DIEGO CASTANO NICHOLLS

domingo, 16 de septiembre de 2018

El Acertijo


                                                                              El Acertijo

El siguiente texto fue encontrado en la mesa de trabajo del gran historiador  chino Sima Qian* el día de su muerte.
“De todos es sabido que el primer Emperador chino, Ying Zheng, gustaba de gastarles bromas a sus subalternos. Una de las cuestiones que más lo divertía era ponerle acertijos a sus ministros y demás dignatarios del imperio. Cuenta la tradición que el propio Emperador diseñaba los acertijos. Se cuenta, además, que aquellos dignatarios que aspiraban a ascender en la escala jerárquica del imperio debían resolver antes uno de esos acertijos.

El siguiente fue hallado entre los documentos que aún se conservan del gran Emperador Ying Zheng.

Un general, un capitán y un soldado viven en casas una azul, al lado una roja y en seguida una blanca; uno posee caballo, otro mula y otro carruaje.
el soldado no vive al lado del general
el dueño del caballo vive en la casa blanca
el que tiene carruaje no es el general
el que vive  en la casa roja no tiene mula
 El soldado no tiene caballo

Ha llegado hasta nosotros que el aspirantes debían identificar la vivienda y los bienes que posee cada personaje en un corto tiempo que no llegaba a un cuarto de clepsidra, que tres mil años después vendrán a ser 10 minutos. Pero el Primer Emperador también era cruel o practico como él solía murmurarle a sus muchas esposas e innumerables concubinas oficiales, esbozando una socarrona sonrisa.

Aquellos dignatarios que no resolvían el acertijo se veían obligados a retirarse del servicio al Emperador porque habían llegado a un nivel dentro del gobierno del cual no podían ascender y eso los convertía en un obstáculo para otros dignatarios que aspiraban mayor jerarquía dentro del palacio.

Pero, el Primer Emperador también era magnánimo, pues tenía contemplada una segunda oportunidad. Aquel que no hubiera resuelto el acertijo en el tiempo dado debía idear un acertijo tan ingenioso que el Emperador no  lo pudiera resolver en el mismo tiempo que daba a sus funcionarios. Si el Emperador lo resolvía la cabeza del aspirante irremediablemente pasaba a la canasta de mimbre, decían ellos con tono burlón.

      No era inusual, en los días anteriores a la prueba, ver a los funcionarios que aspiraban repetirla en frenética carrera ideando acertijos de toda clase; pero un gran número de ellos prefería olvidarse del poder y retirarse a sus magnificas viviendas, con sus esposas y concubinas, a disfrutar de sus jardines y de sus nietos.

       Liu Pi, inteligente y ambicioso subalterno del Primer Ministro, se presento al concurso del Emperador y no fue capaz de resolver el acertijo en el escaso tiempo que le fue dado. Liu Pi hondamente deprimido le comunico a su mujer aquella noche que por no superar la prueba  tendría que retirarse del servicio y emprender una nueva vida para lo cual se sentía cansado y viejo. Le dijo además que entre el palacio del Emperador y su casa se había detenido largo rato en el Jardín de los Almendros para analizar qué decisión debería tomar. En ese jardín había encontrado las bases para resolver el acertijo y también entendió su construcción. Pensó y estuvo seguro que podría hacer el acertijo que derrotaría al soberano. Comprendió perfectamente la consecuencia de aceptar el reto de elaborar un acertijo que el Emperador llegara a resolver. Considero que si al acertijo lo mezclaba con un poco de ingenio el Emperador además de nombrarlo Ministro, lo podía convertir en uno de sus más cercanos asesores. "Esta es la oportunidad de mi vida, nuestra oportunidad"--le dijo Liu Pi a su esposa, que para ese momento dejaba ver las marcas de una horrenda pesadilla.  Entiende le dijo Liu Pi, muy pocos estarían entre el Emperador y yo; sería una de las persona más importante del reino. Piensa en nuestros hijos, piensa en ti como esposa de un Ministro" 
--Veo que tu decisión está tomada. No encuentro los argumentos que te hagan cambiar de idea.
--No he tomado la decisión aun. Elaborare el acertijo y si cumple las dos condiciones  que me he propuesto lo presentare mañana a su Majestad.

    Inmediatamente se dirigió Liu a su estudio, aparto unas tablillas que había en su mesa de trabajo y se dispuso primero a resolver el acertijo del Emperador aplicando las ideas que le habían surgido en el Jardín de los Almendros, y enseguida a construir su acertijo. Al cabo un tiempo Liu Pi, en la tranquilidad de su estudio llego a las siguientes conclusiones sobre el acertijo que le había puesto el emperador:

El general vive en la casa blanca y es el propietario del caballo; el capitán vive en la casa azul y posee la mula, mientras que el soldado vive en la casa roja y se moviliza en carruaje.

Largas horas permaneció Liu Pi diseñando y descartando acertijos con que retaría al Emperador. De repente comprendió que el que acababa de terminar llenaba sus expectativas y que podía ser la diferencia entre una vida de gloria o simplemente pasar a la canasta.

   Al día siguiente se presento ante el Emperador para informarle que aceptaba el reto y acto seguido le entrego las tablillas que contenían su acertijo. 

    Liu Pi planteo su acertijo al Emperador así: 
Un general, un capitán y un soldado viven en casas una roja, en medio una blaca y luego una azul; uno posee caballo, otro mula y otro carruaje.


1. El general no vive en la casa blanca 
2. El de la casa azul no es el capitán
3. El que tiene mula  no vive en la casa roja 
4. El soldado no vive en la casa roja 
5. El caballo no vive junto a la mula 
6. El de la casa azul no tiene caballo
7, El general no tiene carruaje


     El Emperador leyó el planteamiento y comprendió que era su propio acertijo; pero al leer la segunda parte descubrió que Liu Pi presentaba las ayudas de una manera diferente y dedujo que las respuestas no eran las mismas sino otras. Efectivamente, Liu Pi había creado un nuevo acertijo que conducía a respuestas  diferentes al acertijo del Emperador, lo cual, desde luego, atrajo la atención del soberano al ver que nadie distinto de Liu Pi acepto el reto de crear un acertijo. Le llamo la atención que las ayudas estaban en su totalidad en forma negativa, lo cual, pensó, debería darle mayor dificultad o, por el contrario, facilitar su solución.

    El Emperador hizo salir de su estancia de trabajo a todos sus ministros y ayudantes. Unos funcionarios miraban con admiración y desconfianza a Liu Pi; en los rostros de la mayoría se veía una clara expresión de terror y de duda; sabían que si el Emperador resolvía el acertijo la cabeza del atrevido Pi pasaría al siguiente día a la canasta de mimbre. Todos se retiraron a otros salones del palacio. Un guardia cerro detrás de Liu la amplia puerta  y Liu permaneció junto a ella. Se oía un claro rumor de voces que no alcanzaban a perturbar el trabajo del Emperador que afanosamente trataba de vencer a la clepsidra.  El minúsculo chorro de arena continuaba cayendo. El temor de Liu se veía en su rostro cubierto de pequeñas gotas de sudor. Pero Liu no temía solamente que el Emperador resolviera su acertijo, también temía que no llegara a resolverlo. Porque de ocurrir esto último se podía desencadenar la ira del soberano y ordenar su ejecución. La angustia de los demás funcionarios  crecía en la medida que las clepsidras de los salones adyacentes al salón de trabajo del soberano iban agotando su porción de arena. Finalmente se vaciaron todas las clepsidras, pero la pesada puerta no se abría. Transcurrió un largo rato cuando de repente el sordo sonido de los goznes atrajo la atención de todos los ministros y dignatarios pues la grandiosa figura del Emperador, ataviado con un suntuoso manto de seda bordado con dragones y salamandras, apareció sonriente en el umbral de la magnífica puerta. Su expresión contagio a los dignatarios  que también sonrieron al verlo sonreír. El único de los presentes que no sonreía era Liu Pi a quien lo sobrecogió un inmenso sentimiento de terror cuando el Emperador dijo "lo he resuelto." Liu Pi comprendió que esas palabras eran una sentencia de muerte. Sus piernas temblaron bajo el escaso peso de cuerpo enjuto y el terror insoportable hizo que cubriera su rostro con sus manos. Liu Pi sintió que otras manos enormes tomaban sus muñecas para retirar las suyas de su cara. Frente a él estaba la imponente figura del Emperador que le dijo "pero tome más tiempo del permitido"
--Como es tu respuesta –le pregunto el Emperador a Liu Pi quien enseguida le dijo: En la casa roja vive el general que es el dueño del caballo. El soldado vive en la casa azul y es el propietario de la mula y el capitán vive en la casa blanca con el carruaje.

El Emperador comparo sus respuestas con las de Liu Pi y las mostró a todos los dignatarios con una franca sonrisa. Coincidían perfectamente.  Los encumbrados personajes estallaron en un fuerte aplauso al Emperador. Mientras tanto Liu Pi estaba embargado de un inmenso temor.


   Pero el Emperador fiel a su palabra no solamente perdono la vida a Liu Pi sino que le dio los más importantes cargos de su corte. Recibió el encargo de construir una inmensa muralla que impidiera la invasión de los mongoles a su imperio y le pidió que construyera el mausoleo donde descansarían sus huesos vigilados por ocho mil guerreros de terracota. Liu embargado con un gran alborozo corrió donde su esposa para narrarle lo sucedido.
--Liu --le dijo ella atacada por una sonora carcajada-- eres un tonto al no entender que es otra de sus burlas. Se está riendo de ti.
--Puedes estar en lo cierto, pero yo no me reiré de él. Cuando me puso el acertijo que no pude resolver jure que el próximo lo resolvería sin importar el tiempo que me tomara. Haré este trabajo así me tome el resto de mi vida.

Este par de acertijos –continua diciendo Sima Qian en sus Memorias-- cuyos planteamientos y respuestas fueron ampliamente conocidos por los habitantes del imperio, debí resolverlos para escribir esta historia pues por ninguna parte encontré la forma como el Emperador y Liu Pi los resolvieron. Yo ideé el siguiente método:
Elabore un cuadro donde trace tres columnas. Cada columna corresponde a una casa. En seguida en cada una de las columnas escribí las nueve opciones. Acto seguido procedí a utilizar las ayudas retirando de cada casilla lo que me indicaba cada ayuda y recurriendo a algún artificio de lógica. De esta forma llegue a las mismas conclusiones. Debo aclarar que hay tres soluciones distintas según el orden que se les dé a las casas. Para fortuna de Pi el Gran Emperador les dio el mismo orden que el utilizo para construir el acertijo.  No daré más explicaciones porque le negaría al lector el gran placer que produce el ejercicio de resolverlos.
Estoy cansado y el aceite del candil se está agotando. Debo dormir”.

*Autor de Memorias Históricas.
DCN, Julio de 2018

miércoles, 28 de marzo de 2018

El semáforo

         
                 A Jairo Wilches que me lo inspiro.

¡Salve divino semáforo!

Fuente de vida, ingente manantial de ingresos,
cornucopia de monedas,
gran creación de un ser supremo
que sin pensarlos nos dio el sustento diario.

A tu costado el anciano duerme
bajo el candente sol que entibia
los huesos quebradizos.
Un sombrero, si eso es sombrero, o un gorro
reposan en silencio
y recogen las escasas monedas que le llegan.

El artista del equilibrio hace su numero
ante la indiferente mirada del viajero,
y entre  el fugaz rojo y verde
recoge las monedas que le aplacan
el grito periódico del vientre.

¡ Oh cornucopia de billetes!

El magnífico actor de la tragedia
aparece de pronto en sus muletas.
Se arrastra con supremo dolor ante la audiencia
de buseteros, señoras y taxistas.
El cuerpo retorcido,
la cabeza con imposible giro,
las piernas volteadas al contrario.
Es un dolor inmenso el que despierta,
mientras su bolsa se llena de monedas.

Cuando el sol amenaza su partida
con gentil gracia su cuerpo se endereza,
su cabeza, en un magnifico ademan, se recompone
y sus piernas torcidas
vuelven con gracia a su postura erguida.
¡Qué sublime actuación de muchas horas!
Sin alimentos,
sin aplacar la sed que lo consume,
solamente abandona su tarea
cuando el bendecido trancón se desvanece
y las monedas dejan de caer en su mochila

¡Oh semáforo bendito!

Allí también está el mutilado arrastrándose
o en su silla de ruedas lamentable.
Es joven y es atlético.
Llego completo de detrás de las montañas;
defendiendo lo ajeno dejo sus brazos o sus piernas
que destrozo la mina traicionera.

¡Salve maravilloso semáforo!

Refugio de la niña-madre.
Desde tempranas horas exhibe el fruto de su amor
o de la traición que aun no entiende.
Las monedas van llegando
y también llegan los auxilios del Estado.
Madre soltera, cabeza de familia,
estadística cruel de los burócratas
que devengan su paga de su pena.

Y todos los maromeros, saltimbanquis y contorsionistas
están también en el prodigo semáforo
que a todos los protege sin distingo
de oficio, de edad o de comercio.

¡Bienaventurado semáforo!

El vendedor de mandarinas, de mangos y de piñas
desde la madrugada inician su faena
que habrá de durar hasta la noche.

Este manantial de ingresos no descansa
en su permanente cambio de colores,
todos, sin excepción, reciben su moneda.
Y al final de la tarde como a un dios le dan las gracias
deseándole una noche placentera.

Diego Castaño Nicholls, Agosto 3 de 2017

Napoleón en el Infierno


Napoleón en el infierno



El día del juicio, ante el trono de Dios
Por fin compareció Napoleón.
El demonio había comenzado a leer la larga lista
De culpas de él y de los suyos
Cuando Dios padre o Dios hijo,
Uno de los dos, hablo así desde el trono
---“No canses más nuestros oídos divinos
Estas hablando como un profesor alemán…
Si eres lo bastante valiente para ponerle encima la mano,
Tuyo es: llévatelo al infierno”
Goethe

Napoleón, como era usual en este caso debió esperar largo rato antes de pasar a la sala del trono de Dios para ser juzgado por sus errores de mortal. Allí, en el rincón que le habían asignado dejo que su mente recorriera en una tumultuosa sucesión los principales episodios de su vida. No escucho, o no quiso escuchar, la frase que Dios padre o Dios hijo acababa de pronunciar. Ya para él eso carecía de importancia. En ese momento oyó que alguien detrás de el le murmuraba “vamos, todo ha terminado para ti”. Napoleón miro sobre su hombro y vio la adusta figura del demonio, que sin ningún respeto con su innegable importancia, lo empujo hacia una ancha puerta que conducía a  sus tenebrosos dominios. Napoleón adelante, con su redonda cabeza erguida y altiva y su nuevo carcelero detrás, camino despacio. No fue muy largo el trayecto. Solamente un centenar de pasos. Cuando la alta puerta se abrió los dos personajes iniciaron un largo recorrido a través de una espesa niebla que obligo al demonio a pasar adelante para guiar al pequeño hombre. Ese fue el instante en que Napoleón se dio cuenta de que no caminaba sino que su cuerpo se deslizaba sobre aquel extraño camino. El tiempo ya no contaba, no lo sentía transcurrir. Este fenómeno que siempre fue tan importante para él, ya no existía.  No se sabe cuánto tiempo después de haber salido del sagrado salón del despacho de Dios, llegaron a un lugar inmenso, donde no hacia frio ni calor. “Hemos llegado” le dijo Satanás a Napoleón, mientras desaparecía entre la niebla que ya comenzaba a despejarse. La soledad de aquel lugar era inmensa. Napoleón pensó que su castigo seria permanecer en soledad por el resto de la eternidad; sin embargo mientras meditaba en ese espantoso suplicio oyó rumores que al cabo de un rato se convirtieron  en voces. Muchas de esa voces pasaron cerca de él sin detenerse; el ruido que hacían le pareció  ser el conocido ruido de las tropas en los campamentos,  antes de las batallas; pero no eran soldados, eran solamente voces que pasaban a la distancia y que él no lograba distinguir. Voces más cercanas y  cada vez más claras llegaron hasta él y le hablaron.
--¿De que país vienes?, lo interrogo una figura adelantándose entre las otras.
--De Francia, --respondió Napoleón un poco indignado porque no estaba acostumbrado a que los desconocidos se dirigieran a él sin ninguna muestra de respeto, y enseguida pregunto:
--¿Tu quien eres?
--Aquí nadie es nadie, los nombres no importan, hasta los hemos olvidado.
--¿Qué es esto?
--El infierno, ya deberías saberlo
--Si, es cierto. Solamente que no sabía que había llegado. ¿Quiénes están aquí? –continuo diciendo 
--Todos los que oprimieron a sus pueblos, todos los que se aprovecharon del poder, todos los que perdieron y ganaron batallas. No hace falta decirte que la gran mayoría de los que una vez habitaron la tierra purgan aquí sus penas eternas.
--¿Puedo hablar con algunos de ellos?
--Si, ¿con quisieras hablar?
--Con el tebano Tiresias
-- Son muchos los que llegan al infierno que quieren entrevistarse con ese adivino ciego.
--Si, el ingenioso Odiseo también vino a preguntarle por su futuro, si alguna vez volvería a su hogar; pero yo sé que no tengo futuro…
Antes de que Napoleón terminara de hablar la extraña figura había desaparecido.
--¿Me has mandado llamar?, escucho Napoleón que le decía una voz que se le acercaba. Yo fui Tiresias, el tebano.  Y tú fuiste Napoleón Bonaparte. Termino diciendo la voz que en ese momento estaba junto a él.
Napoleón supo de inmediato que efectivamente estaba frente a Tiresias, el más grande de todos los adivinos.
--Sé las muchas cosas que quieres saber. Pero solamente responderé cuatro preguntas.
--Quisiera conocer que sucederá con mi hijo, con mi país, en fin, con los que he dejado atrás; qué  dirán de mí las futuras generaciones.
--Ya no es menester que sufras por esos asuntos que dejaste en la tierra. Todo seguirá su curso sujeto a  las circunstancias que se vayan dando. Nada podrá alterarlo. Pero si en verdad deseas saberlo pues te diré que la posteridad te rendirá un culto tan grande como el que tu le rendías a tus héroes militares: al macedonio Alejandro y al prusiano Federico. Ya tendrás la oportunidad de hablar con ellos de vuestras campañas, de vuestros triunfos y derrotas.
--Pero antes que nada, divino Tiresias, quisiera saber sobre mi hijo. Tú sabes que en mis últimos días como emperador de Francia quise asegurar en él la sucesión de la dinastía que cree. Cuéntame que será de él. ¿Lograre mi cometido?
--Las circunstancias  serán adversas para tu hijo; nunca reinara  y fallecerá pocos meses después de cumplir 21 años.
Napoleón, después de escuchar estas palabras de Tiresias, junto sus manos en la espalda y se alejo unos pasos con la cabeza inclinada, mostrando un profundo dolor.   
--Pero no todo será adverso para los Bonaparte, debes saber que tu sobrino Luis, hijo de tu hermano Luigi, no solamente será presidente sino que será el último emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III. Iniciara la etapa colonialista de Francia en Asia, se comprometerá con Gran Bretaña en varias guerras e intervendrá militarmente en México donde, para asombro del mundo, su ejército será derrotado por los mejicanos.
--Increíble, exclamó Napoleón, adoptando de nuevo su acostumbrada postura de entrelazar sus manos por detrás de su cuerpo y darse pequeños golpes con ellas en la espalda. Continua por favor, divino Tiresias
--Pero eso no será todo, has de saber que tu sobrino cometerá su mayor error al entrar en guerra con el imperio prusiano que lo derrotará y lo hará prisionero. Sera depuesto. Años después, a principios del siglo XX, Francia,  con un intervalo de veinte años,  se enfrentara dos veces Alemania. Saldrá triunfante de las dos guerras con la ayuda de países aliados, especialmente de los Estados Unidos e Inglaterra.
--Ahora háblame de mi—le dijo Napoleón a Tiresias sin permitirle terminar su narración
Y así continuo el adivino: Tu cuerpo reposara unos pocos años en Santa Helena y después volverás con grandes honores a  Francia. Allí será tu verdadero entierro. Jamás Paris vera un funeral como el tuyo. Múltiples calles recibirán tu nombre, tu busto adornara un sinnúmero de plazas. En ese instante comenzara tu gloria. Las generaciones por venir te recordaran como uno de los más grandes generales de la historia. Siempre estarás al lado de tus ídolos Alejandro Magno y Federico El Grande. Los demás serán solamente sombras al lado tuyo.
Tiresias se silencio por unos instantes. Napoleón espero con respeto que el adivino continuara. Al fin el anciano ciego le dijo
--Pero debes saber que tu muerte no se debió a tus problemas de salud, como lo pensaste los últimos meses de tu vida…
--¿Entonces?—dijo Napoleón interrumpiendo al adivino con aire de inmensa sorpresa
--Fuiste envenenado por orden del gobierno de la Gran Bretaña. Diariamente te daban una pequeña dosis de veneno que lentamente fue minando tu debilitado organismo.
--Yo lo suponía, pero no pude hacer nada. Era prisionero de mis peores enemigos, que morían del temor  de una nueva fuga y que regresara a Francia--. Napoleón, satisfecho con lo que le narro el adivino ciego, quiso tomarle una oreja como era su costumbre cuando quería mostrar su lado más humano, pero no pudo hacerlo porque Tiresias apenas era una voz.
Entonces el general llevo sus brazos a la espalda, tomo una mano con la otra y se alejo dándose golpecitos en la cintura y pensando “es como si intentara abrazar la imagen de un espejo”.

lunes, 26 de febrero de 2018

Diálogo en la infernal llanura




Diálogo en la infernal llanura


Al amparo de una pequeña caverna que destila agua hedionda, en “la infernal llanura de los muertos que todo lo oculta” (1), una pequeña sombra despeinada se agita en apasionado discurso ante una multitud frenética de sombras que lo admiran. Lentamente, como quien oculta un terrible temor, una sombra atraída por los gritos de la multitud, se acerca envuelta en una túnica para escuchar el apasionado discurso del pequeño orador. Habla del odio como motor de las pasiones. Habla de la perseverancia en los propósitos, habla de la soledad como notable compañera. Habla sin cesar mientras las sombras en éxtasis lo escuchan con mirada vacía dirigida hacia la fétida caverna. La sombra de la túnica esta ahora a pocos pasos del orador; las manos que se agitan con vehemencia tocan casi el gorro que le cubre la cabeza tonsurada. Las frases que escucha llegan a lo profundo de su cerebro. Piensa que esta sombra robo su discurso de odio. No puede resistir la tentación de interrogarlo.

    -¿Quién fuiste, sombra que ocultas tu rostro en esa caverna hedionda?  Tus palabras las dije yo alguna vez. Tus incitaciones al crimen también las pronuncie en mi época de inmenso poder. ¿Quién fuiste, dime, quien fuiste sombra?

    - Quieres saber mi nombre, tú que ocultas tu rostro detrás de esa capucha de fraile. Te diré el nombre que me acompaño durante mi existencia humana; pero tú me dirás el tuyo ya que dices que robe tus ideas. Y te reto a que ante esta concurrencia busquemos la verdad. Pues no alimentó mi cerebro discurso distinto que mi propia experiencia.

    -Acepto la oferta que me haces de aclarar ante la concurrencia quien es el dueño de las ideas  y de los métodos que defiendes. Pero debo anticiparte que en mi no había odio, ni había ira como brota del tuyo. Sin embargo, las ideas son las mismas. Dime sin más dilaciones tu nombre.

    -Esta bien, debes saber que yo fui Adolfo Hitler, gobernante de Alemania, pero hijo de Austria. En el siglo XX perseguí a los judíos y a los gitanos y……

Un profundo murmullo se escucho en la llanura. Las sombras se agitaron al oír aquel nombre sin permitirle que terminara su presentación. Entonces la otra sombra grito acallando el murmullo.

    -Yo fui Tomas de Torquemada, fraile dominico, confesor de la reina Isabel, y Gran Inquisidor. En el siglo XV juzgue a los judíos conversos y a los herejes y….

Un nuevo murmullo impidió que terminara su presentación.

    -Tú- continuo el fraile levantando las manos con lentitud y con ademán piadoso para silenciar las sombras- no hiciste otra cosa que imitarme.

    -Jamás imite a nadie. Acepto que teníamos propósitos similares. Yo quería borrar de mi patria a los judíos mientras tú, ya lo dijiste, querías eliminar a los conversos, y terminaste por desterrarlos a todos.

    -Te equivocas,- respondió el dominico volteándose hacia la multitud- me entiendes mal. Comienzas a usar tu dialéctica perversa. Mi interés era llevar la salvación a las almas de aquellos judíos que habían acogido las enseñanzas de Cristo, pero seguían practicando la religión de esos deicidas. Yo no podía permitir que esas almas se perdieran, era mi obligación salvarlas. En cuanto al destierro de los judíos de España, fue obra de mis Soberanos.

