DIEGO CASTANO NICHOLLS

viernes, 19 de agosto de 2016

Cruce de caminos


Sima Qian, después del atróz castigo, se hallaba absorto, en medio de la noche, componiendo su Registro Histórico bajo la amarilla luz de un candil, cuya llama apenas iluminaba la habitación. Sima escarbaba en los viejos manuscritos que su padre le había legado a condición de que antes de morir concluyera aquella magna obra. De repente, mientras buscaba unos esquivos datos de la Primera dinastía encontró unas hojas sueltas, desteñidas por los larguísimos años que estuvieron guardadas. Con extrema dificultad Sima leyó los párrafos que su padre había escrito sobre el texto, muchísimos años atrás, tantos años atrás que aún estaba lejana en él la idea descabellada de escribir el Registro, que había sido la obsesión de su maestro Chuan. Y Sima leyó: No se sabe si este texto fue escrito durante la Segunda o la Tercera dinastía. Mi maestro Chuan afirma que corresponde a la Tercera Dinastía, pués algunos sígnos eran de uso común en aquella época. Esto no importa, pienso yo. Lo cierto es que mucha agua ha llevado al mar el Huang-ho desde que estos miserables quisieron dar a conocer al Emperador este Manifiesto. Por años trataron de llegar a las puertas del espléndido palacio para entregarlo al Primer Vigilante, que lo pondría en manos del  Asistente del Asistente Principal, quien lo haría conocer del Supremo Emperador. Ellos sabían que este tránsito no se media en días, ni en años, sino en dinastías. Por eso era tan importante para mi maestro Chuan saber, y a eso dedico los días de su vida, en qué dinastía se había entregado el manifiesto al Primer Vigilante, pués cuando el tatarabuelo de su abuelo fué el Asistente del Asistente Principal, este último considero incorrecto hacer conocer el Manifiesto al emperador que agonizaba después de caer de su caballo y ordenó conservarlo hasta que uno de los muchos posteriores Asistentes Principales encontrara el momento correcto para que el Emperador lo conociera. Pacientemente, durante cientos de años, los amados súbditos han esperado una respuesta al Manifiesto que sus antepasados construyeron con temor y cuya aprobación traería la ansiada igualdad para todos los habitantes del imperio.
Dos milenios después un joven en una biblioteca de Pekín leía absorto el libro al que Sima dedico su vida y presintió que el Manifiesto aún no había sido entregado, porque la desigualdad era la misma. Esa mañana el joven Zedong juró que dedicaría su vida para dar a su pueblo las pocas cosas que esperaban con paciencia desde hacia más de tres mil años. Zedong comprendió en ese instante que Sima había ocupado su existencia en escribir un libro para que dos mil años después un joven rebelde descubriera en el la causa suprema a la que dedicaría la suya. Finalmente se habían cruzado los caminos.

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