El Poder
--Me gustaría comentarte una cosa- dijo Sagrario mientras ponía frente a su esposo el plato de sopa con que se daba inicio al ritual de la cena.
--¿Qué será?
-Contesto él tomando la cuchara e iniciando la ceremoniosa limpieza con la
servilleta de papel que se encontraba al lado
de los otros dos cubiertos.
--Es que me
había olvidado de decirte algo.
--¿Qué será?
Volvió a preguntar mientras continuaba frotando la servilleta contra la
cuchara- dime de qué se trata sin tanto rodeo.
No estoy para misterios.
--Es que…
--¿Es que qué? –la interrumpió él. Es que hace algunos días te llego una carta y me olvide de entregártela.
--¿Es que qué? –la interrumpió él. Es que hace algunos días te llego una carta y me olvide de entregártela.
--Bueno,
pues tráela- dijo él sin inmutarse.
Era un
oficio del Estado citándolo a dar unos
testimonios sobre algún asunto que no estaba
claramente precisado en la comunicación. Allí dice, sin lugar a
ninguna duda, que se le ha concedido un Poder
para que pueda rendir una declaración.
Aquiles Barreto, investigador bancario, de unos 38 años , piernas cortas y anchas espaldas mira el membrete que efectivamente tiene todas las trazas de ser real: está el escudo con cornucopias en cuyo centro se ve el mapa de otro país y una bandera a cada lado.
El día de la
declaración Aquiles llega a una enorme
edifico donde hay varias filas de personas que salen cada una para distintos
lados y terminan en unas pequeñas ventanillas muy cerca del suelo que obligan a
las personas a hablar casi arrodillado con quién está al otro lado del vidrio. De
pronto un funcionario con voz bronca se dirige a la fila de Aquiles y exclama que los que tienen el documento con una
determinada leyenda no tendrán que declarar pero, eso sí, deberán cancelar el Poder
en la oficina CANCELACION DE PODERES.
Todos los que tienen la leyenda, entre ellos Aquiles, preguntan al funcionario
por la ubicación de la oficina quien responde desconocer el sitio exacto, pero
de todas formas queda en algún lugar del enorme edificio. Después de deambular
por los corredores preguntando a todo aquel con figura de funcionario finalmente encuentra la Oficina que es atendida por un hombre de mediana
estatura al otro lado de una gruesa
baranda ocupando un viejo escritorio cercano a la ventana. Pero no está solo; todos los que tienen la leyenda
en el oficio han salido detrás de él y forman un grupo de seis o siete personas
que desean hablar con el funcionario de la ventana.
--¿Que
desean?-- pregunta sin levantar la cabeza del documento que lee.
Aquiles toma la vocería del grupo
-Esos Poderes
no se pueden cancelar
Sin embargo
después de un rato en que Aquiles y otros le insisten en la cancelación del Poder
se levanta y les dice “síganme”
El
funcionario va caminando por una serie de pasillos angostos, sube y baja
empinadas escaleras y finalmente se detiene
frente a una puerta, da dos golpes con
los nudillos abre la puerta y entra seguido de Aquiles y varias personas más
que necesitan el mismo servicio.
En la
oficina hay tres funcionarios que conversan animadamente. Dos están sentados el
uno al lado del otro y el tercero que se ve que es el de mayor rango está
parado frente a una gran ventana que deja ver la ciudad al fondo. Cada uno
sostiene entre sus dedos un pocillo seguramente con café. Están conversando y
tomando tinto, piensa Aquiles.
El funcionario
que acaba de llegar con el grupo espera respetuoso que le dirijan la palabra mientras les hace una
señal a sus seguidores que entienden
como “debemos esperar”
--¿A que
venimos aquí?, pregunta un viejito de setenta o más años. Nadie le contesta.
Finalmente
el funcionario que evidencia tener mayor jerarquía pregunta: ¿qué necesitan?