    -Detrás de todo eso- grito Hitler, acallando la dulce voz del fraile-, está tu odio a los judíos. La verdad es que eras antisemita como yo, pero fuiste un hipócrita y le hiciste creer a tus Soberanos que era un asunto religioso, y no político. En cambio yo siempre le hable a mi pueblo, a mi soberano, con franqueza. Desde un principio dije que el pueblo judío debía ser erradicado del suelo germano. No trates de engañarme, Torquemada, responsabilizando del destierro de los judíos a tus Soberanos. Fuiste tú, monje mentiroso, quien con artimañas persuadiste a Fernando e Isabel de desterrarlos.

Muchas  sombras de judíos  que habían sido expulsados por los Reyes Católicos de España daban feroces gritos de odio: “Infame, canalla, miserable”. Torquemada desconoció los gritos contra el y hablo así con voz pausada.

    -Nunca dijiste a tu pueblo, con entera claridad, de donde provenía tu odio a los judíos, pero yo creo saberlo. ¡Oh, Dios del cielo, exclamo el dominico! -- Tu abuela María Anna Schickelguber tuvo tratos indignos con el judío Frankerberger de Graz y eso te hace nieto de judío. ¿O si no, dime, porque el judío entrego una pensión a tu padre Alois?  Tu verdadero apellido no es el alemán Hitler sino el judío Frankenberger. Eso hace que tu nombre verdadero sea Adolf Frankenberger…….

Ah! Exclamo la muchedumbre de sombras, admirada por la revelación que acaban de oír.

    -Mientes miserablemente- dijo Hitler arrebatando las palabras al fraile, mientras peinaba el mechón que caía sobre su frente – Ya empiezan a aparecer  tu plática de mentiras y calumnias. Antes que un orador convincente como fui yo tú fuiste un miserable calumniador. Toda tu pestilente organización estuvo soportada por la mentira, la calumnia y el engaño. Eso que dices son inventos de los periódicos de los judíos que me odiaban. Pero no puedes negar que tú, Torquemada, si eras descendiente de judíos conversos, de los mismos a los que perseguiste sin tregua ni clemencia.

    -No niego mi ancestro de judíos, como tus niegas el tuyo- dijo con sus acostumbrados dulces gestos el fraile-. Pero supimos, alabado sea Dios, acoger con sinceridad  la verdadera fe y apartarnos de la condenación eterna de nuestras almas si hubiéramos continuado en la práctica de esa religión equivocada.

Adolfo Hitler dio unos pasos hacia el monje que lo obligaron a retroceder, quería hablarle directamente a las vacías cuencas de los ojos del fraile. Las sombras quedaron en silencio esperando el desenlace de la afrenta  que el germano le propinaba al español

    -Vuelves con mi ancestro de judío, fraile calumniador, recuerda que yo le pedí a mi abogado personal Hans Frank que se trasladara a todas las ciudades que habito mi familia, y especialmente mi abuela, para establecer la verdad en este bochornoso asunto.

    -¿Y que encontró tu abogado personal? - respondió Torquemada haciendo énfasis en abogado personal- No creo que se atreviera a poner en  evidencia tu ancestro judío cuando ya por esa época llevabas no menos de un millón de judíos pasados a las cámaras de gas. Es seguro que el no querría ser rociado con el gas de la muerte. ¿O lo hubiera perdonado?

    -Usted- le grito airado el germano_ no tiene derecho a hablarme de perdón. Ni usted ni su pestilente organización tenían por costumbre perdonar. La mayoría de las personas que caían en la red de la mal llamada Santa Inquisición terminaban pagando largas penas de prisión o lo que es peor en la hoguera. No perdonados y en el seno de sus familias.

    -Solamente los que merecían el perdón eran perdonados. -respondió el fraile con dulcísimo voz-. Pero le aclaro que jamás condenamos a nadie a la hoguera. Entregábamos al culpable de herejía y otros crímenes a  los jueces seculares. Y esos si los condenaban a la hoguera, nosotros no.

Entre la multitud se escucho de nuevo el largo murmullo, esta vez acompañado de risas y de burlas. También se escucharon gritos de dolor pues no pocas sombras habían sido victimas de esos juicios y sus infames condenas.

    -Ah ¿si? –Vocifero con furia la sombra del germano- Yo bien se que la pestilente Inquisición no los quemaban directamente, todos aquí lo sabemos, pero los entregaban hipócritamente a la organización de justicia secular como culpables para que ellos les aplicaran la infaltable pena de la hoguera. No pueden negar su culpabilidad en esos crímenes, especialmente porque era el resultado de unos juicios donde el acusado nunca obtenía el perdón. Si para salvarse confesaba su delito no cometido, era condenado por hereje, si no confesaba era condenado por tratar de engañar al Santo Oficio. Y entre tanto se les aplicaban inhumanas torturas….


    -La tortura era perfectamente valida, - dijo calmadamente Torquemada- todos los países la practicaban. Y la mayoría de ellos llegaban hasta la muerte del torturado. En cambio nosotros en la Santa Inquisición no llegamos jamás a la muerte del torturado. Teníamos limites impuestos por nuestro soberanos y por el Papa: el torturado no podía morir en la tortura, esta debía ser aplazada hasta cuando su estado de salud permitiera continuar el proceso. En cambio usted, dictador infame, no juzgo a ningún judío, ni a ningún gitano, no acuso a nadie de delito alguno. Todos pasaron de sus hogares  a  sus campos de concentración y de allí a las cámaras de gas, donde diariamente morían centenares.

La muchedumbre grito con fuerza tal que impidió que el fraile continuara su calmada exposición. De entre la multitud de sombras se escucho un fuerte grito de ¡asesino! Era una victima de sus juicios, que había sido arrancado del seno de su familia y enviado a la hoguera para salvar su alma. El Dictador germano se dirigió a las sombras que se hallaban en  la planicie y con su profunda  voz  dijo, dándole la espalda a Torquemada


    -No es tan horrible como usted quiere hacerle creer a esta muchedumbre que nos escucha. Estamos hablando de la muerte del acusado. Usted defendía la muerte para salvar el alma y yo la aplicaba para salvar mi patria…..

 Todas las voces se callaron. Un profundo silencio se dejo sentir en la multitud  de sombras. Algunas voces aisladas gritaron  ¡asesino! Eran los que habían muerto en los campos de concentración del germano. Atrás, casi escondida, una sombra levanto su brazo y grito: ¡Heil Hitler!

….para mi tengo –continuo Hitler gritando con voz ronca y levantando el brazo para saludar a su áulico - que la patria es lo mas importante que un ser humano puede tener….¡Heil Hitler! Se volvió a escuchar.  La patria esta por encima de la religión- continuo diciendo-. La patria es una realidad tangible mientras que el alma no es real, nadie ha demostrado su existencia. Uno debe morir por la patria, no por el alma. Eso es una estupidez….

    -¡Nosotros somos almas! – gritó Torquemada levantando la voz por primera vez y perdiendo su habitual compostura- Nosotros somos almas, repitió, pero ahora bajando la  voz y convirtiéndola prácticamente en un susurro, casi a punto de irrumpir en llanto.

¡Alabado sea Dios! Grito una sombra que estaba recostada a una roca y que dejaba ver la amplia tonsura de los frailes dominicos, ¡Alabado sea Dios!- volvió a decir.

    -No, no somos almas, - gritó Hitler repitiendo su acostumbrado ademán de arrogancia, crispando los dedos de su mano derecha. -Solamente sombras que habitan en la mente de alguien. Todo tu trabajo fue estéril, Torquemada. No salvaste ni una sola alma, si es que acaso existe el alma,  ni siquiera la tuya, Torquemada. De no ser así no te encontrarías en la infernal llanura.

La muchedumbre silenció un grito que empezaba a formarse aprobando lo que el dictador germano acababa de decir. Torquemada miro al piso como tratando de esconder la vergüenza y respondió con voz pausada:

    - ¡Dios del cielo! - Más estéril fue el tuyo, Adolfo Hitler. El pueblo judío sigue sobre la tierra, todavía son grandes comerciante, banqueros del planeta, hijos de Dios. Gobiernan el mundo con su riqueza. Parece ser que el holocausto que provocaste los despertó de un sueño de siglos y hoy transitan por el planeta ejerciendo el enorme poder que les dan sus genes. Y no puedes negar que ahora tienen más poder que en tu época, cuando quisiste desaparecerlos. Gobiernan de la mejor manera que existe: gobernando los gobernantes.

Torquemada, cansado del largo debate y agobiado por sus 78 años, dejó caer su brazo en el hombro del dominico que había dejado la roca para posarse a su lado y servirle de  soporte. Su interlocutor, de 56 años, vigoroso y fuerte, miraba al anciano con odio profundo y gesticulando como siempre le grito tratando que su atronadora voz doblegara al fraile:

    -Vuelves a estar equivocado, o mejor, mientes sin ninguna vergüenza. No es cierto lo que dices, y dirigiéndose a las muchísimas sombras que colmaban la llanura, Hitler dijo. -- No le creáis a éste hijo de Satanás, pues miente cuando dice que busque eliminar los judíos de sobre la tierra. No fue nunca esa mi intención. Solamente quise erradicarlos de  los pueblos germanos, y evitar que continuaran haciendo daño en las naciones que mis ejércitos conquistaban.   Deben saber que en un principio vi al pueblo judío como los practicantes de una religión que yo desconocía y que me eran indiferentes; luego, al estudiar las cuestiones políticas, descubrí que detrás de su religión se ocultaba el sionismo, peligroso movimiento político aliado del comunismo, enemigo del pueblo alemán a quien ellos querían sustituir. Era cuestión de ellos o nosotros.

    -Patrañas, respondió el dominico mirando al suelo y sin retirar su brazo del hombro del fraile que utilizaba de bordón, patrañas, repitió. --Nunca pudiste encontrar una explicación a tu odio a los judíos distinta de acusarlos, sin fundamento alguno, de que querían apoderarse de Alemania, de su estrecho vinculo con la Social Democracia, de su falta de nacionalidad germana…entelequias, nada mas que entelequias para vengar tu sangre judía.

El Dictador quiso hablar, pero el murmullo de la multitud no se lo permitió. Miles de voces le gritaban ¡Silencio asesino, vuelve a tu cueva!

El Dominico supuso que podía continuar su discurso pero un coro de miles de voces lo silenciaron gritándole ¡Fuera asesino, fuera!

Las dos sombras se marcharon cada una por su lado, con las cabezas en alto, dejando ver el germano un mechón de pelo negro sobre su frente y el dominico una enorme tonsura.

Diego Castaño Nicholls
Febrero 2 de 2006


(1) Sófocles, Edipo en Colona
















El Cuadro Robado

-¿Alo?,
-¿Con quién?
- Con el investigador Aquiles Barreto.
-Señor Barreto habla con la asistente de la secretaria privada del embajador de Japón.
-¿Ah, si? no jodas .Entonces yo soy el presidente. Dejémonos de vainas que estoy muy ocupado. ¿De qué se trata, ahhhh?
-El señor embajador le quiere hablar. Ya se lo paso.

Breve silencio. Aquiles, expectante, permanece al teléfono

-¿Aluuúú? ¿Quién hablal allá?
-Aquiles Barreto. ¿De qué se trata?
-Hablal el embajadol Yushio Ozawa. Señol Baleto, nosotlos sabel usted sel glan investigadol de lobos a bancos. Nosotlos tenel lobo de valioso cuadlo y quelel atlapal  ladlon plonto. Yo quelel hablal pelsonalmente con usted. ¿Se puede? 
-¿Y yo como saber, digo …como se que usted si es el embajador y no un farsante?
-Búsque númelo embajada en dilectolio telefónico y llámeme. Espelo su llamada, señol Aquiles.

      Aquiles dejo escapar un sonrisa de escepticismo, se recostó en su muy deteriorado asiento, le bajo el volumen al partido de fútbol que estaba escuchando y pensó que nada perdía con marcar un número telefónico para ver a que conducía toda esta patraña.

-Buenos días. Usted esta comunicado con la embajada del Japón  ¿En que le podemos servir?
-Por favor comuníqueme con el señor embajador
-¿Quien lo necesita?
-Aquiles Barreto, inves…..
-Ah don Aquiles… el embajador esta esperándo su llamada. Ya se lo paso.
-Oh doctol Aquiles como le agladezco que me llame.-El investigador Aquiles se quedo estupefacto al comprobar que realmente estaba hablando con el embajador de la segunda potencia del mundo, pues en siete años de servicios al Banco Supremo jamás había hablado con el presidente de esa institución. –Yo hablal muy mal el español –continuo diciendo el embajador- pol favol venil a embajada y hablal con mi homble de confianza…pleguntal pol señol Molita, el infolmal todo del cuadlo lobado. Es muy impoltante pala nosotlos. Aquiles escasamente entendía la pronunciación del embajador pero logro entender con dificultad que fuera a la embajada y preguntara por el señor Molita.

      El embajador se despidió muy ceremoniosamente y Aquiles permaneció durante unos segundos en estado casi catatónico. Al recuperarse del trance en que se encontraba se preguntó

-¿Qué diablos es ésto? ¿Era ese señor el embajador del Japón llamándome a mí para una investigación? Tiene que ser porque yo marqué el número del directorio y me contestaron de la embajada. ¿Voy o no voy? esa es la cuestión. ¿Le cuento a mi jefe o no le cuento? No debo contarle porque me llamaron a mi y no a él. Durante largo rato Aquiles continuó debatiéndose en un montón de dudas y al fin decidió que al terminar su jornada de trabajo iría a entrevistarse con el señor Molita.

      La recepcionista era una Japónesita amable y sonriente que inmediatamente hizo venir al señor Molita cuyo inconfundible aspecto era el de los oriundos de ese pais: pelo negro y lacio, ojos rasgados y mediana estatura.

-¿Señor Aquiles?– le dijo con perfecta pronunciación castellana- lo estaba esperando. El señor embajador me pidió que le contara todo sin ocultarle nada. Vamos a mi oficina.-Y lo condujo a una amplia oficina que daba al hermoso jardín interior de la embajada. Se sentaron en sillones de cuero, uno frente al otro. Enseguida entro una camarera que le ofreció té de jazmín que Aquiles acepto de inmediato.
-Los jazmines llegan desde Kyoto por encargo del señor embajador. Para aclararle las dudas, pues entiendo que usted es extremadamente perspicaz, la importación es absolutamente legal, aunque engorrosa.

      Aquiles solamente sonreía y por su mente no había pasado ninguna idea referente a la importación de jazmines.

-Bueno Aquiles , vamos al grano, puedo llamarlo por su nombre ¿no cierto? 
-Claro que sí.
-Resulta que la semana pasada, el jueves para ser exactos fue sustraído de la oficina privada del señor embajador el valioso cuadro…que digo, valiosísimo cuadro “Yakumo no Chigiri” del reconocido, pintor Japónés del siglo XIX Eisen Tomioka, importante representante del estilo Shunga. Mide 38.75 cms de ancho por 26.25 cms de alto y como todos los cuadros de la escuela Shunga es un grabado erótico. El precio del cuadro es de varios millones de dólares pero un ignorante en arte lo vendería por unos pocos dólares. Sería una perdida irreparable para el Japón. Usted debe recuperar ese cuadro. El señor embajador tiene plena confianza en usted. Ah, otra cosa, por instrucciones del señor embajador no se le ha informado a las autoridades del país. Usted entiende, detrás de las autoridades vendría la prensa y se sabría el valor real y la importancia del cuadro para el Japón. ¡Ahí sí que no lo volveríamos a ver! Le ruego que no comente con nadie este desagradable suceso. He hablado mucho, le ruego que me disculpe…¿tiene usted alguna pregunta?
-Si, ¿Dónde aprendió tan bien el español?
-Ah si, ya veo: en mi pueblo Yacuanquer.
-Pero lo habla usted excelente. Debe haber una magnífica academia de idiomas allá…Es que los Japóneses….!
-Yacuanquer queda en Nariño, Aquiles en Nariño.
¡Ah carachas! Exclamó Aquiles que no salía de la sorpresa ante la inesperada respuesta. Entonces ¿a qué debe su apellido Japónés Molita?
-No es Japónés, ni es Molita. Me llamo Isauro Mora, me dicen cariñosamente Morita, y como a ellos les da trabajo pronunciar la ere me quede en Molita. Usted me dirá por donde va a comenzar la investigación. Puedo decirle que por dinero no se preocupe, su trabajo será recompensado generosamente. El canciller autorizó una gruesa suma de dinero para quien recupere el cuadro.
      Aquiles no salía de su asombro. Un sudor frio recorría todo su cuerpo. En realidad no tenía ni la más remota idea de por donde comenzar la investigación.

-Me gustaría hablar con el señor embajador- le contestó sin saber por qué.
-Eso si va a estar difícil hoy porque el señor  Ozawa estará todo el dia con el presidente de la República. Usted sabe: por el asunto ese del metro que los Japóneses quieren construir en Manizales.
-Entonces con el portero- respondió de inmediato Aquiles
-¿Con el portero? ¡Que extraño! Usted es un investigador impredecible . Yo pensé que comenzaría como en las películas…revisando la escena del crimen…pero bueno si usted quiere…
-¡No, no! precisamente estaba por decirle que prefería hacer un recorrido por la escena del crimen.
-OK, lo llevare a la oficina auxiliar del señor  Ozawa. De allí fue sustraído el cuadro. Por favor sígame.

      La oficina auxiliar del embajador era un pequeño cuarto adjunto al despacho principal. En el suelo había un pequeño colchón con una extraña almohada en forma de rodillo donde el embajador reposaba después de sus frugales almuerzos. Adosado a la pared un mueble de dos cuerpos, en madera, que iba de extremo a extremo. En los compartimientos superiores había libros y porcelanas, en los inferiores cajones de muy variados tamaños, que iban en hilera hasta el piso. Era, sin lugar a dudas, una extraordinaria obra de carpintería fina.

-De aquí fue descolgado el cuadro por el ladrón- le dijo Molita a Aquiles mientras le señalaba un clavo en la pared encima del rodillo que servia de almohada al embajador.
¡Ajá!- exclamo Aquiles
-Lo extraño en todo esto es que a este cuarto son muy pocas las personas que tienen acceso
¡Ajá!- volvió a exclamar Aquiles-¿y quienes son?
-Bueno pués sin ser invitados por el señor Ozawa entra la aseadora, pero entre las seis y siete de la mañana. Los demás tienen que ser invitados por él: entre ellos la secretaria, cuando la llama por el intercomunicador, el chofer cuando lo hace venir a recoger el maletín o cuando viene a dejarlo, y yo, pero muy esporádicamente. Se puede decir que este es un cuarto ultraprivado del señor Ozawa.
-Ajá, ya lo veo- dijo Aquiles mientras tomaba de la pared-mueble un hermoso jarrón de porcelana que por poco se escapa de sus manos ante la exclamación de Molita “por favor, no la toque, todos son de la dinastía Ming”

      Temblando como un ratón acorralado, Aquiles devolvió la porcelana a su lugar.

-Dice el señor Ozawa que perteneció al emperador Jingtai, el que encarceló a su hermano el emperador Zhengtong….usted sabe…
¡Ajá!,-exclamo Aquiles sin entender nada de lo que decía el señor Molita.
-Pero tranquilícese, al morir Jingtai Zhengtong volvió ser emperador hasta su muerte.
-¡Humm!- dijo Aquiles absolutamente despistado, pues no había entendido nada de lo que Molita le decía.
-Bueno –dijo Aquiles- creo que es suficiente por hoy. Me gustaría organizar mis ideas para ver de qué manera oriento la investigación. Si usted no tiene inconveniente mañana regreso para iniciar los interrogatorios
-Esta bien, talvez mañana pueda usted hablar con el señor Ozawa.

Pero Aquiles no se retiro inmediatamente de la edificación. Decidio escudriñar sigilosamente algunos de los sitios que sospechaba el ladron había utilizado en su recorrido después de sustraer el cuadro. recorrió los cuidados jardines exteriores, miro con sigilo las amplias fachadas de la enorme casa, sede de la embajada, visito el estanque donde las carpas danzaban su eterna danza d e idas y venidas. Pero a pesar del enorme interés que ponía en cada revisión nada sospechoso encontró el pequeño investigador. Todo en aquel lugar estaba en su sitio manteniendo un notorio orden prefijado por la mano de meticulosos empleados. Aquiles, entonces, se marcho.

-Aquiles, carajo, ¿es que esta sordo?- le grito la señorita Maria Helena, secretaria de su superior,- ¿no oye que lo estoy llamando? ,…¡que pase a la oficina del jefe!
El investigador, en ese momento, escuchaba en un diminuto radio el programa  sobre futbol “Las Primas Donas” y nada en el planeta lo sumergía en una concentración igual a la que alcanzaba con este programa en que  tres locutores vociferaban sobre los partidos de futbol y que Aquiles jamás dejaba de oír.

Sin retirar el radio del oído llego hasta la puerta donde se detuvo un instante para escuchar unos comentarios sobre un dudoso gol en uno de los partidos del día anterior.

-Aquiles, carajo, lo mande llamar hace rato,
-Doctor …es que…
-Nada…seguramente esta pegado de ese radio oyendo futbol…
-No doctor, como se le ocurre.
-Bueno …bueno. El presidente ordeno que continúe con la investigación esa en la Embajada de Portugal…
-Del Japón, interrumpió Aquiles, con la voz temblorosa, mientras trataba de establecer  por qué el presidente del banco sabía de su investigación, que al parecer se convertía en un trabajo más del banco .
-Donde sea, carajo, …ah, y después hablamos sobre este asunto.

La pequeña figura de Aquiles abandonó la oficina caminando hacia atrás, sin retirar la vista de su superior, que sin ocultar su cólera hacía el ademán de buscar unos documentos entre los papeles que reposaban sobre el viejo escritorio de estilo clásico, pasado de moda, herencia del primer presidente del banco, cincuenta años atrás.

Cuando Aquiles se presento a la embajada todos los funcionarios se encontraban en sus puestos desde hacia dos horas, menos el embajador que a esa hora jugaba golf con el embajador de los Estados Unidos en un exclusivo club a las afueras de la ciudad y comentaban, en voz muy baja y en inglés, el incidente del cuadro.

-Pero Yushio-le dijo el embajador Martin  Paterson, que en ese instante se disponía a hacer un lanzamiento en el hoyo siete- ¿Cómo fuiste a pedir colaboración a un banco si nosotros te podíamos haber ayudado con la CIA o el FBI? Tú sabes que en éste país tenemos tantos agentes secretos como en Europa durante la Guerra Fría.

-Si, lo sé, - respondió el japonés con una amplia sonrisa- pero eso es lo que me da temor: todos esos agentes tuyos metidos en mi embajada. Pero si el señor Barreto no me da resultado buscare tu colaboración.

Al mismo tiempo Aquiles y el señor Molita estaban reunidos en una de las salas privadas de la embajada. Aquiles con una indescriptible expresión de sorpresa, observaba algunos de los pequeños cuadros que colgaban en la pared. U observaba la perfecta figura de rasgados y brillantes ojos negros, de Takako que le serbia con exquisita ceremoniosidad un té de jazmines.

- Son de estilo Shunga, como el robado –dijo el señor Molita- tratando de traer a Aquiles a la conversación. Cuenta el señor Ozawa que con esas imágenes enseñaban educación sexual hace varios siglos. Seria bueno que comenzáramos a trabajar. ¿Puedo saber su plan o prefiere no comentarlo?

-Ah!- exclamo el investigador- sin salir de su asombro y sin retirar su vista de los cuadros, ni de Takako. Si, claro, me gustaría hablar con el señor Embajador.

-Lamentablemente el embajador nos aviso que solamente vendrá en las horas de la tarde. Si le puedo ayudar en algo, por favor dígame. Daré instrucciones de que le presten la colaboración que necesite.

-En ese caso me gustaría hablar con la aseadora de la Embajada -dijo Aquiles sin siquiera saber por qué pedía la presencia de esa funcionaria.

-La señora Atsuko no habla español, solamente Japonés. ¿Quiere que el intérprete oficial los acompañe?

-No, no hace falta. Entonces con la secretaria del embajador-dijo Aquiles inmediatamente.

Aquiles corrió a continuar observando los grabados Shunga cuando el señor Molita salio en busca de la secretaria del embajador. Esto –pensaba- es pornografía pura …¿a quién se le ocurre robarse semejante cosa?...¿dónde diablos cuelga uno un cuadro como estos?
Sus cruentas criticas fueron interrumpidas con la entrada de una mujer de mediana edad y  corta estatura, de claros rasgos orientales pero vestida con indumentaria occidental que inclino levemente su cuerpo ante el investigador, que se sonrojo al verse sorprendido observando aquellos grabados.

