisión establecida para el
presidente Escobar o para quien este autorizara. Perseguían los Cara de Ángel
no solo la corrupción en los corruptos, sino los homosexuales, las prostitutas,
los individuos de pelo largo y todo el que se apartara de los patrones
culturales dictados desde el congreso de Escobária por el senador vitalicio don
Cecilio Pérez Soto que en todos sus dictámenes sobre moral y buenas costumbres
recibía el apoyo irrestricto de monseñor Rentaría y Rocafuerte y de Rosarito
que también los odiaba en secreto tanto o más que don Cecilio, pero no por el
mismo motivo. Don Cecilio los odiaba porque su hijo mayor, años atrás se vio
envuelto en un caso de pedofilia que lograron acallar amenazando con un
carcelazo a don Sebastián Rodríguez
Manosalva director del Constitucionalista Liberal y con retirarle toda la
publicidad que suministraba el gobierno. Don Sebastián en un editorial recogió
la versión oficial sobre el caso, habló de las acusaciones temerarias, de las
respetables familias, de la infame calumnia y prohibió volver a tratar el caso
en la páginas del periódico. Pero, años después don Jaime Echeverri en el crucigrama del Constitucionalista Institucional,
daba pistas sobre el asunto bajo frases como “vicio que practicaban algunos
romanos” y como respuesta encajaba el nombre del hijo mayor de don Cecilio, que
no tenía la costumbre de resolver crucigramas. En cambio Rosario Blanco apoyaba
las campañas de moralización del senador porque en algunos círculos se decía
que su madre había sido la amante del derrocado presidente Domínguez, pero que
Rosario era hija del chofer de éste.
Un día el doctor Amadeo citó muy temprano en la mañana
a Abel en su oficina del Palacio de las Investigaciones para comunicarle su
decisión de retirarse de la dirección del INI para dedicar más tiempo a
terminar la gigantesca biografía sobre Saigo Takamori, el último samurai,
comenzada muchos años atrás cuando había sido embajador en Japón del derrocado
presidente Domínguez. La tarea era gigante porque debía revisar más de mil
folios que llevaba escritos con una caligrafía pequeñita, casi invisible,
compararlos con los cientos de documentos que había utilizado a fin de no
llegar a confundir nombres, ni fechas lo cual no se lo perdonaría jamás. Debía
verificar que los planos que guardaba celosamente de la antigua Edo si eran de
la antigua Edo y no de otra ciudad, que los jardines que aparecían en otro
plano correspondían al palacio del Shogun y no de alguien de menor importancia.
Y lo más importante comprobar sin dejar ninguna duda que con Saigo se había terminado la gloriosa estirpe
de los samurai; que después de él nadie vistió los atuendos ni cargo las dos
gloriosas espadas. Y demostrar, contra la creencia general de los miles de
estudiosos de esos estupendos guerreros,
que Saigo Takamori jamás intervino en un encuentro, ni ganó una pelea, ni
desenfundó sus filosas espadas para proteger a su daimio. El trabajo era arduo
y debía concluirlo rápidamente ya que supo que otra biografía sobre el héroe
estaba siendo escrita por un profesor de artes marciales y jardinería de la Universidad de
Dushisha, descendiente directo del samurai y quien buscaba destruir la especie
de que Saigo no fue un héroe, sino un oscuro personaje vestido con la
indumentaria y las espadas de los samurai, que vagaba sin rumbo por las calles
de Edo, sin ninguno de los privilegios que tuvieron sus colegas. El profesor
había escudriñado en los anales del gobierno
Meiji y sostenía haber encontrado las pruebas de que su antepasado era un héroe
y no un impostor, como lo sostenía el doctor Amadeo en un artículo que publicó
en la revista de origamis en su época de embajador. El artículo despertó la ira
de los ancianos guardianes de la tradición samurai y obligó al presidente
Domínguez a retirar a su embajador, antes de que se le aplicara la ley de honor
que lo obligaba a practicarse un sapuko, al mejor estilo japonés.
El doctor Amadeo, que distaba de ser un héroe, decidió
eludir toda disputa con los fanáticos que acababa de fundar una secta para
exaltar las tradiciones japonesas, y ante la imposibilidad de utilizar su
propia vestimenta para llegar al puerto y tomar el barco que lo trasladaría
como embajador a Rangún, debió disfrazarse de monje budista y hacer a pie el
recorrido hasta el puerto de Yonago, donde finalmente pudo embarcarse.
Abel Sotomayor
ocultó la enorme satisfacción que le produjo la noticia que le dio esa
mañana el doctor Amadeo. Ningún músculo de su cara se movió; ni siquiera
parpadeo cuando el doctor Amadeo le dijo casi en secreto y acercándosele al
oído que el seria su sucesor en el INI, porque así lo querían él y el
presidente Escobar. Abel al fin vio recompensado su historial de crímenes y
violaciones. Y pensó que el trabajo sin tregua, la lealtad al jefe y demás
valores que el practicaba como una religión dan finalmente los frutos deseados.