-Doctor dice
el recién llegado extendiéndole el Poder
que el otro inmediatamente comienza a leer parado frente a la ventana: es que
quiero saber si este Poder se puede cancelar.
-- Si se
puede cancelar – contesta- pero antes deben devolver el exprimidor de….
--¿Cuál
exprimidor? - preguntan las personas cortando la frase del importante
funcionario
--El exprimidor
de frutas que recibieron como bonificación del Estado por prestarle un servicio
distinguido.
--Pero
si no hemos recibido nada
--En ese
caso deben ir a la oficina de RECLAMO DE OBJETOS DE BONIFICACIÓN POR HABERLE
PRESTADO SERVICIOS DISTINGUIDOS AL ESTADO allí les entregaran el Exprimidor que
luego deben devolver en la OFICINA DE DEVOLUCIONES DE OBJETOS ESTROPEADOS.
--¿Que qué?
Gritan todos.
--Si, como
ustedes saben en el Estado, como en derecho,
las cosas se deshacen como se hacen.
--¿ Dónde queda
esa oficina?
--Yo no lo sé
porque jamás he tenido que devolver ningún bien del Estado…salgan al pasillo y
cualquiera de los guardias les dirá donde queda
--Si, dijo
el guardia a la pregunta de Aquiles que
en ese momento era el líder del grupo -- tomen el ascensor bajen al primer piso
y pregúntenle al guardia de ese piso, es lo único que podría decirles.
--¿A dónde
vamos?, pregunta el viejito setentón que parece estar afectado por sordera. Nadie le contestas.
En el primer
piso Aquiles y su grupo esperan con paciencia a que un guardia termine de trasladar
unas materas de una oficina a otra bajo la estricta
vigilancia de una funcionaria.
Finalmente
el hombre exhausto les dice que la citada oficina queda en el edificio del
frente, sobre la otra acera, pasando la avenida. Allí se dirigen Aquiles y su
gente quienes ya se encuentran en una amigable conversación. De repente se escucha
una explosión de risa.
Aquiles pregunta a que se debe tanta risa y un
hombre de unos cuarenta años comienza a narrarle el cuento que le llego a su
teléfono celular, les lee:
“Un hombre
entra en la cama y le susurra al oído a su mujer: estoy sin calzoncillos… Y
ella le contesta: déjame dormir…mañana te los lavo”
Todos
vuelven a reír mientras intentan atravesar la
avenida que separa los dos edificios.
--¿A dónde
vamos?, pregunta de nuevo el viejito que
camina con algo de dificultad y le cuesta un gran trabajo esquivar la gran cantidad
de vehículos que corren por la avenida a alta velocidad.
--¿Por qué
no atravesamos por el puente? Pregunta el viejito otra vez señalando el puente
peatonal que hay a menos de 20 metros.
--Porque
queda a quince cuadras- -le contesta con ironía alguien de los que ya está
logrando llegar a la otra acera y culminar la peligrosa travesía.
Aquiles, que
arriba al edificio señalado entre los
primeros y como ahora es líder
indiscutido del grupo gira su cuerpo con el propósito de verificar que todos
hayan llegado en buen estado al otro lado y comprueba con asombro que su grupo
ha crecido: ahora no son los cinco o siete que comenzaron desde un principio
sino cerca de diez o doce. Los nuevos, a diferencia de los iniciales, no traen
en la mano el Poder que los acredita como integrantes legítimos de la comitiva.
Pero no está para impedir a nadie que
haga lo que le plazca. Retoma su liderazgo porque los de la cabeza se han
detenido esperando que ocupe su lugar y decida el próximo paso.
Aquiles busca con la mirada al guardia sin encontrar a nadie ni en la puerta del
edificio, ni en el oscuro corredor; continuo hacia adentro donde ve una
escalera que lo conduciría al sótano y un ascensor que los llevaría a los pisos
altos. Su experiencia le dice que este tipo de oficinas no debe estar en las
partes altas sino en un sótano y adoptando un gesto algo heroico gira su
cuerpo, levanta su brazo y les grita: vamos al sótano.