-¿Necesitalme usted, señol?
-¿Es usted la secretaria del señor Ozawa?
-Sí, yo sel.
-¿Cuál es su nombre?, pregunto Aquiles mientras se escarbaba un oído con la punta de un esfero.
-Michiko,
-Muy bien señora Michiko, ¿Qué sabe usted del cuadro?
-Que se lo robaron, señol
-Ajá –repuso Aquiles, mientras con las manos en el bolsillo subía su pantalón, algo caído         - ¿y quién cree que se robó el cuadro?
-No sabel quien, señol. Sel vez plimela peldelse cosa en embajada.
-Ajá. ¿Notó algo extraño, fuera de lo normal, en la embajada el día del robo?
-No, ese fue un día nolmal como todos los antelioles.
-Ajá. Cuénteme ¿qué llama usted un día normal en la embajada?
- Vela: Atsuko alegla el despacho del señol embajadol y la oficina privada.  El señol Molita despacha sus asuntos en la suya y solamente entla cuando el embajadol me pide que lo haga entlal; Akira, el chofel, plepala el melcedes y espela en el galaje haciendo  mecánica,  hasta que embajadol me pide que se lo llame. Yasunari, el jaldinelo, liega las plantas, quital hojas secas, da  alimento a  peces del estanque; casi nunca entlal al despacho del embajadol. Takako, mi asistente, colabola con atención  telefono,  pasa caltas a maquina y no entlal despacho señol Ozawa, sino cuando entlal conmigo. Además habel cónsul, aglegado milital, comelcial,  y otlos pelo día  robo ninguno estaba polque  habían ido a  embajada Egipto a algo soble  escritol Naguib Mahfouz.

-Ok -repuso Aquiles como cosa rara, en cambio de su acostumbrado “ajá”, mientras pensaba si había oído ese nombre alguna vez como jugador de la selección nacional de futbol de Egipto- eso es todo por ahora, señora Michiko, por favor: ¿quiere decirle a su asistente que venga? Gracias.
Mienta esperaba, frente a la ventana, la llegada de Takako, Aquiles, ansioso, frotaba su garganta con el dorso de la mano buscando algunos pelos que se hubieran escapado en la afeitada de la mañana, como tantas veces le sucedía. Al mismo tiempo pensaba que a esa hora Las Primas Donas estarían ya enfrascados en una acalorada discusión, sobre algún incidente del futbol pasado, presente o por venir.

Eran tan suaves las pisadas de Takako que Aquiles solamente la descubrió detrás suyo, silenciosa, cuando se volteo, algo impaciente por la supuesta demora de la asistente.

Sin siquiera sonreír, Takako hizo una corta inclinación ante el investigador que desde que la vio comenzó a arreglarse la vieja corbata ocre con rayas verdes que no cuadraba con su chafado vestido azul oscuro. “Que bombón, Dios mío, que bombón”, pensó Aquiles y le dejo ver sus grandes dientes, amarillos de nicotina, a manera de conquistadora sonrisa. Takako no se inmutó, su rostro no produjo ni el más imperceptible movimiento.
-Tú eres Takako, ¿no, reinita?
-Si señor, respondió pronunciando la eñe perfectamente.
-No me vayas a decir que también eres de Yaquanquer como Molita, le dijo acercándose melosamente, obligando a la asistente a dar un paso atrás para mantener una distancia prudente.
-No señor soy de Tokio
-¿Y eso donde queda, cariño, en Japón?-preguntó sonriente el investigador, arreglándose otra vez el nudo de la corbata.
-Tokio es la capital de Japón, respondió Takako, dejando ver una muy sutil señal de disgusto, que Aquiles percibió.
-Ajá…contesto Aquiles arrancando un pelito de la nariz.
-Y ¿a qué hora sales?- pregunto Aquiles subiendo las cejas y sin dejar de sonreír.
-Señor, ¿esa pregunta es parte de su investigación o me esta insinuando algo?- preguntó Takato dejando ver en su rostro un profundo disgusto.-hablaré con el señor Osawa.
-No, entiéndame, por favor, es que quiero establecer si usted se encontraba en la embajada a la hora del robo.
-Pues pregúnteme eso para contestarle que no, que estaba en una cita médica aprovechándo que los altos funcionarios no estarían esa tarde. ¿Es todo?
-Sí, es todo, puede retirarse- le respondió Aquiles en una espantosa turbación, mientras se arreglaba otra vez el nudo de la corbata.
Takato abandonó la oficina, pero mientras cerraba la puerta se dirigió a Aquiles para preguntarle ”si le podía ayudar en algo más”
-No gracias-contestó Aquiles sin dejar se sentir un enorme temor que le recorría todo su cuerpo, -o sí, por favor, avísele al señor Molita que mañana vuelvo a continuar la investigación.

Cuando Aquiles le contó a su mujer que la asistente no entendió que el quiso ser amable con ella, su mujer lo tranquilizó diciéndole que “esas taradas son todas iguales, no saben nada de cortesía, verás que mañana te va a pedir disculpas”

Pero Aquiles descubrió, frente a la puerta de la embajada, que no estaba tan tranquilo como creía después de haber conversado el incidente con su mujer. Temblaba, en realidad. Por eso llegaba casi dos horas tarde.

-El señor embajador quiere hablar con usted inmediatamente- le dijo Takako cuando pasó frente a ella caminando con sus piernas levemente torcidas hacia el salón donde realizaba las entrevistas.
Un sudor frió recorrió todo el cuerpo del investigador. Temblorosamente arreglaba su corbata, la misma del día anterior, mientras se repetía como un mantra “tragáme tierra, tragáme tierra, esta vieja le sapió todo al embajador y ya lo debe saber el presidente del banco…Dios mío, me van a echar, para que vine a meterme en este bollo, tragáme tierra”. De repente se abrió la puerta de la oficina del embajador y apareció un señor de inconfundible aspecto oriental que lo saludo con gran efusividad. Era el embajador Osawa.
-Doctol Aquiles, lo felicito, apaleció cuadlo. Todos en embajada estal muy felices. Cleemos, sincelamete, que ladlon devolvio cuadlo pala no velse sometido a su intelogatolio. ¿Qué le pasa doctol Aquiles, no estal contento también?
Aquiles estaba tan asustado que todo lo que dijo el embajador llovió sobre él como el agua sobre un pingüino. El embajador lo condujo hacia la pequeña salita donde lo aguardaban sonrientes los empleados de la embajada, que lo recibieron con un sonoro aplauso mientras en coro gritaban ¡F e l i c i t a c i o n e s, doctol A q u i l e s! Aquiles recorrió rápidamente los rostros sonrientes y notó, con algo de tristeza, que solamente faltaba la bellísima Takako. Nadie podrá negar que las mujeres eran el verdadero Talón de Aquiles.

Junio 3 de 2010














La Verdad



En el reino de Sadag, como en los otros ciento setenta y tres reinos de la región, la palabra de las niñas era tomada como la absoluta verdad. Quien no les creyera era muerto. El día que el rey Sadag llamó a Vilama, niña, en medio de la guerra contra el rey de Ametaria para conocer el resultado de la batalla obtuvo por respuesta que sus soldados habían sido derrotados antes del anochecer por la traición del primer ministro de Sadag. El rey hizo traerlo ante sí y allí mismo el verdugo separo la cabeza  de su cuerpo. Un mensajero llego antes del amanecer para comunicarle al rey su triunfo sobre el rey de Ametaria. Vilama en presencia del rey no confeso que había mentido y nada valió para que el rey mismo separara la pequeña cabeza de su pequeño cuerpo, no por haber mentido, pues las niñas no mienten, sino porque jamás aceptó haber mentido.

Moraleja:
A pesar de la creencia ancestral, los niños si mienten.
La soberbia de los niños los lleva  a la muerte.
El primer ministro era un traidor. Vilama pudo haber dicho la verdad. El ejercito del rey Sadeg se recupero entre el anochecer y el amanecer.
Puede ser cierta la creencia ancestral de que los niños no mienten. 11/v/02

















El Equipaje


Anoche preparaba mi valija para viajar a reunirme con mi hija en un país extraño, del que desconocía casi todo especialmente su lengua y su cultura. Mi mente repasaba mi existencia en rápido retroceso mi juventud y mi niñez. Atropellados venían días de felicidad y días de angustia, de hambre y de desesperación. Pero de repente me sorprendió que  algunos de ellos ya no me eran claros; no solamente me veía con extraños trajes, de modas antiguas sino en lugares y situaciones que nunca había conocido. No soñaba, tenia plena conciencia del momento en que vivía. Hora antes me había despedido de mi hija. Era la misma separación de remotísimos tiempos que venia a mi memoria, sin que yo tuviera conciencia de ella antes. Pero mayor fue mi sorpresa cuando logre traer recuerdos de esa época, que no era mi vida actual, ni era un sueño. Era un recuerdo real. Tenía la certeza de que esas imágenes no las estaba creando mi mente sino que las estaba recordando. Si, recordando. Todas las situaciones fueron reales, vividas por mí. Las personas que iban apareciendo las conocí y conviví con ellas. Ahí estaban los que ame y  los que me amaron, los que odie y los que me odiaron. Volví a ver al brutal Salomón Ungard que abuso de mí cuando aun era una niña; a la terrible Selma que vendía mi cuerpo una vez tras otra para alimentar su enorme codicia de dinero. ¿En que país ocurrió esto?  ¿En que época?  No sé, no lo he podido recordar pero por los nombres debió ser en un país teutón y por la vestimenta de las personas creo adivinar la edad media. Horribles calles, horrible suciedad, horribles olores. Salomón era sucio y rico. Trabajaba con dinero a interés. Todos lo odiaban. Su debilidad eran las niñas que le suministraba Selma. Ningún momento feliz de aquella lejana vida venia a mi memoria. Me esforzaba por encontrar alguno. Pero todo esfuerzo era en vano. Sin dificultad iba hacia atrás en mi edad o hacia delante uniendo unos recuerdos con otros. Pensé que los recuerdos desagradables solamente se encadenan con  recuerdos desagradables y que de lograr un recuerdo feliz este me llevaría a una serie de episodios felices. La gente en aquellos recuerdos me llamaba Gratia. Tan pronto vino este nombre a mi memoria sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo. Alcance a oír a Selma  gritándolo para que saliera de la inmunda covacha donde permanecía a atender uno de los asquerosos clientes de su negocio. Mi mente no abrigaba otro pensamiento que escapar de aquella prisión donde mi vida transcurría en la más abominable situación. Con los días me di cuenta de que Selma solamente abandonaba la vigilancia sobre nosotras  para asistir a la iglesia a escuchar las predicas de los monjes sobre la infinita bondad de Dios y el grande amor que nos tiene a los pobres. Y debe ser verdad, porque Dios me ayudo. Aproveche una salida de Selma para escaparme de ese infierno.     Veintitrés años tenía entonces. Sin embargo no era libre. Atada a Selma por infinitas deudas no había otra solución que abandonar mi país para tratar de encontrar en otro una nueva vida. Tome un carruaje cuyo destino desconozco; solamente recuerdo que fueron largos días de viaje hasta llegar a una ciudad con un enorme rió que la dividía en dos y que por aquellos días soportaba una revuelta del pueblo pedía al monarca que hiciera lo posible por bajar el precio de la harina, fuente casi única de alimentación de aquel pueblo famélico. No se como quede envuelta por una multitud vociferante, que armada de toda clase de utensilios, se enfrentaba a los representantes del rey, que del otro lado de las barricadas disparaban los mosquetes dirigidos por un pequeño y regordete oficial de artillería. Una de esas balas puso fin a mi vida y mi cuerpo destrozado fue depositado con muchos otros en un gran agujero, hecho por los revolucionarios.
      En medio del sobresalto que me produjo recordar estos horrendos hechos  llego a mi mente un lugar casi desierto, iluminado por un brillante sol y arriba de una montaña una mujer de aspecto humilde que lloraba desconsolada. Una multitud la rodeaba con ademanes amenazantes. Tal vez en ese instante comprendí que esa mujer era yo que enfrentaba la atroz muerte por lapidación. No hacia mucho había llegado de mi país natal  siguiendo las huellas de Críspulo, mi amado, muerto no hacia mucho en la capital del imperio. Huyendo de  esa multitud iracunda que me gritaba adultera” quede atrapada por la muralla que encerraba la ciudad. Muchos guijarros cayeron sobre mi cuerpo que quedo allí tendido para ser devorado en feroz competencia por los perros y los buitres.
    Pero esto no fue todo. Angustiada por lo extraño de estos recuerdos de vidas pasadas, que podían no ser recuerdos sino sueños que hasta ahora venían a mi mente o simples memorias de hechos vistos o conocidos de fuentes ya olvidadas, irrumpió otra imagen que se perdía entre la bruma que siempre acompaña estos mensajes, que ya casi estaba entendiendo. Rodeada de caras solemnes  fui descubriendo elegantes figuras, vestidas con los más extraños trajes. Hombres que trataban infructuosamente de atraer mi atención que estaba puesta sobre el objeto que reposaba en la mano de uno de ellos. Es un puñal de oxidiana, pensé, y quien lo empuña no es otro que el Gran Sacerdote Maya, encargado de culminar las ceremonias del sacrificio a los dioses en agradecimiento de las abundantes lluvias que han traído después de una prolongada sequía que arruino la mayoría de los cultivos. He sido traída desde mi pueblo distante varios días. Ayer al atardecer llegue en medio de un gran festival acompañada de otras mujeres jóvenes como yo y de mi dolorida madre. Todos han danzado sin cansancio durante la noche y el día de hoy. Fui escogida entre muchas por mi belleza, mi juventud y el hecho de no haber conocido hombre. Mis padres me entregaron a los sacerdotes porque sabían que con mi sacrificio les llegarían  innumerables beneficio y serian protegidos de los dioses por toda la eternidad. Mis hermanos y hermanas alcanzarían el rango de distinguidos que por siempre los haría sobresalir entre los miembros del clan, y yo entraría al jardín de la eternidad para disfrutar de la felicidad sin límite, y mi nombre seria grabado sobre las escalinatas de la pirámide celestial. Allí quedaría para ser repetido por los guerreros, durante mil lunas llenas, antes de las batallas. De esta manera  protegería sus carnes desnudas de las armas enemigas y en la esquina superior colocarían mi imagen, representada por una flor, para ser iluminada cada día por los primeros rayos del sol, privilegio pocas veces concedido.       
     Bebí el jugo del árbol sagrado y me perdí en un profundo sueño. Mi corazón fue repartido entre los sacerdotes y mi cuerpo depositado en la laguna de la fortuna para hacer el viaje a la eterna felicidad.

     En este punto vi con claridad lo que no podía entender: todo viaje me llevaba a la muerte al siguiente día. Si hacia el viaje que me encontraba preparando moriría. Acosada por estos pensamientos comprendí que mi vida estaba en mis manos. Si permitía que la rueda continuara su camino el final debía ser el mismo que las veces anteriores. Casi al borde de la desesperación comencé a reflexionar en el significado de tales remembranzas. Me preguntaba si en verdad,  después de todo viaje moría o sencillamente existe un día para morir.
     Dominada por el temor tome la resolución de no viajar, y así se lo hice saber a mi hija al día siguiente, a las ocho de la mañana del once de septiembre del año dos mil uno, en su oficina del Word Trade Center de Nueva York, quien rechazo airada mi descontrolada imaginación. Ahora desde aquí, mientras espero, como tantas otras veces lo he hecho, veo su cuerpo en los sótanos del edificio rodeado de un amasijo de hierros y cadáveres.


La Casa

Un hombre, cansado ya de buscar la felicidad, nunca lograda, supone que la encontrará en su propia vivienda por eso va adecuando cada espacio, cada habitación, cada sala. Termina una larga faena de remodelaciones y arreglos e infiere que la felicidad está en una nueva obra que emprende de inmediato y afanosamente, ya que su tiempo se acaba y su felicidad no llega. Una mañana, al tratar de levantarse para continuar su fatigosa labor, encontró que había muerto sin ser feliz.




El hacedor de milagros



Más allá del rio que los lugareños llaman Neutro estaba la vasta iglesia de materiales indefinibles, habitada de estatuas de santos de yeso y de madera. Los peregrinos, pero especialmente los necesitados, viajaban hasta allí para dejar sus ruegos de toda clase. La luz se filtraba por claraboyas de múltiples colores. Los santos recibían celestiales lluvias de colores o de sombras que hacían su figura más creíble, más santa. Los peregrinos no rezaban a los santos porque después de una larga sucesión de años sin obtener nada a cambio dejaron de hacerlo. Rezaban a su acompañante  que en aquella iglesia era el que hacia las concesiones. Por eso había tal diversidad de santos acompañados. Uno de ellos recibía el fervor de la multitud: San Jorge y el dragón.  El dragón obraba tantos milagros que había que pedirle cita previa al prior para obtener una entrevista con el milagroso dragón. No bastaba con hacer la interminable fila pera pedir la cita, sino que era menester  expresar al oído del prior que clase de pedidos se le harían al sublime animal; pues los monjes decidieron que el dragón no devolvería un miembro amputado, ni la vista al ciego, ni el oído al sordo. Estos milagros los encontraban indignos del perpetuo atacante. Los que desearan esta clase de milagros deberían ir a otras iglesias donde los santos eran los encargados de los milagros.



  El misil



         Aquel día puse el siguiente aviso en una pagina de internet de avisos clasificados internacionales: “Compro Misil Tierra-Aire, Tipo portátil. Cualquier modelo. No acepto fabricación China. No insista”. Cerraba el aviso con la dirección email.

         Seis meses después de arduas negociaciones con el sirio Muhammad al-Samman llego el misil por la estrambótica vía Latakia (Siria)- Puerto Cabezas (Nicaragua)- Nuqui (Colombia). Por cuestiones de seguridad me abstengo de mencionar a que ciudad del interior debí trasladarlo en medio del más absoluto sigilo, preferiblemente en horas de la noche y por carreteras en el más impresionante estado de abandono. La traída del misil se convirtió en una verdadera odisea pues no se trataba de una sola caja, como cualquiera puede imaginar, sino de siete cajas de muy distintos tamaños. El misil, como podrá darse cuenta el lector, venia desarmado. Estupefacto quede al ver esa cantidad de cajas. Cada una traía una etiqueta media carta, supuestamente en ruso pues, debo decirlo, esta era la procedencia del misil. Cada etiqueta venia numerada con un numero del uno al  siete.
       
         Aclaro que los números era lo único que entendía. Al azar tome una caja de tamaño mediano, que resulto ser la numero tres, la abrí con extrema precaución tratando de conservarla sin  rasguños y roturas, por si me veía obligado a devolver el misil. Allí venían mas de cincuenta piezas pequeñísimas con otros tantos tornillos un poco mas grandes que los de un reloj, unas cuantas mangueras y resortes, dos hojas escritas en ruso, desde luego, y un plano que imagine indicaba como armar esa pequeña pieza del misil.

       En aquel momento comprendí que jamás podría armarlo, salvo que supiera ruso. Entre a internet y busque que cursos ofrecía la Web. ¡Horror! Un millón setecientas ochenta mil paginas. Abrí una pagina al azar que resulto ser una academia en Novosibirsk que en pésimo español se definían como el mas importante centro para aprender este idioma, después de inscribirse y cancelar una fuerte suma en euros. Di un salto al veinteavo link y lo mismo: otra academia ahora en Burkina Fasso que anunciaba más o menos lo mismo pero en francos de Bur, cuya tasa de cambio desconocía. Las quince o veinte consultas siguientes anunciaban  todas  academias al rededor del mundo que no permitían tomar un curso sin antes inscribirse respondiendo un enorme cuestionario y, desde luego, enviando una no despreciable cantidad de dinero.

     Convencido que no podría aprender ese idioma, al menos por internet, tome la decisión de recurrir al viejo sistema de poner un aviso como lo había hecho para la compra de SAM, que así llamaba cariñosamente al misil, tal como lo llaman en los altos mandos militares de todos los países, y también en los mas bajos fondos del trafico internacional de armas. Y puse el aviso en una página internacional de internet de oferta de empleos.

      Aviso: “Busco mecánico para armar misil ruso Tierra-Aire, tipo portátil”.  Y consigne mi dirección  email. Quince días después revise mis correos. Además del mensaje de cumpleaños de mi nieta Juanita había sesenta y dos correos en respuesta a mi llamado sobre SAM de los cuales la mayoría provenían de supuestos físicos chinos seguidos por físicos de Albania, USA a los que no les creí porque a simple vista vi la mano de la CIA tratando de tenderme una celada, y un solo ruso llamado Grigori Tchaikovski, el cual inmediatamente llamo mi atención por su profesión y, no puedo negarlo, su musical apellido que despertó en mi una cierta confianza. Además, como yo,  entendía algunas palabras de ingles. Iniciamos un va y viene de emails y a través de ellos descubrí que sabia tanto de español como yo de ruso. Para mi eso no importaba. Lo malo era que Tchaikovski vivía en Yukutsk. Pensé, sin embargo, este es mi hombre. Grigori dijo ser Físico Nuclear de la Universidad Patricio Lumumba, experto en misiles Tierra-Aire, los que decía armar y desarmar con los ojos cerrados. Nunca se detuvo a preguntarme para que quería yo un misil. Lo que si le importo fueron los cinco mil euros por la asesoría que me prestaría por internet para armar a SAM. Desde un principio descartamos la venida al país dado que desde Yukutsk ir a cualquier parte del mundo es extremadamente oneroso.
     
        En el tercer o cuarto mail me planteo que el trabajo se haría en cinco etapas y que cada etapa tendría un costo de mil euros. No habría etapa siguiente si no era cancelada con anticipación vía Western Unión. Primero le ofrecí pagarle tres mil euros bajo una larga lista de circunstancias con las que quería asegurar mi dinero. A todo dijo que no. Termine diciéndole a todo que si y aceptando que su responsabilidad llegara hasta armar a SAM,  pues no asumía responsabilidad sobre su funcionamiento. Era enfático en eso. Aseguraba que muchos de esos misiles eran fabricados en China y todos sabemos lo que eso significa. Ojo, decía en un mail, si llega a ser chino puede estallarle en las manos causándole fuertes laceraciones, pero no hará mas daño que romper algunas bombillas y causar un gran ruido que despertara a los vecino.

        Todo mail de Grigori era un suplicio para descifrarlo. En la academia que estudio español no le habían enseñado mas que bestialidades, y el, con el tiempo me fue tomando confianza y ya no se esmeraba, como al principio, por hacerse entender. Luego del primer giro que me costo un ojo de la cara en comisiones bancarias e impuestos me llego un mail de Grigori que me vi en problemas para descifrar. Debo aclarar que no fue uno sino cuatro mails los que tuvo que enviarme hasta que logre entender que solicitaba fotocopia de las siete etiquetas que traían las cajas. Me apresure a responderle que eso no valía mil euros. Horas después llego un mail de Tchaikovski (cuando se enfadaba no firmaba “atte, Grigori” sino con un áspero “Tchaikovski”) en que me decía que si los valía y que me apresurara porque una organización subversiva suramericana lo estaba contratando para armar doscientos misiles de los mismos. Pronto viajaría con todos los gastos pagos a Sudan para armarlos.

          En vez de fotocopias le envié fotografías de las etiquetas. Dos días después abrí ansioso un mail de Grigori con asunto “urgente” que decía: “No ser misil Tierra –Aire. Ser misiles Mar- Aire. Necesitar submarino nuclear para lanzarlo. Otro trabajo. Honorarios deben revisarse. Grigori”. Quede atónito. Me fui de espadas. El espaldar de la silla impidió que cayera al suelo. Probablemente me habría desnucado. Toda la noche estuve meditando en el asunto. En los días siguientes envié por internet el siguiente aviso para ser publicado en el Pravda.com de Moscú, obviamente traducido al ruso por Grigori: “Compro submarino nuclear de segunda. No chino, no insista. Debe funcionarle el lanza misiles.” Quince días después tenia ciento doce ofertas de submarinos hasta de cuarta mano, la mayoría venían de China y de Bulgaria, y una oferta de un submarino venia de Venezuela. ¡Ciento doce!. Quede asombrado. A mi entender toda la flota mundial escasamente llegaba a esa cifra. Grande asombro me produjo saber que el gobierno de Venezuela estaba vendiendo prácticamente toda su flota agobiado, como mas tarde supe, por el altísimo costo de los repuestos y porque, sabiéndolo o no, todo repuesto que compraban resultaba chino.   Pero eso fue nada comparado con la sorpresa que me causo el mail, aparentemente procedente de Rusia, ofreciendo un submarino nuclear que se encontraba en algún lugar del océano Pacifico entre Pangui y Tumaco.  ¡Eso es Colombia! Grite alborozado. Pero algo huele mal, muy probablemente la mafia rusa o la colombiana o, peor aun, las FARC, me quieren estafar.
  
      A partir de ese momento mi vida cambio radicalmente, pues en medio de mi euforia, respondí el mensaje sobre el submarino colombiano. Mi primer mail no fue respondido, ni el segundo, ni el tercero.