El doctor Amadeo le advirtió que por expresa voluntad del presidente
desempeñaría los cargos de director del INI, jefe de los Cara de Ángel y jefe
de escoltas del presidente. No podía pedirle más a la vida, tres de los mas
importantes cargos del país estaban a partir de ahora bajo su mando. Todo
aquello que no había podido hacer porque alguien se lo impedía, lo haría; lo
que estaba inconcluso lo terminaría, esas células de disidentes, de opositores
al presidente Escobar, iban a saber con quien tratarían. Mano dura, nada de
compasión, seria su divisa.
-El presidente en su discurso de esta noche informará
al país de mi retiro y de su nombramiento como nuevo director del INI- le
susurro el doctor Amadeo como tratando de evitar que alguien oyera su
conversación. No sabia que esa oficina, como todas las oficinas de los cholo
aradores inmediatos del presidente estaban plagadas de micrófonos instalados por
Abel a instancias del presidente Escobar. Y de otros micrófonos más
sofisticados instalados por orden de la embajada de América. En ese instante Los Cara de Ángel, que
silenciosamente escuchaban la conversación desde una casa vecina, supieron del
nombramiento de su jefe como director del INI, y comprendieron que ellos
también, al lado de Abel, ascenderían en el escalafón del gobierno. “Su
posesión – continúo diciéndole - será dentro de tres días, el próximo jueves,
en la Casa de los Fundadores, - que así se llamaba el despacho del presidente
Escobar - cómprese un traje azul oscuro, una camisa blanca, corbata gris plata
y unos zapatos negros sin mayores adornos, que no sean de charol. Ah, me
olvidaba, por ningún motivo se vaya a poner esas medias rojas que acostumbra a
usar. Y es mejor que no lleve a su mujer.
Esto último ya lo había pensado Abel. Que hacer con
Sagrario que convivía con el desde hace tantos años y que seguía siendo tan
rústica como el día que la conoció, cuando servia en la casa del Ministro de
Obras como mucama y que le ayudó a instalar los micrófonos por donde se
filtraron a su oficina los contratos para la construcción de varios puentes con
una abundante comisión para el ministro, y unos precios escandalosos para el
contratista. Cuando Abel Sotomayor le informo al presidente del negocio que se
traía entre manos el ministro estalló en un ataque de cólera, porque le estaban
robando la parte del negocio que le correspondía. “No admito que hagan
corrupción contra mi, le dijo a Abel levantando las manos hasta la cabeza”.
Abel Sotomayor llego puntual el jueves a la Casa de los Fundadores,
Estaba citado para tomar posesión a las 11:00 AM y se hizo presente a las 9:00
AM; eso para él era ser puntual. El presidente en ese momento estaba despidiendo
a su querida por al parqueadero de la servidumbre, por donde solía ingresar
Abel a la Casa
de los Fundadores. Abel discretamente miró hacia otro lugar, mientras
permanecía sentado en su viejo carro de modelo de 18 años atrás. Todo lo sabía
gracias a su inmensa red de espionaje. Por eso sabía que Gregoria Pallares, la
amante del presidente, lo había sido antes del agregado comercial de la
embajada de Argentina, con quien mantenía no ya relaciones sentimentales, pero
sí comerciales: estaban dedicados al contrabando
de cueros crudos de res con el apoyo del jefe de la aduana de Escobária, quien,
a su turno, entregaba después de cada despacho una parte de la comisión al
presidente Escobar y con la otra parte pagaba la casa que el presidente le
tenia a Gregoria en uno de los más selectos suburbios de Escobária. Todo eso lo
sabía Abel, que era el único funcionario que nunca recibía una comisión, pero
que llevaba en rústicos cuadernos cuadriculados de cien hojas una relación
detallada de lo que cada funcionario recibía por comisiones, sobornos y hasta
robos descarados. A Sagrario le respondía “No sé, puede llegar el día en que me
sean útiles”, cuando ella le preguntaba qué para que anotaba tantas cosas.
Al llegar a su vivienda, en un barrio de clase media,
se sentaba en un pequeño cuarto en enorme desorden e inundado de viejos
aparatos de escucha a releer durante horas sus múltiples cuadernos
cuadriculados que conservaba atados con cuerdas, formando un bulto del tamaño
de una butaca. No era raro que lo usara para sentarse en él cuando revisaba un
nuevo aparato que le hacia llegar una de
las embajadas con que mantenía
contacto, y que de tiempo atrás conocían su debilidad por todo lo que tuviera
que ver con el espionaje. Nunca retiraba una persona de sus cuadernos, ni aún
cuando morían. Había comprobado, desde muchos años atrás, que a los muertos los
hacían responsables de las tropelías de otros, y él, con su minucioso archivo,
estaba en condiciones de comprobar la veracidad de la información. “Nunca me
cogerán fuera de base”, acostumbraba decirse mientras leía con dificultad sus
anotaciones, hechas en una minúscula letra “no más grande que la cagada de una
pulga”, como le decía Sagrario.
