Al amparo de una pequeña caverna que destila agua hedionda, en “la infernal llanura de los muertos que todo lo oculta” (1), una pequeña sombra despeinada se agita en apasionado discurso ante una multitud frenética de sombras que lo admiran. Lentamente, como quien oculta un terrible temor, una sombra atraida por los gritos de la multitud, se acerca envuelta en una túnica para escuchar el apasionado discurso del pequeño orador. Habla del odio como motor de las pasiones. Habla de la perseverancia en los propósitos, habla de la soledad como notable compañera. Habla sin cesar mientras las sombras en éxtasis lo escuchan con mirada vacía dirigida hacia la fétida caverna. La sombra de la túnica esta ahora a pocos pasos del orador; las manos que se agitan con vehemencia tocan casi el gorro que le cubre la cabeza tonsurada. Las frases que escucha llegan a lo profundo de su cerebro. Piensa que esta sombra robo su discurso de odio. No puede resistir la tentación de interrogarlo.
-¿Quién fuiste, sombra que ocultas tu rostro en esa caverna hedionda?. Tus palabras las dije yo alguna vez. Tus incitaciones al crimen también las pronuncie en mi época de inmenso poder. ¿Quién fuiste, dime, quien fuiste sombra?
- Quieres saber mi nombre, tú que ocultas tu rostro detrás de esa capucha de fraile. Te diré el nombre que me acompaño durante mi existencia humana; pero tú me dirás el tuyo ya que dices que robe tus ideas. Y te reto a que ante esta concurrencia busquemos la verdad. Pues no alimentó mi cerebro discurso distinto que mi propia experiencia.
-Acepto la oferta que me haces de aclarar ante la concurrencia quien es el dueño de las ideas y de los métodos que defiendes. Pero debo anticiparte que en mi no había odio, ni había ira como brota del tuyo. Sin embargo, las ideas son las mismas. Dime sin más dilaciones tu nombre.
-Esta bien, debes saber que yo fui Adolfo Hitler, gobernante de Alemania, pero hijo de Austria. En el siglo XX perseguí a los judios y a los gitanos y……
Un profundo murmullo se escucho en la llanura. Las sombras se agitaron al oír aquel nombre sin permitirle que terminara su presentación. Entonces la otra sombra grito acallando el murmullo.
-Yo fui Tomas de Torquemada, fraile dominico, confesor de la reina Isabel, y Gran Inquisidor. En el siglo XV juzgue a los judios conversos y a los herejes y….
Un nuevo murmullo impidió que terminara su presentación.
-Tú- continuo el fraile levantando las manos con lentitud y con ademán piadoso para silenciar las sombras- no hiciste otra cosa que imitarme.
-Jamás imite a nadie. Acepto que teníamos propósitos similares. Yo quería borrar de mi patria a los judios mientras tú, ya lo dijiste, querías eliminar a los conversos, y terminaste por desterrarlos a todos.
-Te equivocas,- respondió el dominico volteándose hacia la multitud- me entiendes mal. Comienzas a usar tu dialéctica perversa. Mi interés era llevar la salvación a las almas de aquellos judíos que habían acogido las enseñanzas de Cristo, pero seguían practicando la religión de esos deicidas. Yo no podía permitir que esas almas se perdieran, era mi obligación salvarlas. En cuanto al destierro de los judios de España, fue obra de mis Soberanos.
-Detrás de todo eso- grito Hitler, acallando la dulce voz del fraile-, está tu odio a los judios. La verdad es que eras antisemita como yo, pero fuiste un hipócrita y le hiciste creer a tus Soberanos que era un asunto religioso, y no político. En cambio yo siempre le hable a mi pueblo, a mi soberano, con franqueza. Desde un principio dije que el pueblo judío debía ser erradicado del suelo germano. No trates de engañarme, Torquemada, responsabilizando del destierro de los judios a tus Soberanos. Fuiste tú, monje mentiroso, quien con artimañas persuadiste a Fernando e Isabel de desterrarlos.
Muchas sombras de judios que habían sido expulsados por los Reyes Católicos de España daban feroces gritos de odio: “Infame, canalla, miserable”. Torquemada desconoció los gritos contra el y hablo asi con voz pausada.
-Nunca dijiste a tu pueblo, con entera claridad, de donde provenía tu odio a los judios, pero yo creo saberlo. ¡Oh, Dios del cielo, exclamo el dominico!. -- Tu abuela Maria Anna Schickelguber tuvo tratos indignos con el judío Frankerberger de Graz y eso te hace nieto de judío. ¿O si no, dime, porque el judío entrego una pensión a tu padre Alois. Tu verdadero apellido no es el alemán Hitler sino el judío Frankenberger. Eso hace que tu nombre verdadero sea Adolf Frankenberger…….