      Una madrugada de domingo mi esposa abrió la puerta a dos personas que preguntaban por “el señor”. Se identificaron cortésmente como funcionarios del Departamento de Seguridad del Estado. Me identifique como pensionado, sin ocupación distinta de la mecánica casera.
­-Ya saben -les dije- arreglar la ducha, cambiar bombillos y cosas de esas.
-¿Dónde aprendió física nuclear?, me pregunto el mas bajito, mientras miraba debajo de la carpeta bordada por mi nuera, regalo a mi esposa en la navidad pasada.

       Entre tanto mi esposa permanecía a mi lado con una inconfundible expresión de espanto.
-¿Dónde esta el misil?...¿trabaja solo o en compañía?...¿a qué organización subversiva pertenece?...¿quién es Grigori Tchaicovski? …¿Dónde conoció a Muhammad al-Samman?...

     Ninguna de las preguntas alcanzaba a responderla porque la siguiente me lo impedía. De mi parte estaba poniéndole más atención al estado de salud de mi señora que al interrogatorio. Ella cada segundo estaba más pálida y en algún momento pensé que se desmayaría.

No se de donde saco fuerzas para preguntarle al mas alto
-Pero, ¿que es lo que pasa?, y como era su costumbre antes obtener respuesta volvió a preguntar,
-Les gustaría un tintico?
-No señora, dijo el más bajito, no podemos recibir nada cuando trabajamos. E inmediatamente me miraron los dos representantes de la Ley y me dijeron vamos a hacer una inspección ocular en toda la casa ya que no nos quiere decir donde esta e misil.
-Que es un misil? pregunto mi señora y antes de que el más alto le contestara, pregunto: que es una inspección ocular?

          Los representantes de la Ley entendieron que a ella no tenia caso responderle y empezaron a buscar a SAM en cada rincón de la casa.

         Al cabo de unos minutos, mientras mi esposa y yo permanecíamos sentados en el sofá de la sala, aparecieron los de la Ley con SAM en la mano, todavía en sus cajas intactas, sin un rasguño.
_Aja! con que este es… y comenzaron a abrir las cajas una a una. De la más grande y alargada sacaron un tubo como de un metro de largo que traía una placa. En ese momento el más alto exclamo.
-¡Pero si es chino!. A mi me paso un sudor frio por todo el cuerpo y creo que me desmaye.

        Alcance a escuchar que el más bajito le decía a mi señora, cuando salía hacia la calle
-Dígale que tenga mucho cuidado porque se le puede explotar y romperle todas sus porcelanas.



















Bandeja Paisa
                                                                  

                                                                


                                                               A Barucha que me enseñó a prepararla

Introducción
Enclavada en el noroeste colombiano y entre la codillera central y  la occidental se encuentra  la zona geográfica conocida como La Gran Antioquia, de la cual hizo parte el Viejo Caldas que por segregación dio nacimiento a los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindio. Los pobladores de esta región son conocidos en el ámbito nacional como los paisas. La región, desde la época de la conquista española, por su magnifico clima templado, por la abundancia de aguas y por la fertilidad de sus tierras, recibió una considerable corriente de inmigrantes llegados de todas las regiones de Europa, especialmente de la parte norte de España. Así se formo el grupo étnico de los paisas que al cabo de varios siglos irrumpieron a la vida nacional trayendo consigo una cultura totalmente diferente a las demás culturas que imperaban en el país.

Eclosión
Su eclosión fue de un enorme dinamismo comenzando por la colonización de las grandes extensiones de tierra que los rodeaban. Fundaron centenares de poblaciones que hoy tienen nombres universales como Palestina, Génova, Salamina, Armenia, Filandia. Largas recuas de decenas de  mulas cargadas de toda clase de productos, abrían los caminos en medio de una espesa y monzonica selva virgen. Muchas veces sin ninguna compañía, con muy cortos descansos, estos hombres recorrían buena parte de la geografía de Colombia haciendo trasteos entre las costas y el interior del país  Sacando a los ríos navegables, desde los parajes mas inhóspitos, los productos que más tarde serian llevados al exterior como el café, la quina, la plata, el oro y el platino, el plátano y la chuchuguaza.

Semilla
Cumplían sagradamente, con la cabeza bien alta y sin levantar la voz, con  el precepto bíblico de regar la simiente, cada que las difíciles circunstancias les permitían. Y cuando lograban encontrar una depositaria permanente de la semilla le dejaban después de una larga vida un promedio de quince hijos o más. Algunos de ellos llegaron a los veintidós y los más fogosos a veinticinco.

Producto terminado
Los historiadores se preguntan a que se pudo haber debido tal fertilidad y concluyeron que al altísimo consumo de frijoles, o frisoles como ellos los llamaban.
La pregunta se respondió en 1949, después de largas controversias científicas, atribuyendo esta fertilidad a una enorme simpleza: ganas, muchas ganas. Además a esa vida sana que llevaban. Acostarse a las siete de la noche, cuando el dia daba paso a la noche, levantarse temprano con los primeros rayos del sol. Y por supuesto: dormir poco. Pero el busilis del análisis es el distractor que impero por muchos años: el de los frijoles. Es verdad que comían muchos frijoles; pero hoy también se comen en abundancia en todo el territorio colombiano bajo el nombre de bandeja paisa y las parejas escasamente tienen dos o tres hijos. El 48% de los hijos de origen hispano permanecen al lado de los padres hasta la muerte de estos o bien entrada la adultes; cuando ya los ancianos no los pueden sostener.

CIEGO
Los investigadores del Centro de Investigaciones del Enanismo, Genética y Ortopedia, CIEGO, adelantaron una encuesta en el año 2006 y los primeros tres meses del 2007 entre  2.432 mujeres y 3.418 hombres todos en edad de procrear, consumidores habituales de frijoles, pero con escasa o ninguna progenie, como que muchos de ellos confesaron que del intento no pasaban. Los resultados fueron alarmantes porque el 13 % atribuyó el fenómeno a la difícil situación económica de las parejas, el 32% al hacinamiento habitacional, que inhibe de manera ostensible el comportamiento humano, el 48% a la utilización de métodos artesanales y el 7% No sabe/ No responde.  


Instituto para la alimentación
En 1967 Instituto para la alimentación de Ouagadougou, capital de Burkina Faso, había adelantado un estudio similar que por la estrechez económica del país no fue conocido por la opinión pública en ese momento. Es universalmente sabida la polémica entre el presidente del país y su ministro de hacienda. Este sostenía que la publicación de los diez  millones de ejemplares que quería el presidente para distribuirlo a todos los países, con nombre propio de cada destinatario, coparía la totalidad del presupuesto nacional y produciría un infarto monumental en los sistemas de correo del mundo entero. Después de producir este invaluable estudio el Instituto para la Alimentación de Ouagadougou fue cerrado por iliquidez, las instalaciones vendidas a un inversionista ruso supuestamente familiar de Boris Yeltsin para instalar allí la discoteca El-Aka-Bose de diseño árabe-occidental, el presidente fue derrocado por el ministro de hacienda a quien posteriormente lo derroco su jefe de seguridad.

FAO y FARC
 En 1985 fue publicado el estudio por la FAO bajo el titulo de Bombas de tiempo. No obstante fue desconocido hasta 1999 cuando un investigador-historiador de Liechtenstein, el doctor Franz Joseph Alt Straka, lo recibió de un misionero afro-chino y lo coloco en la red. De allí fue descolgado en 2006 a instancias del grupo revolucionario colombiano FARC que lo considero altamente subversivo. Este episodio socio-económico se conoció en los medios como La guerra de los frijoles.

Calorías
En si misma la bandeja paisa es un plato típico colombiano  de gran poder calórico dados los ingredientes que la componen. Mil quinientas o dos mil calorías por porción. De feo aspecto, que la hace inconfundible y mas atractiva al común de los nacionales. Con excepción de los restaurantes de la alta sociedad todos los demás ofrecen en su menú este conocido plato, emblema de la gastronomía colombiana.

Ingredientes
Consta de una buena porción de frijoles cocinados en agua-sal, un huevo frito en aceite reciclado, arroz blanco, tajadas de plátano maduro fritas en el aceite que sobro del huevo, carne de tercera molida ( en polvo, como le dicen los paisas ), chicharrón carnudo bien grasoso, algo de chorizo, arepa de bola y porción de aguacate.

Universalización
La bandeja paisa le ha dado la vuelta al mundo por su sencillez pero especialmente por ir detrás de los emigrantes colombianos. Es inherente a ellos. Se consigue sin dificultad en las calles de cualquier capital europea, en Ouagadougou en la equina sur oriental del parque principal y en Vancouver en Glasgow Street, al lado del reloj de vapor

En Asia y Oceania
Se habla de una bandeja paisa que recorrió miles de kilómetros entre Jardín, Antioquia, y Auckland, en Nueva Zelanda en la navidad de 2005 para satisfacer los antojos de un emigrante paisa que se había enriquecido importando desde su pueblo café colombiano de excelente calidad; pero que llevaba décadas sin degustar un original de ese manjar inventado por sus ancestros. Este individuo, cuando quería comer bandeja paisa debía trasladarse hasta Nagoya en Japón, donde un hijo de Manzanares, Caldas, era dueño y cocinero del famoso restaurante de comida Chino-colombiana Chin-Chi-Na.

Instituto de la Bandeja Paisa
Según una investigación adelantada a nivel mundial por el Instituto de la Bandeja Paisa de Manizales, Caldas, en el restaurante Chin-Chi-Na, de Nagoya se vendía la peor bandeja del mundo debido a la enorme influencia de la cocinera jefe, sobrina-nieta del misionero afro-chino y esposa del manzanareño. Comentan los investigadores en el capitulo treinta y siete del estudio que esa bandeja tenia mas parecido con un Chop Suey que con una verdadera bandeja paisa. Uno de los investigadores perdió el control y trato de borrar del aviso la referencia a su histórico plato. No se lo permitieron. Hubiera sido un irrespeto al Emperador, habitual consumidor de esta seudo bandeja.

Poderes curativos
Son miles las historias que hay en el mundo sobre este exquisito plato, describirlas tomaría, así mismo miles de hojas. Son también miles los estudios realizados en prestigiosos institutos y por distinguidos investigadores. Incluirlos todos tomaría tanto espacio como el texto de Las mil y una noches; pero si es bueno mencionar por ultimo el poder curativo  del plato. Se dice que curo a John Forbes Nash, premio Nóbel de Economía de su esquizofrenia.

Conclusiones
Hasta el año 2007 es un verdadero misterio el surgimiento de la bandeja paisa a la gastronomía universal. Los investigadores de varios institutos de Europa y Asia le siguieron el rastro hasta la misma llegada de los conquistadores Españoles a América. Un cronista de la época afirma que don Vasco Núñez de Balboa, en 1513, cuando descubrió el Océano Pacifico, celebro el acontecimiento con una bandeja paisa que acompaño con agua de panela sentado en una playa del Darien Colombiano. Es conveniente anotar que fueron integrantes de esta expedición los que llevaron  posteriormente a Méjico el suculento plato. Por eso, en 1519 al llegar a las playas de Veracruz don Hernán Cortes, lo recibió un español agasajándolo con una bandeja paisa preparado por una hermosa india de nombre Malinche.  Se afirma que Cortes la tomo como su cocinera y traductora, y que fue la madre de algunos de sus hijos.






























El Ultimo Samurai


Un día el doctor Amadeo Salazar Portocarrero cito muy temprano en la mañana a su segundo, Abel Sotomayor, a su oficina del Palacio de las Investigaciones para comunicarle su decision de retirarse de la direccion del Instituto Nacional de Investigaciones –INI- para dedicar mas tiempo a terminar la gigantesca biografia sobre Saigo Takamori, el ultimo samurai, comenzada muchos años atras cuando había sido embajador en Japon del derrocado presidente Domínguez de la Republica de Escobaria . La tarea era gigante porque debia revisar mas de mil folios que llevaba escritos con una caligrafia pequeñita, casi invisible, compararlos con los cientos de documentos que había utilizado a fin de no llegar a confundir nombres, ni fechas lo cual no se lo perdonaria jamas. Debia verificar que los planos que guardaba celosamente de la antigua Edo si eran de la antigua Edo y no de otra ciudad, que los jardines que aparecian en otro plano correspondian al palacio del Shogun y no de alguien de menor rango. Y lo mas importante comprobar sin dejar ninguna duda que con  Saigo se había terminado la gloriosa estirpe de los samurai, que despues de el nadie vistio los atuendos ni cargo las dos gloriosas espadas. Y demostrar, contra la creencia general de los miles de estudiosos de esos  estupendos guerreros, que Saigo Takamori jamas intervino en un encuentro, ni gano una pelea, ni desenfundo sus filosas espadas para proteger a su Daimio. El trabajo era arduo y debia concluirlo rapidamente ya que supo que otra biografia sobre el heroe estaba siendo escrita por Yukio Mashushita, profesor de artes marciales y jardineria de la Universidad de Dushisha, descendiente directo del samurai y quien buscaba exaltar la gloriosa memoria de Saigo y de paso destruir la perversa especie de que Saigo fue un oscuro personaje vestido con la indumentaria y las espadas de los samurai que vagaba sin rumbo por las calles de Edo sin ninguno de los privilegios que tuvieron sus colegas. Mashushita había escudriñado en los anales del  gobierno Meiji y sostenia haber encontrado las pruebas de que su antepasado era un heroe y no un impostor como lo sostenia el doctor Amadeo en un articulo que publico en la revista de origamis en su epoca de embajador. Este virulento articulo desperto la ira de los ancianos guardianes de la tradicion samurai y obligo al presidente Dominguez a retirar a su embajador antes de que se le aplicara la ley de honor que lo obligaba a practicarse un sapuko al mejor estilo japones. El doctor Amadeo, que distaba de ser un héroe, decidió eludir toda disputa con los ancianos y con un joven fanatico llamado Yukio Mishima, que acababa de fundar una secta para exaltar las tradiciones japonesas, y ante la imposibilidad de utilizar su propia vestimenta para llegar al puerto y tomar el barco que lo trasladaria como embajador a Rangun, debio disfrazarse de monje budista y hacer a pie el recorrido hasta el puerto de Yonago, donde finalmente pudo embarcarse. Pero para Amadeo este viaje se habria de convertir en una odisea. No solo debia cargar con los cientos de kilos de su equipaje, muchos de los cuales eran la enorme biografia en ciernes de Saigo Takamori, sino con los multiples objetos en bronce, hierro y mármol adquiridos a los traficantes de arte, a los profanadores tumbas, a los funcionarios corruptos durante su larga permanencia como embajador en Japon. Nada hacia mas difícil la movilización del diplomatico que el magnifico cuadro original del gran pintor chino Qi Baishi, robado del Museo Nacional Chino de Pekín durante la invasión Japonesa, en las primeras decadas del siglo XX. Y que luego fue robado del Museo Nacional de Arte de Osaka por un experto holandes en despojar los museos, que habian despojado otros museos, de sus obras de arte.






















Una Investigación Exhaustiva



                                                              Dedicado a los compañeros del GYM de Cafam de la Floresta



  - No podemos permitir que algo así llene de desprestigio nuestra querida institución. Le prometo que iniciaremos una investigación exhaustiva y procurare que caiga todo el rigor de los reglamentos sobre el culpable. ¿Pero dígame, como se llama el empleado?
   -Si señor, yo sabia que usted me ayudaría, porque he sido miserablemente burlada en mi  buena fe. El préstamo que le hice fue para sacarlo de apuros, pero han transcurrido cerca de treinta meses y solamente me ha hecho pequeños abonos.
   - Despreocupese señora, personalmente dirigiré la investigación de este delicado asunto. Pero dígame: ¿cual es el nombre de ese desvergonzado?
   -Mauricio Espítia -exclamó la señora- al tiempo que con una especie de pudor bajó su mirada hacia la alfombra que cubría el despacho del gerente.

Una hora después

Carta personal y privada                                 #396


Doctor
Hugo Cuellar
Jefe de Seguridad

Apreciado doctor Cuellar:

En el día de hoy se presento a nuestro despacho la señora Paula Parra para hacer graves y concretas acusaciones contra nuestro empleado Mauricio Espítia. La señora Parra, dama de toda credibilidad, quien tiene excelentes relaciones con esta oficina, viene teniendo desde hace años negocios con el citado empleado Espítia. Como es de su conocimiento este tipo de relaciones son prohibidas por nuestras normas internas. En efecto, en el Manual de Procedimientos en su capitulo IX, pagina 127, literal d) dice textualmente: “ningún empleado podrá hacer negocios con clientes”. De igual modo en el Manual de Funciones dice “se calificará como falta grave toda relación entre un empleado y un cliente”. Ruego a usted ordenar a quien corresponda se aclare de una vez por todas este inaceptable desacato a los reglamentos internos del Banco, y que el señor Espítia sea sancionado como es debido.

Cordialmente,
Raúl Colmenares
Gerente Oficina N…




   Señorita Maria Helena –exclamó consternado el abogado-mayor (r) Hugo Cuellar. – jefe de Seguridad del Banco y al mismo tiempo oficial retirado de la Policía Nacional, inmediatamente terminó de leer el memorando que tenia en sus manos…
   -Señorita Maria Helena – volvió a exclamar pero ahora en tono más alto que el anterior, venga por favor
   -¿Si doctor?
   -Que venga Aquiles  inmediatamente
   -Si doctor- dijo – y salió dando brinquitos en busca de Aquiles  Barreto, ex  agente de la policía, ex detective del Das y ahora detective privado del banco para investigar estafas de toda clase, robos mayores y menores y demás actos contra los intereses del Banco. En algunas ocasiones recibía la orden de realizar investigaciones administrativas: ¿Qué si un gerente llega temprano a su oficina? ¿Qué si el jefe de cartera le ponía el sello de tinta morada a los pagares para prorrogarlos? ¿Qué sí el contador hacia diariamente los cuadres de las operaciones de la oficina? Pero también debía investigar si un empleado de inteligencia superior estaba defraudando el banco mediante adulteraciones contables, o con ficticias cuentas corrientes a las que se abonaban partidas de otros clientes para luego retirarlas con artimañas, o convenciendo a ancianas millonarias para manejarles algunas operaciones y luego escaparse con su dinero.
   -A sus órdenes, mi mayor
   -Aquiles, carajo, le he dicho que no me diga mayor.
   - Entendido, mi mayor, digo, doctor
   El mayor-doctor se incorporó enérgicamente de su escritorio tamando entre sus manos la carta #396, del Gerente de la Sucursal N.
   -Aquiles prepárese para adelantar una investigación. Todo parece indicar que un empleado de la sucursal N… esta serruchando con una importante clienta. Hay cantidades de dinero de por medio; el mismo gerente dice en su carta que la tal cliente tiene enormes negocios con nosotros. Sin duda debe ser coquera la vieja esa. Mi experiencia me dice que también debe estar metida en vainas de dólares. Eso no falla nunca: mujer hermosa con buenos negocios es igual a coca más dólares.
   -Mi mayor…
   -Carajo, Aquiles
   -Perdón doctor, solo quería decirle que usted las coge todas al instante
   El doctor- mayor sonrió ante el elogio del detective. Aquiles le había apuntado al ego del jefe y allí había dado.

Al día siguiente

   El detective investigador Aquiles llegó puntual a su oficina y se instaló en su pequeño escritorio arrimado a la pared, detrás de una de las  columnas que sostienen la edificación. La división de Seguridad del Banco se encuentra localizada a la entrada del elegante edificio, a mano derecha, en el salón que los arquitectos habían destinado para deposito de trebejos y maquinas descompuestas. En dos platos: como cuarto de San Alejo de la honorable institución. En este rincón había dos personajes temidos. El mayor-doctor Hugo Cuellar por su temperamento impulsivo y atrabiliario y el investigador Aquiles Barreto por su insobornable carácter y por su ignorancia casi absoluta.
   Aquiles marco un teléfono. Se recostó en su vieja silla y esperó a que le contestaran.
   -Quihubo hermano- dijo Aquiles
   -Quihubo hermano – le contestaron al otro lado de  la línea.
   -¿Vio el partido, hermano?
   -Claro que sí…pero no joda. Yo creí que poniendo de carrilero a Perafán íbamos a ganar por esa punta velocidad… pero ya vio, ni mierda. Otra vez las mismas maricadas. Pases cortos, llegan al área……
   -No que va … no llegan al área
   -Sí , no jodas, si llegan pero no hacen ni culo. Viste cuando Herrera, tomó el balón en nuestro campo y salió por la punta …y se devolvió cuando ya iba a llegar al área.
   -Sí, que vaina, ahí podía haber metido el gol del empate; pero es que ese verraco es muy agalludo, si la hubiera pasado para atrás seguro que Martínez, que estaba libre de marca la hubiera metido.
   Quince minutos después de reconstruir todo el partido de fútbol de la noche anterior, el investigador Aquiles interrumpe a su interlocutor.
   -Bueno hermano, yo lo llamo para decirle que no puedo jugar el domingo…
¿Cómo así? – exclamó en el otro lado de la línea su interlocutor- Quedamos en que nadie faltaría. Ese es el partido más importante del campeonato. Y te necesitamos en el medio campo.
   Hermanito… van a tener que poner a jugar a Domínguez en mi puesto, porque tengo que viajar a N… a una investigación urgente.
   -No joda, ¿Qué pasó?
   -Un vergajo, que está robando con una vieja. Parece que el desfalco ya va en varios millones. Me toca ir para parar la joda y meter a la cárcel a los ladrones. Usted sabe que estos chicharrones me tocan todos a mí.
   -Oiga hermano, y porque no viaja el lunes después del partido. Hable con su jefe. Al fin y al cabo el fin de semana no pueden robar esos mierdas.
   -Voy a ver que cuento le invento a mi mayor Cuellar y lo vuelvo a llamar.
   Aquiles se levanto de su escritorio, se acercó a una greca que se encontraba enchufada a un amasijo de cables que la división de Seguridad Industrial habían ordenado, ocho meses atrás, desarmar por el inminente peligro de incendio. Se sirvió “un tintico” y con ademán meloso se dirigió al puesto de la señorita Maria Helena, secretaria de su inmediato superior, que exhibía una minifalda que estaba a punto de juntarse con el escote de su suéter.
   -Quihubo amorcito, ¿qué mentira me va a decir hoy?
   -No Aquiles, no insista más. Ya le dije que no. Déjeme tranquila que estoy transcribiendo el informe al Comité de Seguridad sobre el atraco ése en la Sucursal N… Mi mayor lo quiere urgente. Parece que la cosa es gravísima en esa oficina.
   -Pero bizcocho, no me diga que no. Mire que ya le pedí prestado el taxi a mi cuñado. Además tiene todo el día para pensarlo.
   -Que no, no lo voy a pensar- le dijo Maria Helena dándole la espalda, mientras el investigador le  miraba la enorme curva de los senos.
   -¿Sabe qué, cariño?
   -¿Qué?
   -Ya conseguí la plata que me pidió prestada
   -¿De verdad…y me la va a prestar?
   -¡Claro mi amor!, esta tarde cuando nos veamos se la entrego.
   -¿Pero me la consiguió toda?
   -Sí reinita, toda.
   -Y usted de dónde sacó esa plata si ayer me dijo que no tenia ni un verraco peso.
   -Ya vera, ya vera- repuso Aquiles esbozando una sonrisa- ¿Entonces cuento con que nos vemos allá mismo, a la salida?
   -Yo le confirmo más tarde porque con esto del asalto en la Sucursal N… no se hasta que hora me demore el jefe.
   Aquiles se regreso a su pequeño escritorio, marcó un teléfono, se recostó en su sillón e inicio una nueva conversación sobre el partido de la noche anterior.  Maria Helena, sonriente, continuó escribiendo el informe que había ordenado el Abogado-Mayor.
    A la misma hora el doctor Mario Montoya, superior del jefe de Seguridad,  sostenía una conversación por celular con el doctor Carlos Quimbay, senador de la Republica, y padrino político de Montoya.
   - Mario, carajo, necesitamos con urgencia esa plata. Se nos vino encima la campaña y todavía me estas diciendo que espere. No maestro, no podemos esperar más. Si nos demoramos nos roban el slogan “Manos Limpias”, y la agencia ya tiene todo diseñado, no falta sino la plata, mijo, la plata.
   - Doctor- contesto Montoya dirigiéndose al rincón más apartado de la lujosa oficina- yo comprendo la necesidad de la plata; pero entienda que tenemos una visita de la Contraloría y mientras no termine no puedo ordenar el desembolso.
   -¿Carajo  Mario- gritó el doctor Quimbay- y que tiene que ver la visita de Contraloría con el desembolso?, que no jodan .
   -Doctor – repuso Montoya hablando en voz tan baja que sería imposible escuchar su conversación a menos que se estuviera a unos centímetros de distancia- es que recuerde que del préstamo para la campaña Fuera Corruptos no se ha hecho ni un solo abono…y ya va para cartera castigada. No podemos ordenar otro desembolso sino cuando se vaya la Contraloría.
   -Que vaina- exclamo el doctor Quimbay, en un tono menos fuerte- me va a tocar hablar con Carlos Ariel, ¿será que el está en la ciudad?
   -Si – repuso Montoya, convirtiendo su voz en un imperceptible murmullo retirándose del rincón en que se encontraba para ubicarse en otro lugar de la oficina - pero no me parece que sea buena idea hablar con él.  Ayer- continuó adoptando un tono de queja - estuvo reunido con la Contraloría revisando las partidas problema de la cartera y allí esta el préstamo que les dimos para la campaña anterior; - y bajando aún más la voz continuo diciendo - del que le digo que no se ha hecho ningún abono. El está toreando eso.
   - ¿Qué, qué Montoya?, gritó el senador Quimbay dejándo notar su desespero -  hábleme más duro que no le oigo nada.
   - Que el Presidente del Banco – dijo Montoya - estuvo con la Contraloría ayer hablando del préstamo anterior y es imposible hacer desembolso hoy…a menos que – y el doctor Montoya se quedo en silencio organizando la idea que había llegado a su cabeza
   - ¿A menos que Montoya, a menos que?- Grito el senador Quimbay – fuera de control
   - A menos que busquemos un beneficiario distinto para el crédito – dijo el doctor Montoya desde el rincón más apartado de la oficina - Uno que no tenga problemas.
   - No Montoya, en papeles y vainas se nos van quince días por lo menos. Y no podemos esperar tanto. Mire Montoya: vea a ver como hace para que nos entreguen esa plata a más tardar mañana. Recuerde que a usted no le conviene que yo hable con Carielo. Además usted no corre ningún riesgo, porque en el próximo periodo va a ocupar un cargo mucho mejor. ¡Jálele a esa vaina! – gritó por último el senador Quimbay, antes de cerrar la comunicación sin despedirse del doctor Montoya.
   El doctor Montoya se quedó perplejo mirando el teléfono que tenia en la mano. El cierre de la conversación con su jefe político lo dejaba hondamente preocupado, porque le había dado una órden que tendría que cumplir sin ninguna dilación. Si no ordenaba el desembolso en el curso del día muy seguramente en dos o tres días habría otro personaje del senador Quimbay ocupando su puesto  y ordenando el desembolso y él estaría en el vil asfalto. Y sentándose en el magnifico sillón de su escritorio pensó “al fin y al cabo Quimbay me puso aquí para hacer estas vainas, no le puedo fallar, además cuando estalle el escándalo yo no estaré aquí”