Abel Sotomayor se sentó en el pequeño salón que
antecedía al salón de actos de la
Casa de los Fundadores, donde se llevaría a cabo la ceremonia
de su posesión del INI y, en la misma ceremonia, la de unos empleados de menor
categoría. Estaba solo en uno de los rincones más aislados del salón. Se
entretenía mirando hacia los distintos puntos donde todavía estaban ubicados
los micrófonos que años atrás había mandado instalar y donde comenzaba la
difícil tarea de seguir rigurosamente las conversaciones de todos los
funcionarios del gobierno del presidente Escobar. A nadie había invitado a su
posesión. Pero había acogido la sugerencia del doctor Amadeo Salazar de ir
elegantemente vestido. Lo único que no consiguió fue la corbata gris plateada que sustituyo
por una de tono ocre o dorado, nunca se supo. Y
no se puso medias rojas sino de rombos amarillos y verdes. Muchas veces
había pasado por aquél salón; siempre que lo hizo fue de manera transitoria,
jamás se había sentado a esperar. Hoy era el primer día que debería estar allí
hasta cuando el maestro de ceremonia lo hiciera pasar al salón de actos en compañía de los demás nombrados. “Que
falla, pensó, por andar en lo de la posesión me olvide de revisar si los
micrófonos estaban funcionando”. Sin darse cuenta que esta reflexión conducía a
que él se espiaría a sí mismo. Pero los micrófonos sí estaban funcionando como
lo podían comprobar desde un cuarto no muy lejano el grupo de los Cara de Ángel
que le seguían todos los paso a Abel. Y desde otro cuarto a varios kilómetros,
los acuciosos gringos.
Inmóvil
permaneció en el asiento por más de una hora y media. Mucha gente pasó por su
lado y sin excepción todos lo saludaron con recelo y mucho temor. No en vano
era el funcionario más temido del país. El solamente contestaba el saludo con
un gesto o con un movimiento de cabeza. Por lo general jamás le dirigía la
palabra a nadie antes que se la dirigieran a él. Finalmente comenzaron a llegar
los nuevos funcionarios, la mayoría con niños pequeños. Llegaban también los
parientes o amigos invitados. Los niños reían y jugaban en el pequeño salón, se
subían en los asientos y algunos descubrieron un micrófono en el oído del busto
de Beethoven que decoraba el recinto. Abel trataba desde su silla de imponerles
disciplina a base de gestos amenazadores que más hilaridad causaba en los
chiquillos, quienes le respondían con una grotesca imitación de lo que Abel les
hacia.
Abel se dirigió hacia la pequeña vitrina con libros
que había en la pared opuesta del recinto. Nunca en su vida había leído un
libro, con excepción de La Alegría de Leer en la cual aprendió, no sus primeras
letras, sino sus únicas letras, cuando
fue estudiante de escuela primaria. Miro los lomos con más distracción que
interés y de pronto, con algo se sobresalto uno de esos títulos atrajo su
atención: La Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte. Lo abrió en
cualquier parte, al azar, y leyó con dificultad: “Para apoderarse del estado
moderno hacen falta una tropa de asalto y técnicos: equipos de hombres armados
mandados por ingenieros”. Volvió a leer la frase deteniéndose en las palabras
que le daban sentido: “apoderarse”, “estado”, “una tropa”. Y la leyó varias
veces más, hasta cuando la hubo asimilado en todo su significado. Regreso a su
silla y en su mente seguía rondado aquello de “apoderarse del estado”. Abel
contemplaba con su mirada feroz el juego de los niños con los cuadros, con los
floreros, haciendo trenes con los asientos. Ninguno de los chiquillos entendía
que esa mirada era la más temida del pais y que nadie, salvo ellos, le
sobrevivirían. Sus padres y parientes sí conocían a aquél hombrecito de traje
azul y media amarillas con quien a partir de ahora compartirían el privilegio
de hacer parte del gobierno del presidente Escobar. Sabían que nada perverso se
escapaba a sus maniobras siniestras. Pero ninguno sabía que hacia allí ese
oscuro personaje, mano derecha del presidente. Mientras Abel permanecía inmóvil
en su asiento los demás conversaban en voz tan baja que Abel entendía
perfectamente que no querían que los escuchara. Pero Abel estaba tranquilo
porque en pocas horas oiría todas las conversaciones que en ese momento
sostenían sus compañeros de antesala. Solamente perturbaba su ánimo que los
niños, pasado un rato, volvían a jugar con el micrófono del oído de Beethoven y
podrían malograrlo.
De
vez en cuando Abel esbozaba una sonrisa casi imperceptible. Es que pensaba en
la tortura que debían estar soportando los Cara de Ángel encargados de escuchar
lo que acontecía en aquel salón de la Casa de los Fundadores, pues por propia
experiencia sabia del insoportable chirrido que producía el solo roce con el
plumero cuando la encargada del aseo le trataba de sacar el polvo al oído del
genial músico.
