DIEGO CASTANO NICHOLLS

miércoles, 9 de junio de 2010

La Valija

Anoche preparaba mi valija para viajar a reunirme con mi hija en un país extraño, del que desconocía casi todo, especialmente su lengua y su cultura. Mi mente repasaba mi existencia en rápido retroceso mi juventud y mi niñez. Atropellados venían días de felicidad y días de angustia, de hambre y de desesperación. Pero de repente me sorprendió que algunos de ellos ya no me eran claros; no solamente me veía con extraños trajes, de modas antiguas sino en lugares y situaciones que nunca había conocido. No soñaba, tenia plena conciencia del momento en que vivía. Hora antes me había despedido de mi hija. Era la misma separación de remotísimos tiempos que venia a mi memoria, sin que yo tuviera conciencia de ella antes. Pero mayor fue mi sorpresa cuando logre traer recuerdos de esa época, que no era mi vida actual, ni era un sueño. Era un recuerdo real.

Tenía la certeza de que esas imágenes no las estaba creando mi mente sino que las estaba recordando. Si, recordando. Todas las situaciones fueron reales, vividas por mí. Las personas que iban apareciendo las conocí y conviví con ellas. Ahí estaban los que ame y los que me amaron, los que odie y los que me odiaron. Volví a ver al brutal Salomón Ungard que abuso de mí cuando aun era una niña; a la terrible Selma que vendía mi cuerpo una vez tras otra para alimentar su enorme codicia de dinero. ¿En que país ocurrió esto? ¿En que época? No sé, no lo he podido recordar pero por los nombres debió ser en un país teutón y por la vestimenta de las personas creo adivinar la edad media. Horribles calles, horrible suciedad, horribles olores. Salomón era sucio y rico. Trabajaba con dinero a interés. Todos lo odiaban. Su debilidad eran las niñas que le suministraba Selma. Ningún momento feliz de aquella lejana vida venia a mi memoria. Me esforzaba por encontrar alguno. Pero todo esfuerzo era en vano. Sin dificultad iba hacia atrás en mi edad o hacia delante uniendo unos recuerdos con otros. Pensé que los recuerdos desagradables solamente se encadenan con recuerdos desagradables y que de lograr un recuerdo feliz este me llevaría a una serie de episodios felices. La gente en aquellos recuerdos me llamaba Gratia. Tan pronto vino este nombre a mi memoria sentí un estremecimiento en todo mi cuerpo. Alcance a oír a Selma gritándolo para que saliera de la inmunda covacha donde permanecía a atender uno de los asquerosos clientes de su negocio. Mi mente no abrigaba otro pensamiento que escapar de aquella prisión donde mi vida transcurría en la más abominable situación. Con los días me di cuenta de que Selma solamente abandonaba la vigilancia sobre nosotras para asistir a la iglesia a escuchar las predicas de los monjes sobre la infinita bondad de Dios y el grande amor que nos tiene a los pobres. Y debe ser verdad, porque Dios me ayudo. Aproveche una salida de Selma para escaparme de ese infierno. Veintitrés años tenía entonces. Sin embargo no era libre. Atada a Selma por infinitas deudas no había otra solución que abandonar mi país para tratar de encontrar en otro una nueva vida. Tome un carruaje cuyo destino desconozco; solamente recuerdo que fueron largos días de viaje hasta llegar a una ciudad con un enorme rió que la dividía en dos y que por aquellos días soportaba una revuelta del pueblo pedía al monarca que hiciera lo posible por bajar el precio de la harina, fuente casi única de alimentación de aquel pueblo famélico. No se como quede envuelta por una multitud vociferante, que armada de toda clase de utensilios, se enfrentaba a los representantes del rey, que del otro lado de las barricadas disparaban los mosquetes dirigidos por un pequeño y regordete oficial de artillería. Una de esas balas puso fin a mi vida y mi cuerpo destrozado fue depositado con muchos otros en un gran agujero, hecho por los revolucionarios.