   El doctor Montoya fue interrumpido en su meditación por su secretaria que le anunciaba que el Mayor- abogado Hugo Cuellar quería tener una entrevista con él para tratar un asunto supremamente delicado.
   -Que siga – dijo Montoya  en medio de una especie de sopor-. Se enderezo en el sillón , tomó un esfero entre sus dedos y comenzó a darle vueltas mientras continuaba pensando en la órden que daría a la Sucursal N…de entregarle los recursos al senador Quimbay para continuar su campaña al senado de la República donde esperaba llegar por cuarta vez.
   Cuellar saludó con meloseria desde la puerta y, acogiendo la invitación de Montoya - se sentó en la silla dispuesta para los visitantes.
   -Doctor Montoya, - dijo Cuellar adoptando una postura solemne -, desafortunadamente le tengo una mala noticia. Ante esta introducción Montoya sintió que un frío le corría por la espalda. “¿será acaso – pensó Montoya - algo relacionado con el crédito sin cancelar del doctor Quimbay?”. - Ocurre que en la Sucursal N…hay un grave problema…
   -¿En qué Sucursal? – preguntó Montoya interrumpiendo al mayor Cuellar
   -En la Sucursal N… , que maneja don Raúl  Colmenares.
   El helaje que sintió el doctor Montoya le impidió continuar preguntando, se resignó a su suerte y se echó hacia atrás en su sillón esperando la más mala de las noticias que le podían dar en ese momento, algo relacionado con el crédito del senador Quimbay.
   -Le decía doctor –continuo Cuellar con su tono ceremonioso- que en esa oficina se esta presentando un negociado entre un empleado y una clienta. Cuando Montoya escuchó la palabra “clienta” recuperó su calma. - Todo parece  indicar - dijo Cuellar– que los intereses del banco están en grave riesgo. Tenemos que tomar medidas rápidamente
para evitar que el roto sea más grande. Mi experiencia de años me dice que estos casos hay que desbaratarlos cuando están naciendo porque después la vaina se hace inmanejable. El doctor Montoya apoyó todo su cuerpo en el brazo de su sillón y continuó meditando en el crédito que en horas debía entregar al senador Quimbay. Doctor – continuó diciendo Cuellar– necesitamos su aprobación para esculcar los negocios de esa oficina a fin de establecer claramente a cuánto asciende el peculado. Y debemos hacerlo pronto antes de que la Contraloría se entere del asunto y se nos adelante; e inclinando su cuerpo hacia el escritorio de su superior continuó diciendo casi en secreto: he creído de la mayor importancia informarlo pues como usted sabe los intereses del banco deben ser protegidos con el mayor celo posible
    Estoy de acuerdo con usted – dijo Montoya, como saliendo de un sueño – ante todo en nuestro banco debe imperar la honestidad. Haga una investigación a fondo y que los desleales salgan de la institución como merecen. Le agradezco que me mantengan informado sobre este delicado asunto. En seguida extendió con cortesía su mano a Cuellar que se retiro dibujando una sonrisa de satisfacción por el respaldo a su importante labor.

    Montoya, acto seguido, tomo su intercomunicador y le timbro a su secretaria.
   -Si doctor, dijo doña Emilce
   -Doña Emilce, por favor  comuníqueme con don Raúl  Colmenares en la Sucursal N
   -Si doctor.
   Raúl  Colmenares, gerente de la sucursal N…, era un hombre de insobornable rectitud. Se había graduado de abogado en una prestigiosa universidad de la capital, e inició su carrera profesional trabajando en el área jurídica del Banco. Cuando murió don Mario Tanco, por muchísimos años gerente de la Sucursal N… fue seleccionado por las directivas para remplazarlo el joven abogado Raúl  Colmenares, pues en toda la institución, ni en la pequeña ciudad N… había quien llenara mejor los requisitos que el Banco exigía a quienes habrían de proteger sus intereses y su exclusiva clientela en aquella ciudad. Desde aquella remota época en que muy joven fue nombrado gerente de la oficina, nunca más había ocupado otro cargo. Don Raúl, desde su época de estudiante de provincia había descubierto la pesca y la había convertido en su pasatiempo favorito. Ya en su senectud conservaba una gran cantidad de cañas, anzuelos y fotografías de sus innumerables viajes por los ríos del país. Conocía cada rió, cada caño de la geografía nacional.  Sostenía con fervor que la pesca era mejor diversión que el fútbol. Precisamente en el momento que sonó su teléfono privado acariciaba con deleite una caña que le acababa de regalar uno se sus clientes. Don Raúl  se apresuró a guardar su equipo antes de tomar el auricular. Creía que su prestigio se vería menoscabado si alguien de las oficinas centrales se enteraba que dedicaba las largas horas en que no tenía nada que hacer a acariciar amorosamente sus carreteles preferidos. Incluso se arregló la corbata y ordenó rápidamente algunos papeles que se encontraban sobre su escritorio.
   -¿Aló? – dijo don Raúl  dando a su voz un tono más solemne de lo que en realidad era.
   -Don Raúl - le dijo doña Emilce, sin saludarlo y con tono de superioridad – le va a hablar el doctor Mario Montoya.
   - Si, gracias, doña Emilce. Pensó inmediatamente que el vicepresidente le iría a hablar sobre el asunto que el había denunciado. Sintió una íntima satisfacción al deducir que el propio doctor Montoya estaba tomando ese aberrante asunto en sus manos. No de otra forma debía proceder un alto directivo de una institución de tanto prestigio. Eso le daba ánimos para seguir vigilando no sólo los intereses económicos del banco sino su inmaculado prestigio moral.
   -Aló don Raúl ¿como se encuentra?- dijo el doctor Montoya, a manera de saludo.
   - Muy bien doctor Mon….- alcanzo a contestar el gerente, antes de que le fuera cortado el saludo por su superior
   - Mira Raúl  te llamo para lo siguiente, tu debes saber ya que el Comité de Crédito del banco aprobó un préstamo para el grupo político Manos limpias del doctor Carlos Quimbay y se decidió que por tener la personería jurídica en esa ciudad le fuera entregado el dinero por tu oficina.
   Don Raúl  Colmenares no tuvo palabras para contestar la orden que acababa de recibir del hombre más importante del banco después del presidente . Se quedo perplejo y en silencio. Inmediatamente vino a su memoria el préstamo otorgado cuatro años atrás al grupo político Fuera Corruptos del mismo senador Quimbay y que había sido un verdadero dolor de cabeza para don Raúl . Hasta el momento ninguna de sus cuotas había sido cancelada. En todas las visitas de la Contraloría él tenia que salir a defender ese préstamo, argumentando la pulcritud acrisolada del senador y las intenciones reiteradas de pago en una fecha muy cercana, a pesar de que su participación en el préstamo no paso de entregar los dineros cumpliendo una orden superior. Tanto había defendido aquél préstamo don Raúl  que había logrado varias refinanciaciones sin abono al capital y sin cancelar ni una mínima parte de los intereses. Cada año la deuda crecía con las refinanciaciones y don Raúl  ya presentía que llegaría el día que habría que parar esta bola de nieve y ese día las utilidades de su oficina se convertirían en una monstruosa pérdida de la cual, sin ninguna duda, él sería el chivo expiatorio. En sus oraciones don Raúl  le pedía a Dios que esto no fuera ocurrir antes de lograr su precaria pensión, porque, si esa olla de podredumbre se destapaba antes, cabía la posibilidad de que fuera retirado del banco sin escuchar sus explicaciones, tal como lo habían hecho con otros directivos desprovistos de un buen padrino.
   -Eso que me esta diciendo doctor Montoya me llegara por escrito para yo proceder de conformidad con las instrucciones.
   -Por supuesto, Colmenares, por supuesto; pero mientras se cumple el tramite administrativo vaya desembolsando esa plata que la están necesitando con urgencia. Yo personalmente me encargaré de que todo quede en órden. El doctor Quimbay va a estar muy agradecido con usted, ya el conoce que usted es una persona muy eficiente. Ah! Don Raúl, fui ampliamente informado por Cuellar de su decidida actitud ante las censurables indelicadezas  de un empleado de esa oficina. Estoy con usted en que no podemos permitir que un empleado corrupto ponga en tela de juicio el prestigio ni los intereses del banco. Otra cosa, Colmenares, son apenas quinientos millones los que debe entregar al representante del doctor Quimbay mañana que pase por la oficina.
   -Pero doctor…yo quería decirle una cosita
   -¿Qué será, Colmenares?, hable rápido porque estoy muy ocupado.
-Es que doctor Montoya esa gente tiene una obligación sin atender hace varios años, ¿Por qué no entregan esa plata en otra oficina?- le dijo casi sollozando don Raúl Colmenares al vicepresidente.
   -No, Colmenares– grito el doctor Montoya perdiendo el control- ¿se imagina la demora que implica radicar esa operación en otra oficina,? ¿no se da cuenta del gravísimo perjuicio que se le causaría al doctor Quimbay?. Piense, Colmenares, piense que sobre usted caería la ira del doctor Quimbay, sobre usted que está a pocos meses de pensionarse
Bueno, Raúl, espero que mañana a primera hora quede resuelto este asunto. Y cortó la comunicación sin darle oportunidad al gerente de plantear otros argumentos en contra de esa operación.
   Raúl  Colmenares no podía creer lo que había escuchado. Estaba literalmente cercado. Si se negaba a entregar el dinero ponía en riesgo su permanencia en el banco. Y si lo entregaba en pocos meses seria un grave problema que el tendría que entrar a solucionar. Camino despacio al mueble donde tenía sus viejos y amados carreteles. Recorrió con la vista cada uno de ellos y recordó que con aquél pequeñito había sacado un enorme bagre en el río Manacacias, luego, muy despacio, mirando al suelo, salio de su oficina. Los empleados que lo vieron pasar por el largo corredor comprendieron que algo malo le ocurría y ellos también entraron inmediatamente en un estado de intranquilidad pero nadie sabía por qué.
   A primera hora de ese lunes el vigilante de la Sucursal N…se negó a abrir la puerta al robusto hombrecito que estaba frente a él con claras intenciones de entrar antes de que se iniciara la atención al público.
   -No lo puedo dejar entrar, porque todavía no son las 9:00 AM – le dijo el vigilante a través del pequeñísimo espacio que dejaban las dos puertas cerradas.
   -¿Qué, qué?- grito el hombrecito
   -Que solamente podrá entrar a las 9:00 AM – gritó el vigílate por la ranura
   -Pues entienda que a mi me tiene que abrir porque vengo de la Casa Principal a hacer una investigación.
   -No joda - grito el vigilante- todos los ladrones dicen lo mismo. Muestre su carné.
   El hombrecito claramente molesto comenzó a esculcar en sus bolsillos y al fin encontró una abultada billetera que dejaba ver imágenes de santos y boletas viejas de fútbol, pero no dinero. Uno a uno extrajo cédula, carné de futbolista, certificado de salud, pase de conductor, fotografías de damas con y sin ropa y finalmente una arrugada tarjeta que lo acreditaba como empleado del Banco del área de seguridad.
    -Esto no me sirve, vocifero el vigilante sin leerla cuando recibió la tarjeta a través de la ranura. Esto es una tarjeta de presentación. Y la devolvió utilizando la misma ranura.
   El hombrecito recibió la tarjeta y entregó ahora sí el carné oficial que ya había aparecido envuelto entre un recorte de prensa que hacia referencia al gol que Diego Maradona le había hecho con la mano a la selección inglesa en un campeonato mundial.
  
   Y el vigilante leyó

Carné #15360
Aquiles Barreto.
División de Seguridad
Investigador (Foto)

   -Haberlo dicho doctor Aquiles, dijo el vigilante mientras abría presuro las puertas del Banco. Me llamo Humberto Velásquez y como ve soy el vigilante responsable de la seguridad de ésta oficina… Es que usted sabe……por favor llámeme Humberto, estoy a su mandar….
   Aquiles no disimulo la molestia que le causo el incidente y entro rápidamente al hall de atención de público que mostraba un sin número de puertas y corredores en todas las direcciones. En la mitad de este se devolvió.
   -Oiga Humberto - ¿dónde queda la oficina del gerente?
   -El doctor Colmenares no ha llegado.
   -Que vaina…¿a qué horas llega?
   -Después de las 9:00, pero el no entra por ésta puerta sino por la del parqueadero.
   El vigilante Velásquez no desprendía su mirada del investigador, mientras mantenía contra su oído un minúsculo radiecito que solamente él podía escuchar dado el bajísimo volumen en que lo tenía.
   Aquiles alcanzo a oír que el vigilante escuchaba el programa “Las Primas Donnas” y su semblante se ilumino pues el no dejaba de escucharlo. Este programa de fútbol se transmitía desde las cinco hasta diez de la mañana de los lunes. Los cuatro más notables periodistas deportivos del país entraban en cadena para comentar con lujo de detalles los distintos incidentes de cada uno de los partidos de la primera división celebrados en el país.
   -Súbale volumen, hermano -imploro al vigilante- que inmediatamente procedió a subir el volumen. En aquél momento los cuatro periodistas vociferaban todos al tiempo sobre la desastrosa actuación del arbitro Diego Castaño que había pitado un penalti que a juicio de las “primas donas” jamás había existido.
   -Sí fue penalti- dijo el vigilante Velásquez. No ve que Maldonado estaba dentro del área cuando Pernia le dio semejante patadon.
   -Sí, pero Maldonado no era parte de la jugada y por eso no podían pitar penalti- le respondió Aquiles. Ese h. p. del Castaño nos robo el partido, espero que lo acusen a la Comisión Arbitral para que lo jodan
   -No hermano, que va, Castaño pitó bien; es que ustedes no pueden ver que un equipo chico les gane.
   De pronto se escucho un estridente grito de G0000000000000000000000000000L, G000L, G000L que interrumpió la discusión entre los dos individuos. Era el timbre de un celular. Ambos buscaron presurosos sus móviles.
   -¿Aló? – dijo Aquiles, pues la llamada era para él.
   -¿Aló?, ¿Aquiles?
   -Si, mi mayor
   -¿Dónde está?
   -En la Sucursal N…, mi mayor; pero el gerente no ha llegado. Llega a las 9:00am. Mientras tanto voy a hablar con ¿Cómo se llama? El que está haciendo el desfalco, mi mayor.
   - No Aquiles, con el no vaya a hablar, no ve que lo pone en sobreaviso. Primero hable con el gerente y con la clienta a la que le están haciendo el tumbado. Manténgame informado y ni una palabra de esto a nadie ¿Oyó Aquiles?
   El vigilante Velásquez había dejado de escuchar los comentaristas deportivos para escuchar la conversación de Aquiles. Su respiración se detuvo unos segundos cuando oyó decir a Aquiles que alguien estaba haciendo un desfalco en esa sucursal. En ese instante un timbre sonó en la puerta del banco avisando que el gerente acababa de llegar. Que un vigilante debía abrir la puerta del parqueadero.
   Oiga hermano –le dijo Velásquez a Aquiles que ya era su hermano en el fútbol- ese timbre significa que  llegó el gerente. Ya puede subir a hablar con él. Esa escalera lleva a la Gerencia.
   -Gracias hermano- dijo Aquiles – mientras se dirigía a la escalera.
   No bien se alejó Aquiles, el vigilante Velásquez fue hasta el cajero que le quedaba más cerca y le dijo al oído con tono reservado:
-Llego un funcionario de la Casa Principal a investigar un enorme desfalco en esta oficina. Y se devolvió presuroso a la puerta principal del banco desde donde debía evitar la entrada de ladrones, pordioseros y perros.
   -Quihubo bizcocho –dijo Aquiles a la secretaria de don Raúl - ¿el gerente está?
   -¿Quién lo necesita?
   -Aquiles  Barreto, de la Casa Principal del Banco. Y le entrego una tarjeta de presentación que la secretaria se dispuso a llevar a don Raúl . A los pocos segundos regreso.
   -Por favor espere que don Raúl  esta hablando con el vicepresidente.
   Efectivamente, el vicepresidente indagaba si el préstamo para su jefe político había sido desembolsado, pues éste no demoraría en llamarlo.
   -No doctor Montoya, todavía no. ¿Pero doctor… ya me mandaron el fax instruyéndome sobre ese desembolso?
   -Colmenares, no se preocupe por un verraco fax. No ve que estoy muy ocupado para ponerme a hacer esas vainas ahora. Haga ese desembolso y punto. Hasta luego. Y colgó.
   Don Raúl  leyó la tarjeta que mantenía en su mano, tomo el intercomunicador  y dijo
   -Que siga el señor.
   Con su acostumbrado estilo lleno de genuflexiones Aquiles extendió su mano pequeñita y sudorosa al gerente, quien inmediatamente secó la suya frotándola contra su pantalón.
   -Vengo a investigar lo del atraco.
   -¿Cuál atraco?- respondió el gerente
   Ante esta respuesta del gerente Aquiles se descompuso e inicio afanosamente la búsqueda del papel con los nombres de la clienta acusadora y el empleado acusado.         Ahora no buscó en su billetera sino en una pequeña cartera de cuero repujado con un águila con sus alas extendidas. Leyó y dijo:
    -El caso de Mauricio Espítia.
   -Ah, sí. Es una acusación muy grave contra un empleado muy importante de esta sucursal. Lo acusa una clienta muy distinguida. Pero dígame doctor Aquiles por que no habla con ella para que le cuente todo, yo le consigo la cita. O con Mauricio a ver si comenzamos a desenredar esto.
   -No doctor, por ahora no debo hablar con el señor Espítia…usted entiende…podemos ponerlo sobreaviso…hay que sorprenderlo. Mejor consígame la cita con la señora Parra, recordando que no debía incomodar a la clienta con intensos interrogatorios.
   -Claro, dijo el gerente, mientras ordenaba a su secretaria conseguir una cita a Aquiles con doña Paula Parra
   Tan pronto como Aquiles abandonó la oficina el gerente hizo llamar a su presencia a Mauricio Espítia
   Espítia era un hombre de no más de treinta y cinco años y mediana estatura. Ingreso al Banco en esa misma oficina como mensajero y su capacidad e inteligencia lo ubicaron quince años después como el segundo hombre en la sucursal inmediatamente a ordenes de don Raúl Colmenares. Había ocupado todos los cargos con reconocida eficiencia lo que lo hacia un innegable experto en operaciones bancarias.
   -Doctor Aquiles lamento informarle que no tengo el teléfono de la señora Paula -le dijo la secretaria de don Raúl - mientras Aquiles, algo desolado, se sentaba en el asiento más distante de la sala de espera a escarbar papeles en su cartera de águila y a buscar en el directorio telefónico de la ciudad el teléfono de la clienta. Pero tampoco allí estaba Paula Parra.
   Con ademán misterioso la secretaria hizo que el hombre que acababa de llegar le acercara su oído
    -Mauricio- le dijo con voz casi inaudible- ese señor viene de la casa principal a investigar un robo, o un fraude o no se que cosa.
   -Si, ya sabia, me lo comentaron unos clientes en la escalera- le contestó mientras ingresaba a la oficina del gerente sin mirar siquiera hacia el hombrecito que continuaba buscando papeles en el rincón más apartado de la pequeña sala.
   Mauricio- le dijo el gerente después de que se cruzaron un corto saludo como lo hacían desde muchos años atrás - me está llamando el doctor Montoya para que le demos quinientos millones a la campaña Manos Limpias del senador Quimbay.
   -Pero tenemos problemas con los doscientos que les dimos para la campaña pasada.
   -Sí, lo sé; pero me está presionando demasiado. No se que hacer, pues le prometí que hoy tendrían esa plata.
   -Don Raúl  eso no lo podemos hacer porque no tenemos presupuesto. En la Tesorería no nos entregan recursos hace más de dos semanas. Recuerde que las medidas del Banco de la República para contener la inflación han restringido los créditos.
   -Entonces ¿qué le digo cuando me vuelva a llamar?
   -No espere que lo llame, llámelo usted y pídale los recursos, que le aseguro no los va a conseguir.
   -¿Y si nos manda la plata?
   - Se las damos; por lo menos nos queda constancia de que la plata la mandaron exclusivamente para eso.
   -¿Y mi pensión, Mauricio; y mi pensión? –Exclamo el gerente en tono lastimero. Yo no quiero darles más plata a estos políticos que nunca pagan y nos dejan el problema a nosotros.
   -No don Raúl, nunca pasa nada. Lo grave seria que un campesino no pagara. Ahí si nos caerían todos los investigadores del Banco.
   -¿De qué me habla, Raúl?, grito desencajado, el vicepresidente Mario Montoya. ¿Como así que le consiga presupuesto? ¿Qué vaina es esa?... y se recostó desconsolado en su enorme sillón cuando don Raúl  le explico que todo desembolso de un crédito debía contar primero con la partida asignada por la Tesorería, quienes controlaban el volumen total de créditos, para evitar que el Banco excediera la cuantía permitida por la  Ley.
-Si, doctor Montoya, sin este tramite el sistema no nos permite entregar los recursos al cliente. Yo, como usted sabe muy bien, tengo un profundo aprecio por el  senador Quimbay y nada me interesa más que entregarle esa plata …pero se atraviesa el sistema, …es que el sistema. Y se quedo callado
   -Bueno, Raúl  voy a ver que hago. Y colgó, sin despedirse siquiera.
   Mientras Raúl  Colmenares se levantaba de su escritorio en dirección a sus viejas cañas de pescar, y Mauricio Espítia salía de la oficina de manera casi furtiva Aquiles buscaba en el enorme listado de clientes de la oficina el nombre de la misteriosa Paula Parra. Pero allí tampoco se encontraba.
   A la hora del cierre de la sucursal era muy poco lo que el investigador Aquiles Barreto había adelantado con respecto a Paula Sarmiento.
   Aquiles llego presuroso ante el vigilante Humberto Velásquez
   -Hermano – le dijo mirándolo hacia arriba, ya que Velásquez superaba en varios centímetros al investigador- ¿Dónde hay un restaurante baratongo?
   -A la vuelta está el “Takúa” de doña Sagrario, le dijo el vigilante
   El restaurante Takúa era frecuentado por los empleados de los bancos del sector. Allí, además de comentarse los partidos de fútbol, se tramitaban los chismes de los bancos.
   Todas las miradas se dirigieron al pequeño y robusto hombrecito que se había sentado en el rincón más extremo del establecimiento. Los comensales, la mayoría banqueros, concluyeron que se trataba del investigador del siniestro de la Sucursal N.., y Aquiles, asombrado, sintió que las miradas caían sobre él.
   -¿Usted es el investigador?- le pregunto la mesera, mientras le tomaba el pedido.
   -Si bizcocho, yo soy- respondió Aquiles hinchado de orgullo- ¿Por qué no salimos rumbear esta noche?
   A partir de ese instante se sintió un sordo rumor de conversaciones en el local de doña Sagrario. Los que salían ponían al tanto a los que llegaban. Desde la cocina se asomaron las cocineras, las encargadas de la loza y la propia doña Sagrario con sus dos hijas para conocer ese misterioso personaje llegado desde la capital a cumplir una trascendental tarea investigativa, nunca antes vista, y que tenía ya en vilo a la mayoría de los ciudadanos de la pequeña ciudad.
   -Doctor Carlos Ariel, tiene una llamada del alcalde de N.., le dijo la secretaria al presidente del banco, el médico Carlos Ariel López (Carielo para sus amigos) quien había abandonado la medicina por lo que más lo seducía: la usura.
   -Doctor López –le dijo el alcalde después de un protocolario saludo- lo llamo para preguntarle qué es lo que sucede con la Sucursal del Banco, pues aquí se habla de robos, estafas, atracos, desfalcos y nadie da razón de nada. Con el comandante de la policía, por si acaso, tenemos acordonada la cuadra y ya vienen en camino los de antiexplosivos.
   -De verdad que no se de que me esta hablando, pero déme un tiempo para informarme y lo llamo en seguida.
   G00000000000000000000000000L,… G000L,… G000L,… G000L
   -¿Aló, mi mayor?
   -No joda Aquiles, -le gritó el mayor Cuellar- qué es lo que usted está haciendo que tiene ese pueblo revolucionado.
   -¿Qué dice mi…….?
   -Deje esa joda y véngase inmediatamente que ya el doctor Carlos Ariel averiguo que esa vieja es la moza del tal Espítia, que no tiene cuenta con el Banco  y que lo que tienen es una pelea por celos.
   -Don Raúl, le va a hablar el doctor López-le dijo la secretaria al gerente de la sucursal.
   -¿Aló doctor?
   -Aló don Raúl,…entréguele la plata al doctor Quimbay
   -Pero doctor…¿doctor?…¿doctor?…¿doctor?… ¡Me colgó!