Sagrario,
entre tanto, permanecía sentada frente al viejo radio de Abel, escuchando el
discurso del presidente Escobar informando a la nación de los avances del pais
en múltiples aspectos importantes. Pero ella lo único que deseaba era escuchar
el nombre de su querido Abel, pues este antes de salir respondió a sus
insistentes preguntas, sin anticiparle nada mas, que recibiría un importante nombramiento que
el propio presidente Escobar anunciaría por radio después de su discurso a la
nación.
Luego de una larga sucesión de cifras porcentuales y
de comparaciones con otras épocas el presidente inicio un elogio al doctor
Amadeo Salazar Portocarrero quien a partir de ahora entraría al salón de los
héroes de la nación, no solo por tratarse del jurista más distinguido del pais
y director del INI, sino por ser un historiador de talla mundial que se
dedicaría a terminar su biografía del ultimo samurai, obra de investigación
inigualable y sin parangón en la historia universal. Sagrario en este punto del
discurso contuvo la respiración esperando el nombre de Abel en boca del
presidente. Mientras acercaba su oído al aparato, cerró los ojos y junto las manos
para elevar una plegaria de agradecimiento al Señor que al fin se había
acordado de Abel. Pero el presidente no hablo del sucesor del doctor Amadeo;
después paso a otros temas que no interesaban a Sagrario, por el contrarios
producían en ella una modorra insoportable que no le permitían mantener su
mente atenta al soporífero discurso. De repente dio un salto. Acababa de
escuchar que el presidente decía “ahora démosle la bienvenida a los nuevos
funcionarios que a partir de hoy dedicaran todo su esfuerzo por mantener el
incontenible crecimiento de nuestra nación”. Esta misma frase la escucharon
todos los que se encontraban en la pequeña oficina con Abel Sotomayor. Menos
los niños, que rendidos del cansancio, producto de dos horas de juego, dormían
en el regazo de sus padres. Los nuevos funcionarios se levantaron al tiempo de
sus asientos, despertaron los niños e iniciaron un frenético desplazamiento
hacia todos los lados, mientras sus esposas, detrás de ellos, arreglaban los
nudos de las corbatas y ellas mismas ponían algo de orden a sus desarreglados
cabellos. Abel también la escucho pero,
dado su estoicismo, no se había movido en todo ese tiempo de su asiento; por
eso no debió corregir nada, ni su corbata, ni el cuello de su camisa, ni su
cabello, solamente se miro la punta de sus zapatos y casi en secreto frotó cada
uno contra la pantorrilla para darles un poco de brillo. Y continuó ejerciendo
su mayor virtud: esperar.
De repente se abrió la puerta que daba a la Sala de
Prensa, desde donde el presidente Escobar se dirigía a todo el pais y el
maestro de ceremonias asomo su cabeza para decir:
-Por favor: sigan al salón y se colocan detrás del
presidente en el siguiente orden. Y leyó una lista. A Abel Sotomayor no le
importó ser el último de los nombrados. Siempre era el último. Un niño que
intentaba seguir a su madre en el tropel piso uno de los zapatos de Abel, quien
no se percato de ello, pues se encontraba en una especie de sopor. Ya en el
salón no escuchaba lo que el maestro de ceremonia decía, ni lo que decía el
presidente a cada uno de los que iba posesionando en sus nuevos cargos. Miro
nuevamente la punta de sus zapatos y descubrió con horror la marca de una
pisada pequeñita, indudablemente de un niño. Tuvo un destello de etiqueta y
decidió, contra su voluntad, no frotarlo contra la manga del pantalón.
Sagrario
esperaba con ansia, sola y en silencio, el momento en que el maestro de
ceremonia pronunciara su amado nombre. Nadie la acompañaba en el momento más
feliz de la vida de los dos. Abel jamás había tenido amistad con nadie, su casa
nunca la habían visitado compañeros de trabajo ni vecinos. Pero el pais entero
en ese momento estaba atento a la ceremonia que se transmitía por la radio y la
televisión estatales. Una buena cantidad de ciudadano desconocía al hombre algo
robusto y corto de estatura que solitario esperaba su turno separado
discretamente del grupo. Muy pocos lo reconocieron y no salían de su asombro al
ver al personaje más temido del pais esperando posesionarse del más tenebroso
de los organismos de seguridad. Muchos abrigaban la esperanza de que en
cualquier momento el presidente Escobar desistiera de nombrar en ese cargo
siniestro al más siniestro de los personajes del régimen.
Abel Sotomayor no escuchó nada de lo que dijo el
presidente sobre él cuando llegó su turno. Pero Sagrario no salía de una
inmensa alegría cuando escuchó las palabras elogiosas del más poderoso de la
nación sobre su humilde pero poderosísimo marido. “Abel Sotomayor es el más
leal entre los leales, el más fiel entre los fieles, el más honesto entre los
honestos, y por eso lo he escogido para remplazar a don Amadeo Salazar en la
dirección general del INI”- dijo el presidente Escobar al tiempo que le
alcanzaba el magnífico estilógrafo de oro para que firmara su acta de posesión
y se convirtiera, después del presidente, en la persona mas poderosa del pais.