--¿A dónde
vamos?, pregunta el viejito al ver que todos se están metiendo por ese oscuro
túnel que es la escalera por donde se introdujo Aquiles. Nadie le responde.
Aquiles divisa en el fondo de un pasadizo, no un guardia,
porque tal edificio no tiene nada que vigilarle sino un letrero grande hecho a
mano que dice RECLAMO DE OBJETOS DE BONIFICACIÓN POR HABERLE PRESTADO SERVICIOS
DISTINGUIDOS AL ESTADO.
En el justo
ejercicio de su autoridad Aquiles le ordena a un hombre de mediana estatura y
cara cuadrada que golpee a ver si alguien los atiende. Pero cuando levanta la
mano para hacerlo nota que la puerta se está abriendo. Todos quedan en silencio
pero unos segundos después se escucha un gran suspiro de alivio. Una mujer de unos sesenta años arrugada y canosa
con voz cascada pregunta al que todavía se encontraba en ademan de querer
llamar a la puerta:
-- ¿Qué se
les ofrece? El individuo busca con una respetuosa mirada a Aquiles quien se
adelanta unos pasos hacia la mujer y le
dice:
--Venimos a reclamar
el exprimidor de que habla este oficio. La mujer toma el papel en su mano, y
mientras da media vuelta para introducirse en la lúgubre oficina les dice:
esperen ahí.
El viejito se
adelanta un poco, se empina para medio alcanzar el oído de la persona que le
queda más cerca y le pregunta: ¿qué es lo que dice en ese letrero? También es
algo cegatón. Por supuesto el hombre no le contesta nada pues nada escucho ya
que la voz del viejito no solamente es gangosa sino totalmente inaudible.
La anciana toma de una vieja mesa que le sirve
de escritorio unas antiparras que se coloca con extrema parsimonia utilizando
para ello una sola mano y poniendo detrás de la oreja primero una pata y luego
la otra.
--Pero….se
le escucha exclamar de pronto y voltea su mirada hacia Aquiles
Todos hacen
silencio, ni una tos, ni un suspiro, nada se escucha en el largo pasillo que
ahora está abarrotado de gente e iluminado por la luz que sale de la oficina de
la vieja.
…pero
–repite la anciana- falta el sello
¿Cual sello?
–balbuceó Aquiles - dando un paso hacia adelante para
mirar el oficio que le trata de entregar la vieja.
--El sello
del jefe de declaraciones. Sin ese sello yo no puedo entregar nada. Usted me entiende.
--Usted
también debe entendernos a nosotros. Hemos caminado estos edificios desde hace
horas….
--No puedo
–dijo a vieja interrumpiendo a Aquiles -
pronto cumpliré 1300 semanas de trabajar con el Estado y nunca he transgredido una sola de sus normas. Esa es la razón para
que en esta oficina todo funcione perfectamente bien. No voy a violarla ahora
que me faltan unos meses para pensionarme
…aquí nadie
sabe donde quedan las cosas. Dígame ¿dónde podemos encontrar al jefe de
declaraciones?
--Es el que
les tomo la declaración inicial
--Nadie nos
tomo ninguna declaración. Un señor en un patio, cuando hacíamos la fila nos
dijo que ya no debíamos declarar.
--Pues
hablen con ese señor—dijo la anciana dejando saber que ya estaba molesta--…yo
no tengo nada que ver en este asunto… a mi tráiganme el sello del jefe de
declaraciones…hasta luego-- les dijo mientras cerraba con fuerza la puerta de
la tétrica oficina.
Cuando la
caravana de personas arribo al edificio de
donde originalmente habían salido vio que
esta había aumentado en cuatro o cinco individuos mas. Aquiles no entendió la razón para que esto sucediera
pero no vio que fuera importante preocuparse por ello. Por el contrario pensó “es
muy posible que cuando los funcionarios vean el crecido número de personas
presten mayor atención al asunto y lo resuelvan con mayor prontitud”.