Marzo de 2010




















El día de todos los santos



-Sí señor, yo soy Esposorio Samudio, sí, el hijo de Fidelia Samudio.
El viajero al oír la respuesta comprendió que su largo viaje había concluido. Por eso dejó escapar una especie de suspiro al que el hombre de detrás del mostrador no dió ninguna importancia.
-¿En que puedo ayudarlo? preguntó Esposorio con la voz quebradiza que va quedando
con el paso de los años. Era un hombre viejo, de más de 65 años. La edad exacta ni el mismo la sabía. Y no solo su voz estaba cansada, su cuerpo también.
Sin responder la pregunta el viajero se apoyó sobre el mostrador de la pequeña tienda donde Esposorio conseguía lo poco que necesitaba para sobrevivir. Hacia muchos años el viajero había comenzado la búsqueda, pero eran todavía más años desde cuando el viejo había comenzado a huír sin tregua. Pero ya su cuerpo acusaba un enorme cansancio y su alma la inmensa paz que dejan los años en su retirada.
-¿Recuerda usted un día de todos los santos? Pregunto el viajero mientras fijaba su mirada en los turbios ojos del viejo, que antes de sentir miedo notó que su cuerpo era recorrido por una suave oleada de tranquilidad. Lleno de temor había esperado esta pregunta en muchos lugares distintos y durante largos años, mientras se escondía de todos y de todo. Pero hoy, que al fin, alguien se la hacia no sintió miedo, mas bien algo de paz.

-Sí, dijo el viejo con la voz más firme y menos quebradiza que en cualquiera otra ocasión, recuerdo especialmente el día de todos los santos de 1955. Hace ya …¿a ver?…treinta y cinco años. Y lo dijo a pesar de que sabía que esta respuesta le traería la muerte.


En ese instante el ambiente se volvió siniestro, Se hizo un silencio que hería los oídos de los dos hombres. El recinto donde se hallaban se hizo más oscuro.

-Esa es mi edad- dijo el viajero mientras el viejo se daba mañas para incrustar una vela prendida en la boca de una botella- Pero yo nací unos días después del día de todos los santos de ese maldito año de la desgracia que puede finalizar hoy.

Mientras tanto Esposorio recordaba  las otras dos oportunidades en que muchos años antes se habían presentado ante él otros dos viajeros con el propósito de matarlo. Primero fue Esteban en la época en que cogía café en la vereda La Vuelta, cerca de Manizales. Luego Wenceslao, cinco o seis años después cuando adentro de San Alberto, a orillas del Magdalena jornaleaba bajando racimos de palma africana. En ambas ocasiones, vencido por el miedo había intentado huír para salvar la vida. En cambio hoy nada lo impulsaba a matar, ni siquiera a huír. El ritmo de su corazón no se alteró y su respiración continuó serena.

-¿Qué desea tomar?- dijo Esposorio volteándose hacia la vieja nevera que ocupaba un rincón de la tienda. “Este es Salvador- pensó- el ultimo de los hijos de Eufrasio, no quiero matarlo como a sus dos hermanos…nuestra sangre debe continuar…estoy cansado de huír..treinta y cinco años son muchos años huyendo…hasta se me olvidó el comienzo de toda esta violencia…él ni había nacido cuando aquello…además ya soy un anciano.

-¿Qué quiere usted? Volvió a preguntar el viejo al viajero. ¿Qué busca en qué puedo ayudarlo?
-Usted mato a mi padre y a mis hermanos- le dijo el viajero sin ira y sin cambiar la fría expresión de su rostro, y por eso vengo a matarlo. Yo soy Salvador Samudio, el último hijo de su hermano Eufrasio.

Al ver el tranquilo semblante del viejo, Salvador comprendió que Esposorio, desde un principio, lo había reconocido como el hijo menor de su hermano Eufrasio. Fue en aquél instante en que supuso que talvez el muerto no seria Esposorio sino él. Pensó que podía correr la misma suerte de sus dos hermanos, cuando cegados por el odio buscaban a Esposorio para darle muerte. Pero por aquello impredecible del destino, primero Esteban y luego Wenceslao, habían sucumbido en el intento. Ante la terrible idea de que aquel día nos seria el último de Esposorio sino el suyo, Salvador temblaba mientras debajo de la ruana alistaba el arma que llevaba con ese fin desde muchos años atrás.

-Si, yo le di muerte a su padre, que era mi hermano del alma y también a sus dos hermanos. Vea Salvador –dijo el viejo con voz firme- yo le decía a Eufrasio:
-Eufrasio deje de joder a la Elicenia, ¿no ve que es mi mujer? Usted tiene a la Hermencia con sus hijos, no joda la mía
-Yo no la estoy jodiendo hermano, son meros cuentos de esas viejas que me tienen ojeriza. No les crea hermano.

-Claro que el aprovechaba mi contrata en la finca de don Isidro Renteria a donde yo tenia que ir todos los días a eso de la junta en un maíz… y todos los días alguien me venía con el cuento de que Eufrasio esto, de que Eufrasio aquello, y yo le repetía “Eufrasio no joda a mi mujer, dedíquese a la suya o a la negra Chonta, deje mi mujer en paz”. El día de todos los santos amanecimos jartando con Adonai Feo en la tienda de doña Araminta. Bajaba yo camino al rancho a eso de la media mañana, jarto claro, cuando de repente entre dos surcos de café ví como se acariciaban la Elicenia y el Eufrasio. La Elicenia reía como una estúpida y Eufrasio bufaba como un toro. Usted Salvador ya conoce el desenlace. Es decir, todo el mundo lo supo. Pero vea si viene a matarme hágalo, porque no pienso ni defenderme ni huír. En estos últimos años de espera no me he escondido, por el contrario es casi como si lo hubiera mandado a llamar. Yo no lo mataré a usted Salvador porque acabaría la estirpe de Fidelia Samudio…y esa fue una vieja verraca.
















Tengo la Conciencia Tranquila




Nadie sabía donde había nacido. Entró al ejército, o mejor, fue tomado para el servicio militar en uno de  los muchos pueblos de la parte costera del país. Pero no era de ninguno de los pueblos de esa región. Es posible que no fuera  natural del país; pero eso ya no importaba. Ahora nadie se atrevía a preguntarle de donde era porque ahí mismo quedaría muerto. Lo importante es que hoy es y seguiría siendo hasta que el destino disponga otra cosa: El Benemérito. Tenia un solo apellido que, por considerarlo espantoso, se había cambiado por uno a su juicio de más alcurnia, después del triunfo de la revolución que encabezo Manuel José Escobar. Escogió Sotomayor, que había añadido a su nombre algo enano, pero que no lo ofendía por lo que significaba para él: Abel. Fue un soldado temerario. Nadie tenía su arrojo ni su temple. En la lucha contra los enemigos del país, dirigida por el presidente Escobar formó parte del conocido batallón Los Cara de Ángel, que se encargaba de los trabajos más sucios que solicitaba el presidente o su grupo político en el poder. Asesinaba, secuestraba, incendiaba ranchos, violaba. Nada en él atormentaba su durísima conciencia. Allí aprendió a mal leer. ¿Leer? Sí, leía, pero la mayoría de las veces no entendía lo que leía. Nunca pudo saber el significado de los signos de puntuación, así es que jamás los tuvo en cuenta cuando miraba un escrito. Confundía fácilmente una palabra con otra, porque en su ignorancia acostumbraba leer dos o tres silabas y las restantes las completaba con las que se le vinieran a la cabeza, especialmente si se trataba de vocablos algo complejos, con un significado no muy común.  Por eso al final resultaba entendiendo las cosas más extrañas; formándose los conceptos más absurdos en que basaba muchas veces sus decisiones. Al lado del presidente Escobar ascendió hasta llegar a ser su jefe de escoltas. Después de ascender en la carrera militar la culmino como sargento colmado de honores y con el pecho atiborrado de medallas, algunas  robadas a sus compañeros del Caras de Ángel.

         Por ese entonces el presidente Escobar había hecho dos referendos y un plebiscito todos orientados a reformar la Constitución, de manera que pudiera ser reelegido para el siguiente periodo, que en cada referendo o plebiscito había sido aumentado en uno o dos años. Fue así como el periodo presidencial llego a ser  de ocho años, con posibilidad de una reelección inmediata. En la última votación obtuvo el ciento tres por ciento de los sufragios, ya que había obligado votar a los militares, los policías, y los presos y ciudadanos que habían perdido éste derecho. Nunca se supo por qué la oposición sostenía que los votos jamás fueron contados, que pasaron de las urnas al horno crematorio de un parque cementerio. Sostenía la oposición que el día del supuesto conteo vieron pasar la caravana de Mercedes hacia la casa de descanso del presidente Escobar en las afueras de la capital, y que, además de todo el gabinete, iban los miembros de la Honorable Junta Escrutadora, todos con sus queridas. Y la fiesta duro hasta dos días después de que  Cronos, periódico del gobierno, diera los resultados con el famoso ciento tres por ciento. 
El presidente Escobar no era tan ignorante como para desconocer que muchos personajes históricos le habían dado su nombre a un país o a una ciudad. Colon, Washington, Bolívar, Lenin, Pedro El grande y otros habían puesto su nombre al servicio de la patria. Y se quedó perplejo cuando supo que Alejandro Magno había dado el nombre de Alejandría al menos a doce ciudades. El logró que los ciudadanos, sin ninguna clase de presión votaran en uno de los referendos, que la ciudad en adelante se llamara Escobária y el país también Escobária. En los textos de geografía que estudiaban los niños del mundo se hablaba  de un pequeño país llamado Escobária,  capital Escobária. Su bandera había sido reformada en otro referendo, o talvez en un plebiscito, para quitar de ella el color rojo ya que el presidente Escobar supo que un prócer argentino sostenía en el siglo XIX que el rojo era el color de la violencia; que todos los países que tuvieran ese color en su bandera estaban condenados a no conocer la paz. También reformó el escudo y el himno. A aquél le suprimió las manos de largas uñas cruzadas como los fémures en los pendones de los piratas, que significaban las manos de los humildes trabajadores con las cuales se forjaría el futuro del país,  por unas manos enguantadas en la misma posición pero agarrando un fajo de billetes, que él interpretaba como la aristocracia poniendo sus capitales al servicio de la patria. El himno anterior lo reemplazo en su totalidad por una oda de 12 estrofas que sucintamente describía sus gloriosos triunfos frente a los subversivos, sus luchas contra la corrupción, contra la inflación, contra el FMI en la estrofa cuatro y a favor del FMI en la once, contra la malaria y la fiebre amarilla, contra el alcoholismo y los casinos, que eran de él. Defendía la religión y sus sacerdotes, el democrático reparto de la tierra en manos de ochenta y siete familias, y de los cargos del estado en manos de las mismas ochenta y siete familias. Uno de sus ministros era el obispo de la capital don Jesús de Rentaría y Rocafuerte en cuyas manos dejaba el poder cuando lo aquejaban los terribles ataques de gota  y debía trasladarse a la clínica de los Hermanos Mayo en América, cuyo tratamiento era costeado por ese país amigo, dueño de los peajes, de las  carreteras y de los siete pozos de petróleo, y donde esos amigos tenían una base secreta para dar entrenamiento militar a los oficiales de más alta graduación de los otros países amigos en técnicas de interrogación con instrumentos y métodos de asalto. “Solamente la sagrada democracia nos llevara al primer mundo”, decía el himno en el coro; ella nos incorporará en el G7.  Este himno se entonaba en los colegios antes de iniciar las clases, al medio día y a la seis de la tarde por las emisoras de Escobária. No obstante, la inflación en Escobária era del treinta y dos por ciento; pero hay que reconocer que durante la dictadura del general Domínguez era del cuarenta y siete, el desempleo apenas llegaba al veintiuno por ciento en las clases media y baja,  y del uno por ciento en la aristocracia, lo cual el FMI y él consideraban un triunfo de las políticas económicas recomendadas por ese organismo y aplicadas por su Secretario de Economía. Ese uno por ciento que preocupaba a Cronos, lo explicaba el Secretario de Economía como los embajadores que habían sido retirados para darle paso a otros amigos del gobierno, pero que ya pronto entrarían a ocupar cargos si pasaba la nueva reforma constitucional que creaba la nueva Corte Suprema de Revisiones de Archivos y Expedientes, que daría ocupación a treinta nuevos magistrados, cada uno con diez asesores y cada asesor con cinco auxiliares. De esa manera encontrarían trabajo bien remunerado los desocupados de la aristocracia del país, que, como cosa curiosa, todos eran abogados. Cuando alguien de la oposición preguntaba tímidamente por el otro veintiuno por ciento el presidente Escobar aparecía en la televisión de la noche, en horario triple A, y explicaba muy convincentemente los enormes esfuerzos que venia haciendo el gobierno para crear nuevos puestos de trabajo. Recordaba, con voz de triunfo, que gracias a las nuevas obras emprendidas por su gobierno, más de veinticinco mil desocupados habían conseguido incorporarse a la fuerza laboral. Eran tan atractivos los nuevos cargos, que en el Instituto de Aseo y Ornato, decenas de  profesionales de las diversas ramas habían encontrado trabajo en los últimos cinco años.

       La oposición fraguaba de vez en cuando una revolución  para derrocar el presidente, al que ya algunos llamaban presidente vitalicio y aquellos que tenían cáncer terminal: dictador o sátrapa. Pero esto último los valientes generalmente lo hacia desde la sala de cuidados intensivos de algún hospital. Al doctor Sebastián Rodríguez, que lo llamó de las dos formas en su periódico El Constitucionalista Liberal lo sacaron de la sala de recuperación sin retirarle siquiera los cables y las sondas, lo bajaron al depósito de basuras, al pie del incinerador del hospital y lo fusilaron. Pero no se dieron cuenta que desde cuando lo arrancaron del respirador estaba muerto. Por eso les dio tanto trabajo pararlo contra la pared. Aquél día el doctor Carlos Ariel López,  director del Hospital de Escobária, sostuvo una fuerte discusión con el Mayor que dirigía el piquete de soldados para impedir que también fusilaran por subversivo el hijo mayor del periodista, que a sus doce años acusaba notorio síndrome de Down. Pero nada impidió que el doctor Carielo, como lo conocían en la sociedad del país y algunas naciones vecinas, fuera llevado a la cárcel de la capital, de donde logro salir, gracias a la influencia del embajador de Mauritania, tres meses después y con dieciocho kilos menos de peso. En declaraciones a Cronos agradeció el buen trato recibido de sus carceleros, a los que les enseño a jugar ajedrez, y especialmente la dieta alimenticia con la que logró lo que no había logrado en tres años de bicicleta estática. 

       En Escobária ya iban nueve revoluciones, más o menos serias, catorce atentados y un Golpe de Estado con todas las de la ley, con la colaboración de los Estados Unidos, que lo financio únicamente para conocer los integrantes del complot y entregarlos a la Guardia Civil del presidente Escobar que los fusiló después de un juicio por el Tribunal de Justicia Antirrevolucionaria recientemente constituido bajo la tutela de la Oficina por el Respeto de los Derechos Humanos de los EE.UU. El presidente de aquél país decidió no perder la cuantiosa inversión y ordenó al General Frank Chesterfiel  aprovechar la presencia de los marines  y los portaviones The Demócrat (El Demócrata) y  el God is with us (Dios esta con nosotros) para que de una vez invadiera  el país del lado, que no estaba dando muestras de su absoluta sumisión a los postulados de la Constitución que ellos le habían enviado días atrás.

         Cuando el presidente Michel Polk tuvo que dar explicaciones al senado de USA por la invasión manifestó que América  había salido ganando porque el país invadido es más grande, tiene más petróleo y bauxita y estaba más cerca de la base de San Diego, de donde partieron las tropas. Y  efectivamente el presidente Polk tenía razón: el pueblo de Escobária también salió ganando porque lograron un  presidente y un parlamento supervisados por los Estados Unidos; pueden quemar la bandera de franjas y estrellas y recibir visa de América mientras no le tiren piedras a la embajada. Otros revoltosos de mayor alcurnia pueden pasar el fin de semana en sus apartamentos de la Pequeña Cuba de Miami.

        Cuando el presidente Escobar viajaba por los ataques de gota, monseñor Rentaría no quedaba solo en el manejo del poder. A su lado se encontraba, susurrándole al oído, el temible Abel Sotomayor, que  desde el mismo momento en que dejaba al presidente en el avión que le enviaban los gringos para trasladarlo a América, empezaba a dormir con un  ojo abierto. Esa era la orden del presidente y él la cumplía al pie de la letra. Redoblaba la vigilancia del Ministro de Hacienda, para que no sustrajera del Tesoro Nacional más de lo permitido y especialmente para que ingresara a las cuentas bancarias del presidente Escobar la comisión que los gringos le daban por entregarles todo el petróleo y la piedra pómez que el país producía. Vigilaba al Ministro del Interior  para que no fuera a firmar contratos, al de Salud para que no vendiera el único  hospital que un consorcio de turismo hotelero holandés quería comprar para adecuarlo como hotel, donde se atenderían las aberraciones sexuales de los industriales japoneses. Todos los hombres del Estado eran vigilados con especial atención. La reconocida lealtad de Abel con el presidente era proverbial en todo el territorio nacional. Su nombre infundía terror y el ruido del motor de su carro Pontiac, conocido en todos los rincones del país, obligaba a la gente a esconderse en los lugares más extraños. Toda visita de Abel dejaba una cauda de viudas y de huérfanos. Pero la vigilancia que ejercía sobre la aristocracia gobernante era especialmente para que no se reunieran. “Abel, mi leal amigo, nunca permita que más de dos estén juntos-- era la frase última del presidente antes de abordar el avión. Y si se llegan a juntar dos de ellos por más de veinte minutos disuelve ese mitin. Nada bueno puede salir de ahí. No olvides que al presidente Domínguez lo tumbamos después de diez reuniones con el Comandante del Ejercito y el padre Jesús Rentaría”.

A monseñor Jesús de Rentaría y Rocafuerte, que fue el nombre que adopto después del Golpe de Estado, no tenia que vigilarlo; pero a su amante sí, porque acostumbraba enamorar los jóvenes oficiales de la Guardia Civil, especialmente aquellos que prestaban servicio en el Palacio Episcopal, uniformados con los uniformes que habían sido del Káiser Guillermo II y que  les donó el ejercito alemán, después que el kaiser se fue exiliado a Holanda. Abel no impedía que la amante de Monseñor recibiera al oficial de turno en el apartamento privado que Monseñor le tenia a espaldas de la casa cural, pues todo lo que allí ocurría era escuchado a través de un complejo sistema de micrófonos, de tubos y de huecos en las paredes conocidos por los oficiales de turno y por la propia Rosario Blanco, menos por Monseñor, a quien por respeto escuchaban solamente hasta el momento en que invariablemente le decía a Rosarito que el birrete y la sotana con adornos morados se los colocara en el perchero para que  no se arrugaran. Las visitas de su eminencia, como lo llamaba Rosarito, no tomaban mucho tiempo. Debía regresar a su estudio donde permanecía la mayor parte del tiempo preparando discursos sobre la moral y las buenas costumbres, cuando no oraciones fúnebres en que exaltaba las cualidades del fusilado de turno. Hay que saber que el presidente Escobar los mandaba fusilar pero les hacia entierros de primera, costeando muchas veces de su propio bolsillo una enorme corona y el cajón  con incrustaciones en plata. Y nunca dejaba de enviar una esquela a la viuda y los huérfanos prometiendo una investigación exhaustiva hasta dar con los asesinos.

Así fue en el entierro del doctor Sebastián Rodríguez en que también tomo la palabra Abel Sotomayor para resaltar entre varios haigas su inmenso amor a la patria y desmedido apego a la Constitución. A la única del lado del gobierno que no dejaron hablar fue a Rosario Blanco, no tanto por respeto al muerto, sino por respeto a monseñor. Porque del lado del doctor Rodríguez no dejaron hablar a nadie, ni siquiera dejaron participar  a su hijito  de cinco años que quiso hacerle una despedida con mano a la sien. Menos a la mamá y  a la esposa, y ni siquiera aceptaron que fuera al entierro don Jaime Echeverri y Albornoz, subdirector de El Constitucionalista Liberal, que a partir de ese día dejó de circular por orden del presidente Escobar y que, presintiendo que su jefe no saldría vivo del hospital, no tanto por su enfermedad como por los editoriales, tenia un obituario de tres páginas con fotografías de cuando don Sebastián Rodríguez Manosalva era niño hasta aquella en que se abrazaba al presidente Escobar el día que éste dio el Golpe de Estado que derrocó al presidente Domínguez . También transcribía algunos de los editoriales en que don Sebastián describía al presidente Escobar como “El Libertador” de Tungurilla, antiguo nombre de Escobária, hasta aquél que escribió el día que el doctor Carielo le dijo que su cáncer de próstata lo llevaría a la tumba en pocos días, y donde lo llamo de todo, incluso dictador y sátrapa de la peor especie. El presidente no se exaltó mayor cosa cuando entendió más o menos el contenido del editorial, pero entró en terrible furia, con sentencia de muerte para el autor de la ofensa, cuando le explicaron lo de sátrapa.