Por no estar acostumbrado a firmar y por su rudimentaria educación a Abel
Sotomayor le tomo más tiempo firmar que a los otros funcionarios que lo habían
acompañado en la ceremonia. En ese momento lamentó haber escogido, muchos años
atrás, un apellido tan largo. Pero mientras Abel firmaba, y el país entero,
ahora sí sabía quién era y que hacia allí ese pequeño hombre, en las casas
muchas ancianas se santiguaron, otra, en otro lugar, inicio en silencio una
oración y un hombre que se disponía a dar la tacada en un juego de billar,
suspendió el golpe para exclamar: “ ¡Oh Dios, lo que nos espera!” En tanto que
su compañero de juego le decía con una inocultable expresión de terror
“cállate”.
En la casa de Abel Sagrario lloraba de felicidad.
Al salir del salón por la misma puerta que había
entrado, esta vez de primero, lo abordó don Amadeo Salazar para decirle sin
mayores preámbulos
-Abel: mañana lo espero temprano para ponerlo al tanto
de los asuntos.
-No hace falta doctor Amado, yo lo se todo. Mañana le
haré llegar sus cosas - y, sin despedirse del anciano, echó en el bolsillo de
su saco el librito de Malaparte y continuó su camino hacia el parqueadero para
tomar su viejo Pontiac. Ah! Otra cosa - le dijo cuando transponía la salida-
nunca vuelva por allá.
El doctor Amadeo Salazar esbozó una sonrisa de terror
y se retiró del salón pensando “¿qué he hecho?... ¿qué he hecho?”
Abel Sotomayor fue recibido por su mujer con un fuerte
abrazo, muy difícil, es cierto porque el abultado estomago de Abel y el enorme
busto de Sagrario impedían cualquier demostración de cariño. Pasó al pequeño
cuarto y abrió cuidadosamente el paquete de cuadernos cuadriculados y le dijo a
Sagrario
-Mija, ahora es que me van a ser útiles éstas bobadas. Y durante un largo rato
estuvo leyendo aquellas anotaciones de letra pequeñita. Y como si fuera aun
extraño para él mismo escribió. “Abel Sotomayor se posesiono del Instituto de
Inteligencia INI, tiene 37 años o tal vez 40, no tiene papá ni mamá, no los
conoció, no tiene religión, no la necesita, no tiene hijos ni amistades, unido
a Sagrario Toro Jijoi hace diez y siete años,
los únicos bienes que posee son una pequeña casa en un barrio de clase
media y un viejo y destartalado carro Pontiac”, y apartándose de la redacción
en tercera persona, escribió con letra mas grande: “Tengo la conciencia
tranquila”.
Abel permaneció largo rato en el oscuro
rincón revisando los cuadernos cuadriculados y, mientras pasaba las hojas
lentamente, pensaba “éste ya se murió”, “éste me puede servir”, “éste hay que
eliminarlo”, “éste ¿qué se haría?”, “éste está preso”. Un tiempo después se
dirigió a su alcoba, casi en puntillas, para no despertar a Sagrario que dormía
plácidamente, después de haber orado, para dar gracias Dios que le dio un
esposo con las virtudes de Abel.
Temprano, al dia siguiente, caminando despacio, entró
en el viejo edificio del INI. Solamente una aseadora se encontraba trabajando
cerca de su nueva oficina; pero con temor bajo los ojos para no encontrarse con
los de su nuevo jefe. Y personalmente se dio a la tarea de recoger los enseres
del doctor Amado que iba colocando en el suelo, en un sitio cercano a la puerta
de la oficina. Luego descolgó, una a una, las fotografías de quien por tantos
años fuera su superior, no sin antes detenerse a detallarlas, porque en algunas
de ellas aparecía él, con varios años menos. Pero ninguna despertó en él el
menor sentimiento. Del viejo escritorio extrajo un gran legajo, amarrado con
una piola, en que el doctor Amadeo Salazar había escrito “Vida de Saigo
Takamori, el último samurai, por Amadeo Salazar Portocarrero”. Y mientras
depositaba el legajo en el suelo, al lado de los demás enseres pensó “ya veo a
que se dedicaba el viejo, por eso las investigaciones se morían cuando llegaban
a este escritorio…tengo mucho trabajo por delante”. Siguió desocupando cajones
y en otro de ellos apareció un legajo extremadamente grande, amarrado como el
anterior, en cuya tapa decía con la misma letra de de don Amado: “anotaciones
para una biografía de Saigo Takamori”, que Abel puso al lado del anterior,
mientras pensaba “como perdía de tiempo este viejo…definitivamente tengo mucho
por hacer”. De repente su corazón se acelero cuando tomó en sus manos una
carpeta titulada “Abel Sotomayor”. En el interior había unas pocas hojas,
escritas a mano por el doctor Amadeo, que comenzó a leer en desorden. Eran, ni
más ni menos, que su largo prontuario escrito con dedicación, y durante muchos
años por quien más lo conocía. Allí leyó frases como “A
Diálogo en la infernal llanura
Al amparo de una pequeña
caverna que destila agua hedionda, en “la infernal llanura de los muertos que
todo lo oculta” (1), una pequeña sombra despeinada se agita en apasionado
discurso ante una multitud frenética de sombras que lo admiran. Lentamente, como
quien oculta un terrible temor, una sombra atraída por los gritos de la
multitud, se acerca envuelta en una túnica para escuchar el apasionado discurso
del pequeño orador. Habla del odio como motor de las pasiones. Habla de la
perseverancia en los propósitos, habla de la soledad como notable compañera.
