-Sí señor, yo soy Esposorio Samudio; sí, el hijo de Fidelia Samudio.
El viajero al oír la respuesta comprendió que su largo viaje había concluido. Por eso dejó escapar una especie de suspiro al que el hombre de detrás del mostrador no dió ninguna importancia.
-¿En que puedo ayudarlo? preguntó Esposorio con la voz quebradiza que va quedando con el paso de los años. Era un hombre viejo, de más de 65 años. La edad exacta ni el mismo la sabía. Y no solo su voz estaba cansada, su cuerpo también.
Sin responder la pregunta el viajero se apoyó sobre el mostrador de la pequeña tienda donde Esposorio conseguía lo poco que necesitaba para sobrevivir. Hacia muchos años el viajero había comenzado la búsqueda, pero eran todavía más años desde cuando el viejo había comenzado a huir sin tregua. Pero ya su cuerpo acusaba un enorme cansancio y su alma la inmensa paz que dejan los años en su retirada.
-¿Recuerda usted un día de todos los santos? Pregunto el viajero mientras fijaba su mirada en los turbios ojos del viejo, que antes de sentir miedo notó que su cuerpo era recorrido por una suave oleada de tranquilidad. Lleno de temor había esperado esta pregunta en muchos lugares distintos y durante largos años, mientras se escondía de todos y de todo. Pero hoy, que al fin, alguien se la hacia no sintió miedo, mas bien algo de paz.
-Sí, dijo el viejo con la voz más firme y menos quebradiza que en cualquiera otra ocasión, recuerdo especialmente el día de todos los santos de 1955. Hace ya …¿a ver?…treinta y cinco años. Y lo dijo a pesar de que sabía que esta respuesta le traería la muerte.
En ese instante el ambiente se volvió siniestro, Se hizo un silencio que hería los oídos de los dos hombres. El recinto donde se hallaban se hizo más oscuro.
-Esa es mi edad- dijo el viajero mientras el viejo se daba mañas para incrustar una vela prendida en la boca de una botella- Pero yo nací unos días después del día de todos los santos de ese maldito año de la desgracia que puede finalizar hoy.
Mientras tanto Esposorio recordaba las otras dos oportunidades en que muchos años antes se habían presentado ante él otros dos viajeros con el propósito de matarlo. Primero fue Esteban en la época en que cogía café en la vereda La Vuelta, cerca de Manizales. Luego Wenceslao, cinco o seis años después cuando adentro de San Alberto, a orillas del Magdalena jornaleaba bajando racimos de palma africana. En ambas ocasiones, vencido por el miedo había intentado huir para salvar la vida. En cambio hoy nada lo impulsaba a matar, ni siquiera a huir. El ritmo de su corazón no se alteró y su respiración continuó serena.
-¿Qué desea tomar?- dijo Esposorio volteándose hacia la vieja nevera que ocupaba un rincón de la tienda. “Este es Salvador- pensó- el ultimo de los hijos de Eufrasio, no quiero matarlo como a sus dos hermanos…nuestra sangre debe continuar…estoy cansado de huir..treinta y cinco años son muchos años huyendo…hasta se me olvidó el comienzo de toda esta violencia…él ni había nacido cuando aquello…además ya soy un anciano.
-¿Qué quiere usted? Volvió a preguntar el viejo al viajero. ¿Qué busca en qué puedo ayudarlo?
-Usted mato a mi padre y a mis hermanos- le dijo el viajero sin ira y sin cambiar la fría expresión de su rostro, y por eso vengo a matarlo. Yo soy Salvador Samudio, el último hijo de su hermano Eufrasio.
Al ver el tranquilo semblante del viejo, Salvador comprendió que Esposorio, desde un principio, lo había reconocido como el hijo menor de su hermano Eufrasio. Fue en aquél instante en que supuso que talvez el muerto no seria Esposorio sino él. Pensó que podía correr la misma suerte de sus dos hermanos, cuando cegados por el odio buscaban a Esposorio para darle muerte. Pero por aquello impredecible del destino, primero Esteban y luego Wenceslao, habían sucumbido en el intento. Ante la terrible idea de que aquel día no seria el último de Esposorio sino el suyo, Salvador temblaba mientras debajo de la ruana alistaba el arma que llevaba con ese fin desde muchos años atrás.
-Si, yo le di muerte a su padre, que era mi hermano del alma y también a sus dos hermanos. Vea Salvador –dijo el viejo con voz firme- yo le decía a Eufrasio:
-Eufrasio deje de joder a la Elicenia, ¿no ve que es mi mujer? Usted tiene a la Hermencia con sus hijos, no joda la mía
-Yo no la estoy jodiendo hermano, son meros cuentos de esas viejas que me tienen ojeriza. No les crea hermano.
-Claro que el aprovechaba mi contrata en la finca de don Isidro Renteria a donde yo tenia que ir todos los días a eso de la junta en un maíz… y todos los días alguien me venía con el cuento de que Eufrasio esto, de que Eufrasio aquello, y yo le repetía “Eufrasio no joda a mi mujer, dedíquese a la suya o a la negra Chonta, deje mi mujer en paz”. El día de todos los santos amanecimos jartando con Adonai Feo en la tienda de doña Araminta. Bajaba yo camino al rancho a eso de la media mañana, jarto claro, cuando de repente entre dos surcos de café ví como se acariciaban la Elicenia y el Eufrasio. La Elicenia reía como una estúpida y Eufrasio bufaba como un toro. Usted Salvador ya conoce el desenlace. Es decir, todo el mundo lo supo. Pero vea si viene a matarme hágalo, porque no pienso ni defenderme ni huir. En estos últimos años de espera no me he escondido, por el contrario es casi como si lo hubiera mandado a llamar. Yo no lo mataré a usted Salvador porque acabaría la estirpe de Fidelia Samudio…y esa fue una vieja verraca।
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