El Constitucionalista Liberal no circulo ya más. Sus empleados y reporteros fueron licenciados y las deudas contraídas con el Banco de la Nación, único banco de Escobária y propiedad de Ricardo Escobar, hijo del presidente, se cancelaron recogiendo la vieja prensa que don Sebastián había heredado de su abuelo, el prócer de la independencia de Tungurilla, general Marcelino Manosalva. No es que Ricardo Escobar le hiciera oposición a su padre el presidente, sino que amaba los negocios de toda clase. Por eso, meses después vendió la vieja prensa del general Manosalva a don Jaime Echeverri, quien a los pocos días puso en circulación  El Constitucionalista Institucional, nuevo periódico de oposición que el gobierno de América había ordenado al presidente Escobar dejar circular, por aquello de la democracia. Este nuevo tabloide de cuatro páginas debía someterse a las políticas fijadas por la Secretaria de Estado de América, plasmadas en el llamado Manual de Convivencia, y que todo periodista debía observar si deseaba continuar con la visa que le permitía pasar vacaciones en la Pequeña Cuba de Miami. En el nuevo periódico de don Jaime Echeverri no se escribían editoriales por miedo a la implacable censura del gobierno, integrada por policías y guardaespaldas ascendidos a ese cargo por Abel Sotomayor. El doctor Echeverri sabía de la absoluta ignorancia de los censores en todas las materias. No temía lo que escribía sino lo que en su paranoia entendían los censores. Por eso decidió que el nuevo periódico ya no llevaría editoriales sino un enorme crucigrama que ni el más avisado empleado del gobierno podría entender y menos resolver, porque no era para darle solución, sino para comunicarse con los demás  miembros de su partido político. El personal de la Embajada de América tampoco los entendía pues el doctor Echeverri se cuidaba mucho de no hacer referencia a hechos que tuvieran que ver con ese país y evitaba todo nombre o palabra que sonara a gringo. No olvidaba la llamada de atención que recibió de la Cancillería cuando en el vertical 3 puso: “Anexo introducido en la Constitución Cubana por presión de los EE. UU, que de no hacerlo los gringos perpetuarían la invasión militar a ese país”. Toda la oposición entendió con claridad que se les hablaba de la insoportable ingerencia de América y que pronto Escobária se encontraría en la misma situación de Cuba cuando debió aceptar la llamada Enmienda Platt, que modificaba su propia constitución bajo la amenaza de no abandonar la isla jamás. En América pensaron que se trataba de un insulto  a su país. Alistaron los portaviones “Constitución” (Constitución) y  “God is American” (Dios es Americano) con cinco mil marines para el desembarco y cien geólogos, pues tenían la sospecha de que al este del país había yacimientos de uranio. Eso era lo que el presidente Polk  llamaba “One travel and two orders” que más o menos quiere decir “un viaje y dos mandados” y que en otras ocasiones le había dado magnifico resultado. El gigantesco desembarco debió ser suspendido, no por las tímidas explicaciones del doctor Echeverri al General Chesterfield, en una carta abierta en Cronos, dado que El Constitucionalista fue temporalmente clausurado por orden de la Embajada de  América, sino porque el jefe de la bancada de oposición de la Cámara de Representantes de América, en un ardiente discurso contra el presidente, le hizo caer en cuenta que ese país desde hacia años se encontraba invadido. “Mejor -le dijo al presidente el representante Mr Hichkooc- debemos pensar en sacar nuestros muchachos de allá, porque han perdido buena parte de las costumbres anglosajonas, están aburridos de comer bananas y mulatas y lo peor: ya rezan el rosario”. Demoledores argumentos que llevaron al traste la proyectada invasión.

Escobária entero celebró el triunfo de la democracia y monseñor de Rentaría y Rocafuerte ofició un Tedeum con las ochenta y siete familias de la aristocracia a bordo. Hubo discursos de toda clase pero se destacó especialmente el del joven político abogado-economista  doctor  Juan Camilo Izquierdo y Gutiérrez destinado a ocupar el Ministerio de Hacienda, antes Secretaria,  cuando su padre, del mismo nombre, lo entregara. Habló el joven abogado-economista de la democracia representativa, y dijo  que gracias a ella él podía estar en esa tribuna reservada a las más ilustres cabezas del país; también hizo una  amplia defensa de las instituciones bajo cuyo manto todas las familias de Escobária eran iguales y recibían el mismo tratamiento. Citó estadísticas sobre el empleo de la aristocracia, la importación de automóviles y licores finos, las exportaciones de piedra pómez.  El discurso fue ampliamente elogiado durante varios días en los editoriales de Cronos como la pieza más brillante pronunciada en los últimos años y publicado durante tres días consecutivos. Fue tan elogiado que su padre don Juan Camilo decidió renunciar al Ministerio para aceptar la Embajada en América e iniciar de paso el tratamiento contra la arterioesclerosis que lo estaba incapacitando y que había postergado por varios meses mientras Juan Camilo, su hijo, aprendía economía, en un curso acelerado de dos meses, en una universidad del exterior.

El presidente Escobar, demócrata como el que más, acostumbraba citar a concurso público para llenar los cargos vacantes del gobierno. En estos concursos podían participar todos los profesionales que se creyeran capacitados para el cargo. Por lo general centenares. Respondían un cuestionario del FMI y una entrevista con la cónsul de América.  La cónsul,  republicana por más señas, habló por la radio en la noche, desde el teatrillo de la emisora del gobierno para anunciar el resultado del concurso, del cual estabas pendiente toda la nación, especialmente los cientos de economistas desocupados que habían estudiado seis años de carrera en la facultad de Escobária. Vestía la cónsul un traje de noche en satín negro hasta los tobillos, con amplio escote que dejaba ver, debajo del collar de la cultura Tolteca,  algunos barros o pecas, nunca se supo, zapatos de charol, del mismo color del traje y con El Juramento del español Joaquín Gaztambide y Garbayo, como fondo musical, dijo sonriente: and the winner is ( y el ganador es ), leyó en la tarjeta que le suministró el maestro de ceremonia y pronunció el nombre:  el doctor Juaaan Camiiilo Izzzquierrrdoooo yyyyy Gutieeeeeerrez. En el crucigrama del día siguiente, en el horizontal 3, decía el doctor Echeverri: de 8 letras, ganó sin haber participado. De esa manera todo el mundo supo en Escobária que el pueblo nuevamente había sido burlado. Que el joven economista ni siquiera había concurrido al publicitado concurso. Los censores que intentaban resolver el crucigrama trataban de encontrar la palabra de ocho letras que encajara, pero era obvio que no la encontrarían. Otros, amantes del fútbol, intentaban poner Corintias o Huracán. Los otros censores ya no leían los crucigramas pues cuando lo hacían, lápiz en mano, solamente conocían el significado de frases como “de dos letras, dios egipcio; de dos letras, Júpiter la convirtió en vaca”; y la cuestión se les ponía difícil cuando aparecía: de 5 letras, remolcar el barco, o, de seis letras: gallo sin cola. Este era el momento en que arrojaban el crucigrama a la basura e impartían el ansiado “aprobado”. 

El doctor Juan Camilo inicio sus gestiones como Ministro de economía algunos días después de haber sido nombrado. debió antes  acompañar a su padre a tomar posesión de la Embajada en América e iniciar sus primeros exámenes para la arterioesclerosis que lo consumía. Mientras tanto se hizo cargo del ministerio a monseñor Rentaría y Rocafuerte, única persona en quien confiaba el presidente para ese cargo pero, por supuesto, Abel Sotomayor mantendría sobre el obispo una vigilancia cerrada, tal como acostumbraba hacerlo cuando el presidente le daba alguna comisión especial.

Sotomayor, desde mucho tiempo atrás, tenia sembrado el despacho del ministro de micrófonos, agujeros en el cuadro del prócer de la independencia del país, que permitían ver en gran angular cuanto ocurría en el despacho del funcionario de turno; todos los teléfonos estaban intervenidos y, con pocas excepciones, el personal que laboraba allí eran informantes del jefe de escoltas del presidente Escobar. Pero detrás de todo este tinglado de espías, micrófonos, agujeros en las paredes y demás asuntos relacionados con el espionaje estaban escondidos y silenciosos los representantes de América con su embajador a la cabeza. Ellos, y nadie más, conocían las andanzas internacionales del presidente Escobar. Los contratos que pretendía firmar comprometiendo parte del territorio nacional, las compras de costosos bienes para la infraestructura del país, siempre con  una jugosa comisión para él, que ordinariamente era depositada en un banco en Suiza y que él, al no salir del país por temor a un golpe de estado, nunca podría disfrutar. Pero si lo haría su hermano Clodomiro, que prefería los viajes de placer, la juerga y la música por encima de la política en la cual jamás intervenía, a no ser que fuera como poeta de protesta. Nunca concedía entrevistas salvo que se tratara en temas de farándula. Cuando Clodomiro participó en de una canción protesta contra su hermano éste, por secreta recomendación del embajador de América, le impuso el peor de los castigos imaginados por dictador alguno incluidos Hitler, con su odio a Stalin, los judíos y gitanos a quienes gustaba bañar con gas Zyklon B; o el Doctor Francia, con su odio a lo que tuviera que ver con el exterior; a Clodomiro lo condeno a leerse las primeras cien hojas del Ulises de Joyce. Clodomiro, después de la primera página, rogó que le cambiaran la pena impuesta por cualquiera otra y sugirió un repertorio de cien posibles torturas. Ante la insistencia de Clodomiro para que le cambiaran la pena su hermano, el presidente Escobar, montó en cólera y subió la sentencia a doscientas hojas, hecho éste que por poco produce en Clodomiro un infarto de miocardio. Se rumora, en los mentidero intelectuales de Escobária, que el hermano del presidente duró tres años tratando de cumplir su condena  y solamente llegó a la página veintisiete. Clodomiro inevitablemente se quedaba profundamente dormido. No obstante, poco a poco se fue rehabilitando con su hermano, quien demostró su carácter inhumano al no liberarlo de la pena impuesta años atrás, pero se deben reconocer en él ciertos sentimientos de nobleza al dejar abierto el término para cumplir la sentencia. Nadie duda que ésta era una sentencia cruel en extremo y que Clodomiro trato de cumplirla lo mejor que pudo y en su empeño trato de sobornar con una gruesa suma a un anciano de Escobária que supuestamente había leído el libro. Le rogó al anciano que le descifrara lo que decía Joyce en estas primera doscientas hojas y el anciano debió confesarle, anegado en lagrimas, por la perdida de la jugosa recompensa, que había comenzado su lectura en 1922, cuando fue publicado por primera vez, y que medio siglo después lo había suspendido definitivamente cuando apenas había llegado a la pagina 87. Y que ya sus cansados ojos jamás lograrían recorrer las 648 paginas que aun le faltaban. Nunca nadie en Escobária, como en buena parte del continente, sabría que paso al final de aquel 16 de junio de 1904, con Leopoldo Bloom. Clodomiro insistía con tenacidad sobrehumana en la pesada lectura pero invariablemente, como todo el mundo que lo intentaba, caía en un profundo sueño en el cuarto o quinto renglón. Dejó a un lado las canciones de protesta, se cortó el cabello al estilo de un señor, cambio sus botas de tacón tipo Jhon Lenon por zapatos de amarrar, se mandó borrar de la nalga el tatuaje del David de Miguel Ángel, y como la borrada le resultaba muy dolorosa, le mandó colocar sostén al tatuaje de una sirena  que tenia coquetamente en la otra nalga. Y adoptó muchas otra cosas de la cultura de la gente decente con el único propósito de regresar al lado bueno del corazón de su hermano el presidente. Finalmente y después de muchos años, como ocurre en todas las dictaduras, el presidente Manuel José Escobar olvido el castigo impuesto a su hermano varios años antes.

Pero, por aquellos días, Abel Sotomayor no era el jefe del siniestro grupo Los Cara de Ángel; simplemente era uno de los integrantes más sobresalientes, dotado por la naturaleza de una sangre fría que le permitía cometer los más infames crímenes sin sentir remordimiento o piedad. Abel Sotomayor esperaba algún día remplazar en la dirección de Los Cara de Ángel al respetado jurista don Amadeo Salazar Portocarrero, quien desde la dirección del Instituto Nacional de Inteligencia -INI- le había dado forma a aquel pequeño grupo de no mas de veinte integrantes que se encargaban de los trabajos en que alguien debía ser silenciado o sacado de escena mediante el uso de algún “procedimiento”, nombre genérico con que denominaban las múltiples torturas que aplicaban, muchas veces hasta morir, a quienes caían en desgracia. Los Cara de Ángel hacían bien su trabajo porque  siempre lograban la confesión del infeliz. El jurista Amadeo Salazar Portocarrero, años atrás recibió del presidente Escobar la orden de fundar un organismo que se encargara de aglutinar en uno sólo las muchas dependencias para la investigación de delitos que operaban en el país, ya que cada instituto o ministerio, tenía su pequeño pero eficiente organismo de vigilancia. Cientos de detectives, investigadores, caza recompensas, auditores, espías y soplones quedaron cesantes. Unos pocos pasaron al nuevo órgano de investigaciones creado por el doctor Amadeo, siguiendo los lineamientos de la Misión Adams, que dirigía el expolicia y exdetective, mister James Washington Adams, que se había formado en las distintas técnicas de controlar el crimen en las calles de su ciudad natal.

El doctor Amadeo Salazar dedicaba buena parte de su tiempo al estudio, especialmente de las legislaciones Celtas que comparaba con las de Escobária y dejaba que Abel Sotomayor manejara bien o mal el INI y su grupo especial de los Cara de Ángel que a la partida de mister Adams había tomado enorme fuerza hasta convertirse en pocos meses en el terror de los disidentes, de los funcionarios públicos que metían las manos en el erario público, de los contratistas que evadían la comisión establecida para el presidente Escobar o para quien este autorizara. Perseguían los Cara de Ángel no solo la corrupción en los corruptos, sino los homosexuales, las prostitutas, los individuos de pelo largo y todo el que se apartara de los patrones culturales dictados desde el congreso de Escobária por el senador vitalicio don Cecilio Pérez Soto que en todos sus dictámenes sobre moral y buenas costumbres recibía el apoyo irrestricto de monseñor Rentaría y Rocafuerte y de Rosarito que también los odiaba en secreto tanto o más que don Cecilio, pero no por el mismo motivo. Don Cecilio los odiaba porque su hijo mayor, años atrás se vio envuelto en un caso de pedofilia que lograron acallar amenazando con un carcelazo a don  Sebastián Rodríguez Manosalva director del Constitucionalista Liberal y con retirarle toda la publicidad que suministraba el gobierno. Don Sebastián en un editorial recogió la versión oficial sobre el caso, habló de las acusaciones temerarias, de las respetables familias, de la infame calumnia y prohibió volver a tratar el caso en la páginas del periódico. Pero, años después don Jaime Echeverri  en el crucigrama del Constitucionalista Institucional, daba pistas sobre el asunto bajo frases como “vicio que practicaban algunos romanos” y como respuesta encajaba el nombre del hijo mayor de don Cecilio, que no tenía la costumbre de resolver crucigramas. En cambio Rosario Blanco apoyaba las campañas de moralización del senador porque en algunos círculos se decía que su madre había sido la amante del derrocado presidente Domínguez, pero que Rosario era hija del chofer de éste.

Un día el doctor Amadeo citó muy temprano en la mañana a Abel en su oficina del Palacio de las Investigaciones para comunicarle su decisión de retirarse de la dirección del INI para dedicar más tiempo a terminar la gigantesca biografía sobre Saigo Takamori, el último samurai, comenzada muchos años atrás cuando había sido embajador en Japón del derrocado presidente Domínguez. La tarea era gigante porque debía revisar más de mil folios que llevaba escritos con una caligrafía pequeñita, casi invisible, compararlos con los cientos de documentos que había utilizado a fin de no llegar a confundir nombres, ni fechas lo cual no se lo perdonaría jamás. Debía verificar que los planos que guardaba celosamente de la antigua Edo si eran de la antigua Edo y no de otra ciudad, que los jardines que aparecían en otro plano correspondían al palacio del Shogun y no de alguien de menor importancia. Y lo más importante comprobar sin dejar ninguna duda que con  Saigo se había terminado la gloriosa estirpe de los samurai; que después de él nadie vistió los atuendos ni cargo las dos gloriosas espadas. Y demostrar, contra la creencia general de los miles de estudiosos de esos  estupendos guerreros, que Saigo Takamori jamás intervino en un encuentro, ni ganó una pelea, ni desenfundó sus filosas espadas para proteger a su daimio. El trabajo era arduo y debía concluirlo rápidamente ya que supo que otra biografía sobre el héroe estaba siendo escrita por un profesor de artes marciales y jardinería de la Universidad de Dushisha, descendiente directo del samurai y quien buscaba destruir la especie de que Saigo no fue un héroe, sino un oscuro personaje vestido con la indumentaria y las espadas de los samurai, que vagaba sin rumbo por las calles de Edo, sin ninguno de los privilegios que tuvieron sus colegas. El profesor había escudriñado en los anales del  gobierno Meiji y sostenía haber encontrado las pruebas de que su antepasado era un héroe y no un impostor, como lo sostenía el doctor Amadeo en un artículo que publicó en la revista de origamis en su época de embajador. El artículo despertó la ira de los ancianos guardianes de la tradición samurai y obligó al presidente Domínguez a retirar a su embajador, antes de que se le aplicara la ley de honor que lo obligaba a practicarse un sapuko, al mejor estilo japonés.
El doctor Amadeo, que distaba de ser un héroe, decidió eludir toda disputa con los fanáticos que acababa de fundar una secta para exaltar las tradiciones japonesas, y ante la imposibilidad de utilizar su propia vestimenta para llegar al puerto y tomar el barco que lo trasladaría como embajador a Rangún, debió disfrazarse de monje budista y hacer a pie el recorrido hasta el puerto de Yonago, donde finalmente pudo embarcarse.
Abel Sotomayor  ocultó la enorme satisfacción que le produjo la noticia que le dio esa mañana el doctor Amadeo. Ningún músculo de su cara se movió; ni siquiera parpadeo cuando el doctor Amadeo le dijo casi en secreto y acercándosele al oído que el seria su sucesor en el INI, porque así lo querían él y el presidente Escobar. Abel al fin vio recompensado su historial de crímenes y violaciones. Y pensó que el trabajo sin tregua, la lealtad al jefe y demás valores que el practicaba como una religión dan finalmente los frutos deseados. El doctor Amadeo le advirtió que por expresa voluntad del presidente desempeñaría los cargos de director del INI, jefe de los Cara de Ángel y jefe de escoltas del presidente. No podía pedirle más a la vida, tres de los mas importantes cargos del país estaban a partir de ahora bajo su mando. Todo aquello que no había podido hacer porque alguien se lo impedía, lo haría; lo que estaba inconcluso lo terminaría, esas células de disidentes, de opositores al presidente Escobar, iban a saber con quien tratarían. Mano dura, nada de compasión, seria su divisa.

-El presidente en su discurso de esta noche informará al país de mi retiro y de su nombramiento como nuevo director del INI- le susurro el doctor Amadeo como tratando de evitar que alguien oyera su conversación. No sabia que esa oficina, como todas las oficinas de los cholo aradores inmediatos del presidente estaban plagadas de micrófonos instalados por Abel a instancias del presidente Escobar. Y de otros micrófonos más sofisticados instalados por orden de la embajada de América.  En ese instante Los Cara de Ángel, que silenciosamente escuchaban la conversación desde una casa vecina, supieron del nombramiento de su jefe como director del INI, y comprendieron que ellos también, al lado de Abel, ascenderían en el escalafón del gobierno. “Su posesión – continúo diciéndole - será dentro de tres días, el próximo jueves, en la Casa de los Fundadores, - que así se llamaba el despacho del presidente Escobar - cómprese un traje azul oscuro, una camisa blanca, corbata gris plata y unos zapatos negros sin mayores adornos, que no sean de charol. Ah, me olvidaba, por ningún motivo se vaya a poner esas medias rojas que acostumbra a usar. Y es mejor que no lleve a su mujer.
Esto último ya lo había pensado Abel. Que hacer con Sagrario que convivía con el desde hace tantos años y que seguía siendo tan rústica como el día que la conoció, cuando servia en la casa del Ministro de Obras como mucama y que le ayudó a instalar los micrófonos por donde se filtraron a su oficina los contratos para la construcción de varios puentes con una abundante comisión para el ministro, y unos precios escandalosos para el contratista. Cuando Abel Sotomayor le informo al presidente del negocio que se traía entre manos el ministro estalló en un ataque de cólera, porque le estaban robando la parte del negocio que le correspondía. “No admito que hagan corrupción contra mi, le dijo a Abel levantando las manos hasta la cabeza”.