Habla sin cesar mientras las sombras en éxtasis lo escuchan con mirada vacía
dirigida hacia la fétida caverna. La sombra de la túnica esta ahora a pocos
pasos del orador; las manos que se agitan con vehemencia tocan casi el gorro
que le cubre la cabeza tonsurada. Las frases que escucha llegan a lo profundo
de su cerebro. Piensa que esta sombra robo su discurso de odio. No puede
resistir la tentación de interrogarlo.
-¿Quién fuiste, sombra que ocultas tu rostro
en esa caverna hedionda? Tus palabras
las dije yo alguna vez. Tus incitaciones al crimen también las pronuncie en mi
época de inmenso poder. ¿Quién fuiste, dime, quien fuiste sombra?
- Quieres saber mi nombre, tú que ocultas
tu rostro detrás de esa capucha de fraile. Te diré el nombre que me acompaño
durante mi existencia humana; pero tú me dirás el tuyo ya que dices que robe
tus ideas. Y te reto a que ante esta concurrencia busquemos la verdad. Pues no
alimentó mi cerebro discurso distinto que mi propia experiencia.
-Acepto la oferta que me haces de aclarar
ante la concurrencia quien es el dueño de las ideas y de los métodos que defiendes. Pero debo
anticiparte que en mi no había odio, ni había ira como brota del tuyo. Sin
embargo, las ideas son las mismas. Dime sin más dilaciones tu nombre.
-Esta bien, debes saber que yo fui Adolfo
Hitler, gobernante de Alemania, pero hijo de Austria. En el siglo XX perseguí a
los judíos y a los gitanos y……
Un profundo murmullo se
escucho en la llanura. Las sombras se agitaron al oír aquel nombre sin
permitirle que terminara su presentación. Entonces la otra sombra grito
acallando el murmullo.
-Yo fui Tomas de Torquemada, fraile
dominico, confesor de la reina Isabel, y Gran Inquisidor. En el siglo XV juzgue
a los judíos conversos y a los herejes y….
Un nuevo murmullo impidió que
terminara su presentación.
-Tú- continuo el fraile levantando las
manos con lentitud y con ademán piadoso para silenciar las sombras- no hiciste
otra cosa que imitarme.
-Jamás imite a nadie. Acepto que teníamos
propósitos similares. Yo quería borrar de mi patria a los judíos mientras tú,
ya lo dijiste, querías eliminar a los conversos, y terminaste por desterrarlos
a todos.
-Te equivocas,- respondió el dominico
volteándose hacia la multitud- me entiendes mal. Comienzas a usar tu dialéctica
perversa. Mi interés era llevar la salvación a las almas de aquellos judíos que
habían acogido las enseñanzas de Cristo, pero seguían practicando la religión
de esos deicidas. Yo no podía permitir que esas almas se perdieran, era mi
obligación salvarlas. En cuanto al destierro de los judíos de España, fue obra
de mis Soberanos.
-Detrás de todo eso- grito Hitler,
acallando la dulce voz del fraile-, está tu odio a los judíos. La verdad es que
eras antisemita como yo, pero fuiste un hipócrita y le hiciste creer a tus
Soberanos que era un asunto religioso, y no político. En cambio yo siempre le
hable a mi pueblo, a mi soberano, con franqueza. Desde un principio dije que el
pueblo judío debía ser erradicado del suelo germano. No trates de engañarme,
Torquemada, responsabilizando del destierro de los judíos a tus Soberanos.
Fuiste tú, monje mentiroso, quien con artimañas persuadiste a Fernando e Isabel
de desterrarlos.
Muchas sombras de judíos que habían sido expulsados por los Reyes
Católicos de España daban feroces gritos de odio: “Infame, canalla, miserable”.
Torquemada desconoció los gritos contra el y hablo así con voz pausada.
-Nunca dijiste a tu pueblo, con entera
claridad, de donde provenía tu odio a los judíos, pero yo creo saberlo. ¡Oh,
Dios del cielo, exclamo el dominico! -- Tu abuela María Anna Schickelguber tuvo
tratos indignos con el judío Frankerberger de Graz y eso te hace nieto de
judío. ¿O si no, dime, porque el judío entrego una pensión a tu padre
Alois? Tu verdadero apellido no es el
alemán Hitler sino el judío Frankenberger. Eso hace que tu nombre verdadero sea
Adolf Frankenberger…….