Aquiles observó que en un extremo del patio, ocupado a toda hora por filas de personas en
distintas direcciones, que terminan en diminutas
ventanillas casi a ras de piso, un viejo
escritorio de lustrosa madera, tal vez caoba, con su silla tumbada al lado. Aquiles llamo a su segundo, el de la cara
cuadrada, que permanecía no muy distante,
pues ya sabía que se había convertido en lo que la gente llama su mano derecha.
Presuroso llego ante Aquiles que
inmediatamente le ordeno conseguir dentro del grupo dos o cuatro sujetos para
que trajeran el escritorio con su asiento y lo colocaran debajo de la cornisa
que les señalo con ademan autoritario.
La caravana
se había dividido en varios grupos pequeños. Unos conversaban en voz baja,
otros reían pero todos estaban a la expectativa, sabían que algo iba a suceder,
tenían la intima convicción de que pronto habría respuesta a lo
que les interesaba. Pero en ese momento eran más las personas que
desconocían la razón para encontrarse allí que los que conformaron el grupo
inicial. Estos, que seguían unidos pero distantes de los otros, tenían el único
interés de cancelar el Poder e irse a sus casas y reintegrarse a sus familias.
No había
transcurrido mucho tiempo desde que Aquiles
se instalo en su escritorio cuando en uno de los corrillos se escucho una
algarabía. Tenía que ser así porque el grupo crecía lentamente con personas que
habían sido retiradas de las inmensas filas. Sin saberse por qué otras personas
habían decidido dejar sus filas y pasar a hacer parte del grupo que dirigía Aquiles.
La algarabía subía de volumen, lo que llamo seriamente la atención de Aquiles y de su fiel segundo que inmediatamente ordeno
poner orden al hombre de anteojos Jhon
Lenon que se encontraba a su lado. Todos
obedecieron la orden perentoria.
De distintas
direcciones llegaron tres guardias de uniforme de paño azul oscuro, gorra
militar y fuertemente armados no solo con la intención de poner orden sino para
exigir que el escritorio y su silla fueran devueltos al lugar de donde los habían
tomados.
Aquiles aprovecho la llegada de los guardias
para preguntar por el hombre que les había ordenado retirarse de la fila.
-Ya termino
su turno -fue la tajante respuesta de uno de ellos.
¿Quién lo
reemplaza?- pregunto Aquiles algo temeroso.
-Nadie lo
reemplaza, pero ¿qué necesitan? -pregunto
otro de los guardias
Aquiles narro rápidamente la historia a lo
cual el guardia, ya posesionado de su papel de informador tomo entre sus manos el poder, lo miro
rápidamente y anuncio su dictamen:
-¿Ya
hicieron el pantallazo?- dijo mientras devolvía el papel
¿Pantallazo?
¿Qué es eso?
-Ah, pues
que le tiene que tomar una fotocopia al poder, firmar aquí donde dice firma, adjuntarle una fotocopia de la cedula al 150
por ciento y las dos cosas enviarlas al correo electrónico de las oficina de
devoluciones.
¿Cuál es ese
correo electrónico?
-No, yo no
lo sé. Tendrían que volver mañana para que don Justino les de las indicaciones
completas.
-Y si no
hacemos nada de esto ¿qué pasaría? -pregunto el viejito que llevaba varias
horas con su poder en la mano esperando que alguien le diera respuesta a sus múltiples
preguntas
- No pasa
nada- dijo otro de los guardias que no había hablado todavía- simplemente los
jefes se llevan los exprimidores que no son reclamados.
Todos
saltaron de la emoción, botaron los poderes al tarro de basura que había cerca
de ellos y se fueron felices a sus casas no sin antes devolver el escritorio y
su silla a donde las habían encontrado, llenando de besos al viejito que hizo la
pregunta salvadora.