Abel Sotomayor llego puntual el jueves a la Casa de los Fundadores, Estaba citado para tomar posesión a las 11:00 AM y se hizo presente a las 9:00 AM; eso para él era ser puntual. El presidente en ese momento estaba despidiendo a su querida por al parqueadero de la servidumbre, por donde solía ingresar Abel a la Casa de los Fundadores. Abel discretamente miró hacia otro lugar, mientras permanecía sentado en su viejo carro de modelo de 18 años atrás. Todo lo sabía gracias a su inmensa red de espionaje. Por eso sabía que Gregoria Pallares, la amante del presidente, lo había sido antes del agregado comercial de la embajada de Argentina, con quien mantenía no ya relaciones sentimentales, pero sí  comerciales: estaban dedicados al contrabando de cueros crudos de res con el apoyo del jefe de la aduana de Escobária, quien, a su turno, entregaba después de cada despacho una parte de la comisión al presidente Escobar y con la otra parte pagaba la casa que el presidente le tenia a Gregoria en uno de los más selectos suburbios de Escobária. Todo eso lo sabía Abel, que era el único funcionario que nunca recibía una comisión, pero que llevaba en rústicos cuadernos cuadriculados de cien hojas una relación detallada de lo que cada funcionario recibía por comisiones, sobornos y hasta robos descarados. A Sagrario le respondía “No sé, puede llegar el día en que me sean útiles”, cuando ella le preguntaba qué para que anotaba tantas cosas.
Al llegar a su vivienda, en un barrio de clase media, se sentaba en un pequeño cuarto en enorme desorden e inundado de viejos aparatos de escucha a releer durante horas sus múltiples cuadernos cuadriculados que conservaba atados con cuerdas, formando un bulto del tamaño de una butaca. No era raro que lo usara para sentarse en él cuando revisaba un nuevo aparato que le hacia llegar una  de las embajadas   con que mantenía contacto, y que de tiempo atrás conocían su debilidad por todo lo que tuviera que ver con el espionaje. Nunca retiraba una persona de sus cuadernos, ni aún cuando morían. Había comprobado, desde muchos años atrás, que a los muertos los hacían responsables de las tropelías de otros, y él, con su minucioso archivo, estaba en condiciones de comprobar la veracidad de la información. “Nunca me cogerán fuera de base”, acostumbraba decirse mientras leía con dificultad sus anotaciones, hechas en una minúscula letra “no más grande que la cagada de una pulga”, como le decía Sagrario.
Abel Sotomayor se sentó en el pequeño salón que antecedía al salón de actos de la Casa de los Fundadores, donde se llevaría a cabo la ceremonia de su posesión del INI y, en la misma ceremonia, la de unos empleados de menor categoría. Estaba solo en uno de los rincones más aislados del salón. Se entretenía mirando hacia los distintos puntos donde todavía estaban ubicados los micrófonos que años atrás había mandado instalar y donde comenzaba la difícil tarea de seguir rigurosamente las conversaciones de todos los funcionarios del gobierno del presidente Escobar. A nadie había invitado a su posesión. Pero había acogido la sugerencia del doctor Amadeo Salazar de ir elegantemente vestido. Lo único que no consiguió  fue la corbata gris plateada que sustituyo por una de tono ocre o dorado, nunca se supo. Y  no se puso medias rojas sino de rombos amarillos y verdes. Muchas veces había pasado por aquél salón; siempre que lo hizo fue de manera transitoria, jamás se había sentado a esperar. Hoy era el primer día que debería estar allí hasta cuando el maestro de ceremonia lo hiciera pasar al salón de actos  en compañía de los demás nombrados. “Que falla, pensó, por andar en lo de la posesión me olvide de revisar si los micrófonos estaban funcionando”. Sin darse cuenta que esta reflexión conducía a que él se espiaría a sí mismo. Pero los micrófonos sí estaban funcionando como lo podían comprobar desde un cuarto no muy lejano el grupo de los Cara de Ángel que le seguían todos los paso a Abel. Y desde otro cuarto a varios kilómetros, los acuciosos gringos.
  Inmóvil permaneció en el asiento por más de una hora y media. Mucha gente pasó por su lado y sin excepción todos lo saludaron con recelo y mucho temor. No en vano era el funcionario más temido del país. El solamente contestaba el saludo con un gesto o con un movimiento de cabeza. Por lo general jamás le dirigía la palabra a nadie antes que se la dirigieran a él. Finalmente comenzaron a llegar los nuevos funcionarios, la mayoría con niños pequeños. Llegaban también los parientes o amigos invitados. Los niños reían y jugaban en el pequeño salón, se subían en los asientos y algunos descubrieron un micrófono en el oído del busto de Beethoven que decoraba el recinto. Abel trataba desde su silla de imponerles disciplina a base de gestos amenazadores que más hilaridad causaba en los chiquillos, quienes le respondían con una grotesca imitación de lo que Abel les hacia.
Abel se dirigió hacia la pequeña vitrina con libros que había en la pared opuesta del recinto. Nunca en su vida había leído un libro, con excepción de La Alegría de Leer en la cual aprendió, no sus primeras letras, sino sus únicas  letras, cuando fue estudiante de escuela primaria. Miro los lomos con más distracción que interés y de pronto, con algo se sobresalto uno de esos títulos atrajo su atención: La Técnica del Golpe de Estado, de Curzio Malaparte. Lo abrió en cualquier parte, al azar, y leyó con dificultad: “Para apoderarse del estado moderno hacen falta una tropa de asalto y técnicos: equipos de hombres armados mandados por ingenieros”. Volvió a leer la frase deteniéndose en las palabras que le daban sentido: “apoderarse”, “estado”, “una tropa”. Y la leyó varias veces más, hasta cuando la hubo asimilado en todo su significado. Regreso a su silla y en su mente seguía rondado aquello de “apoderarse del estado”. Abel contemplaba con su mirada feroz el juego de los niños con los cuadros, con los floreros, haciendo trenes con los asientos. Ninguno de los chiquillos entendía que esa mirada era la más temida del pais y que nadie, salvo ellos, le sobrevivirían. Sus padres y parientes sí conocían a aquél hombrecito de traje azul y media amarillas con quien a partir de ahora compartirían el privilegio de hacer parte del gobierno del presidente Escobar. Sabían que nada perverso se escapaba a sus maniobras siniestras. Pero ninguno sabía que hacia allí ese oscuro personaje, mano derecha del presidente. Mientras Abel permanecía inmóvil en su asiento los demás conversaban en voz tan baja que Abel entendía perfectamente que no querían que los escuchara. Pero Abel estaba tranquilo porque en pocas horas oiría todas las conversaciones que en ese momento sostenían sus compañeros de antesala. Solamente perturbaba su ánimo que los niños, pasado un rato, volvían a jugar con el micrófono del oído de Beethoven y podrían malograrlo.
De vez en cuando Abel esbozaba una sonrisa casi imperceptible. Es que pensaba en la tortura que debían estar soportando los Cara de Ángel encargados de escuchar lo que acontecía en aquel salón de la Casa de los Fundadores, pues por propia experiencia sabia del insoportable chirrido que producía el solo roce con el plumero cuando la encargada del aseo le trataba de sacar el polvo al oído del genial músico.
Sagrario, entre tanto, permanecía sentada frente al viejo radio de Abel, escuchando el discurso del presidente Escobar informando a la nación de los avances del pais en múltiples aspectos importantes. Pero ella lo único que deseaba era escuchar el nombre de su querido Abel, pues este antes de salir respondió a sus insistentes preguntas, sin anticiparle nada mas,  que recibiría un importante nombramiento que el propio presidente Escobar anunciaría por radio después de su discurso a la nación.
Luego de una larga sucesión de cifras porcentuales y de comparaciones con otras épocas el presidente inicio un elogio al doctor Amadeo Salazar Portocarrero quien a partir de ahora entraría al salón de los héroes de la nación, no solo por tratarse del jurista más distinguido del pais y director del INI, sino por ser un historiador de talla mundial que se dedicaría a terminar su biografía del ultimo samurai, obra de investigación inigualable y sin parangón en la historia universal. Sagrario en este punto del discurso contuvo la respiración esperando el nombre de Abel en boca del presidente. Mientras acercaba su oído al aparato, cerró los ojos y junto las manos para elevar una plegaria de agradecimiento al Señor que al fin se había acordado de Abel. Pero el presidente no hablo del sucesor del doctor Amadeo; después paso a otros temas que no interesaban a Sagrario, por el contrarios producían en ella una modorra insoportable que no le permitían mantener su mente atenta al soporífero discurso. De repente dio un salto. Acababa de escuchar que el presidente decía “ahora démosle la bienvenida a los nuevos funcionarios que a partir de hoy dedicaran todo su esfuerzo por mantener el incontenible crecimiento de nuestra nación”. Esta misma frase la escucharon todos los que se encontraban en la pequeña oficina con Abel Sotomayor. Menos los niños, que rendidos del cansancio, producto de dos horas de juego, dormían en el regazo de sus padres. Los nuevos funcionarios se levantaron al tiempo de sus asientos, despertaron los niños e iniciaron un frenético desplazamiento hacia todos los lados, mientras sus esposas, detrás de ellos, arreglaban los nudos de las corbatas y ellas mismas ponían algo de orden a sus desarreglados cabellos.  Abel también la escucho pero, dado su estoicismo, no se había movido en todo ese tiempo de su asiento; por eso no debió corregir nada, ni su corbata, ni el cuello de su camisa, ni su cabello, solamente se miro la punta de sus zapatos y casi en secreto frotó cada uno contra la pantorrilla para darles un poco de brillo. Y continuó ejerciendo su mayor virtud: esperar.
De repente se abrió la puerta que daba a la Sala de Prensa, desde donde el presidente Escobar se dirigía a todo el pais y el maestro de ceremonias asomo su cabeza para decir:
-Por favor: sigan al salón y se colocan detrás del presidente en el siguiente orden. Y leyó una lista. A Abel Sotomayor no le importó ser el último de los nombrados. Siempre era el último. Un niño que intentaba seguir a su madre en el tropel piso uno de los zapatos de Abel, quien no se percato de ello, pues se encontraba en una especie de sopor. Ya en el salón no escuchaba lo que el maestro de ceremonia decía, ni lo que decía el presidente a cada uno de los que iba posesionando en sus nuevos cargos. Miro nuevamente la punta de sus zapatos y descubrió con horror la marca de una pisada pequeñita, indudablemente de un niño. Tuvo un destello de etiqueta y decidió, contra su voluntad, no frotarlo contra la manga del pantalón.
Sagrario  esperaba con ansia, sola y en silencio, el momento en que el maestro de ceremonia pronunciara su amado nombre. Nadie la acompañaba en el momento más feliz de la vida de los dos. Abel jamás había tenido amistad con nadie, su casa nunca la habían visitado compañeros de trabajo ni vecinos. Pero el pais entero en ese momento estaba atento a la ceremonia que se transmitía por la radio y la televisión estatales. Una buena cantidad de ciudadano desconocía al hombre algo robusto y corto de estatura que solitario esperaba su turno separado discretamente del grupo. Muy pocos lo reconocieron y no salían de su asombro al ver al personaje más temido del pais esperando posesionarse del más tenebroso de los organismos de seguridad. Muchos abrigaban la esperanza de que en cualquier momento el presidente Escobar desistiera de nombrar en ese cargo siniestro al más siniestro de los personajes del régimen.
Abel Sotomayor no escuchó nada de lo que dijo el presidente sobre él cuando llegó su turno. Pero Sagrario no salía de una inmensa alegría cuando escuchó las palabras elogiosas del más poderoso de la nación sobre su humilde pero poderosísimo marido. “Abel Sotomayor es el más leal entre los leales, el más fiel entre los fieles, el más honesto entre los honestos, y por eso lo he escogido para remplazar a don Amadeo Salazar en la dirección general del INI”- dijo el presidente Escobar al tiempo que le alcanzaba el magnífico estilógrafo de oro para que firmara su acta de posesión y se convirtiera, después del presidente, en la persona mas poderosa del pais. Por no estar acostumbrado a firmar y por su rudimentaria educación a Abel Sotomayor le tomo más tiempo firmar que a los otros funcionarios que lo habían acompañado en la ceremonia. En ese momento lamentó haber escogido, muchos años atrás, un apellido tan largo. Pero mientras Abel firmaba, y el país entero, ahora sí sabía quién era y que hacia allí ese pequeño hombre, en las casas muchas ancianas se santiguaron, otra, en otro lugar, inicio en silencio una oración y un hombre que se disponía a dar la tacada en un juego de billar, suspendió el golpe para exclamar: “ ¡Oh Dios, lo que nos espera!” En tanto que su compañero de juego le decía con una inocultable expresión de terror “cállate”.

En la casa de Abel Sagrario lloraba de felicidad.
Al salir del salón por la misma puerta que había entrado, esta vez de primero, lo abordó don Amadeo Salazar para decirle sin mayores preámbulos
-Abel: mañana lo espero temprano para ponerlo al tanto de los asuntos.
-No hace falta doctor Amado, yo lo se todo. Mañana le haré llegar sus cosas - y, sin despedirse del anciano, echó en el bolsillo de su saco el librito de Malaparte y continuó su camino hacia el parqueadero para tomar su viejo Pontiac. Ah! Otra cosa - le dijo cuando transponía la salida- nunca vuelva por allá.
El doctor Amadeo Salazar esbozó una sonrisa de terror y se retiró del salón pensando “¿qué he hecho?... ¿qué he hecho?”

Abel Sotomayor fue recibido por su mujer con un fuerte abrazo, muy difícil, es cierto porque el abultado estomago de Abel y el enorme busto de Sagrario impedían cualquier demostración de cariño. Pasó al pequeño cuarto y abrió cuidadosamente el paquete de cuadernos cuadriculados y le dijo a Sagrario
-Mija, ahora es que me van a ser  útiles éstas bobadas. Y durante un largo rato estuvo leyendo aquellas anotaciones de letra pequeñita. Y como si fuera aun extraño para él mismo escribió. “Abel Sotomayor se posesiono del Instituto de Inteligencia INI, tiene 37 años o tal vez 40, no tiene papá ni mamá, no los conoció, no tiene religión, no la necesita, no tiene hijos ni amistades, unido a Sagrario Toro Jijoi hace diez y siete años,  los únicos bienes que posee son una pequeña casa en un barrio de clase media y un viejo y destartalado carro Pontiac”, y apartándose de la redacción en tercera persona, escribió con letra mas grande: “Tengo la conciencia tranquila”. 

         Abel permaneció largo rato en el oscuro rincón revisando los cuadernos cuadriculados y, mientras pasaba las hojas lentamente, pensaba “éste ya se murió”, “éste me puede servir”, “éste hay que eliminarlo”, “éste ¿qué se haría?”, “éste está preso”. Un tiempo después se dirigió a su alcoba, casi en puntillas, para no despertar a Sagrario que dormía plácidamente, después de haber orado, para dar gracias Dios que le dio un esposo con las virtudes de Abel.

Temprano, al dia siguiente, caminando despacio, entró en el viejo edificio del INI. Solamente una aseadora se encontraba trabajando cerca de su nueva oficina; pero con temor bajo los ojos para no encontrarse con los de su nuevo jefe. Y personalmente se dio a la tarea de recoger los enseres del doctor Amado que iba colocando en el suelo, en un sitio cercano a la puerta de la oficina. Luego descolgó, una a una, las fotografías de quien por tantos años fuera su superior, no sin antes detenerse a detallarlas, porque en algunas de ellas aparecía él, con varios años menos. Pero ninguna despertó en él el menor sentimiento. Del viejo escritorio extrajo un gran legajo, amarrado con una piola, en que el doctor Amadeo Salazar había escrito “Vida de Saigo Takamori, el último samurai, por Amadeo Salazar Portocarrero”. Y mientras depositaba el legajo en el suelo, al lado de los demás enseres pensó “ya veo a que se dedicaba el viejo, por eso las investigaciones se morían cuando llegaban a este escritorio…tengo mucho trabajo por delante”. Siguió desocupando cajones y en otro de ellos apareció un legajo extremadamente grande, amarrado como el anterior, en cuya tapa decía con la misma letra de de don Amado: “anotaciones para una biografía de Saigo Takamori”, que Abel puso al lado del anterior, mientras pensaba “como perdía de tiempo este viejo…definitivamente tengo mucho por hacer”. De repente su corazón se acelero cuando tomó en sus manos una carpeta titulada “Abel Sotomayor”. En el interior había unas pocas hojas, escritas a mano por el doctor Amadeo, que comenzó a leer en desorden. Eran, ni más ni menos, que su largo prontuario escrito con dedicación, y durante muchos años por quien más lo conocía. Allí leyó frases como “A 


Diálogo en la infernal llanura


Al amparo de una pequeña caverna que destila agua hedionda, en “la infernal llanura de los muertos que todo lo oculta” (1), una pequeña sombra despeinada se agita en apasionado discurso ante una multitud frenética de sombras que lo admiran. Lentamente, como quien oculta un terrible temor, una sombra atraída por los gritos de la multitud, se acerca envuelta en una túnica para escuchar el apasionado discurso del pequeño orador. Habla del odio como motor de las pasiones. Habla de la perseverancia en los propósitos, habla de la soledad como notable compañera. Habla sin cesar mientras las sombras en éxtasis lo escuchan con mirada vacía dirigida hacia la fétida caverna. La sombra de la túnica esta ahora a pocos pasos del orador; las manos que se agitan con vehemencia tocan casi el gorro que le cubre la cabeza tonsurada. Las frases que escucha llegan a lo profundo de su cerebro. Piensa que esta sombra robo su discurso de odio. No puede resistir la tentación de interrogarlo.

    -¿Quién fuiste, sombra que ocultas tu rostro en esa caverna hedionda?  Tus palabras las dije yo alguna vez. Tus incitaciones al crimen también las pronuncie en mi época de inmenso poder. ¿Quién fuiste, dime, quien fuiste sombra?

    - Quieres saber mi nombre, tú que ocultas tu rostro detrás de esa capucha de fraile. Te diré el nombre que me acompaño durante mi existencia humana; pero tú me dirás el tuyo ya que dices que robe tus ideas. Y te reto a que ante esta concurrencia busquemos la verdad. Pues no alimentó mi cerebro discurso distinto que mi propia experiencia.

    -Acepto la oferta que me haces de aclarar ante la concurrencia quien es el dueño de las ideas  y de los métodos que defiendes. Pero debo anticiparte que en mi no había odio, ni había ira como brota del tuyo. Sin embargo, las ideas son las mismas. Dime sin más dilaciones tu nombre.

    -Esta bien, debes saber que yo fui Adolfo Hitler, gobernante de Alemania, pero hijo de Austria. En el siglo XX perseguí a los judíos y a los gitanos y……

Un profundo murmullo se escucho en la llanura. Las sombras se agitaron al oír aquel nombre sin permitirle que terminara su presentación. Entonces la otra sombra grito acallando el murmullo.

    -Yo fui Tomas de Torquemada, fraile dominico, confesor de la reina Isabel, y Gran Inquisidor. En el siglo XV juzgue a los judíos conversos y a los herejes y….

Un nuevo murmullo impidió que terminara su presentación.

    -Tú- continuo el fraile levantando las manos con lentitud y con ademán piadoso para silenciar las sombras- no hiciste otra cosa que imitarme.

    -Jamás imite a nadie. Acepto que teníamos propósitos similares. Yo quería borrar de mi patria a los judíos mientras tú, ya lo dijiste, querías eliminar a los conversos, y terminaste por desterrarlos a todos.

    -Te equivocas,- respondió el dominico volteándose hacia la multitud- me entiendes mal. Comienzas a usar tu dialéctica perversa. Mi interés era llevar la salvación a las almas de aquellos judíos que habían acogido las enseñanzas de Cristo, pero seguían practicando la religión de esos deicidas. Yo no podía permitir que esas almas se perdieran, era mi obligación salvarlas. En cuanto al destierro de los judíos de España, fue obra de mis Soberanos.

    -Detrás de todo eso- grito Hitler, acallando la dulce voz del fraile-, está tu odio a los judíos. La verdad es que eras antisemita como yo, pero fuiste un hipócrita y le hiciste creer a tus Soberanos que era un asunto religioso, y no político. En cambio yo siempre le hable a mi pueblo, a mi soberano, con franqueza. Desde un principio dije que el pueblo judío debía ser erradicado del suelo germano. No trates de engañarme, Torquemada, responsabilizando del destierro de los judíos a tus Soberanos. Fuiste tú, monje mentiroso, quien con artimañas persuadiste a Fernando e Isabel de desterrarlos.

Muchas  sombras de judíos  que habían sido expulsados por los Reyes Católicos de España daban feroces gritos de odio: “Infame, canalla, miserable”. Torquemada desconoció los gritos contra el y hablo así con voz pausada.

    -Nunca dijiste a tu pueblo, con entera claridad, de donde provenía tu odio a los judíos, pero yo creo saberlo. ¡Oh, Dios del cielo, exclamo el dominico! -- Tu abuela María Anna Schickelguber tuvo tratos indignos con el judío Frankerberger de Graz y eso te hace nieto de judío. ¿O si no, dime, porque el judío entrego una pensión a tu padre Alois?  Tu verdadero apellido no es el alemán Hitler sino el judío Frankenberger. Eso hace que tu nombre verdadero sea Adolf Frankenberger…….

Ah! Exclamo la muchedumbre de sombras, admirada por la revelación que acaban de oír.

    -Mientes miserablemente- dijo Hitler arrebatando las palabras al fraile, mientras peinaba el mechón que caía sobre su frente – Ya empiezan a aparecer  tu plática de mentiras y calumnias. Antes que un orador convincente como fui yo tú fuiste un miserable calumniador. Toda tu pestilente organización estuvo soportada por la mentira, la calumnia y el engaño. Eso que dices son inventos de los periódicos de los judíos que me odiaban. Pero no puedes negar que tú, Torquemada, si eras descendiente de judíos conversos, de los mismos a los que perseguiste sin tregua ni clemencia.

    -No niego mi ancestro de judíos, como tus niegas el tuyo- dijo con sus acostumbrados dulces gestos el fraile-. Pero supimos, alabado sea Dios, acoger con sinceridad  la verdadera fe y apartarnos de la condenación eterna de nuestras almas si hubiéramos continuado en la práctica de esa religión equivocada.

Adolfo Hitler dio unos pasos hacia el monje que lo obligaron a retroceder, quería hablarle directamente a las vacías cuencas de los ojos del fraile. Las sombras quedaron en silencio esperando el desenlace de la afrenta  que el germano le propinaba al español

    -Vuelves con mi ancestro de judío, fraile calumniador, recuerda que yo le pedí a mi abogado personal Hans Frank que se trasladara a todas las ciudades que habito mi familia, y especialmente mi abuela, para establecer la verdad en este bochornoso asunto.

    -¿Y que encontró tu abogado personal? - respondió Torquemada haciendo énfasis en abogado personal- No creo que se atreviera a poner en  evidencia tu ancestro judío cuando ya por esa época llevabas no menos de un millón de judíos pasados a las cámaras de gas. Es seguro que el no querría ser rociado con el gas de la muerte. ¿O lo hubiera perdonado?

    -Usted- le grito airado el germano_ no tiene derecho a hablarme de perdón. Ni usted ni su pestilente organización tenían por costumbre perdonar. La mayoría de las personas que caían en la red de la mal llamada Santa Inquisición terminaban pagando largas penas de prisión o lo que es peor en la hoguera. No perdonados y en el seno de sus familias.

    -Solamente los que merecían el perdón eran perdonados. -respondió el fraile con dulcísimo voz-. Pero le aclaro que jamás condenamos a nadie a la hoguera. Entregábamos al culpable de herejía y otros crímenes a  los jueces seculares. Y esos si los condenaban a la hoguera, nosotros no.

Entre la multitud se escucho de nuevo el largo murmullo, esta vez acompañado de risas y de burlas. También se escucharon gritos de dolor pues no pocas sombras habían sido victimas de esos juicios y sus infames condenas.

    -Ah ¿si? –Vocifero con furia la sombra del germano- Yo bien se que la pestilente Inquisición no los quemaban directamente, todos aquí lo sabemos, pero los entregaban hipócritamente a la organización de justicia secular como culpables para que ellos les aplicaran la infaltable pena de la hoguera. No pueden negar su culpabilidad en esos crímenes, especialmente porque era el resultado de unos juicios donde el acusado nunca obtenía el perdón. Si para salvarse confesaba su delito no cometido, era condenado por hereje, si no confesaba era condenado por tratar de engañar al Santo Oficio. Y entre tanto se les aplicaban inhumanas torturas….


    -La tortura era perfectamente valida, - dijo calmadamente Torquemada- todos los países la practicaban. Y la mayoría de ellos llegaban hasta la muerte del torturado. En cambio nosotros en la Santa Inquisición no llegamos jamás a la muerte del torturado. Teníamos limites impuestos por nuestro soberanos y por el Papa: el torturado no podía morir en la tortura, esta debía ser aplazada hasta cuando su estado de salud permitiera continuar el proceso. En cambio usted, dictador infame, no juzgo a ningún judío, ni a ningún gitano, no acuso a nadie de delito alguno. Todos pasaron de sus hogares  a  sus campos de concentración y de allí a las cámaras de gas, donde diariamente morían centenares.

La muchedumbre grito con fuerza tal que impidió que el fraile continuara su calmada exposición. De entre la multitud de sombras se escucho un fuerte grito de ¡asesino! Era una victima de sus juicios, que había sido arrancado del seno de su familia y enviado a la hoguera para salvar su alma. El Dictador germano se dirigió a las sombras que se hallaban en  la planicie y con su profunda  voz  dijo, dándole la espalda a Torquemada


    -No es tan horrible como usted quiere hacerle creer a esta muchedumbre que nos escucha. Estamos hablando de la muerte del acusado. Usted defendía la muerte para salvar el alma y yo la aplicaba para salvar mi patria…..

 Todas las voces se callaron. Un profundo silencio se dejo sentir en la multitud  de sombras. Algunas voces aisladas gritaron  ¡asesino! Eran los que habían muerto en los campos de concentración del germano. Atrás, casi escondida, una sombra levanto su brazo y grito: ¡Heil Hitler!

….para mi tengo –continuo Hitler gritando con voz ronca y levantando el brazo para saludar a su áulico - que la patria es lo mas importante que un ser humano puede tener….¡Heil Hitler! Se volvió a escuchar.  La patria esta por encima de la religión- continuo diciendo-. La patria es una realidad tangible mientras que el alma no es real, nadie ha demostrado su existencia. Uno debe morir por la patria, no por el alma. Eso es una estupidez….

    -¡Nosotros somos almas! – gritó Torquemada levantando la voz por primera vez y perdiendo su habitual compostura- Nosotros somos almas, repitió, pero ahora bajando la  voz y convirtiéndola prácticamente en un susurro, casi a punto de irrumpir en llanto.

¡Alabado sea Dios! Grito una sombra que estaba recostada a una roca y que dejaba ver la amplia tonsura de los frailes dominicos, ¡Alabado sea Dios!- volvió a decir.

    -No, no somos almas, - gritó Hitler repitiendo su acostumbrado ademán de arrogancia, crispando los dedos de su mano derecha. -Solamente sombras que habitan en la mente de alguien. Todo tu trabajo fue estéril, Torquemada. No salvaste ni una sola alma, si es que acaso existe el alma,  ni siquiera la tuya, Torquemada. De no ser así no te encontrarías en la infernal llanura.

La muchedumbre silenció un grito que empezaba a formarse aprobando lo que el dictador germano acababa de decir. Torquemada miro al piso como tratando de esconder la vergüenza y respondió con voz pausada:

    - ¡Dios del cielo! - Más estéril fue el tuyo, Adolfo Hitler. El pueblo judío sigue sobre la tierra, todavía son grandes comerciante, banqueros del planeta, hijos de Dios. Gobiernan el mundo con su riqueza. Parece ser que el holocausto que provocaste los despertó de un sueño de siglos y hoy transitan por el planeta ejerciendo el enorme poder que les dan sus genes. Y no puedes negar que ahora tienen más poder que en tu época, cuando quisiste desaparecerlos. Gobiernan de la mejor manera que existe: gobernando los gobernantes.

Torquemada, cansado del largo debate y agobiado por sus 78 años, dejó caer su brazo en el hombro del dominico que había dejado la roca para posarse a su lado y servirle de  soporte. Su interlocutor, de 56 años, vigoroso y fuerte, miraba al anciano con odio profundo y gesticulando como siempre le grito tratando que su atronadora voz doblegara al fraile:

    -Vuelves a estar equivocado, o mejor, mientes sin ninguna vergüenza. No es cierto lo que dices, y dirigiéndose a las muchísimas sombras que colmaban la llanura, Hitler dijo. -- No le creáis a éste hijo de Satanás, pues miente cuando dice que busque eliminar los judíos de sobre la tierra. No fue nunca esa mi intención. Solamente quise erradicarlos de  los pueblos germanos, y evitar que continuaran haciendo daño en las naciones que mis ejércitos conquistaban.   Deben saber que en un principio vi al pueblo judío como los practicantes de una religión que yo desconocía y que me eran indiferentes; luego, al estudiar las cuestiones políticas, descubrí que detrás de su religión se ocultaba el sionismo, peligroso movimiento político aliado del comunismo, enemigo del pueblo alemán a quien ellos querían sustituir. Era cuestión de ellos o nosotros.

    -Patrañas, respondió el dominico mirando al suelo y sin retirar su brazo del hombro del fraile que utilizaba de bordón, patrañas, repitió. --Nunca pudiste encontrar una explicación a tu odio a los judíos distinta de acusarlos, sin fundamento alguno, de que querían apoderarse de Alemania, de su estrecho vinculo con la Social Democracia, de su falta de nacionalidad germana…entelequias, nada mas que entelequias para vengar tu sangre judía.

El Dictador quiso hablar, pero el murmullo de la multitud no se lo permitió. Miles de voces le gritaban ¡Silencio asesino, vuelve a tu cueva!

El Dominico supuso que podía continuar su discurso pero un coro de miles de voces lo silenciaron gritándole ¡Fuera asesino, fuera!

Las dos sombras se marcharon cada una por su lado, con las cabezas en alto, dejando ver el germano un mechón de pelo negro sobre su frente y el dominico una enorme tonsura.

Diego Castaño Nicholls
Febrero 2 de 2006


(1) Sófocles, Edipo en Colona