Ah! Exclamo la muchedumbre de
sombras, admirada por la revelación que acaban de oír.
-Mientes miserablemente- dijo Hitler
arrebatando las palabras al fraile, mientras peinaba el mechón que caía sobre
su frente – Ya empiezan a aparecer tu
plática de mentiras y calumnias. Antes que un orador convincente como fui yo tú
fuiste un miserable calumniador. Toda tu pestilente organización estuvo
soportada por la mentira, la calumnia y el engaño. Eso que dices son inventos
de los periódicos de los judíos que me odiaban. Pero no puedes negar que tú,
Torquemada, si eras descendiente de judíos conversos, de los mismos a los que
perseguiste sin tregua ni clemencia.
-No niego mi ancestro de judíos, como tus
niegas el tuyo- dijo con sus acostumbrados dulces gestos el fraile-. Pero
supimos, alabado sea Dios, acoger con sinceridad la verdadera fe y apartarnos de la
condenación eterna de nuestras almas si hubiéramos continuado en la práctica de
esa religión equivocada.
Adolfo Hitler dio unos pasos
hacia el monje que lo obligaron a retroceder, quería hablarle directamente a las
vacías cuencas de los ojos del fraile. Las sombras quedaron en silencio
esperando el desenlace de la afrenta que
el germano le propinaba al español
-Vuelves con mi ancestro de judío, fraile
calumniador, recuerda que yo le pedí a mi abogado personal Hans Frank que se
trasladara a todas las ciudades que habito mi familia, y especialmente mi
abuela, para establecer la verdad en este bochornoso asunto.
-¿Y que encontró tu abogado personal? -
respondió Torquemada haciendo énfasis en abogado
personal- No creo que se atreviera a poner en evidencia tu ancestro judío cuando ya por esa
época llevabas no menos de un millón de judíos pasados a las cámaras de gas. Es
seguro que el no querría ser rociado con el gas de la muerte. ¿O lo hubiera
perdonado?
-Usted- le grito airado el germano_ no
tiene derecho a hablarme de perdón. Ni usted ni su pestilente organización
tenían por costumbre perdonar. La mayoría de las personas que caían en la red
de la mal llamada Santa Inquisición terminaban pagando largas penas de prisión
o lo que es peor en la hoguera. No perdonados y en el seno de sus familias.
-Solamente los que merecían el perdón eran perdonados.
-respondió el fraile con dulcísimo voz-. Pero le aclaro que jamás condenamos a
nadie a la hoguera. Entregábamos al culpable de herejía y otros crímenes a los jueces seculares. Y esos si los
condenaban a la hoguera, nosotros no.
Entre la multitud se escucho
de nuevo el largo murmullo, esta vez acompañado de risas y de burlas. También
se escucharon gritos de dolor pues no pocas sombras habían sido victimas de
esos juicios y sus infames condenas.
-Ah ¿si? –Vocifero con furia la sombra del
germano- Yo bien se que la pestilente Inquisición no los quemaban directamente,
todos aquí lo sabemos, pero los entregaban hipócritamente a la organización de
justicia secular como culpables para que ellos les aplicaran la infaltable pena
de la hoguera. No pueden negar su culpabilidad en esos crímenes, especialmente
porque era el resultado de unos juicios donde el acusado nunca obtenía el
perdón. Si para salvarse confesaba su delito no cometido, era condenado por
hereje, si no confesaba era condenado por tratar de engañar al Santo Oficio. Y
entre tanto se les aplicaban inhumanas torturas….
-La tortura era perfectamente valida, -
dijo calmadamente Torquemada- todos los países la practicaban. Y la mayoría de
ellos llegaban hasta la muerte del torturado. En cambio nosotros en la Santa Inquisición no llegamos
jamás a la muerte del torturado. Teníamos limites impuestos por nuestro
soberanos y por el Papa: el torturado no podía morir en la tortura, esta debía
ser aplazada hasta cuando su estado de salud permitiera continuar el proceso.
En cambio usted, dictador infame, no juzgo a ningún judío, ni a ningún gitano,
no acuso a nadie de delito alguno. Todos pasaron de sus hogares a sus
campos de concentración y de allí a las cámaras de gas, donde diariamente
morían centenares.
La muchedumbre grito con
fuerza tal que impidió que el fraile continuara su calmada exposición. De entre
la multitud de sombras se escucho un fuerte grito de ¡asesino! Era una victima
de sus juicios, que había sido arrancado del seno de su familia y enviado a la
hoguera para salvar su alma. El Dictador germano se dirigió a las sombras que
se hallaban en la planicie y con su
profunda voz dijo, dándole la espalda a Torquemada
-No es tan horrible como usted quiere
hacerle creer a esta muchedumbre que nos escucha. Estamos hablando de la muerte
del acusado. Usted defendía la muerte para salvar el alma y yo la aplicaba para
salvar mi patria…..
Todas las voces se callaron. Un profundo
silencio se dejo sentir en la multitud
de sombras. Algunas voces aisladas gritaron ¡asesino! Eran los que habían muerto en los
campos de concentración del germano. Atrás, casi escondida, una sombra levanto
su brazo y grito: ¡Heil Hitler!
….para mi tengo –continuo
Hitler gritando con voz ronca y levantando el brazo para saludar a su áulico -
que la patria es lo mas importante que un ser humano puede tener….¡Heil Hitler!
Se volvió a escuchar. La patria esta por
encima de la religión- continuo diciendo-. La patria es una realidad tangible
mientras que el alma no es real, nadie ha demostrado su existencia. Uno debe
morir por la patria, no por el alma. Eso es una estupidez….
-¡Nosotros somos almas! – gritó Torquemada
levantando la voz por primera vez y perdiendo su habitual compostura- Nosotros
somos almas, repitió, pero ahora bajando la
voz y convirtiéndola prácticamente en un susurro, casi a punto de
irrumpir en llanto.
¡Alabado sea Dios! Grito una
sombra que estaba recostada a una roca y que dejaba ver la amplia tonsura de
los frailes dominicos, ¡Alabado sea Dios!- volvió a decir.
-No, no somos almas, - gritó Hitler
repitiendo su acostumbrado ademán de arrogancia, crispando los dedos de su mano
derecha. -Solamente sombras que habitan en la mente de alguien. Todo tu trabajo
fue estéril, Torquemada. No salvaste ni una sola alma, si es que acaso existe
el alma, ni siquiera la tuya,
Torquemada. De no ser así no te encontrarías en la infernal llanura.
La muchedumbre silenció un
grito que empezaba a formarse aprobando lo que el dictador germano acababa de
decir. Torquemada miro al piso como tratando de esconder la vergüenza y
respondió con voz pausada:
- ¡Dios del cielo! - Más estéril fue el
tuyo, Adolfo Hitler. El pueblo judío sigue sobre la tierra, todavía son grandes
comerciante, banqueros del planeta, hijos de Dios. Gobiernan el mundo con su
riqueza. Parece ser que el holocausto que provocaste los despertó de un sueño
de siglos y hoy transitan por el planeta ejerciendo el enorme poder que les dan
sus genes. Y no puedes negar que ahora tienen más poder que en tu época, cuando
quisiste desaparecerlos. Gobiernan de la mejor manera que existe: gobernando
los gobernantes.
Torquemada, cansado del largo
debate y agobiado por sus 78 años, dejó caer su brazo en el hombro del dominico
que había dejado la roca para posarse a su lado y servirle de soporte. Su interlocutor, de 56 años, vigoroso
y fuerte, miraba al anciano con odio profundo y gesticulando como siempre le
grito tratando que su atronadora voz doblegara al fraile:
-Vuelves a estar equivocado, o mejor,
mientes sin ninguna vergüenza. No es cierto lo que dices, y dirigiéndose a las
muchísimas sombras que colmaban la llanura, Hitler dijo. -- No le creáis a éste
hijo de Satanás, pues miente cuando dice que busque eliminar los judíos de
sobre la tierra. No fue nunca esa mi intención. Solamente quise erradicarlos
de los pueblos germanos, y evitar que
continuaran haciendo daño en las naciones que mis ejércitos conquistaban. Deben saber que en un principio vi al pueblo
judío como los practicantes de una religión que yo desconocía y que me eran
indiferentes; luego, al estudiar las cuestiones políticas, descubrí que detrás
de su religión se ocultaba el sionismo, peligroso movimiento político aliado
del comunismo, enemigo del pueblo alemán a quien ellos querían sustituir. Era
cuestión de ellos o nosotros.
-Patrañas, respondió el dominico mirando al
suelo y sin retirar su brazo del hombro del fraile que utilizaba de bordón,
patrañas, repitió. --Nunca pudiste encontrar una explicación a tu odio a los judíos
distinta de acusarlos, sin fundamento alguno, de que querían apoderarse de
Alemania, de su estrecho vinculo con la Social Democracia , de su falta
de nacionalidad germana…entelequias, nada mas que entelequias para vengar tu
sangre judía.
El Dictador quiso hablar,
pero el murmullo de la multitud no se lo permitió. Miles de voces le gritaban
¡Silencio asesino, vuelve a tu cueva!
El Dominico supuso que podía
continuar su discurso pero un coro de miles de voces lo silenciaron gritándole
¡Fuera asesino, fuera!
Las dos sombras se marcharon
cada una por su lado, con las cabezas en alto, dejando ver el germano un mechón
de pelo negro sobre su frente y el dominico una enorme tonsura.
Diego Castaño Nicholls
Febrero 2 de 2006
(1) Sófocles, Edipo en Colona