Ah! Exclamo la muchedumbre de sombras, admirada por la revelación que acaban de oír.
-Mientes miserablemente- dijo Hitler arrebatando las palabras al fraile, mientras peinaba el mechón que caía sobre su frente – Ya empiezan a aparecer tu plática de mentiras y calumnias. Antes que un orador convincente como fui yo tú fuiste un miserable calumniador. Toda tu pestilente organización estuvo soportada por la mentira, la calumnia y el engaño. Eso que dices son inventos de los periódicos de los judios que me odiaban. Pero no puedes negar que tú, Torquemada, si eras descendiente de judios conversos, de los mismos a los que perseguiste sin tregua ni clemencia.
-No niego mi ancestro de judios, como tus niegas el tuyo- dijo con sus acostumbrados dulces gestos el fraile-. Pero supimos, alabado sea Dios, acoger con sinceridad la verdadera fe y apartarnos de la condenación eterna de nuestras almas si hubiéramos continuado en la práctica de esa religión equivocada.
Adolfo Hitler dio unos pasos hacia el monje que lo obligaron a retroceder, quería hablarle directamente a la vacías cuencas de los ojos del fraile. Las sombras quedaron en silencio esperando el desenlace de la afrenta que el germano le propinaba al español
-Vuelves con mi ancestro de judío, fraile calumniador, recuerda que yo le pedí a mi abogado personal Hans Frank que se trasladara a todas las ciudades que habito mi familia, y especialmente mi abuela, para establecer la verdad en este bochornoso asunto.
-¿Y que encontró tu abogado personal? - respondió Torquemada haciendo énfasis en abogado personal- No creo que se atreviera a poner en evidencia tu ancestro judío cuando ya por esa época llevabas no menos de un millón de judios pasados a las cámaras de gas. Es seguro que el no querría ser rociado con el gas de la muerte. ¿O lo hubiera perdonado?
-Usted- le grito airado el germano_ no tiene derecho a hablarme de perdón. Ni usted ni su pestilente organización tenían por costumbre perdonar. La mayoría de las personas que caían en la red de la mal llamada Santa Inquisición terminaban pagando largas penas de prisión o lo que es peor en la hoguera. No perdonados y en el seno de sus familias.
-Solamente los que merecían el perdón eran perdonados . -respondió el fraile con dulcísimo voz-. Pero le aclaro que jamás condenamos a nadie a la hoguera. Entregábamos al culpable de herejía y otros crímenes a los jueces seculares. Y esos si los condenaban a la hoguera, nosotros no.
Entre la multitud se escucho de nuevo el largo murmullo, esta vez acompañado de risas y de burlas. También se escucharon gritos de dolor pues no pocas sombras habían sido victimas de esos juicios y sus infames condenas.
-Ah ¿si? –Vocifero con furia la sombra del germano- Yo bien se que la pestilente Inquisición no los quemaban directamente, todos aquí lo sabemos, pero los entregaban hipócritamente a la organización de justicia secular como culpables para que ellos les aplicaran la infaltable pena de la hoguera. No pueden negar su culpabilidad en esos crímenes, especialmente porque era el resultado de unos juicios donde el acusado nunca obtenía el perdón. Si para salvarse confesaba su delito no cometido, era condenado por hereje, si no confesaba era condenado por tratar de engañar al Santo Oficio. Y entre tanto se les aplicaban inhumanas torturas….
-La tortura era perfectamente valida, - dijo calmadamente Torquemada- todos los países la practicaban. Y la mayoría de ellos llegaban hasta la muerte del torturado. En cambio nosotros en la Santa Inquisición no llegamos jamás a la muerte del torturado. Teníamos limites impuestos por nuestro soberanos y por el Papa: el torturado no podía morir en la tortura, esta debía ser aplazada hasta cuando su estado de salud permitiera continuar el proceso. En cambio usted, dictador infame, no juzgo a ningún judío, ni a ningún gitano, no acuso a nadie de delito alguno. Todos pasaron de sus hogares a sus campos de concentración y de allí a las cámaras de gas, donde diariamente morían centenares.
La muchedumbre grito con fuerza tal que impidió que el fraile continuara su calmada exposición. De entre la multitud de sombras se escucho un fuerte grito de ¡asesino!. Era una victima de sus juicios, que había sido arrancado del seno de su familia y enviado a la hoguera para salvar su alma. El Dictador germano se dirigió a las sombras que se hallaban en la planicie y con su profunda voz dijo, dándole la espalda a Torquemada
-No es tan horrible como usted quiere hacerle creer a esta muchedumbre que nos escucha. Estamos hablando de la muerte del acusado. Usted defendía la muerte para salvar el alma y yo la aplicaba para salvar mi patria…..
Todas las voces se callaron. Un profundo silencio se dejo sentir en la multitud de sombras. Algunas voces aisladas gritaron ¡asesino! Eran los que habían muerto en los campos de concentración del germano. Atrás, casi escondida, una sombra levanto su brazo y grito: ¡Heil Hitler!
….para mi tengo –continuo Hitler gritando con voz ronca y levantando el brazo para saludar a su áulico - que la patria es lo mas importante que un ser humano puede tener….¡Heil Hitler! Se volvió a escuchar. La patria esta por encima de la religión- continuo diciendo-. La patria es una realidad tangible mientras que el alma no es real, nadie ha demostrado su existencia. Uno debe morir por la patria, no por el alma. Eso es una estupidez….
-¡Nosotros somos almas! – gritó Torquemada levantando la voz por primera vez y perdiendo su habitual compostura- Nosotros somos almas, repitió, pero ahora bajando la voz y convirtiéndola prácticamente en un susurro, casi a punto de irrumpir en llanto.
¡Alabado sea Dios! Grito una sombra que estaba recostada a una roca y que dejaba ver la amplia tonsura de los frailes dominicos, ¡Alabado sea Dios!- volvió a decir.
-No, no somos almas, - gritó Hitler repitiendo su acostumbrado ademán de arrogancia, crispando los dedos de su mano derecha. -Solamente sombras que habitan en la mente de alguien. Todo tu trabajo fue estéril, Torquemada. No salvaste ni una sola alma, si es que acaso existe el alma, ni siquiera la tuya, Torquemada. De no ser asi no te encontrarías en la infernal llanura.
La muchedumbre silenció un grito que empezaba a formarse aprobando lo que el dictador germano acababa de decir. Torquemada miro al piso como tratando de esconder la vergüenza y respondió con voz pausada:
- ¡Dios del cielo! - Más estéril fue el tuyo, Adolfo Hitler. El pueblo judío sigue sobre la tierra, todavía son grandes comerciante, banqueros del planeta, hijos de Dios. Gobiernan el mundo con su riqueza. Parece ser que el holocausto que provocaste los despertó de un sueño de siglos y hoy transitan por el planeta ejerciendo el enorme poder que les dan sus genes. Y no puedes negar que ahora tienen más poder que en tu época, cuando quisiste desaparecerlos. Gobiernan de la mejor manera que existe: gobernando los gobernantes.
Torquemada, cansado del largo debate y agobiado por sus 78 años, dejó caer su brazo en el hombro del dominico que había dejado la roca para posarse a su lado y servirle de soporte. Su interlocutor, de 56 años, vigoroso y fuerte, miraba al anciano con odio profundo y gesticulando como siempre le grito tratando que su atronadora voz doblegara al fraile:
-Vuelves a estar equivocado, o mejor, mientes sin ninguna vergüenza. No es cierto lo que dices, y dirigiéndose a las muchísimas sombras que colmaban la llanura, Hitler dijo. -- No le creáis a éste hijo de Satanás, pues miente cuando dice que busque eliminar los judios de sobre la tierra. No fue nunca esa mi intención. Solamente quise erradicarlos de los pueblos germanos, y evitar que continuaran haciendo daño en las naciones que mis ejércitos conquistaban. Deben saber que en un principio vi al pueblo judío como los practicantes de una religión que yo desconocía y que me eran indiferentes; luego, al estudiar las cuestiones políticas, descubrí que detrás de su religión se ocultaba el sionismo, peligroso movimiento político aliado del comunismo, enemigo del pueblo alemán a quien ellos querían sustituir. Era cuestión de ellos o nosotros.
-Patrañas, respondió el dominico mirando al suelo y sin retirar su brazo del hombro del fraile que utilizaba de bordón, patrañas, repitió. --Nunca pudiste encontrar una explicación a tu odio a los judios distinta de acusarlos, sin fundamento alguno, de que querían apoderarse de Alemania, de su estrecho vinculo con la Social Democracia, de su falta de nacionalidad germana…entelequias, nada mas que entelequias para vengar tu sangre judía.
El Dictador quiso hablar, pero el murmullo de la multitud no se lo permitió. Miles de voces le gritaban ¡Silencio asesino, vuelve a tu cueva!
El Dominico supuso que podía continuar su discurso pero un coro de miles de voces lo silenciaron gritándole ¡Fuera asesino, fuera.!
Las dos sombras se marcharon cada una por su lado, con las cabezas en alto, dejando ver el germano un mechón de pelo negro sobre su frente y el dominico una enorme tonsura.
(1) Sófocles, Edipo en Colona
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DIEGO CASTANO NICHOLLS
sábado, 27 de febrero de 2010
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