En medio del sobresalto que me produjo recordar estos horrendos hechos llego a mi mente un lugar casi desierto, iluminado por un brillante sol y arriba de una montaña una mujer de aspecto humilde que lloraba desconsolada. Una multitud la rodeaba con ademanes amenazantes. Tal vez en ese instante comprendí que esa mujer era yo que enfrentaba la atroz muerte por lapidación. No hacia mucho había llegado de mi país natal siguiendo las huellas de Críspulo, mi amado, muerto no hacia mucho en la capital del imperio. Huyendo de esa multitud iracunda que me gritaba “adultera” quede atrapada por la muralla que encerraba la ciudad. Muchos guijarros cayeron sobre mi cuerpo que quedo allí tendido para ser devorado en feroz competencia por los perros y los buitres.

Pero esto no fue todo. Angustiada por lo extraño de estos recuerdos de vidas pasadas, que podían no ser recuerdos sino sueños que hasta ahora venían a mi mente o simples memorias de hechos vistos o conocidos de fuentes ya olvidadas, irrumpió otra imagen que se perdía entre la bruma que siempre acompaña estos mensajes, que ya casi estaba entendiendo. Rodeada de caras solemnes fui descubriendo elegantes figuras, vestidas con los más extraños trajes. Hombres que trataban infructuosamente de atraer mi atención que estaba puesta sobre el objeto que reposaba en la mano de uno de ellos. Es un puñal de ovidiana, pensé, y quien lo empuña no es otro que el Gran Sacerdote Maya, encargado de culminar las ceremonias del sacrificio a los dioses en agradecimiento de las abundantes lluvias que han traído después de una prolongada sequía que arruino la mayoría de los cultivos. He sido traída desde mi pueblo distante varios días. Ayer al atardecer llegue en medio de un gran festival acompañada de otras mujeres jóvenes como yo y de mi dolorida madre. Todos han danzado sin cansancio durante la noche y el día de hoy. Fui escogida entre muchas por mi belleza, mi juventud y el hecho de no haber conocido hombre. Mis padres me entregaron a los sacerdotes porque sabían que con mi sacrificio les llegarían innumerables beneficio y serian protegidos de los dioses por toda la eternidad. Mis hermanos y hermanas alcanzarían el rango de distinguidos que por siempre los haría sobresalir entre los miembros del clan, y yo entraría al jardín de la eternidad para disfrutar de la felicidad sin límite, y mi nombre seria grabado sobre las escalinatas de la pirámide celestial. Allí quedaría para ser repetido por los guerreros, durante mil lunas llenas, antes de las batallas. De esta manera protegería sus carnes desnudas de las armas enemigas y en la esquina superior colocarían mi imagen, representada por una flor, para ser iluminada cada día por los primeros rayos del sol, privilegio pocas veces concedido.

Bebí el jugo del árbol sagrado y me perdí en un profundo sueño. Mi corazón fue repartido entre los sacerdotes y mi cuerpo depositado en la laguna de la fortuna para hacer el viaje a la eterna felicidad. En este punto vi con claridad lo que no podía entender: todo viaje me llevaba a la muerte al siguiente día. Si hacia el viaje que me encontraba preparando moriría. Acosada por estos pensamientos comprendí que mi vida estaba en mis manos. Si permitía que la rueda continuara su camino el final debía ser el mismo que las veces anteriores. Casi al borde de la desesperación comencé a reflexionar en el significado de tales remembranzas. Me preguntaba si en verdad, después de todo viaje moría o sencillamente existe un día para morir.

Dominada por el temor tome la resolución de no viajar, y así se lo hice saber a mi hija al día siguiente, a las ocho de la mañana del once de septiembre del año dos mil uno, en su oficina del Word Trade Center de Nueva York, quien rechazo airada mi descontrolada imaginación. Ahora desde aquí, mientras espero, como tantas otras veces lo he hecho, veo su cuerpo en los sótanos del edificio rodeado de un amasijo de hierros y cadáveres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario